Buscador de Textos

Google+ Followers

FPPy

Inlitchi

Loading

Biblioteca Virtual Hispanica

domingo, 5 de junio de 2011

Este niño está loco por Rafael Dieste




Cuando yo era niño mi padre tenía ya la barba blanca, aunque según recuerdo y según dicen viejas voces campesinas daba gloria ver la airosa gracia hidalga y el andar seguro, pero nada arrogante, que conservó hasta el fin de sus días.
Era buen nadador y alguna vez se aventuraba conmigo mar adentro, llevándome sobre sus espaldas. Debía ser como Neptuno con un niño a cuestas, y nunca pensé que el mar con sus delfines y sus lejanas cóleras, allá donde se queda solo con el cielo, fuese ni más ni menos fuerte que él, sino su amigo. Cada uno sabía de las profundidades y poderes del otro, y así, cuando había un naufragio, yo creía leer en los ojos de mi padre un pensamiento de pesadumbre, pero también de comprensión, como si dijera: «Es bueno, lo conozco bien, pero tiene esas cosas.» Y lo mismo hubiera dicho de mi padre el mar o cualquier otro amigo en caso semejante.
Recuerdo que tomaba muy en serio mi cometa, y en días de fortísimo viento venía conmigo a los acantilados de la costa abierta y con sus veteranos consejos, o reteniéndome por un hombro en caso de peligro, me auxiliaba en la maniobra.
-¿Más hilo?
-No tan de prisa. Tira un poco. ¡Cuidado!

Sí, él sabía. Sabía hacer triunfar una cometa de las veleidades del aire y de mis sobresaltos y atropellos, y se trataba sin duda de que yo aprendiese. Era como aprender a amar sin impaciencia, con la debida ceremonia, aquella esfera de nubes deslumbradoras, y a conservar en ella tanto más equilibrio cuanto más grande fuese el entusiasmo. En ella, sí, pues cuando la cometa a lo largo de todo el hilo desenvuelto nos enviaba sus victoriosos mensajes, no eran menos celestes que las nubes, las piedras y el silencioso tumulto del césped y las margaritas, y todo lo que a nuestras plantas daba testimonio de la tierra firme.
Sí, él sabía. Tenía grandes amigos con los que compartía sin duda los secretos del mundo, y si ignoraba algunos era con tal reverencia, con tal espléndido respeto, que ese ignorar más parecía un saber, y para mí el más imponente.

Y ahora quiero explicaros lo que pasó una noche, una noche de gran silencio en toda la casa, en todo el pueblo, creo que en todo el mundo. Antes debo deciros que nuestra casa, al menos tal como aparece en mi memoria de aquellos lejanos días, es grande. Más que grande profunda, y aunque muy clara y nada laberíntica, llena de un sosegado y ejemplar misterio.
Frente a los balcones que miran al Poniente, y al otro lado de la ensenada, están las venerables cimas del Barbanza. Fue el primer monte que vi de lejos antes de ver otro alguno de cerca, y su perfil elegantísimo es para mí como el de un gran poder cuajado en mansedumbre.
Aquellos eran los balcones de las gaviotas y las velas, de los mil cielos claros o terribles que hacen viajar la casa, o la dejan de pronto anclada en el espejo de sus días antiguos.
La estancia de esas luces era el comedor, con leve aroma de membrillos y heredados cristales en lo alto de sus aparadores. Y al otro extremo de la casa, que un largo pasillo recorría, estaba la sala de las visitas y los homenajes. Allí, en grave penumbra, veíanse los retratos de los abuelos, que muy serenamente miraban desde los muros y parecían darles un espesor insondable, como si aquel mirar viniese traspasándolos, y desde muy lejos, para recordar. Y ¡qué cosa más rara!, para recordarme a mí, a quien no habían conocido, que no pertenecía a su pasado. Había también un gran espejo, con más imperio para mí que las ventanas tamizadas de fluyentes encajes, pues aunque en apariencia duplicase el mundo, pareciendo servirlo al reflejarlo, esto era sólo una máscara, acaso una leve cortesía con que velaba o atenuaba el riesgo de su profundidad. Y cuando había una visita y llegaban a casa voces forasteras, hermosísimas voces de señoras
rancias, entre las cuales hacíase prodigiosamente cálida y cantora la de mi madre, siendo el rumor de todas como el de una arboleda de que fuesen troncos las de aquellos erguidos señores que las acompañaban, yo me encontraba alguna vez mirando absorto a los visitantes, pero del otro lado, en el espejo, allá en el fondo de aquella impávida quietud en que se les veía con sus mismos gestos, sus mismas manos pálidas, pero sin voz y sin aquel rumor ligero que hacían al abrirse y cerrarse los abanicos.
Había también en aquella sala un reloj de cristal y una caja de música, sobre un velador que sostenían tres dragones con furiosos colmillos y lenguas de cuero. Pero estos dragones jamás lograron asustarme. Estaban a mi altura, eran más bien mis cómplices, y debo declarar que alguna lengua y algún colmillo de que están mutilados atestiguan mi poco respeto. Sin embargo, pobres dragones, con su énfasis de escamas y sus acongojados ojos de cristal, estoy seguro de que querían contarme alguna historia, la historia de los tres dragones que venían de parte del mundo subterráneo a decir algo, y como no se les entendía y eran tan pacíficos, les pusieron encima un redondel de mármol, y luego el relojito de cristal y la caja de música, con lo cual se quedaron atónitos, sin saber ya cuál era su embajada, y sus fauces vinieron a ser así las del remoto olvido.
Casi todas las noches aquella sala permanecía a oscuras, y sólo muy mortecina llegaba hasta el marco de su entrada la luz del comedor. Más de una vez me sometieron a la dura prueba de enviarme con mucha naturalidad, como si no tuviese importancia, a buscar algo al seno de aquella sombra, y no sé cómo fui ni cómo volví. Sin duda por los aires.

Pues bien, aquella noche que os dije, recogidos ya los manteles, mi madre ajetreaba en no sé qué aposento poniendo orden en algún armario. Bajo la lámpara del comedor la vieja tía Eulalia, que para mí hizo veces de abuela, leía una de aquellas intrigas que la hacían amiga y casi pariente de María Antonieta y otras grandes damas. Mis hermanos mayores habían salido, y mi hermana Felisa, que había estado tocando con sordina algún estudio del Gradus ad Parnassum, contribuyó a la singular extrañeza del silencio al cerrar el piano para ponerse a escribir una carta. En cuanto a mí, aunque me habían mandado a dormir, me hacía el distraído.
Mí padre iba y venía acompasadamente todo a lo largo del pasillo, perdiéndose poco a poco en la sombra, en su viaje de ida hacia la sala, y definiéndose cada vez más en el de vuelta, pero sin llegar del todo a la plena luz, sino sólo hasta un indeciso amanecer en que me sonreía de un modo peculiar, quién sabe por qué. Acaso porque yo le miraba.

En uno de aquellos amaneceres, viniendo de allá, de la noche profunda de los abuelos y del espejo, me pareció que traía muchas estrellas prendidas en el pecho y en la barba. Y de esta vez el ritmo de sus pasos habíase convertido en juego, un juego raro, casi danza procesional, puntuado con leve taconeo, como si ningún tramo del camino fuese indiferente, sino todos dignos de ser señalados. Esto hacía su avance más lento, pero a la vez más imperiosamente decidido, como por un redoble de tambor, sin que no obstante aquello dejase de ser un juego. Y de esta vez su sonrisa me pareció más intrigante. Podía ser la de un payaso que hace una extravagancia única, sólo para su hijo más pequeño, y que halla gran ventura en sorprenderlo y aun en asustarlo un poco. Pero también podía ser la de quien guarda un secreto, no con adusta reserva, sino con rostro de amistad.

Sí, él sabía.
Y lo que ahora sabía era ir a la hondísima noche antepasada, al seno de que se nace, aunque parece ser también el de la muerte. Sabía ir y volver... Y entonces hice algo que en aquel momento no hubiera podido explicarme, y ahora tampoco mucho, y fue que al volverse de nuevo mi padre hacia la sombra, me puse a su zaga y, remedando sus pasos, lo cual parecía divertirle, fui con toda la calma y el rigor que exigía el rito hasta la sala grande y tenebrosa. Allí giró él para seguir en viaje de retorno, mas yo me quedé inmóvil, viéndole marchar hacia la plena luz.
Quizá no se percató de que yo no le seguía, o tal vez quiso ser consecuente hasta el fin para que yo también lo fuese... Pero cuando estuvo en la estancia iluminada, se volvió de pronto y vi que miraba hacia la sombra, sin duda sin verme, pero adivinándome. Y con una voz jocunda, de un poder indudable, oí que me gritaba:
-¡Félix!
No vacilé un instante. En una carrera velocísima fui hasta sentir su mano en mi cabeza.
Alzó la suya tía Eulalia y dijo:
-Este niño está loco.