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Biblioteca Virtual Hispanica

miércoles, 22 de febrero de 2017

EL FANTASMA Enrique Ánderson Imbert



Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación.
¿Con que eso era la muerte?
¡Qué desengaño! Había querido averiguar cómo era el tránsito al otro mundo ¡y resultaba que no había ningún otro mundo! La misma opacidad de los muros, la misma distancia entre mueble y mueble, el mismo repicar de la lluvia sobre el techo... Y sobre todo ¡qué inmutables, qué indiferentes a su muerte lo objetos que él siempre había creído amigos!: la lámpara encendida, el sombrero en la percha...Todo, todo estaba igual. Sólo la silla volteada y su propio cadáver, cara al cielo raso.
Se inclinó y se miró en su cadáver como antes solía mirarse en el espejo. ¡Qué avejentado! ¡Y esas envolturas de carne gastada!
- Si yo pudiera alzarle los párpados quizá la luz azul de mis ojos ennobleciera otra vez el cuerpo - pensó.
Porque así, sin la mirada, esos mofletes y arrugas, las curvas velludas de la nariz y los dos dientes amarillos, mordiéndose el labio exangüe estaban revelándole su aborrecida condición de mamífero.
-Ahora que sé que del otro lado no hay ángeles ni abismos me vuelvo a mi humilde morada.
Y con buen humor se aproximó a su cadáver - jaula vacía - y fue a entrar para animarlo otra vez.
¡Tan fácil que hubiera sido! Pero no pudo. No pudo porque en ese mismo instante se abrió la puerta y se entrometió su mujer, alarmada por el ruido de silla y cuerpo caídos.
- ¡No entres! - gritó él, pero sin voz.
Era tarde. La mujer se arrojó sobre su marido y al sentirlo exánime lloró y lloró.
- ¡Cállate! ¡Lo has echado todo a perder! - gritaba él, pero sin voz.
¡Qué mala suerte! ¿Por qué no se le habría ocurrido encerrarse con llave durante la experiencia. Ahora, con testigo, ya no podía resucitar; estaba muerto, definitivamente muerto. ¡Qué mala suerte!
Acechó a su mujer, casi desvanecida sobre su cadáver; y su propio cadáver, con la nariz como una proa entre las ondas de pelo de su mujer. Sus tres niñas irrumpieron a la carrera como si se disputaran un dulce, frenaron de golpe, poco a poco se acercaron y al rato todas lloraban, unas sobre otras. También él lloraba viéndose allí en el suelo, porque comprendió que estar muerto es como estar vivo, pero solo, muy solo.
Salió de la habitación, triste.
¿Adónde iría?
Ya no tuvo esperanzas de una vida sobrenatural. No, no había ningún misterio.
Y empezó a descender, escalón por escalón, con gran pesadumbre. Se paró en el rellano. Acababa de advertir que, muerto y todo, había seguido creyendo que se movía como si tuviera piernas y brazos. ¡Eligió como perspectiva la altura donde antes llevaba sus ojos físicos! Puro hábito. Quiso probar entonces las nuevas ventajas y se echó a volar por las curvas del aire. Lo único que no pudo hacer fue traspasar los cuerpos sólidos, tan opacos, tan insobornables como siempre. Chocaba contra ellos. No es que le doliera; simplemente no podía atravesarlos. Puertas, ventanas, pasadizos, todos los canales que abre el hombre a su actividad, seguían imponiendo direcciones a sus revoloteos. Pudo colarse por el ojo de una cerradura, pero a duras penas. Él, muerto, no era una especie de virus filtrable para el que siempre hay pasos; sólo podía penetrar por las hendijas que los hombres descubren a simple vista.
¿Tendría ahora el tamaño de una pupila de ojo? Sin embargo, se sentía como cuando vivo, invisible, sí, pero no incorpóreo. No quiso volar más, y bajó a retomar sobre el suelo su estatura de hombre. Conservaba la memoria de su cuerpo ausente, de las posturas que antes había adoptado en cada caso, de las distancias precisas donde estarían su piel, su pelo, sus miembros. Evocaba así a su alrededor su propia figura; y se insertó donde antes había tenido las pupilas.
Esa noche veló al lado de su cadáver, junto a su mujer. Se acercó también a sus amigos y oyó sus conversaciones. Lo vio todo. Hasta el último instante, cuando los terrones del camposanto sonaron lúgubres sobre el cajón y lo cubrieron.
Él había sido toda su vida un hombre doméstico. De su oficina a su casa, de casa a su oficina. Y nada, fuera de su mujer y sus hijas. No tuvo, pues, tentaciones de viajar al estómago de la ballena o de recorrer el gran hormiguero. Prefirió hacer como que se sentaba en el viejo sillón y gozar de la paz de los suyos.
Pronto se resignó a no poder comunicarles ningún signo de su presencia. Le bastaba con que su mujer alzara los ojos y mirase su retrato en lo alto de la pared.
A veces se lamentó de no encontrarse en sus paseos con otro muerto siquiera para cambiar impresiones. Pero no se aburría. Acompañaba a su mujer a todas partes e iba al cine con las niñas.
En el invierno su mujer cayó enferma, y él deseó que se muriera. Tenía la esperanza de que, al morir, el alma de ella vendría a hacerle compañía. Y se murió su mujer, pero su alma fue tan invisible para él como para las huérfanas.
Quedó otra vez solo, más solo aún, puesto que ya no pudo ver a su mujer. Se consoló con el presentimiento de que el alma de ella estaba a su lado, contemplando también a las hijas comunes. ¿Se daría cuenta su mujer de que él estaba allí? Si... ¡claro!... qué duda había. ¡Era tan natural!
Hasta que un día tuvo, por primera vez desde que estaba muerto, esa sensación de más allá, de misterio, que tantas veces lo había sobrecogido cuando vivo; ¿y si toda la casa estuviera poblada de sombras de lejanos parientes, de amigos olvidados, de fisgones, que divertían su eternidad espiando las huérfanas?
Se estremeció de disgusto, como si hubiera metido la mano en una cueva de gusanos. ¡Almas, almas, centenares de almas extrañas deslizándose unas encimas de otras, ciegas entre sí pero con sus maliciosos ojos abiertos al aire que respiraban sus hijas!
Nunca pudo recobrarse de esa sospecha, aunque con el tiempo consiguió despreocuparse: ¡qué iba a hacer! Su cuñada había recogido a las huérfanas. Allí se sintió otra vez en su hogar. Y pasaron los años. Y vio morir, solteras, una tras otra, a sus tres hijas. Se apagó así, para siempre, ese fuego de la carne que en otras familias más abundantes va extendiéndose como un incendio en el campo.
Pero él sabía que en lo invisible de la muerte su familia seguía triunfando, que todos, por el gusto de adivinarse juntos, habitaban la misma casa, prendidos a su cuñada como náufragos al último leño.
También murió su cuñada.

Se acercó al ataúd donde la velaban, miró su rostro, que todavía se ofrecía como un espejo al misterio, y sollozó, solo, solo ¡qué solo! Ya no había nadie en el mundo de los vivos que los atrajera a todos con la fuerza del cariño. Ya no había posibilidades de citarse en un punto del universo. Ya no había esperanzas Allí, entre los cirios en llama, debían de estar las almas de su mujer y de sus hijas. Les dijo "¡Adiós!" sabiendo que no podían oírlo, salió al patio y voló noche arriba.

miércoles, 8 de febrero de 2017

SECANO Josefina Aldecoa



-No quiero ir -dijo la niña.  
-Ni yo -se apresuró a aclarar él.  
-No pensaréis que voy a ir yo entonces -protestó la madre. Vagos, inútiles. Sólo pensáis en jugar y en hacer maldades.  
Los insultos, conocidos e ineficaces, aburrían a Diego. Saltó del escaño y dio un ligero empujón a Elisa al pasar.  
-Venga la cesta -pidió-. Iré yo.  
Cuando salió al camino se arrepintió de su debilidad. Ella, ella tenia que haber venido?, se dijo. Y miró con rabia a sus espaldas, a la casa de adobe que se encogía de calor y soledad entre el cielo y la tierra. Camino adelante el sol le perseguía, le golpeaba la rubia cabeza. A ambas lados, la tierra estaba cubierta de una áspera capa de espigas tajadas, resecas. La tierra era una gran hogaza resquebrajada. De las que a madre se le quemaban en el horno pensó Diego. Y un sabor agrio a corteza quemada y ceniza le llenó la boca.  
El camino tenía un lejano fin: una fortaleza cuadrangular, por encima de cuyas altas tapias sobresalían verdes copas de árboles. Diego se detuvo a contemplarla, a calcular el esfuerzo necesario para llegar hasta ella. Por el cielo blanco, muy alto, se oyó el ronquido de un avión. Se van a asar tan altos, tan cerca del sol? pensó Diego. Y protegió sus ojos con la mano para mirar hacia arriba. El avión era pequeño, como una mosca de alas brillantes, que zumbaba y zumbaba.  
Diego siguió andando y las piedras, punzantes, le hirieron con nueva fuerza los pies. Las sienes le reventaban de sofoco cuando alcanzó la puerta de la finca, del oasis, de lo que era, desde la casa de adobe, un constante espejismo.  
-Tu padre no anda por aquí. Da la vuelta a la casa y entra por la puerta de atrás. Lo encontrarás cavando al lado del estanque.  
Diego sostenía la cesta con las dos manos y miraba atónito al casero de la finca. Su padre siempre solía andar por allí, a la entrada de la casa, en el pajar, en la cuadra. Diego no había visto nunca de cerca la casa grande, al fondo, y mucho menos lo que había a espaldas de la casa grande.  
-Vete por ahí, si no, todo derecho. Así no tienes que salir al sol.  
Los árboles de la finca eran muy altos y la tierra que Diego pisaba rezumaba humedad. Los árboles tenían fruta madura y fruta verde: cerezas y ciruelas coloreadas y manzanas y peras, todavía pequeñas. Pero Diego sólo sentía la humedad. Hubiera deseado quitarse las alpargatas y caminar por el suelo fresco, liso, blando. La cabeza se le enfrió poco a poco, las sienes no le latían ya con la misma violencia. Diego envidió a su padre por trabajar allí. Diego hubiera querido ser como su padre para tener derecho a la sombra, a la respiración humedecida y fácil.
A espaldas de la casa grande estaban el jardín y el estanque. Diego vio a su padre inclinado sobre un parterre y le llamó. En seguida vio a los otros y se arrepintió de haberle llamado. Eran dos mujeres morenas y un hombre rubio. Estaban sentados en el borde del estanque y apenas llevaban ropa encima. Diego miró al agua y comprendió. Se estaban bañando. Su padre ya le había visto y le reclamaba con urgencia.  
-Acércate, chaval. ¿Ya son las doce? ¡Cómo pasa el tiempo!  
Diego se acercó despacio y entregó la cesta a su padre Deseaba mirar otra vez al estanque lleno de agua y a las personas desconocidas que se sentaban en su borde, con las piernas colgando hacia dentro.  
Su padre le devolvió la cesta y le indicó un cobertizo cercano, adosado a la tapia.
-Metete ahí, chico, que allá vamos nosotros en seguida. Descansa un poco del camino antes de comer.  
El cobertizo no tenía ventanas, estaba oscuro y fresquísimo. Había herramientas allí para trabajar la huerta, carretillas, un sillón de mimbre estropeado. Diego se sentó en el suelo y se quitó las alpargatas. Desde afuera no me verán, pensó. Frotó los pies contra el cemento del suelo. No se atrevía a echarse. Además, sentado podía ver mejor lo que sucedía fuera. Las mujeres y el hombre del estanque se gritaban unos a otros animándose a entrar en el agua. Al fin, una mujer, la más baja, se tiró de cabeza. El agua salpicó tan lejos, que casi alcanzó la puerta del cobertizo. La mujer más alta y el hombre rubio aplaudían y se reían. Luego, los dos se decidieron y se tiraron también, casi a la vez.  
Desde el oscuro fondo del cobertizo Diego los contemplaba. Bajo el monillo azul, la carne sudada se le había quedado fría, pero sentía muy seca la garganta.  
-Aquí estamos -dijo el padre y el hueco de la puerta se llenó con la figura grande conocida. Después entraron otros dos hombres, jornaleros también de la finca.  
-¿Qué hay, chico? ¿Mucha hambre?  
-¿Quieres un trago de agua?  
Los dos eran cariñosos y le gastaban bromas cuando venía con la comida del padre. Se pasaba bien con ellos. Lo malo era el camino, el sol, las piedras, el sudor.   
-¿Qué tal llevas lo de esta parte? -le preguntó uno al padre.  
-Bien, Tengo sólo para dos días -contestó.  
-Luego otra vez a comer al pajar, ¿eh?  
-Sí. Y allí no está tan fresco... Vosotros todavía tenéis para un poco más de tiempo acá. A lo mejor vengo a acompañaros estos días que os quedan.  
Los tres se pusieron a comer, sentados en el suelo. El padre le hizo un sitio a su lado y le fue dando un poco de cada cosa: cecina y pan; chorizo y pan; pan.
Mientras comían, guardaron -silencio. Luego, uno de los hombres que miraba al estanque, dijo algo en voz baja al otro. El otro rió. El padre quiso entenderse. El otro repitió en voz baja las palabras que le habían hecho reír. El padre también rió. Diego no quiso preguntar. Los tres hombres miraban hacia fuera, hacia los bañistas, y los ojos les brillaban. Parecen gatos, pensó Diego. Les brillan los ojos como a los gatos de noche.- Él también miró hacia el estanque y la boca se le re, secó de nuevo al ver tanta agua junta.  
-Dame agua, padre -pidió-. Y el padre le alargó el botijo. Diego bebió un trago, pero su sed no se calmó.  
Después de comer, los hombres se echaron a dormir la siesta. El padre le dijo:  
-Tú échate también un poco, antes de marchar a casa. Así irás más descansado.  
Diego se echó cerca de la puerta. Los hombres no dormían todavía. Cuchicheaban. Diego sabía que hablaban de los que estaban dentro del estanque chapuzando, jugando, dando gritos. Decían cosas que les hacían reír y que él no debía oír seguramente. Cosas que adivinaba propias de chicos mayores, de los chicos del pueblo, los domingos en el baile, cuando hablaban en grupo de las chicas que bailaban entre ellas, preparando el ambiente. 
A Diego no le importaba mucho lo que pudieran decir los hombres porque estaba obsesionado con el agua del estanque. La sed le había vuelto con más intensidad y gozaba imaginando que él también estaba allí, dentro del agua recogida en la gran pila de cemento, metiéndose de cabeza bajo la superficie líquida, tragando agua al jugar, recibiendo en todo el sudado cuerpo la sacudida cosquilleante del agua.  
En el camino de vuelta Diego sufrió un espejísmo verdadero. La casa de adobe no era una casa, era un estanque de cemento en el que saltaba el agua impulsada por los brazos y las piernas de un montón de chiquillos...  
Los padres dormían. Elisa dormía. El adobe de la casa estaba un poco más cocido después del calor del día. Diego empujó la puerta que ninguna noche se cerraba, y salió al camino.  
La luna estaba sobre su cabeza, exactamente en el lugar en que había zumbado el avión aquella mañana, negro y brillante como una mosca de alas metálicas. El final del camino era una masa oscura y Diego sintió miedo. Miró atrás, a la casa de adobe, protectora y humilde, agazapada entre el cielo y la tierra, la miró con amor y quiso volver atrás, pero algo, la garganta reseca, la piel polvorienta y sudada de todo un día de fuego, el recuerdo de la tierra húmeda del paseo, le hizo seguir.  
Cuando llegó al pie de la tapia, se detuvo. Los perros no ladraron y Diego caminó bordeando la finca, en busca de la puertecilla trasera. Una vez frente a ella, la luna le hizo ver hasta qué punto era difícil todo. La tapia era de ladrillo y de vez en cuando quedaba algún saliente, algún agujero en el que apoyar el pie. Pero la tapia era alta y existía el peligro de resbalar y darse un buen golpe. Diego volvió a sentir miedo y pensó que hubiera sido mejor no venir. En casa todavía quedaba agua; transportada cada mañana desde allí en un gran botijo; agua calculada de modo que durase veinticuatro horas: para hacer la comida, para beber, para remojarse la cara, las manos. Podía: haber echado un trago largo del botijo y luego, con lo que quedara, haberse frotado la piel. Quizá hubiera sido suficiente para hacer desaparecer aquella obsesión, aquel angustioso, vegetal deseo de humedad que durante todo el día le invadía. Diego volvió a pensar en la mañana, las mujeres y el hombre felices, jubilosos, mojados. No dudó más. Aferrándose al primer saliente de ladrillo empezó la ascensión. A cada palmo vencido se detenía y respiraba fuerte. La garganta le dolía de tan seca. En lo alto se sentó, apoyándose apenas en el tejadillo de la tapia, y miró hacia abajo. Si hubiera traído una cuerda, pensó, y la hubiera atado aquí a lo alto... No supo cómo llegó al suelo, pero allí estaba al fin, cerca del gran estanque silencioso, cerca del agua conquistada. Los perros no ladraban. Se quitó el mono deprisa. Subió de un salto al borde del estanque. El nivel del agua había descendido bastante. Seguramente habían regando los árboles por la tarde. Mejor así, pensó Diego. Me cubrirá menos. De un salto estuvo en el agua. Al principio el frío le hizo estremecerse. Pero fue sólo al principio. Luego ocurrió lo contrario: estaban más calientes los pies dentro del agua que el resto del cuerpo fuera. Los perros no ladraban, pero Diego tenía prisa. Se echó de golpe y el ruido de su cuerpo al chocar con el agua le sorprendió. Por un momento permaneció quieto, comprobando, por primera vez, la alegría del agua envolviendo su cuerpo; sintiéndose, por vez primera, isla abatida por el agua y, sin embargo, firme y victoriosa en su solidez. Quiso imaginar un río. El padre hablaba mucho de ríos. En el pueblo del padre había dos: uno muy pequeño, que no servía ni para lavarse los pies, y otro muy gran, de tanto, que no se podían bañar en él más que los mozos.  
Diego se movió un poco en el agua, estiró las piernas, se sentó, apoyándose con las manos en el suelo blanduzco del estanque. Diego pensó: No sé de día, pero ahora da gusto bañarse aquí, qué suerte tener este estanque para uno todos los días del verano. El agua le resbalaba por el cuerpo, le abrazaba, móvil y huidiza. Si fuera mío el estanque, pensaba Diego, daría brincos y jugaría con el agua; pero así no, porque me van a oír....  
Los perros ladraron. Diego contuvo el aliento y el movimiento de cada parte del cuerpo. Los perros volvieron a ladrar. Una voz los aquietó. Por el paseo de la tierra húmeda, bajo los árboles, se acercaban la voz y los ladridos. Diego pensó: ?Qué haré, me quedaré aquí o saldré para esconderme en algún sitio. Si estuviera abierta la caseta de esta mañana ... . La voz se acercó más. Gritó:  
-¡Quietos! Y luego: ¿Quién anda ahí? ¡Que salga quien sea o disparo!  
Diego tuvo mucho miedo y siguió quieto en el agua. Los ladridos habían cesado. La voz no volvió a repetir su pregunta. Todo estaba en silencio. Diego permaneció inmóvil durante unos minutos. El agua y el miedo le hacían temblar. Poco a poco la necesidad de salir se le fue haciendo irresistible. Se incorporó. lentamente. El silencio, afuera, continuaba. Se aferró a los bordes del estanque y saltó a tierra. El monillo había quedado en el suelo convertido en un rebujón oscuro e informe. Diego se vistió apresuradamente mientras miraba el paseo de los árboles. Sintió que el agua le chorreaba cabeza abajo, cuerpo abajo, mojándole la ropa. Las alpargatas empapadas le pesaron al intentar andar. A pasos vacilantes se fue acercando a la tapia.
-Chico, espérate ahí gritó el casero. Y los perros, excitados por la voz humana, ladraron fuertemente.   
Diego temblaba de frío y de terror, esperaba que el casero avanzase, que los perros mordiesen. El casero se aproximó, saliendo de las sombras. No llevaba escopeta, ni nada, en las manos. Repitió.   
-¿Qué haces aquí, chico? Venías a robar fruta, ¿verdad?  
Acércate.  
Diego se acercó. El casero sujetaba a los perros. Le cogió del pescuezo mojado. Diego quiso explicar:  
-No, no. Vine a otra cosa; vine al estanque...  
El casero no escuchaba. Insistía:  
-A robar fruta. Ya se lo diré a tu padre. Y no te doy una paliza de muerte, por él, sólo por él.  
Ahora, la puertecilla trasera se abría ante sus paralizados pies. No sería necesario escalar la tapia de nuevo. Los perros no ladraban, pero se movían inquietos. El casero tenía las manos vacías, ni escopeta, ni nada. Las manos del casero empujaron a Diego por la espalda.  
-¡Hala, hala, que no se vuelva a repetir!  
El camino estaba regado de piedras sueltas; erizado de piedras clavadas en la tierra. La luna, exactamente sobre la cabeza de Diego, contorneaba al final del camino la casa de   
adobes, el montón de polvo reseco y prensado.  
Diego caminó despacio, sin miedo, sin prisa, sin cansancio. La piel de Diego estaba fresca.


jueves, 2 de febrero de 2017

LA BUENAVENTURA Pedro Antonio de Alarcón


No sé qué día de agosto del año 1816 llegó a las puertas de la Capitanía General de Granada cierto desarrapado y grotesco gitano, de sesenta años de edad, de oficio esquilador y de apellido o sobrenombre Heredia, caballero en un flaquísimo y destartalado burro mohino, cuyos arneses se reducían a una soga atada al pescuezo, y, echado que hubo pie a tierra, dijo con la mayor frescura que quería ver al Capitán General.
Excusado es decir que semejante pretensión excitó sucesivamente la resistencia del centinela, las risas de los ordenanzas y las dudas y vacilaciones de los edecanes, antes de llegar a conocimiento del Excmo. Sr. D. Eugenio Portocarrero, Conde de Montijo, a la sazón Capitán General del antiguo reino de Granada... Pero como este prócer era hombre de muy buen humor y tenía muchas noticias de Heredia, célebre por sus chistes, por sus cambalaches y por su amor a lo ajeno... con permiso del engañado dueño, dio orden de que dejasen pasar al gitano.
Penetró éste en el despacho de Su Excelencia, dando dos pasos adelante y uno atrás, que era como andaba en las circunstancias graves, y, poniéndose de rodillas, exclamó:
-¡Viva María Santísima y viva su merced, que es el amo de toitico el mundo!
-Levántate: déjate de zalamerías y dime qué se te ofrece... -respondió el Conde con aparente sequedad.
Heredia se puso también serio, y dijo con mucho desparpajo:
-Pues, señor, vengo a que se me den los mil reales.
-¿Qué mil reales?
-¡Los ofrecidos hace días, en un bando, al que presente las señas de Parrón.
-¡Pues qué! ¿Tú lo conocías?
-No, señor.
-Entonces...
-Pero ya lo conozco.
-¡Cómo!
-Es muy sencillo. Lo he buscado; lo he visto; traigo las señas y pido mi ganancia.
-¿Estás seguro de que lo has visto? -exclamó el Capitán General con un interés que se sobrepuso a sus dudas.
El gitano se echó a reír, y respondió:
-¡Es claro! Su merced dirá: «Este gitano es como todos y quiere engañarme ¡No me perdone Dios si miento! Ayer vi a Parrón.
-Pero ¿sabes tú la importancia de lo que dices? ¿Sabes que hace tres años que se persigue a ese monstruo a ese bandido sanguinario que nadie conoce ni ha Podido nunca ver? ¿Sabes que todos los días roba, en distintos puntos de estas sierras a algunos pasajeros Y después los asesina; pues dice que los muertos no hablan Y que ése es el único medio de que, nunca dé con él la Justicia? ¿Sabes, en fin, que ver a Parrón es encontrarse con la muerte?
El gitano se volvió a reír, y dijo:
---¿Y no sabe su Merced que lo que no puede hacer un gitano no hay quien lo haga sobre la tierra? ¿Conoce nadie cuándo es verdad nuestra risa o nuestro llanto? ¿Tiene su merced noticia de alguna zorra que sepa tantas picardías como nosotros Repito, mi general, que, no sólo he visto a Parrón  sino que he hablado con él.
-¿Dónde?
-En el camino de Tózar
-Dame pruebas de ello.
-Escuche su merced. Ayer mañana hizo ocho días que caímos mi borrico y yo en poder de unos ladrones. Me maniataron muy bien y me llevaron por unos barrancos endemoniados hasta dar con una plazoleta donde acampaban los bandidos Una cruel sospecha me tenía desazonado. «¿Será esta gente de Parrón? (me decía a cada instante). ¡Entonces no hay remedio, ¡Me matan! Pues ese maldito se ha empeñado en que ningunos ojos que vean su fisonomía vuelvan a ver cosa ninguna.
Estaba yo haciendo estas reflexiones, cuando se me presentó un hombre vestido de macareno con mucho lujo, Y, dándome un golpecito en el hombro Y sonriéndome con suma gracia, me dijo:
-Compadre, ¡yo soy Parrón!
Oír esto Y caerme de espaldas todo fue una misma cosa.
El bandido se echó a reír.
Yo me levanté desencajado; me use de rodillas, Y exclamé en todos los tonos de voz que pude inventar:
-¡Bendita sea tu alma, rey de los hombres ¿Quién no había de conocerte por ese porte de príncipe real que Dios te ha dado? Y que haya madre que para tales hijos! ¡Jesús! ¡Deja que te dé un abrazo, hijo mío! ¡Que en mal hora muera sino tenía gana de encontrate el gitanico para decirte la buenaventura Y darte un beso en esa mano de emperador! ¡También yo soy de los tuyos! ¿Quieres que te enseñe a cambiar burros muertos por burros vivos ¿Quieres vender como potros tus caballos viejos? ¿Quieres que le enseñe el francés a una mula?
El Conde de Montijo no pudo contener la risa... Luego preguntó:
-Y ¿qué respondió Parrón a todo eso? ¿Qué hizo?
-Lo mismo que su merced: reírse a todo trapo.
-¿Y tú?
-Yo, señorico, me reía también, pero me corrían por las patillas lagrimones como naranjas.
-Continúa.
-En seguida me alargó la mano, y me dijo:
-Compadre: es usted el único hombre de talento que ha caído en mi poder. Todos los demás tienen la maldita costumbre de procurar entristecerme, de llorar, de quejarse y de hacer otras tonterías que me ponen de mal humor. Sólo usted me ha hecho reír, y si no fuera por esas lágrimas...
-¡Qué, señor! ¡Si son de alegría!
-Lo creo. ¡Bien sabe el demonio que es la primera vez que me he reído desde hace seis u ocho años! Verdad es que tampoco he llorado... Pero despachemos. ¡Eh! ¡Muchachos!
Decir Parrón estas palabras y rodearme una nube de trabucos, todo fue un abrir y cerrar de ojos.
-¡Jesús me ampare! -empecé a gritar.
-¡Deteneos! -exclamó Parrón---. No se trata de eso todavía. Os llamo para preguntaros qué le habéis tomado a este hombre.
-Un burro en pelo.
-¿Y dinero?
-Tres duros y siete reales.
-Pues dejadnos solos.
Todos se alejaron.
-Ahora dime la buenaventura -exclamó el ladrón, tendiéndome la mano.
Yo se la cogí; medité un momento; conocí que estaba en el caso de hablar formalmente, y le dije con todas las veras de mi alma:
-Parrón, tarde que temprano, ya me quites la vida, ya me la dejes..., ¡morirás ahorcado!
-Eso ya lo sabía yo... -respondió el bandido con entera tranquilidad-. Dime cuándo.
Me puse a cavilar.
Este hombre (pensé) me va a perdonar la vida; mañana llego a Granada y doy el cante; pasado mañana lo cogen... Después empezará la sumaria...
-¡Dices que cuándo? -le respondí en alta voz-. Pues mira: va a ser el mes que entra.
Parrón se estremeció, y yo también, conociendo que el amor propio de adivino me podía salir por la tapa de los sesos.
-Pues mira tú, gitano... -contestó Parrón muy lentamente-. Vas a quedarte en mi poder... ¡Si en todo el mes que entra no me ahorcan, te ahorco yo a ti, tan cierto como ahorcaron a mi padre! Si muero para esa fecha, quedarás libre.
-¡Muchas gracias! -dije yo en mi interior---. ¡Me perdona... después de muerto!
Y me arrepentí de haber echado tan corto el plazo.
Quedamos en lo dicho: fui conducido a la cueva, donde me encerraron, y Parrón montó en su yegua y tomó el tole por aquellos breñales...
-¡Vamos, ya comprendo... (exclamó el Conde de Montijo): Parrón ha muerto; tú has quedado libre, y por eso sabes sus señas ... !
-¡Todo lo contrario, mi general! Parrón vive, y aquí entra lo más negro de la presente historia.

II
Pasaron ocho días sin que el Capitán volviese a verme. Según pude entender, no había parecido por allí desde la tarde que le hice la buenaventura, cosa que nada tenía de raro, a lo que me contó uno de mis guardianes.
-Sepa usted -me dijo- que el jefe se va al infierno de vez en cuando y no vuelve hasta que se le antoja. Ello es que nosotros no sabemos nada de lo que hace durante sus largas ausencias.
A todo esto, a fuerza de ruegos, y como pago de haber dicho la buenaventura a todos los ladrones, pronosticándoles que no serían ahorcados y que llevarían una vejez muy tranquila, había yo conseguido que por las tardes me sacasen de la cueva y me atasen a un árbol, pues en mi encierro me ahogaba de calor.
Pero excuso decir que nunca faltaba a mi lado un par de centinelas.
Una tarde, a eso de las seis, los ladrones que habían salido de servicio aquel día, a las órdenes del segundo de Parrón, regresaron al campamento, llevando consigo, maniatado como pintan a nuestro Padre Jesús Nazareno, a un pobre segador de cuarenta a cincuenta años, Cuyas lamentaciones partían el alma:
-¡Dadme mis veinte duros! -decía-. ¡Ah, si supierais con qué afanes los he ganado! ¡Todo un verano segando bajo el fuego del sol!... ¡Todo un verano lejos de mi pueblo, de mi mujer y de mis hijos! ¡Así he reunido, con mil sudores y privaciones, esa suma con que podríamos vivir este invierno!... Y cuando ya voy de vuelta, deseando abrazarlos y pagar las deudas que para comer hayan hecho aquellos infelices, ¿cómo he de perder ese dinero, que es para mí un tesoro? ¡Piedad, señores! ¡Dadme mis veinte duros! Dádmelos, por los dolores de María Santísima!
Una carcajada de burla contestó las quejas del pobre padre.
Yo temblaba de horror en el árbol a que estaba atado, porque los gitanos también tenemos familia...
-No seas loco... -exclamó al fin un bandido, dirigiéndose al segador---. Haces mal en pensar en tu dinero cuando tienes cuidados mayores en qué ocuparte...
-¡Cómo! --dijo el segador, sin comprender que hubiese desgracia más grande que dejar sin pan a sus hijos.
-¡Estás en poder de Parrón!
-Parrón... ¡No le conozco!... Nunca lo he oído nombrar... ¡Vengo de muy lejos! Yo soy de Alicante, y he estado segando en Sevilla.
-Pues, amigo mío, Parrón quiere decir la muerte. Todo el que cae en nuestro poder es preciso que muera. Así, pues, haz testamento en dos minutos, y encomienda el alma en otros dos. ¡Preparen! ¡Apunten! Tienes cuatro minutos.
-Voy a aprovecharlos... Oídme por compasión!
-Habla.
-Tengo seis hijos... y una infeliz... diré viuda... pues veo que sois peores que fieras... 'Sí, peores! Porque las fieras de una misma especie no se devoran unas a otras. ¡Ah, perdón... no sé lo que me digo! Caballeros: ¡alguno de ustedes será padre!... ¿No hay un padre entre vosotros? ¿Sabéis lo que son seis niños pasando un invierno sin pan? ¿Sabéis lo que es una madre viendo morir a los hijos de sus entrañas diciendo: tengo hambre... tengo frío? Señores: ¡yo no quiero mi vida sino por ellos! ¿Qué es para mí la vida? ¡Una cadena de trabajos y privaciones! ¡Pero debo vivir para mis hijos!... ¡Hijos míos! ¡Hijos de mi alma!
Y el padre se arrastraba por el suelo, y levantaba hacia los ladrones una cara... ¡Qué cara!... ¡Se parecía a la de los Santos que el rey Nerón echaba a los tigres, según dicen los padres predicadores!...
Los bandidos sintieron moverse algo dentro de su pecho, pues se miraron unos a otros... y viendo que todos estaban pensando la misma cosa, uno de ellos se atrevió a decirla...
-¿Qué dijo? -preguntó el capitán general, profundamente afectado por aquel relato.
-Dijo: -Caballeros: lo que vamos a hacer no lo sabrá nunca Parrón... -¡Nunca!... ¡nunca! -tartamudearon los bandidos.
-Márchese usted, buen hombre... -exclamó entonces uno que hasta lloraba...
Yo hice también señas al segador de que se fuese al instante.
El infeliz se levantó lentamente.
-¡Pronto!... ¡Márchese usted! -repitieron todos, volviéndole la espalda.
El segador alargó la mano maquinalmente.
-¿Te parece poco? -gritó uno-. ¡Pues no quiere su dinero! Vaya... vaya... ¡No nos tiente usted la paciencia!
El pobre padre se alejó llorando, y a poco desapareció.
Media hora había transcurrido empleada por los ladrones en jurarse unos a otros no decir nunca a su capitán que habían perdonado la vida a un hombre, cuando de pronto apareció Parrón trayendo al segador en la grupa de su yegua.
Los bandidos retrocedieron espantados.
Parrón se apeó muy despacio: descolgó su escopeta de dos cañones, y apuntando a sus camaradas, dijo:
-¡Imbéciles! ¡Infames! ¡No sé cómo no os mato a todos! ¡Pronto! ¡Entregad a este hombre los 20 duros que le habéis robado!
Los ladrones sacaron los 20 duros y se los dieron al segador, el cual se arrojó a los pies de aquel personaje que dominaba a los bandoleros y que tan buen corazón tenía...
Parrón le dijo:
~¡A la paz de Dios! Sin las indicaciones de usted, nunca hubiera dado con ellos. ¡Ya ve usted que desconfiaba de mí sin motivo!... He cumplido mi promesa... Ahí tiene usted sus 20 duros... Conque... ¡en marcha!
El segador lo abrazó repetidas veces, y se alejó lleno de júbilo.
Pero no habría andado cincuenta pasos cuando su bienhechor le llamó de nuevo.
El pobre hombre se apresuró a volver pies atrás.
-¿Qué manda usted? -le preguntó, deseando ser útil al que había devuelto la felicidad a su familia.
-¿Conoce usted a Parrón? -le preguntó él mismo.
-No lo conozco.
-¡Te equivocas! -replicó el bandolero-. Yo soy Parrón.
El segador se quedó estupefacto.
Parrón se echó la escopeta a la cara y descargó los dos tiros contra el segador, que cayó rodando al suelo.
-¡Maldito seas! -fue lo único que pronunció.
En medio del terror que me quitó la vista, observé que el árbol en que yo estaba atado se estremecía ligeramente y que mis ligaduras se aflojaban.
Una de las balas, después de herir al segador, había dado en la cuerda que me ligaba al tronco y la había roto.
Yo disimulé que estaba libre, y esperé una ocasión para escaparme.
Entretanto decía Parrón a los suyos, señalando al segador:
-Ahora podéis robarlo. Sois unos imbéciles... ¡unos canallas! ¡Dejar a ese hombre para que se fuera, como se fue, dando gritos por los caminos reales! ... ¡Si conforme soy yo quien se lo encuentra y se entera de lo que pasaba hubieran sido los migueletes, habría dado vuestras señas y las de nuestra guarida, como me las ha dado a mí, y estaríamos ya todos en la cárcel! ¡Ved las consecuencias de robar sin matar! Conque basta ya de sermón, y enterrad ese cadáver para que no apeste.
Mientras los ladrones hacían el hoyo y Parrón se sentaba a merendar, dándome la espalda, me alejé poco a poco del árbol y me descolgué al barranco próximo...
Ya era de noche. Protegido por sus sombras, salí a todo escape y a la luz de las estrellas divisé mi borrico, que comía allí tranquilamente, atado a una encina. Montéme en él y no he parado hasta llegar aquí...
Por consiguiente, señor, deme usted los 1.000 reales y yo diré las señas de Parrón, el cual se ha quedado con mis tres duros y medio...
Dictó el gitano la filiación del bandido, cobró, desde luego, la suma ofrecida y salió de la Capitanía General, dejando asombrados al Conde de Montijo y al sujeto, allí presente, que nos ha contado todos estos pormenores.
Réstanos ahora saber si acertó o no acertó Heredia al decir la buenaventura a Parrón.

III
Quince días después de la escena que acabamos de referir y a eso de las nueve de la mañana, muchísima gente ociosa presenciaba, en la calle de San Juan de Dios y parte de la de San Felipe, de aquella misma capital, la reunión de dos compañías de migueletes, que debían salir a las nueve y media en busca de Padrón, cuyo paradero-, así como sus señas personales y las de todos sus compañeros de fechorías, había, al fin, averiguado el Conde de Montijo.
El interés y emoción del público eran extraordinarios, y no menos la solemnidad con que los migueletes se despedían de sus familias y amigos para marchar a tan importante empresa. ¡Tal espanto había llegado a infundir Parrón a todo el antiguo reino granadino!
-Parece que ya vamos a formar... -dijo un miguelete a otro- y no veo al cabo López.
-¡Extraño es a fe mía, pues él llega siempre antes que nadie cuando se trata de salir en busca de Parrón, a quien odia con sus cinco sentidos!
-¿Pues no sabéis lo que pasa? -dijo un tercer miguelete, tomando parte en la conversación.
-¡Hola! Es nuestro nuevo camarada... ¿Cómo te va en nuestro cuerpo?
-¡Perfectamente! -respondió el interrogado.
Era éste un hombre pálido y de porte distinguido, del cual se despegaba mu cho el traje de soldado.
-Conque... ¿decías ... ? -replicó el primero.
-¡Ah, sí! Que el cabo López ha fallecido... -respondió el miguelete pálido.
-Manuel.. ¿qué dices? ¡Eso no puede ser!... Yo mismo he visto a López esta mañana, como te veo a ti...
El llamado Manuel contestó fríamente:
-Pues hace media hora que lo ha matado Parrón.
-¿Parrón?.. ¿Dónde?
-¡Aquí mismo! ¡En Granada! En la cuesta del Perro se ha encontrado su cadáver.
Todos quedaron silenciosos, y Manuel empezó a silbar una canción patriótica.
-¡Van once migueletes en seis días! -exclamó el sargento-. ¡Parrón se ha propuesto exterminarnos! ¿Pero cómo es que está en Granada? ¿No íbamos a buscarlo a la sierra de Loja?
Manuel dejó de silbar y dijo con su acostumbrada indiferencia:
-Una vieja que presenció el delito dice que, luego que mató a López, ofreció que si íbamos a buscarlo tendríamos el gusto de verlo...
-¡Camarada, disfrutas de una calma asombrosa! ¡Hablas de Parrón con un desprecio!...
---¿Pues qué es Parrón más que un hombre? -repuso Manuel con altanería.
--¡A la formación! -gritaron es este acto varias voces.
Formaron las dos compañías, y comenzó la lista nominal.
En tal momento acertó a pasar por allí el gitano Heredia, el cual se paró, como todos, a ver aquella lucidísima tropa.
Notóse entonces que Manuel, el nuevo miguelete, dio un retemblido y retrocedió un poco, como para ocultarse detrás de sus compañeros...
Al propio tiempo Heredia fijó en él sus ojos, y dando un grito y un salto, como si le hubiese picado una víbora, arrancó a correr hacia la calle de San Jerónimo.
Manuel se echó la carabina a la cara y apuntó al gitano...
Pero otro miguelete tuvo tiempo de mudar la dirección del arma, y el tiro se perdió en el aire.
-¡Está loco! ¡Manuel se ha vuelto loco! ¡Un miguelete ha perdido el juicio! -exclamaron sucesivamente los mil espectadores de aquella escena.
Y oficiales y sargentos y paisanos rodeaban a aquel hombre que pugnaba por escapar, y al que por lo mismo sujetaban con mayor fuerza, abrumándolo a preguntas, reconvenciones y dicterios que no le arrancaron contestación alguna.
Entretanto, Heredia había sido preso en la plaza de la Universidad por algunos transeúntes, que viéndole correr, después de haber sonado aquel tiro, lo tomaron por un malhechor.
-¡Llevadme a la Capitanía General! -decía el gitano-. ¡Tengo que hablar con el conde de Montijo!
-¡Qué Conde de Montijo ni qué niño muerto! -le respondieron sus aprehensores-. ¡Allí están los migueletes, y ellos verán lo que hay que hacer con tu persona!
-Pues lo mismo me da... -respondió Heredia-. Pero tengan ustedes cuidado de que no me mate Parrón.
-¿Cómo Parrón? ¿Qué dice ese hombre?
-Venid y veréis.
Así diciendo, el gitano se hizo conducir delante del jefe de los migueletes, y señalando a Manuel, dijo:
-Mi comandante: ¡ése es Parrón, y yo soy el gitano que dio hace quince días sus señas al Conde de Montijo!
-¡Parrón! ¡Parrón está preso! ¡Un miguelete era Parrón!... -gritaron muchas voces.
-No cabe duda... -decía entretanto el comandante, leyendo las señas que le había dado el capitán general-. ¡A fe que hemos estado torpes ! Pero, ¿a quién se le hubiera ocurrido buscar al capitán de ladrones entre los migueletes que iban a prenderlo?
-¡Necio de mí! -exclamaba al mismo tiempo Parrón, mirando al gitano con ojos de león herido-. ¡Es el único hombre a quien he perdonado la vida! ¡Merezco lo que me pasa!
A la semana siguiente ahorcaron a Parrón.
Lo cual (dicho sea para concluir dignamente) no significa que debáis creer el la infalibilidad de tales vaticinios, ni menos que fuera acertada regla de conducta la de Parrón de matar a todos los que llegaban a conocerlo... Significa tan sólo que los caminos de la Providencia son inescrutables para la razón humana; doctrina que, a mi juicio, no puede ser más ortodoxa.


miércoles, 1 de febrero de 2017

LA GRIETA Cristina Peri Rossi


El hombre vaciló al subir la escalera que conducía de un andén a otro del metro, y al producirse esta pequeña indecisión de su parte (no sabía si seguir o quedarse, si avanzar o retroceder, en realidad tuvo la duda de si se encontraba bajando o subiendo) graves trastornos ocurrieron alrededor. La compacta muchedumbre que le seguía rompió el denso entramado sin embargo, casual de tiempo y espacio, desperdigándose, como una estrella que al explotar, provoca diáspora de luces y algún eclipse. Hombres perplejos resbalaron, mujeres gritaron, niños fueron aplastados, un anciano perdió su peluca, una dama su dentadura postiza, se desparramaron los abalorios de un vendedor ambulante, alguien aprovechó la ocasión para robar unas revistas del quiosco, hubo un intento de violación, saltó un reloj de una mano al aire y varias mujeres intercambiaron sin querer sus bolsos. 
El hombre fue detenido, posteriormente, y acusado de perturbar el orden público. Él mismo había sufrido las consecuencias de su imprudencia, ya que, en el tumulto, se le quebró un diente. Se pudo determinar que, en el momento del incidente, el hombre que vaciló en la escalera que conducía de un andén a otro (a veinticinco metros de profundidad y con luz artificial de día y de noche) era el hombre que estaba en el tercer lugar de la fila número quince, siempre y cuando se hubieran establecido lugares y filas para el ascenso y descenso de la escalera. 
El interrogatorio se desarrolló una tarde fría y húmeda del mes de noviembre. El hombre solicitó que se le aclarara en qué equinoccio se encontraba, ya que, a raíz de la vacilación que había provocado el accidente, sus ideas acerca del mundo estaban en un período de incertidumbre. 
Estamos, por supuesto, en invierno afirmó con notable desprecio el funcionario encargado de interrogarle. 
No quise ofenderlo contestó el hombre, con humildad. No sabe hasta qué punto le agradezco su gentil información agregó. 
Con independencia del invierno contemporizó el funcionario, ¿quiere explicarme usted qué fue lo que provocó este desagradable accidente? 
El hombre miró hacia un lado y otro de las verdes paredes. Al entrar al edificio, le había parecido que eran grises; pero como tantas otras cosas, se trataba de una falsa apariencia, salvo que efectivamente, en cualquier momento, volvieran a ser grises. ¿Quién podía adivinar lo que el instante futuro nos depararía? 
Verá usted se aclaró la garganta. No vio un vaso con agua por ningún lado, y le pareció imprudente pedirlo. Quizás fuera conveniente no solicitar nada. Ni siquiera comprensión. Paredes desnudas, sin ventanas. Habitaciones rectangulares, pero estrechas. 
El funcionario parecía levemente irritado. Parecía. Nunca había conocido a un funcionario que no lo pareciera. Como una deformación profesional, o un mal hábito de la convivencia. 
De pronto dijo el hombre, no supe si continuar o si quedarme. Sé perfectamente que es insólito. Es insólito tener un pensamiento de esa naturaleza al subir o bajar la escalera. O quizás, en cualquier otra actividad. 
¿En qué escalón se encontraba? interrogó el funcionario, con frialdad profesional. 
No puedo asegurarlo contestó el hombre, sinceramente. Quería subsanar el error. Estoy seguro de que alguien debe saberlo. Hay gente que siempre cuenta los escalones, en uno u otro sentido. Vayan o vengan. 
Usted, ¿iba o venía? 
Fue una vacilación. Una pequeña vacilación, ¿entiende? 
De pronto, al deslizar los ojos, otra vez, por la superficie verde de la pared, había descubierto un diminuto agujero, una grieta casi insignificante. No podía decir si estaba antes, la primera o la segunda vez que miró la pared, o si se había formado en ese mismo momento. Porque con seguridad hubo una época en que fue una pared completamente lisa, gris o verde, pero sin ranuras. ¿Y cómo iba a saber él cuando había ocurrido esta pequeña hendidura? De todos modos, era muy incómodo ignorar si se trataba de una grieta antigua o moderna. La miró fijamente, intentando descubrirlo. 
Repito la pregunta insistió el funcionario, con indolente severidad. Había que proceder como si se tratara de niños, sin perder la paciencia. Eso decían los instructores. Era un sistema antiguo, pero eficaz. Las repeticiones conducen al éxito, por deterioro. Repetir es destruir, ¿En qué escalón se encontraba usted? 
Al hombre le pareció que ahora la grieta era un poco más grande, pero no sabía si se trataba de un efecto óptico o de un crecimiento real. De todos modos se dijo, en algún momento crece, se trata de estar atentos, o quizás, de no estarlo. 
No puedo asegurarlo afirmó el hombre. ¿Existen efectos ópticos en esta habitación? 
El funcionario no pareció sorprendido. En realidad, los funcionarios casi nunca parecen sorprenderse de algo y en eso consiste parte de su función. 
No dijo con voz neutra. Usted, ¿iba o venía? 
Alguien debe saberlo respondió el hombre, mirando fijamente la pared. Entonces, era posible que la grieta hubiera aumentado en ese mismo momento. Estaría creciendo sordamente, en la oscuridad del verde, como una célula maligna, cuya intención difiere de las demás. 
¿Por qué no usted? volvió a preguntar el funcionario. 
Ocurrió en un instante dijo el hombre, en voz alta, sin dirigirse expresamente a él. Trataba de describir el fenómeno con precisión. 
Ahora el agujero en la pared parecía inofensivo, pero con seguridad era sólo un simulacro. 
Supongo que bajaba, o subía, lo mismo da. Había escalones por delante, escalones por detrás. No los veía hasta llegar al borde mismo de ellos, debido a la multitud. Eramos muchos. Vaga conciencia de formar parte de una muchedumbre. Repetía los movimientos automáticamente, como todos los días. 
¿Subía o bajaba? repitió el funcionario, con paciencia convencional. Él sintió que se trataba de una deferencia impersonal, un deber del funcionario. No era una paciencia que le estuviera especialmente dirigida; era un hábito de la profesión y ni siquiera podía decirse que se tratara exactamente de un buen hábito. 
Se trata de una sola escalera dijo el hombre que sube y que baja al mismo tiempo. Todo depende de la decisión que se haya tomado previamente. Los peldaños son iguales, de cemento, color gris, a la misma distancia, unos de otros. Sufrí una pequeña vacilación. Allí, en mitad de la escalera, con toda aquella multitud por delante y por detrás, no supe si en realidad subía o bajaba. No sé, señor, si usted puede comprender lo que significa esa pequeñísima duda. Una especie de turbación. Yo subía o bajaba en eso consistía, en parte, la vacilación y de pronto no supe qué hacer. Mi pie derecho quedó suspendido un momento en el aire. Comprendí con terrible lucidez la importancia de ese gesto. No podía apoyarlo sin saber antes en qué sentido lo dirigiría. Era, pues, pertinente, resolver la incertidumbre. 
La grieta, en la pared, tenía el tamaño de una moneda pequeña. Pero antes, parecía la cabeza de un alfiler. ¿O era que antes no había apreciado su dimensión verdadera? La dificultad en aprehender la realidad radica en la noción de tiempo, pensó. Si no hay continuidad, equivale a afirmar que no existe ninguna realidad, salvo el momento. El momento. El preciso momento en que no supo si subía o bajaba y no era posible, entonces, apoyar el pie. Por encima de la grieta ahora divisaba una línea ondulada, una delgada línea que ascendía si miraba desde abajo o descendía si miraba desde arriba. La altura en que estuviera colocado el ojo decidía, en este caso, la dirección. 
En el momento inmediatamente anterior a los hechos que usted narra concedió el funcionario, casi con delicadeza, ¿recuerda usted si acaso subía o bajaba la escalera? 
Es curioso que el mismo instrumento sirva tanto para subir como para bajar, siendo, en el fondo, acciones opuestas reflexionó el hombre, en voz alta. Los peldaños están más gastados hacia el centro, allí donde apoyamos el pie, tanto para lo uno como para lo otro. Pensé que si me afirmaba allí iba a aumentar la estría. Un minuto antes de la vacilación continuó, la memoria hizo una laguna. La memoria navega, hace agua. No sirvió; quedó atrapada en el subterráneo. 
Según sus antecedentes interrumpió, enérgico, el funcionario jamás había padecido amnesia. 
No afirmó el hombre. Es un recurso literario. Fue una grieta inesperada. 
Ascendiendo, la línea se dirigía hacia el techo. Podía seguirla con esfuerzo, ya que no veía bien a esa distancia. Sólo una abstracción nos permitía saber, cuando nos sumergimos, si la corriente nos desliza hacia el origen o hacia la desembocadura del río, si empieza o termina. 
Un momento antes del accidente recapituló el funcionario, usted, ¿subía o bajaba? 
Fue sólo una pequeña vacilación. ¿Hacia arriba? ¿Hacia abajo? El pie suspendido en el aire, a punto de apoyarlo, y de pronto, no saber. No hay ningún dramatismo en ello, sino una especie de turbación. Apoyarlo, se convertía en un acto decisivo. Lo sostuve en el aire unos minutos. Era una posición incómoda, pero menos comprometida. 
¿Qué clase de vacilación? preguntó de pronto el funcionario, iracundo. Estaba fastidiado, O había cambiado de táctica. La grieta tenía ramificaciones. Nadie es perfecto. No se sabía si esas ramificaciones conducían a alguna parte. 
Por las dudas, no actué confesó el hombre. Me pareció más oportuno esperar. Esperar a que el pie pudiera volver a desempeñarse sin turbaciones, a que la pierna no hiciera preguntas inconfesables. 
¿Qué clase de vacilación? volvió a preguntar el funcionario, con irritación. 
De las derivativas. Clase G. Configuradas como peligrosas. No es necesario consultar el catálogo, señor respondió, vencido, el hombre. Una vacilación con ramificaciones. De las que vienen con familia. A partir de la cual, ya no se trata de saber si se baja o se sube la escalera: eso no importa, carece de cualquier sentido. Entonces, los hombres que vienen detrás se suba o se baje siempre hay una multitud anterior y otra posterior se golpean entre sí, involuntariamente, hay gente que grita, todos preguntan qué pasa, aúllan las sirenas, las paredes vibran y se agrietan, niños lloran, damas pierden botones y paraguas, los inspectores se reúnen y los funcionarios investigan la irregularidad. La mancha se estiraba como un pez. ¿Puede darme un cigarrillo?


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