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miércoles, 5 de abril de 2017

EL HUÉSPED DE LA MAESTRA Isabel Allende



La Maestra Inés entró en La Perla de Oriente, que a esa hora estaba sin clientes, se dirigió al mostrador donde Riad Halabí enrollaba una tela de flores multicolores y anunció que acababa de cercenarle el cuello a un huésped de su pensión. El comerciante sacó su pañuelo blanco y se tapó la boca.
-¿Cómo dices, Inés?
-Lo que oíste, turco.
-¿Está muerto?
-Por supuesto.
-¿Y ahora qué vas a hacer?
-Eso mismo vengo a preguntarte -dijo ella acomodándose un mechón de cabello.
-Será mejor que cierre la tienda -suspiró Riad Halabí.
Se conocían desde hacía tanto, que ninguno podía recordar el número de años, aunque ambos guardaban en la memoria cada detalle de ese primer día en que iniciaron la amistad. Él era entonces uno de esos vendedores viajeros que van por los caminos ofreciendo sus mercaderías, peregrino del comercio, sin brújula ni rumbo fijo, un inmigrante árabe con un falso pasaporte turco, solitario, cansado, con el paladar partido como un conejo y unas ganas insoportables de sentarse a la sombra; y ella era una mujer todavía joven, de grupa firme y hombros recios, la única maestra de la aldea, madre de un niño de doce años, nacido de un amor fugaz. El hijo era el centro de la vida de la maestra, lo cuidaba con una dedicación inflexible y apenas lograba disimular su tendencia a mimarlo, aplicándole las mismas normas de disciplina que a los otros niños de la escuela, para que nadie pudiera comentar que lo malcriaba y para anular la herencia díscola del padre, formándolo, en cambio, de pensamiento claro y corazón bondadoso. La misma tarde en que Riad Halabí entró en Agua Santa por un extremo, por el otro un grupo de muchachos trajo el cuerpo del hijo de la Maestra Inés en una improvisada angarilla. Se había metido en un terreno ajeno a recoger un mango y el propietario, un afuerino a quien nadie conocía por esos lados, le disparó un tiro de fusil con intención de asustarlo, marcándole la mitad de la frente con un círculo negro por donde se le escapó la vida. En ese momento el comerciante descubrió su vocación de jefe y sin saber cómo, se encontró en el centro del suceso, consolando a la madre, organizando el funeral como si fuera un miembro de la familia y sujetando a la gente para evitar que despedazara al responsable. Entretanto, el asesino comprendió que le sería muy difícil salvar la vida si se quedaba allí y escapó del pueblo dispuesto a no regresar jamás.
A Riad Halabí le tocó a la mañana siguiente encabezar a la multitud que marchó del cementerio hacia el sitio donde había caído el niño. Todos los habitantes de Agua Santa pasaron ese día acarreando mangos, que lanzaron por las ventanas hasta llenarla casa por completo, desde el suelo hasta el techo. En pocas semanas el sol fermentó la fruta, que reventó en un jugo espeso, impregnando las paredes de una sangre dorada de un pus dulzón, que transformó la vivienda en un fósil de dimensiones prehistóricas, una enorme bestia en proceso de podredumbre, atormentada por la infinita diligencia de las larvas y los mosquitos de la descomposición.
La muerte del niño, el papel que le tocó jugar en esos días y la acogida que tuvo en Agua Santa determinaron la existencia de Riad Halabí. Olvidó su ancestro de nómada y se quedó en la aldea. Allí instaló su almacén, La Perla de Oriente. Se casó, enviudó, volvió a casarse y siguió vendiendo, mientras crecía su prestigio de hombre justo. Por su parte Inés educó a varias generaciones de criaturas con el mismo cariño tenaz que le hubiera dado a su hijo, hasta que la venció la fatiga, entonces cedió el paso a otras maestras llegadas de la ciudad con nuevos silabarios y ella se retiró. Al dejar las aulas sintió que envejecía de súbito y que el tiempo se aceleraba, los días pasaban demasiado rápido sin que ella pudiera recordar en qué se le habían ido las horas.
-Ando aturdida, turco. Me estoy muriendo sin darme cuenta -comentó.
-Estás tan sana como siempre, Inés. Lo que pasa es que te aburres, no debes estar ociosa -replicó Riad Halabí y le dio la idea de agregar unos cuartos en su casa y convertirla en pensión.-En este pueblo no hay hotel.
-Tampoco hay turistas -alegó ella.
-Una cama limpia y un desayuno caliente son bendiciones para los viajeros de paso.
Así fue, principalmente para los camioneros de la Compañía de Petróleos, que se quedaban a pasar la noche en la pensión cuando el cansancio y el tedio de la carretera les llenaban el cerebro de alucinaciones.
La Maestra Inés era la matrona más respetada de Agua Santa. Había educado a todos los niños del lugar durante varias décadas, lo cual le daba autoridad para intervenir en las vidas de cada uno y tirarles las orejas cuando lo consideraba necesario. Las muchachas le llevaban sus novios para que los aprobara, los esposos la consultaban en sus peleas, era consejera, árbitro y juez en todos los problemas, su autoridad era más sólida que la del cura, la del médico o la de la policía. Nada la detenía en el ejercicio de ese poder. En una ocasión se metió en el retén, pasó por delante del Teniente sin saludarlo, cogió las llaves que colgaban de un clavo en la pared y sacó de la celda a uno de sus alumnos, preso a causa de una borrachera. El oficial trató de impedírselo, pero ella le dio un empujón y se llevó al muchacho cogido por el cuello. Una vez en la calle le propinó un par de bofetones y le anunció que la próxima vez ella misma le bajaría los pantalones para darle una zurra memorable.
El día en que Inés fue a anunciarle que había matado a un cliente, Riad Halabí no tuvo ni la menor duda de que hablaba en serio, porque la conocía demasiado. La tomó del brazo y caminó con ella las dos cuadras que separaban La Perla de Oriente de la casa de ella. Era una de las mejores construcciones del pueblo, de adobe y madera, con un porche amplio donde se colgaban hamacas en las siestas más calurosas, baños con agua corriente y ventiladores en todos los cuartos. A esa hora parecía vacía, sólo descansaba en la sala un huésped bebiendo cerveza con la vista perdida en la televisión.
-¿Dónde está? -susurró el comerciante árabe.
-En una de las piezas de atrás -respondió ella sin bajar la voz.
Lo condujo a la hilera de cuartos de alquiler, todos unidos por un largo corredor techado, con trinitarias moradas trepando por las columnas y maceteros de helechos colgando de las vigas, alrededor de un patio donde crecían nísperos y plátanos. Inés abrió la última puerta y Riad Halabí entró en la habitación en sombras. Las persianas estaban corridas y necesitó unos instantes para acomodar los ojos y ver sobre la cama el cuerpo de un anciano de aspecto inofensivo, un forastero decrépito, nadando en el charco de su propia muerte, con los pantalones manchados de excrementos, la cabeza colgando de una tira de piel lívida y una terrible expresión de desconsuelo, como si estuviera pidiendo disculpas por tanto alboroto y sangre y por el lío tremendo de haberse dejado asesinar. Riad Halabí se sentó en la única silla del cuarto, con la vista fija en el suelo, tratando de controlar el sobresalto de su estómago. Inés se quedó de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, calculando que necesitaría dos días para lavar las manchas y por lo menos otros dos para ventilar el olor a mierda y a espanto.
-¿Cómo lo hiciste? -preguntó por fin Riad Halabí secándose el sudor.
-Con el machete de picar cocos. Me vine por detrás y le di un solo golpe. Ni cuenta se dio, pobre diablo.
-¿Por qué?
-Tenía que hacerlo, así es la vida. Mira qué mala suerte, este viejo no pensaba detenerse en Agua Santa, iba cruzando el pueblo y una piedra le rompió el vidrio del carro. Vino a pasar unas horas aquí mientras el italiano del garaje le conseguía otro de repuesto. Ha cambiado mucho, todos hemos envejecido, según parece, pero lo reconocí al punto. Lo esperé muchos años, segura de que vendría, tarde o temprano. Es el hombre de los mangos.
-Alá nos ampare -murmuró Riad Halabí.
-¿Te parece que debemos llamar al Teniente?
-Ni de vaina, cómo se te ocurre.
-Estoy en mi derecho, él mató a mi niño.
-No lo entendería, Inés.
-Ojo por ojo, diente por diente, turco. ¿No dice así tu religión?
-La ley no funciona de ese modo, Inés.
-Bueno, entonces podemos acomodarlo un poco y decir que se suicidó.
-No lo toques. ¿Cuántos huéspedes hay en la casa?
-Sólo un camionero. Se irá apenas refresque, tiene que manejar hasta la capital.
-Bien, no recibas a nadie más. Cierra con llave la puerta de esta pieza y espérame, vuelvo en la noche.
-¿Qué vas a hacer?
-Voy a arreglar esto a mi manera.
Riad Halabí tenía sesenta y cinco años, pero aún conservaba el mismo vigor de la juventud y el mismo espíritu que lo colocó a la cabeza de la muchedumbre el día que llegó a Agua Santa. Salió de la casa de la Maestra Inés y se encaminó con paso rápido a la primera de varias visitas que debió hacer esa tarde. En las horas siguientes un cuchicheo persistente recorrió al pueblo, cuyos habitantes se sacudieron el sopor de años, excitados por la más fantástica noticia, que fueron repitiendo de casa en casa como un incontenible rumor, una noticia que pujaba por estallar en gritos y a la cual la misma necesidad de mantenerla en un murmullo le confería un valor especial. Antes de la puesta del sol ya se sentía en el aire esa alborozada inquietud que en los años siguientes sería una característica de la aldea, incomprensible para los forasteros de paso, que no podían ver en ese lugar nada extraordinario, sino sólo un villorrio insignificante, como tantos otros, al borde de la selva. Desde temprano empezaron a llegar los hombres a la taberna, las mujeres salieron a las aceras con sus sillas de cocina y se instalaron a tomar aire, los jóvenes acudieron en masa a la plaza como si fuera domingo. El Teniente y sus hombres dieron un par de vueltas de rutina y después aceptaron la invitación de las muchachas del burdel, que celebraban un cumpleaños, según dijeron. Al anochecer había más gente en la calle que un día de Todos los Santos, cada uno ocupado en lo suyo con tan aparatosa diligencia que parecían estar posando para una película, unos jugando dominó, otros bebiendo ron y fumando en las esquinas, algunas parejas paseando de la mano, las madres correteando a sus hijos, las abuelas husmeando por las puertas abiertas. El cura encendió los faroles de la parroquia y echó a volar las campanas llamando a rezar el novenario de San Isidoro Mártir, pero nadie andaba con ánimo para ese tipo de devociones.
A las nueve y media se reunieron en la casa de la Maestra Inés el árabe, el médico del pueblo y cuatro jóvenes que ella había educado desde las primeras letras y eran ya unos hombronazos de regreso del servicio militar. Riad Halabí los condujo hasta el último cuarto, donde encontraron el cadáver cubierto de insectos, porque se había quedado la ventana abierta y era la hora de los mosquitos. Metieron al infeliz en un saco de lona, lo sacaron en vilo hasta la calle y lo echaron sin mayores ceremonias en la parte de atrás del vehículo de Riad Halabí. Atravesaron todo el pueblo por la calle principal, saludando como era la costumbre a las personas que se les cruzaron por delante. Algunos les devolvieron el saludo con exagerado entusiasmo, mientras otros fingieron no verlos, riéndose con disimulo, como niños sorprendidos en alguna travesura. La camioneta se dirigió al lugar donde muchos años antes el hijo de la Maestra Inés se inclinó por última vez a coger una fruta. En el resplandor de la luna vieron la propiedad invadida por la hierba maligna del abandono, deteriorada por la decrepitud y los malos recuerdos, una colina enmarañada donde los mangos crecían salvajes, las frutas se caían de las ramas y se pudrían en el suelo, dando nacimiento a otras matas que a su vez engendraban otras y así hasta crear una selva hermética que se había tragado los cercos, el sendero y hasta los despojos de la casa, de la cual sólo quedaba un rastro casi imperceptible de olor a mermelada. Los hombres encendieron sus lámparas de queroseno y echaron a andar bosque adentro, abriéndose paso a machetazos. Cuando consideraron que ya habían avanzado bastante, uno de ellos señaló el suelo y allí, a los pies de un gigantesco árbol abrumado de fruta, cavaron un hoyo profundo, donde depositaron el saco de lona. Antes de cubrirlo de tierra, Riad Halabí dijo una breve oración musulmana, porque no conocía otras. Regresaron al pueblo a medianoche y vieron que todavía nadie se había retirado, las luces continuaban encendidas en todas las ventanas y por las calles transitaba la gente.
Entretanto la Maestra Inés había lavado con agua y jabón las paredes y los muebles del cuarto, había quemado la ropa de cama, ventilado la casa y esperaba a sus amigos con la cena preparada y una jarra de ron con jugo de piña. La comida transcurrió con alegría comentando las últimas riñas de gallos, bárbaro deporte, según la Maestra, pero menos bárbaro que las corridas de toros, donde un matador colombiano acababa de perder el hígado, alegaron los hombres. Riad Halabí fue el último en despedirse. Esa noche, por primera vez en su vida, se sentía viejo. En la puerta, la Maestra Inés le tomó las manos y las retuvo un instante entre las suyas.
-Gracias, turco -le dijo.
-¿Por qué me llamaste a mí, Inés?
-Porque tú eres la persona que más quiero en este mundo y porque tú debiste ser el padre de mi hijo.
Al día siguiente los habitantes de Agua Santa volvieron a sus quehaceres de siempre engrandecidos por una complicidad magnífica, por un secreto de buenos vecinos, que habrían de guardar con el mayor celo, pasándoselo unos a otros por muchos años como una leyenda de justicia, hasta que la muerte de la Maestra Inés nos liberó a todos y puedo yo ahora contarlo.




Isabel Allende (Chile)
Breve reseña sobre su obra
Escritora chilena nacida en Lima, Perú, en 1942. Pasó largas temporadas en Europa, residiendo especialmente en Bruselas y Suiza. Trabajó para la Organización de las Naciones Unidas, tomó parte en la redacción de la revista Paula, realizó colaboraciones para la revista infantil Mampato y trabajó en la televisión chilena. En 1975 y a raíz del golpe de estado encabezado por el general Pinochet, se autoexilia con su familia en Venezuela donde trabajará para el diario El Nacional.
Ha recibido los premios Mejor Autor y Novela del Año en Alemania en 1984, el Grand Prix d'Evasion, en Francia en 1984, el Grand Prix de la Radio Television Belge en 1985, el Premio Literario Colima en México en 1986, el XV Premio Internazionale I Migliori Dell'Anno en Italia en 1987, Independent Foreign Fiction Award 1993 en Inglaterra, Hispanic Heritage Award for Literature 1996 en EE.UU., Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2003 en Chile, el Premio Nacional de Literatura de Chile 2010 y el Premio Hans Christian Andersen de Literatura 2010 en Dinamarca. Ha sido nombrada Doctor Honoris Causa por la Universidad de Chile, New York State University, Florida Atlantic University, Columbia College Chicago y Università di Trento. En 1989 fue designada miembro de la Academia de la Lengua Chilena.

Entre sus publicaciones se cuentan las novelas La casa de los espíritus (1982), De amor y de sombra (1984), Eva Luna (1987), El plan infinito (1991), Retrato en sepia (2000), La ciudad de las bestias (2002), Inés del alma mía (2006) y La isla bajo el mar (2009); los libros de relatos La gorda no es de porcelana (1984) y Cuentos de Eva Luna (1989), y diversas publicaciones autobiográficas y obras teatrales.


El huésped de la maestra pertenece a Cuentos de Eva Luna, publicados por Ediciones De Bolsillo.

miércoles, 29 de marzo de 2017

IDEOGRAMAS HÚMEDOS .- Mercedes Abad


Los franceses son así. Créanme: nadie que no haya nacido francés, que no tenga su gusto por la poésie y esa proclividad a comportarse como personajes que acabaran de abandonar las páginas de una novela para echarle un vistazo a la realidad puede convocar en plena Navidad una fiesta destinada a celebrar la llegada de la primavera.
Al menos no con la pasmosa naturalidad con que lo hizo Chantal, quien a continuación me rogó, en un voluptuoso susurro, que acudiera a la fiesta con ropas ligeras y vaporosas, con ánimo de evocar (palabras textuales)
l’épanouissement du corps et la profonde réjouissance qui s'empare des sens quand le printemps arrive. Si no se es francés, más vale no decir jamás cosas de este calibre, a menos que uno esté agonizando en su lecho de muerte y aspire a dejar una última frase que proporcione tema de conversación a sus allegados.
Durante todo aquel mes de diciembre, París nos había regalado una lluvia incesante y cielos de un gris plomizo empecinado, que parecían directamente salidos de algún manual para uso exclusivo de poetas tenebrosos en busca de inspiración. Pero en el invernadero que Chantal había hecho construir en la terraza de su fastuoso ático de la Rue de Rivoli la sugestión primaveral era casi perfecta; los olores me alcanzaban en sucesivas oleadas y el aire era tan tibio y ligero que no pude evitar cierta agitación sensorial. Mientras observaba a Chantal moverse entre agapantos, orquídeas y hortensias gigantescas con la delicada elegancia de un felino y la gracia de una etérea criatura de los bosques pese a sus altísimos tacones, me sentí una auténtica zarrapastrosa y recordé lo que un día me había dicho un obrero cuando pasé a su lado haciendo retumbar el pavimento bajo mis zancadas:
«¡Oye! ¡Que vas a romper el suelo!». Con tantas francesas por metro cuadrado, envueltas en sutiles transparencias y rebosantes de charme et d'esprit, me dije que mis posibilidades de encontrar algún atractivo compañero de cama con quien romper un mes de mona calle enclaustramiento eran por desgracia escasas.
Mientras me servía una copa, un soplo de brisa procedente de los ventiladores que había hecho instalar la anfitriona me trajo una intensa fragancia de flores blancas. Localicé en un rincón un frondoso macizo de madreselvas en el que me precipité a hundir la cara hasta marearme con su aroma. Estaba convencida de que nadie me veía pero, apenas retiré la cara del lujuriante lecho de madreselvas, mis ojos toparon, en un impresionante aunque silencioso choque frontal, con la mirada de un hombre. Había en ella un fulgor tan vehemente e imperioso que, aunque no soy una mujer tímida o pusilánime, no pude sostenerla más de tres o cuatro segundos. Cuando recobré el ánimo y volví a mirarlo, sus ojos no habían perdido un ápice de su turbadora intensidad. Tenía rasgos orientales y parecía un príncipe. Y, a juzgar por la forma en que me miraba, el abordaje era inminente.
Entonces sucedió algo extraño. Un desconocido se abalanzó sobre mí, me saludó entre exclamaciones de placer y efusiones, como si nos conociéramos de toda la vida, y me arrastró con inapelable autoridad hacia el extremo opuesto del invernadero. Cuando el oriental estaba ya fuera de nuestro campo visual, el tipo me obligó a sentarme. Yo estaba tan perpleja que ni siquiera formulé la menor objeción.
-Espero que no estuvieras pensando en tener una aventura con ese hombre -dijo el desconocido sin perder un minuto en preámbulos-.
Es un individuo realmente peligroso, dueño de una crueldad sin límites.
Por toda réplica, parpadeé dos o tres veces. Me dije que, por el momento, la perplejidad no corría el menor riesgo de verse desplazada en su calidad de sentimiento dominante.
Tras presentarse sucintamente, mi ángel de la guarda pasó a contarme todo lo que sabía del hombre de mirada fulgurante. Había nacido en Japón, hijo de una japonesa y de un oficial norteamericano que la abandonó mucho antes de que el niño naciera, ella se había quitado la vida poco después de dar a luz y el niño fue educado por sus abuelos.
Ahora era profesor de japonés y sobre él circulaba toda clase de historias, a cual más siniestra. Había quien decía que albergaba una feroz animadversión hacia los norteamericanos; otros sostenían que su odio no conocía prejuicios, pues abarcaba a la humanidad entera; otros más aseguraban que su acritud tenía por objeto exclusivo a las mujeres, sin distinciones de raza, condición o nacionalidad. Había tenido centenares de amantes y todas ellas habían sido víctimas de refinadas crueldades e inconfesables humillaciones.
Pero la historia más abominable de cuantas habían llegado a su conocimiento era la de una joven estudiante norteamericana a quien él sedujo cuando era su alumna. El día en que la chica cumplió veintiún años, el hombre de mirada fulgurante le regaló un hermoso estuche de madera, delicadamente decorado con bonitos ideogramas, y lleno de pinceles de distinto grosor y de barritas de tinta. Le dijo que lo había hecho todo con sus propias manos, tanto el estuche como los utensilios que contenía; así, cuando ella hiciera sus ejercicios de caligrafía, no podría dejar de pensar en él. Días después, en el curso de una cena, ella le mostró orgullosa sus ejercicios, y él le contó una ancestral tradición japonesa que su abuela le había referido muchos años atrás. Cuando en Japón una mujer quería retener a un hombre y hacerlo suyo para siempre, le explicó, le escribía cartas de amor sirviéndose para el o de un peculiar sistema. En lugar de humedecer en agua las barritas de tinta, las mujeres se las introducían en el sexo para humedecer la tinta en sus propios jugos vaginales, de forma que los ideogramas que trazaban sobre el papel estaban hechos con una parte de sí mismas, y sus efluvios, mezclados con la tinta, envolvían al amante en un sutil aunque poderoso sortilegio.
Llegaron las vacaciones de verano y el hombre de mirada fulgurante tuvo que regresar de forma repentina a Japón, reclamado por un asunto familiar. La joven estudiante norteamericana, que bebía los vientos por él, recordó entonces la historia que le había contado y se dispuso a escribirle una carta de amor en japonés mezclando la tinta con sus secreciones íntimas.
Era verano y la joven llevaba tan sólo una ligera bata de seda. Se quitó las bragas, aspiró su propio olor y luego frotó con el as el papel en blanco, como si quisiera intensificar de ese modo la eficacia del sortilegio. Luego introdujo con delicadeza la barrita en su sexo y la movió suavemente hacia dentro y hacia fuera. Sólo cuando la barrita estuvo bien empapada en sus jugos, mojó la muchacha el pincel en la tinta y se dispuso a dibujar con gran aplicación los ideogramas de su carta. Pero, al poco, una intensa comezón en su sexo le hizo desear introducir nuevamente la barrita. La joven atribuyó su excitación al calor, a su semidesnudez y al tono erótico que había cobrado su amorosa misiva.
Sus labios se abrieron de nuevo y acogieron la barrita con un hospitalario ruidito de succión. Imaginó que era la verga de su amante la que se abría paso en su interior. Se le ocurrió entonces que si utilizaba la barrita para darse placer hasta alcanzar el orgasmo, el hechizo surtiría un efecto más poderoso aún. Y así lo hizo.
Lamentablemente, la muchacha nunca acabó de escribir la carta, con lo que la supuesta eficacia de sus jugos vaginales quedó en entredicho. Tampoco pudo llegar al orgasmo porque se lo impidió un agudo dolor en su sexo, como si se lo estuvieran quemando con un hierro al rojo vivo. Pese a que sacó inmediatamente la barrita, el dolor era cada vez más intenso. Haciendo de tripas corazón, logró vestirse, bajar a la calle y coger un taxi que la llevó al hospital. En el hospital hicieron por ella cuanto pudieron, pero su clítoris y gran parte de su vagina habían sido corroídas por algún tipo de ácido desconocido y jamás volvería a experimentar placer sexual. Por mucho que la interrogaron para saber cómo se había hecho aquello, ella persistió en su obstinado mutismo.
-Lo amaba tanto -dijo por último mi informante subrayando sus palabras con una mirada melancólica que realzaba el atractivo de sus grandes ojos castaños- que se negó a denunciarlo.
-¿Y cómo sabes tú esa historia? -le pregunté.
-Soy químico. La norteamericana conocía a una amiga mía y acudió a mí para que analizara la barrita. Supongo que todavía se resistía a creer que aquel tipo hubiera envenenado la tinta. Pero los análisis fueron concluyentes: la tinta había sido mezclada con raíz de shimuki en polvo, un veneno de efecto corrosivo que sólo se encuentra en Japón.
Aquella noche, no tardé en acabar en brazos del tipo que tan oportunamente me había salvado de quién sabe qué refinadas torturas.
Tres días después, el azar quiso que me topara con Chantal.
-Veo que hiciste muy buenas migas con mi amigo Marcel -dijo con una sonrisita llena de sobrentendidos.
-¿Marcel? -pregunté yo fingiendo haberlo olvidado por completo -. ¿Quieres decir el químico?
-¿Químico? No es químico... Puede que, efectivamente, entre vosotros dos haya mucha química, pero Marcel, de eso estoy segura, es escritor. Todavía no ha publicado nada, pero está en tratos con una editorial. Desde luego, tiene una imaginación prodigiosa. No me digas que no lo notaste.
-¡Oh, sí! ¡Ya lo creo que lo noté! -dije recordando al punto la historia con la que Marcel (sólo ahora lo comprendía) había conseguido el doble propósito de apartarme de cierto oriental de mirada turbadora y envolverme en sus propias redes.
Tras despedirme de Chantal, me alejé pensando en el enorme y sincero aprecio que por la literatura siente el pueblo francés.

Barcelona, abril de 1999

FIN


martes, 28 de marzo de 2017

LA LINTERNA MÁGICA



Cuento costumbrista.
Manuel A. Alonso

Una de las cosas que distinguen mi carácter, y que en él sirven de contraste a ciertos arranques impetuosos, es la grandísima flema con que muchas veces me detengo, aun en los parajes más públicos, a mirar objetos que son tenidos por la gente de frac y levita como indignos de llamar su atención; así no es extraño hallarme con tamaña boca abierta parado delante de una tienda de estampas contemplando una testa contrahecha de Napoleón, un Gonzalo de Córdoba patituerto o un Luis XIV jorobado, y allí me estoy largo rato para despedirme después con una sonrisa: tampoco es raro el verme detenido en medio de una calle, estorbando, si es menester, a los que pasan, para oír la ensarta de disparates con que un ciego publica el romance nuevo, donde se da razón de la batalla sangrienta de los doce Pares de Francia contra los moros mandados por don Juan de Austria.
Un día, no muy lejano de éste en que escribo, iba yo por una calle muy concurrida, cuando picó mi natural curiosidad un grupo de personas apiñadas alrededor de una especie de cajón pintado de verde y colocado sobre un trípode de cuatro palmos de elevación, y que tenía en el frente que daba a los espectadores un cristal de forma circular. Cada uno de los que se acercaban a mirar por él entregaba un par de cuartos a un hombre extravagantemente vestido, que tocaba el tamboril; mientras, un muchacho de unos doce años, cubierto de harapos y no tan limpio como cualquier cosa sucia, gritaba sin parar, diciendo:
-Vamos, señores; ¿quién por dos cuartos no ve todos los países de la tierra y de la luna? Reparen el ahorro de dinero que esto puede proporcionarles. Aquí, aquí, señores y señoras de ambos sexos, y verán, sin necesidad de estropearse corriendo en un carruaje, de marearse navegando, ni de morirse de hambre y de asco en las posadas, todo lo que pasa desde la isla del gigante Revientapanzas, situada en el cuerno izquierdo de la luna, hasta los trópicos del polo norte, y desde allí hasta la casa del Preste Juan de las Indias.
Los circunstantes pagaban e iban mirando uno después de otro por el cristal, retirándose después muy satisfechos; el muchacho gritaba más fuerte cuando disminuía el número, y así continuó por un largo rato; íbame yo a marchar, cuando le oí que decía entre varios otros despropósitos:
-Ea, señores, aprovechen el día, que esto no se logra sino una vez al año; saquen esos cuartejos que se les están pudriendo en los bolsillos, y prevengan otros por esta noche, que el maestro dará una gran función de magia en la calle de los Imposibles, número treinta, primera habitación bajando del cielo. Allí verán ustedes cómo se adivina lo que ha de venir, y se dice lo que cada prójimo piensa de los demás, y los demás de él.
Al escuchar esto me acerqué al que el muchacho llamaba maestro, y que en realidad le convenía este dictado en la ciencia de los embrollos y mentiras.
-Oiga, usted -le dije-, ¿sería usted capaz de alcanzar lo que pensarán de cierta obrita en cierto país que yo sé?
-Sí, señor, y por de pronto digo: que esa obrita se titula El jíbaro y usted es el autor.
Quédeme pasmado, y él añadió:
-No es extraño la turbación de usted; lo mismo sucede a todos; pero, perdone usted que no puedo entretenerme, y si quiere ver maravillas no deje de ir esta noche a mi casa.
En efecto, llegué a ella de los primeros, y después de aguardar cerca de dos horas, se corrió una cortina, y empezó la función por mi pregunta, que había sido la primera, después de un rato de música de pito y tamboril,
-Muchacho -dijo el charlatán-, métete dentro del diablo.
Así llamaba una cara disforme, mal pintada en un lienzo blanco, detrás del cual se metió el asqueroso muchacho.
-¿Estás ya listo?
-Sí, señor, ya estoy dentro.
-Vamos, pues; dime lo que ves; prosiguió el maestro, a guisa de magnetizador.
-Señor, veo una ciudad en que hay unos cuantos que oyen leer un libro: los unos ríen, los otros bostezan; qué bueno es esto, dicen unos; que malísimo, dicen otros; cada cual cree conocer mejor que los demás dónde está el mérito y dónde las faltas.
-Bueno, muchacho; y, ¿qué más?
-Hay uno que dice que el autor es rubio; otro que moreno, y otro que negro.
-Muchacho, sigue, ésos son unos tontos.
-Señor, hay una vieja que dice que es hereje.
-Chico, chico, deja esa vieja, que después de haber dado, como se dice, la carne al diablo, quiere dar ahora los huesos a Dios.
-Hay dos guapos mozos que en cada personaje ven un retrato de una persona que conocen.
-Pues dale un coscorrón a cada uno de esos guapos mozos, para que aprendan a ver la falta y no el culpable, y para que sean más nobles y no crean tan bajo al autor.
-Señor, señor, veo a dos que están a punto de desafiarse, porque el uno dice que el autor es frío, y el otro que demasiado caliente.
-Déjalos que se rompan las narices, que los dos piden peras al olmo.
Habló después el muchacho de infinidad de tipos, que no dejaron de servirme de diversión: poetas que jamás han escrito un verso, literatos que ¡Dios nos asista!, críticos ignorantes que hallaban un defecto en el perfil de cada letra, y amigos desconsiderados que todo lo aplaudían; finalmente dijo:
-Ahora alcanzo a ver unos señores muy comedidos que discuten sin enfadarse y que hacen con mucha calma sus observaciones.
-Pues sal de dentro del diablo, para que no digas algún despropósito contra esos señores, que deben ser hombres de talento.
Salió efectivamente de detrás de la cortina, y yo de la casa pensando en lo que había oído.
Al día siguiente fui a buscar al charlatán para que me dijera cómo supo todo aquello de ser yo el autor de El jíbaro.
-Muy sencillamente -me respondió-: días pasados estuve donde imprimen la obrita, allí le vi a usted y hasta leí una prueba vieja que me dio uno de los cajistas que es amigo mío. En cuanto a la opinión que de ella formarán, eso es cosa olvidada ya y poco más o menos de todas se forma la misma, según el caletre de cada uno de los que la leen.
¡Dichoso yo!, exclamé cuando me vi lejos de aquella buena pieza, dichoso yo que no seré juzgado según me ha predicho este perillán, porque en Puerto-Rico ni hay quien me crea de ninguno de los colores del iris, ni viejas que me tengan por hereje, ni guapos mozos que me consideren capaz de copiar a un individuo determinado para hacer públicos sus defectos, ni majaderos que me crean frío ni caliente; sino personas instruidas y juiciosas que me tienen por templado, cual conviene al escritor de costumbres, y ajeno a toda pasión mezquina, y lo que es más ni siquiera tengo un enemigo, y carezco de envidiosos émulos, porque carezco también del mérito que pudiera acarreármelos. ¡Dichoso yo! que estoy cierto de que al concluir de leer este libro dirán mis paisanos lo que yo dije al comenzarle: Es el fruto de muchas horas robadas al sueño y al descanso de una profesión noble y santa a que se dedica.

FIN

El gíbaro, 1849



jueves, 9 de marzo de 2017

LA GORDA DE PORCELANA ISABEL ALLENDE



Contraportada:
La historia que cuenta este libro es un relato lleno de humor e imaginación, que responde a esta pregunta: ¿Qué le puede suceder a un hombre gris que se lleva a casa a una señora de porcelana?

Desde la primera vez que lo vi, don Cornelio ocupó un lugar en mi corazón. Era un caballero de ojos redondos y miopes, que vestía un traje gris algo antiguo, con catorce bolsillos. De lejos parecía dulce y amable. De cerca era tímido. Vivía en una pensión del barrio y nosotros, sus vecinos, ajustábamos los relojes cuando él pasaba por la mañana, porque su puntualidad desafiaba el cronómetro de la radio. Jamás se atrasaba ni adelantaba un segundo. Salía a las ocho y tres minutos en punto y echaba a andar con pasos medidos hacia la esquina, donde tomaba el bus [1] verde que lo conducía a su trabajo. Muchas veces me encontré con él y así, con el transcurso del tiempo, nos hicimos amigos. Gracias a eso puedo contar su historia sin temor a equivocarme, porque la escuché de sus propios labios.
[1] Ómnibus.
Don cornelio trabajaba en un lugar tenebroso, una sala polvorienta, con una sola ventana que no se había abierto en muchos años, atiborrada de papeles importantes que nadie leía. Era una Notaría [2]. Allí pasaba todo el día escribiendo con su hermosa caligrafía, en unos papelotes que luego eran archivados por toda la eternidad. Lo más notable de aquel sitio eran los ratones. Entre los pesados muebles metálicos y los antiguos armarios vivían numerosas familias, tribus, pueblos enteros de estas pequeñas bestias peludas. Una de las tareas de don Cornelio era combatirlos, pues debía impedir que devoraran los valiosos documentos. No sentía odio personal contra los roedores, al contrario, le gustaban, porque también eran tímidos y grises, con ojos redondos y miopes, pero cumplía con su obligación de eliminarlos. Cada día administraba a sus enemigos una dosis de veneno que transportaba en alguno de sus catorce bolsillos, y su primer deber al llegar a la Notaría era revisar el campo de batalla. Recorría los rincones a gatas, deseando que las trampas estuvieran vacías, y cuando encontraba un cadáver, lo agarraba con la punta de los dedos y lo echaba a la basura con un suspiro de lástima.
[2] Escribanía.
Al mediodía cerraba su escritorio, tomaba la bolsa de su merienda y se dirigía a la Plaza, que quedaba justo a noventa y un pasos de la Notaría (los había contado). Allí, entre los árboles, rodeado de altos edificios, masticaba su pan con queso, calentándose con el tenue rayo de sol que iluminaba su sombrero gris. No hablaba con la gente, pero observaba a los otros paseantes con curiosidad. Había siempre algunos niños jugando, y, de vez en cuando, alguna pareja de enamorados besándose bajo el castaño. A menudo se encontraba con el Loco. Era éste un simpático personaje que alborotaba el paisaje con su risa sin motivo, sus pasitos de baile y sus cordiales saludos a las aves, a los automóviles y, por supuesto, a las personas, aunque nadie respondía a sus buenos días y volvían la cara, fingiendo que no lo habían visto. A don Cornelio le gustaba el Loco, pero tenía vergüenza de saludarlo, porque él se consideraba un hombre muy serio.
Entre los que frecuentaban la Plaza, aparte del Loco, el ser más pintoresco era una anciana con capelina de flores y zapatos ortopédicos, poseedora de la más encantadora sonrisa, que alimentaba a las palomas con galletas de avena. Si éste fuera un cuento de hadas, ella sería el hada madrina, pero no lo es. Este es un cuento de verdad verdadera. Don Cornelio la observaba de reojo y muchas veces estuvo a punto de saludarla, pero su timidez lo detenía.
A las siete de la tarde un timbre sonaba en la Notaría y los escribientes guardaban sus plumas, sus tinteros, sus sellos, y partían. El último en salir era don Cornelio, no sin antes revisar las trampas de los ratones, apagar las luces y echar los cerrojos. Luego tomaba el autobús verde de vuelta a la pensión donde vivía. Salvo los domingos, todos los días eran iguales para él. Estaba casi satisfecho con esa vida sin emociones y muy rara vez se daba cuenta de la monotonía de su existencia.
Hasta ahora sólo he presentado al personaje principal de esta historia. Ahora contaré los extraños acontecimientos que cambiaron su vida.
Todo comenzó un día de otoño dorado y frío. Vi salir a don Cornelio de su pensión, como todas las mañanas, y me apresuré a controlar los punteros [3] de mi reloj,. Llevaba al cuello una larga bufanda gris y contaba los ochenta y siete pasos que lo separaban del autobús, sin mirar hacia los lados porque se conocía la calle de memoria. Desde mi ventana lo vi avanzar como un velero con su bufanda al viento y pensé que ése sería otro día sin sorpresas. Pero no fue así. De pronto, a mitad de cuadra, se detuvo alarmado: había visto algo nuevo. Era una tienda recién inaugurada, con un escaparate [4] azul y verde como un acuario, en medio de los severos edificios de nuestro barrio. El escribiente de la Notaría se aproximó fascinado, perdiendo la cuenta de los pasos que lo llevaban hasta la esquina. Vio muchos objetos extraños, el timón de un antiguo naufragio, una muñeca con una tristeza de pelos humanos, abanicos de plumas robadas a las aves del Paraíso y otros objetos provenientes de remotos lugares. En el centro de todos ellos, en lugar de honor, se encontraba la Gorda de Porcelana.
[3] Agujas.
[4] Vidriera.
¿Cómo puedo describirla para que ustedes la imaginen? Era una rolliza dama, caótica y enorme, mal cubierta por velos de loza, sosteniendo en una mano un racimo de uvas y en la otra una paloma bizca. Cintas color vainilla sujetaban sus rizos y calzaba increíbles zapatillas de gladiador romano. Evidentemente no fue diseñada como lámpara, tampoco servía para colgar abrigos en un vestíbulo y nadie la habría puesto de adorno en parte alguna, pues ocupaba más espacio que una bicicleta y era frágil como una buena intención. Nuestro amigo la observaba petrificado y no reaccionó hasta un par de minutos después, cuando se dio cuenta de que iba a perder su habitual transporte.
Salió disparado, enredándose en las puntas de su bufanda, y alcanzó a trepar al bus en el último instante.
Estuvo todo el día distraído, trabajando sin ganas, con la mente ocupada en la figura de porcelana. No podía dejar de pensar en ella. A la mañana siguiente lo vi salir apresuradamente de la pensión cinco minutos más temprano, lo cual descontroló los relojes de todos los vecinos. Se instaló frente a la ventana del anticuario [5] y allí estuvo un largo rato mirando con la boca abierta. Fue en ese momento, tal como él me contó mucho después, cuando la Gorda de Porcelana le guiñó un ojo.
[5] Vendedor de objetos antiguos.
Don Cornelio, lógicamente, pensó que había visto mal. Era muy miope, como ya dijimos. Sacó sus lentes, los limpió con cuidado y se los colocó, pegando la nariz al vidrio para ver mejor. ¡Y entonces le pareció que la Gorda le guiñaba el otro ojo!
Comprendió que por primera vez llegaría tarde a su trabajo, porque no pudo apartarse del escaparate. Se quedó allí haciendo morisquetas, saludos, pequeñas reverencias cortesanas, hasta que empezó a juntarse la gente a su alrededor para observar su curioso comportamiento. De súbito se percató de que era el centro de una aglomeración y, espantado, entró a toda prisa en la tienda para huir de los mirones. Al mover la puerta sonaron unas campanas chinas y tuvo otro sobresalto, porque pensó que había roto algo. Pero la sonrisa amable del anticuario lo tranquilizó.
Nuestro amigo quedó de pie entre aquellos peculiares objetos, paseando la vista por todos lados, temeroso, tal vez, de que allí surgiera un pulpo o una profesora de matemáticas.
-Lo vi mirando a la ninfa [6] ¿le gusta? -inquirió el anticuario, mientras rociaba con naftalina una lechuza embalsamada.
[6] En sentido figurado, joven hermosa.
-Creo que me guiñó un ojo -dijo don Cornelio, sintiéndose como un imbécil.
-Es muy antigua y muy rara -explicó el otro sin sorprenderse en absoluto.
-Podría jurar que también me guiñó el otro -agregó don Cornelio con un hilo de voz.
-Es posible...
-¿Cuánto vale? -quiso saber el escribiente.
-¿Cuánto gana usted? -preguntó a su vez el anticuario atusando [7] sus bigotes de mosquetero.
[7] Arreglando.
Don Cornelio, extrañado, se lo dijo.
-Entonces, ése es su precio -dijo el dueño de la tienda sacudiendo a la Gorda con un plumero.
Era una enorme cantidad de dinero para un modesto empleado de Notaría. Se aproximó a la estatua, esperando que ella hiciera algún gesto amigable, pero nada ocurrió: permaneció inmóvil y silenciosa, tal como se espera de algo fabricado con loza.
-Está bien, la compraré -decidió don Cornelio, dejándose llevar por un impulso irresistible.
El anticuario recibió el dinero sin contarlo, lo metió en el bolsillo de su chaleco y dio un par de volteretas entusiasmado.
-Ella le cambiará la vida -le aseguró a su cliente.
No sabía don Cornelio cuan cierto era lo que oía.
El escribiente levantó a la Gorda con cuidado, descubriendo que era más liviana de lo que parecía a simple vista. Salió así cargado de la tienda, despedido por las campanas chinas de la puerta. Pero, afuera, todavía se apiñaban los curiosos y, al sentirse observado con burla, retrocedió asustado.
-¿Tiene algo para taparla? -pidió.
El dueño de la tienda abrió un baúl de madera y pasó algunos minutos hurgando en su interior, mientras la habitación se impregnaba de un tenue olor a sándalo. Por fin, extrajo un gran paño negro que, al ser desplegado, resultó tener en el centro una calavera y dos tibias cruzadas. Era una bandera de pirata.
-¿Cómo se llama? -preguntó don Cornelio arropando a la figura con la bandera.
-Mi nombre es Baltasar -replicó el vendedor con una inclinación.
-No, la estatua...
-¡Ah! Su nombre es Fantasía -respondió con otra inclinación.
Don Cornelio concluyó que aquel nombre le agradaba y salió a la calle con su nueva adquisición en los brazos, ignorando las miradas de los intrusos y el escándalo de las campanas chinas.
Caminó de regreso a su pensión, sin acordarse para nada de la Notaría. Abrió la puerta y procuró deslizarse al interior con cautela, para no atraer la atención. Cruzó el vestíbulo en punta de pies y enfiló hacia la escalera, pero cuando ya se creía a salvo, la voz estridente de la patrona lo paralizó en su sitio.
-¿Qué lleva allí? -inquirió asomando la nariz entre las hojas del helécho que decoraba la entrada.
-Un simple adorno -replicó suavemente don Cornelio.
Ella quiso verlo. Ese bulto del tamaño de un cadáver le pareció muy sospechoso y ella era muy estricta con sus inquilinos. Se enorgullecía de que la suya era una pensión respetable, donde no se admitían niños ni animales y, con mayor razón, debía ser inflexible respecto a los adornos. A nuestro amigo no le quedó más alternativa que obedecer. Al posar la estatua en el piso, resultó tan alta como la patrona, aunque no tan ancha. Retiró la bandera que la cubría y apareció Fantasía en todo su rosado esplendor. La dueña dio un respingo.
-¡Caramba! ¡Está casi desnuda! -exclamó horrorizada.
Se abrieron las puertas del vestíbulo y asomaron las cabezas de los otros pensionistas, que observaron la escena asombrados. Nunca habían visto algo semejante. Uno a uno se aproximaron para dar su opinión y ninguna fue favorable, pues todos estuvieron de acuerdo en que aquello era una monstruosidad. La patrona cortó los comentarios diciendo que no le interesaba que fuera una obra de arte, porque iba muy ligera de ropas y por lo tanto debía salir de su casa.
Don Cornelio, vencido por su incurable timidez, no intentó disuadirla. Hacía varios años que habitaba allí y estaba acostumbrado. No quería mudarse a otra pensión. pero comprendió que no era posible separarse de Fantasía.



así es que tendría que buscar otro sitio donde pudiera vivir con ella. Decidió llevarla provisionalmente a la Notaría, donde podría esconderla entre los anaqueles por un par de días. Salió nuevamente a la calle, apuntado por el dedo de la patrona que le señalaba el camino. Afuera, sin embargo, se sintió mejor y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo deseos de silbar, pero no le resultó, porque no tenía práctica. Llegó hasta la esquina y esperó hasta que el bus verde se detuvo delante suyo, pero cuando quiso subir, el chófer se lo impidió con un gesto.
-¿Qué lleva ahí, señor? -preguntó.
-Es sólo una estatua...
-Este es un vehículo de pasajeros, no un camión de flete. No puede subir -dijo el chófer.
Tuvo que ir caminando hasta la Notaría, pero eso no consiguió desanimarlo; por el contrario, le pareció que hacía menos frío, que la ciudad era hermosa y notó que en algunas ventanas aún anidaban las alondras del verano y empezaban a florecer las violetas de los Alpes en los maceteros. Se extrañó de no haber visto nada de eso antes. Llegó a su oficina con casi dos horas de retraso, pero nadie levantó la vista de su trabajo al oírlo pasar, ni le preguntaron qué era lo que llevaba en los brazos. Entró rápidamente a la sala de los archivos y colocó a Fantasía en un rincón, detrás de unos pesados muebles. Se sentía muy cansado, porque no tenía el hábito de las caminatas cargando bultos, ni de las emociones. Abrió su escritorio, preparó su pluma y comenzó a escribir, pero no pudo concentrarse. Se le escapaba la mirada hacia el lugar donde lo esperaba Fantasía. Por fin, la curiosidad fue más fuerte que su sentido del deber y se acercó a ella. Le quitó el paño negro y la miró arrobado [8], detallando los bucles retorcidos, los velos turbulentos, las uvas imposibles y los suaves rollos que decoraban su cintura.
[8] Fascinado.
-Buenos días, señora -saludó con timidez.
Y entonces la Gorda sonrió cordialmente, mostrando una doble fila de dientes de porcelana.
Aterrado, el escribiente la volvió a cubrir y regresó apresurado a su mesa, donde comenzó a garabatear frenéticamente en sus papeles. Pero, un minuto después, la pluma vacilaba en sus dedos y, vencido por el impulso de su corazón, volvió al rincón de Fantasía. Levantó la bandera y esperó. Ella no se hizo rogar: sonrió, sacudió la cabeza y agitó las uvas mientras la paloma esponjaba las plumas. Para entonces don Cornelio estaba seguro de que había perdido el juicio, que soñaba, especialmente cuando escuchó una voz meliflua [9] que le solicitaba que abriera la ventana.
[9] Dulce como la miel.
-Esto huele como una tumba -dijo ella.
Desconcertado, don Cornelio fue a la ventana y forcejeó con el antiguo cerrojo hasta que consiguió moverlo. Al abrirla, una nube de polvo impalpable se desprendió de los vidrios, bañando al escribiente de la cabeza a los pies, y una brisa fría y limpia entró en la oficina. Entre los edificios del vecindario se coló un rayo de sol otoñal, dándole en la cara a un ratón curioso que observaba la escena. Al verlo, don Cornelio sintió como siempre una oleada de simpatía, que esta vez no reprimió por sentido del deber. Metió la mano en el bolsillo en busca de algo para darle de comer, pero sólo encontró el veneno que todas las mañanas llevaba consigo. «Tendré que traer queso y quitar esas trampas, son muy peligrosas», pensó.
Entre tanto, Fantasía había caminado hasta la ventana con la mayor naturalidad, como cualquier señora que desea tomar aire entonando una canción. Convencido de que veía y oía alucinaciones, don Cornelio regresó a su mesa de trabajo, pero el canto lo distrajo, poniendo un calor desconocido en su pecho. Se sentía cada vez más feliz de haberla adquirido a costa de todo su sueldo. Sin duda, valía la pena. Era algo extraña, pero ya estaba acostumbrándose a su presencia y con seguridad llegarían a ser muy buenos amigos.
-¿Vamos a pasear? -sugirió ella cuando se cansó de cantar.
Don Cornelio nunca había salido a pasear en día de semana sin estar de vacaciones, pero la idea le pareció atractiva.
-Esta vez no tendrás que llevarme en brazos -rió ella.
Fantasía ató el racimo de uvas a la cinta del sombrero de don Cornelio y así le quedó libre una mano para tomar la de él.  Luego recitó un verso algo cursi,  pero  muy efectivo:

Cornelio, dame la mano
para echar a volar,
hasta la torre de la iglesia,
como una campana más...

Maravillado, el escribiente sintió que sus zapatos se desprendían del suelo y que le bastaba mover un poco los brazos para elevarse. Dieron una vuelta a media altura por la habitación, para adquirir práctica, y salieron volando por la ventana como dos ángeles estrafalarios, desafiando las leyes de la aerodinámica [10] y del sentido común.
[10] Parte de la mecánica que estudia el movimiento del aire.
Don Cornelio sintió el golpe del viento en el pecho y en la cara y a su espalda adivinó las puntas de su bufanda gris volando también. Se echó a reír como cuando era niño. Se sujetó el sombrero con la mano libre y no tuvo miedo cuando sobrepasaron las antenas de la televisión, la torre de los bomberos y la cúpula de la Sociedad Protectora de Animales, dejando atrás los últimos techos de la ciudad. Abajo vieron los bosques como manchas oscuras, las cimas de las montañas cubiertas de suave merengue, el increíble color del cielo en un claro día de otoño. Fantasía señaló el lugar donde terminaban los caminos y nacía, entre las colinas, la cinta luminosa del río.
-¡Bajemos! -rogó el escribiente, que quería verlo de cerca, porque hasta entonces el único río que conocía era el negro canal lleno de basura que cruzaba la ciudad.
Ella eligió un buen lugar para el aterrizaje, estabilizó sus ocultos motores, emparejó sus alas, perdón, sus velos y cintas color vainilla, y bajó limpiamente, como una gaviota. Por sugerencia suya, don Cornelio se quitó los zapatos y sus pies sintieron por vez primera la tierra en su estado natural, porque antes sólo la había visto en maceteros. Dio unos saltitos breves, gozando de la nueva sensación, y empezó a bailar, a darse vueltas, loco de felicidad. Pensó que aquella borrachera se debía al reciente vuelo y al exceso de aire puro.
Pasaron una tarde inolvidable. Fantasía le enseñó a ponerse en el lugar de las hormigas, para ver el mundo desde abajo, a revolotear como las abejas, para apreciarlo desde media altura, a ser como los peces, para deslizarse bajo el agua, y a silbar como el viento entre las hojas. Eso fue lo que más entusiasmó al escribiente, porque su más secreto anhelo era silbar en la ducha, pero nunca había podido. También aprendió a palpar el mundo con los ojos cerrados, adivinando por su textura la secreta naturaleza de las cosas, y a diferenciar el olor de la yerbabuena, el tomillo y el laurel. Se comunicaron telepáticamente [11] con los conejos, que contaron que los hombres los cazan por deporte, con las flores, que dijeron que las cortan para adornos de iglesia, con las abejas, que se quejaron de que les roban la miel, y con los pinos, que odian la Navidad, porque los mutilan sin piedad. Cuando se cansaron de jugar, los dos amigos se sentaron en medio del paisaje, escuchando el silencio con toda atención. Y, finalmente, cuando el sol comenzó a descender en el horizonte, decidieron que era hora de regresar.
[11] Por transmisión de pensamiento.
Ella se acomodó los velos, recuperó su paloma, tomó a don Cornelio de la mano y recitó los versos mágicos. Se elevaron sin tropiezos y volaron de vuelta con más gracia y seguridad que la primera vez. Penetraron en el colchón de humo que flotaba sobre los techos, pero don Cornelio llevaba en los ojos el recuerdo azul del cielo y todo le pareció menos gris y más amable. Planearon entre los edificios más altos sin que nadie los viera, porque los habitantes de la ciudad rara vez levantan la mirada del suelo y, por sugerencia de don Cornelio, que no deseaba llamar la atención, eligieron para el aterrizaje un edificio en construcción. Se posaron sobre las altas vigas de acero, a muchos metros sobre la calle. Cuando él miró hacia abajo, sintió que le flaqueaban las piernas: podía volar sin miedo, pero caminar en las alturas le daba vértigo. Se caló el sombrero hasta las orejas, para que el viento no se lo arrebatara, se aferró a la mano de su amiga y descendió con ella por una interminable escalera.
A mitad de camino se encontraron con un obrero que pintaba un muro. No pareció sorprendido al ver en aquel lugar a una señora ataviada de tan extravagante manera y a un caballero maduro con un racimo de uvas colgando de su sombrero. Saludó agitando la brocha y don Cornelio le estrechó la mano, a pesar de que no era su costumbre relacionarse con personas no previamente presentadas.
-¿Puede decorar con algunos colores la ropa de este caballero? -pidió Fantasía-. Es muy aburrido verlo todo vestido de gris...
El obrero era un artista frustrado y se le presentaba una magnífica ocasión de poner a prueba su talento. Pintó flores, mariposas y angelotes en el traje del escribiente, dejándolo como una cortina de baño. Se despidieron efusivamente y don Cornelio, más tranquilo, concluyó que si ese hombre también podía comunicarse con Fantasía, él no era el único loco por allí.
Iban llegando al nivel de la calle cuando escucharon a lo lejos las campanas de la catedral anunciando las seis de la tarde. Horrorizado, don Cornelio comprendió que había pasado el día de vacaciones, mientras sobre su escritorio se acumulaban papeles importantes. Echó a correr en dirección a la Notaría, cargando en los brazos a Fantasía, que sin previo aviso, había recuperado su rigidez, transformándose en un instante en estatua de porcelana. Poco después entraba en la oficina pegado a la pared, para no ser visto, hasta alcanzar su mesa de trabajo en la sala de los archivos.
Escribía a toda prisa, cuando se abrió de par en par la puerta y entró el señor Notario en persona, resoplando como un fuelle.
-¿Qué significa esto? -preguntó, señalando a Fantasía con su largo dedo afilado.
-¿Qué cosa? [12] -tembló don Cornelio, que en su apuro había olvidado disimularla bajo la bandera.
[12] Sorpresa.
-¡Esa mujer horrible que tiene allí!
-Es... es nada más que un adorno -tartamudeó el escribiente.
-¿Quién le ha autorizado para vestirse de floreado y traer esa indecente figura a esta honorable Notaría? -gritó el señor Notario cada vez más furioso.
-Yo pensé...
-¡No le pago para que piense! ¡Sáquela de aquí inmediatamente, vaya a ponerse un traje oscuro y cierre esa ventana! -ordenó el jefe saliendo con un portazo.
Don Cornelio permaneció en su silla, paralizado por el estupor.
-Siento ocasionarte tantas molestias -susurró Fantasía, sin moverse del rincón.
El escribiente respondió con un profundo suspiro.
-Puedes dejarme en cualquier lado. El camión de la basura me recogerá -dijo ella con cara de Santa Rita, mirando hacia el techo con los ojos húmedos.
-¡De ningún modo! Ahora que somos amigos, no podemos separarnos. Buscaré un lugar donde me acepten contigo -replicó él.
Fantasía sonrió con disimulo, mientras don Cornelio recogía sus escasos objetos personales del escritorio. Luego la cubrió con la bandera y salió echando una última mirada al sitio donde había trabajado durante más de veinte años. Nadie lo miró cuando se fue.
Afuera estaba casi oscuro. Ya habían encendido los faroles de la plaza y hacia allá se dirigieron nuestros amigos. Se sentaron en un banco, dispuestos a pasar la noche, él envuelto en su bufanda, y ella sólo con sus velos. pues su naturaleza de porcelana era invulnerable al frío.
A esa hora la plaza estaba casi vacía, no se veían niños jugando o enamorados bajo el castaño, ni siquiera el Loco saludando a la vida, y hasta las palomas dormían con las cabezas bajo las alas. Sólo una pequeña figura de capelina florida y zapatos ortopédicos ocupaba otro banco, disfrutando del fresco con un paquete de galletas de avena en el regazo. En esta oportunidad don Cornelio consiguió sobreponerse a su timidez y se acercó para desearle buenas noches. Ella le indicó que se sentara a su lado.
-¿Puedo darle un poco de galleta a su paloma, señora? -ofreció la anciana, dirigiéndose a Fantasía.
La Gorda de Porcelana aceptó agradecida y ambas se pusieron a charlar sobre encaje de bolillo y recetas de pastel, mientras don Cornelio aprovechaba la luz del farol más cercano para hojear un periódico que encontró sobre el banco, en busca de un aviso que le ofreciera pensión o trabajo. Al poco rato, la vieja dama se arropó en su chal y anunció que era muy tarde y debía retirarse. Su casa no estaba lejos, pero no le gustaba andar de noche con sus pesados zapatos.
-¿Y ustedes no vuelven a casa? -preguntó al despedirse.
Y entonces don Cornelio, que esperaba que ella se lo preguntara, abrió ampliamente su corazón, venciendo al fin tantos años de silencio y de pudor, y le contó su historia, desde el momento en que vio a Fantasía en la ventana del anticuario, hasta ese instante último en que se encontraban en la plaza, sin techo, sin trabajo y sin futuro, pero inundados de inexplicable alegría. La anciana escuchó con atención hasta el final sin interrumpir, y cuando él hubo vaciado toda su ansiedad, le dijo que tenía un cuarto desocupado en su casa y andaba, justamente, buscando a un caballero ordenado que quisiera alquilarlo.
-Me sentiré muy contenta de tener a su Fantasía en mi casa -agregó.
Por buena educación, don Cornelio rehusó con grandes protestas: no quería molestar, de ningún modo; qué pensaría ella de él; que abusaba de su bondad, etc. Pero Fantasía le dio una patadita disimulada para que no exagerara sus negativas, pues corrían el riesgo de que la señora lo tomara en serio y retirara su oferta. Por fin, transaron en un arreglo justo y los tres, tomados del brazo, echaron a andar hacia el nuevo hogar, perdiéndose entre las estrechas calles del barrio antiguo de la ciudad.
He vuelto a ver a don Cornelio muchas veces. Nos encontramos en la calle y charlamos largamente. Por él supe esta historia y me autorizó para contarla a mi vez. Ha cambiado mucho, sin embargo. Yo diría que es un hombre diferente. Ya no usa el traje gris con catorce bolsillos, sino un delantal de muchos colores y un sombrero de pajilla con dos plumas de faisán. En invierno se abriga con su antigua bufanda, ahora amorosamente bordada de flores. Me contó que al dejar la Notaría encontró su verdadera vocación, que no era copiar documentos en el fondo de una sala polvorienta, sino andar por la calle silbando, conversar con la gente, cultivar la amistad del Loco en la plaza y alimentar con galletas de avena a las palomas, a los ratones y a otras bestias menores. Como siempre hay que ganarse la vida, combinó su necesidad con una ocupación adecuada: se hizo heladero en verano y vendedor de castañas calientes en invierno.
Don Cornelio pasa por mi calle empujando su carrito y silbando como un mirlo desentonado. Los niños lo conocen y cuando lo escuchan dejan libros y juguetes para correr a su encuentro. A veces lo siguen las palomas. Durante todo el día reparte su mercancía y en las tardes, cuando está cansado, regresa a su casa, donde la anciana del moño florido y zapatos ortopédicos lo espera junto a Fantasía.
Con la Gorda de Porcelana han vuelto a hacer los viajes increíbles, se meten bajo la tierra, vuelan como aeroplanos, nadan en todos los mares y se introducen en los libros para correr aventuras inolvidables.
Ella no lo puede acompañar por las calles vendiendo helados o castañas, porque excitaría la atención de los transeúntes, pero su espíritu lo acompaña siempre. Gracias a ella, el pasado gris de escribiente es sólo un recuerdo lejano y hoy don Cornelio es un hombre vestido de muchos colores. Tal como dijo el anticuario, Fantasía le cambió la vida.
¡Ah! Olvidaba algo importante: don Cornelio no ha perdido su puntualidad y cada vez que pasa por mi calle y oigo su silbido, sé que son exactamente las cuatro y quince minutos...


© 1983: Isabel Allende

Isabel Allende es una escritora chilena cuyas novelas han tenido enorme éxito en los últimos años. En este relato para niños, la autora se desenvuelve con tanta soltura como en sus obras para adultos.