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viernes, 18 de agosto de 2017

LA REFORMA RECUPERADA Ossawa Henry



Un guardián entró en el taller de zapatería de la cárcel, donde Jimmy Valentine estaba remendando laboriosamente unos botines, y lo acompañó a la oficina principal. Allí, el alcaide le entregó a Jimmy su indulto, que había sido firmado esa tarde por el gobernador. Jimmy lo tomó con aire cansado. Había cumplido casi diez meses de una condena a cuatro años. Solo esperaba quedarse unos tres meses, a lo sumo. Cuando un hombre con tantos amigos como Jimmy Valentine entra en la cárcel, casi no vale la pena raparlo.
-Bueno, Valentine -dijo el alcaide-. Mañana por la mañana quedará en libertad. Ánimo y hágase un hombre de provecho. En el fondo, usted no es malo. Déjese de forzar cajas fuertes y viva honestamente.
-¿Yo? -dijo Jimmy con aire de sorpresa-. ¡Si yo nunca he forzado una caja fuerte!
-¡Oh, no! -dijo el alcaide, riendo-. Claro que no. Veamos. ¿Cómo fue que lo detuvieron por aquel asunto de Springfield? ¿Fue porque no quiso probar la coartada por temor a comprometer a algún figurón de la alta sociedad? ¿O se debió simplemente a que aquel infame jurado lo aborrecía? Siempre pasa lo uno o lo otro cuando se trata de ustedes, inocentes víctimas.
-¿Yo? -dijo Jimmy, siempre inmaculadamente virtuoso-. Pero, alcaide… ¡Si yo jamás estuve en Springfield!
-Lléveselo, Cronin -dijo sonriendo el alcaide-. Y provéalo de ropa para irse. Ábrale las puertas a las siete de la mañana y que salga al redondel. Más vale que medite sobre mi consejo, Valentine.
A las siete y cuarto de la mañana siguiente, Jimmy se hallaba en la oficina exterior del alcaide. Se había puesto un traje de confección, de esos muy holgados, y un par de esos zapatos rígidos y chillones que el estado les proporciona a sus pensionistas forzosos cuando los libera.
El escribiente le dio un boleto de ferrocarril y los cinco dólares con que la ley esperaba verlo rehabilitado y convertido en un buen ciudadano, próspero y floreciente. El alcaide le regaló un cigarro y le estrechó la mano. Valentine, número 9762, fue registrado en el libro de egresos con las palabras “Indultado por el gobernador”… y el señor James Valentine salió de la cárcel al sol.
Haciendo caso omiso de los gorjeos de los pájaros, de los verdes árboles ondulantes y del perfume de las flores, Jimmy se encaminó directamente hacia un restaurante. Allí saboreó las primeras alegrías bajo la forma de un pollo asado y una botella de vino blanco, seguidos por un cigarro algo mejor que el que le ofreciera el alcaide. De allí se dirigió lentamente a la estación. Dejó caer un cuarto de dólar en el sombrero de un ciego sentado junto a las puertas y subió a su tren. A las tres horas llegó a un pueblecito situado cerca de la frontera estatal. Allí fue al café de un tal Mike Dolan y le estrechó la mano a Mike, que estaba solo detrás del mostrador.
-Lamento que no hayamos podido hacerlo antes, Jimmy -dijo Mike-. Pero teníamos que luchar contra esa protesta de Springfield y poco faltó para que el gobernador se negara al indulto. ¿Te sientes bien?
-Espléndidamente -dijo Jimmy-. ¿Tienes mi llave?
Se la entregaron, subió un piso y abrió la puerta de un cuarto del fondo. Todo estaba como lo había dejado. En el piso vio aun aquel gemelo del cuello de Ben Price que le arrancara al eminente detective cuando la superioridad numérica de la policía lo había vencido.
Jimmy hizo surgir de la pared una cama plegadiza, corrió un panel y sacó una maleta cubierta de polvo. La abrió y contempló afectuosamente el conjunto de herramientas para robos más perfecto del Este. Era un equipo completo, de acero especialmente templado, con los últimos diseños en materia de taladros, punzones, berbiquíes, palancas, grampas y barrenos, con un par de novedades inventadas por el propio Jimmy y que lo enorgullecían. Le había costado más de novecientos dólares hacer fabricar todo aquello en… un lugar donde hacen esas cosas para la profesión.
Al cabo de media hora, Jimmy bajó y fue al café. Ahora vestía ropa hecha a su medida y de buen gusto, y llevaba en la mano su maleta, a la cual había quitado el polvo y limpiado.
-¿Andas en algo? -le preguntó cordialmente Mike Dolan.
-¿Yo? -replicó Jimmy en tono perplejo-. No entiendo. Represento a la Sociedad Fusionada de Bizcochos y Trigo Descortezado de Nueva York.
Estas palabras le causaron tanto deleite a Mike que Jimmy hubo de tomar un agua de Seltz con leche inmediatamente. Nunca tocaba las bebidas “fuertes”.
A la semana de haber sido liberado Valentine, número 9762, tuvo lugar en Richmond, Indiana, un limpio trabajo de robo, ya que forzaron una caja fuerte de hierro sin que quedara el menor indicio sobre el autor. El ladrón encontró solamente ochocientos dólares. A las dos semanas, en Logansport, abrieron como un queso una caja de hierro patentada, mejorada y a prueba de robos, y se llevaron mil quinientos dólares en efectivo, dejando intactos los títulos y la platería. Esto comenzó a interesar a los cazadores de bribones. Luego, una anticuada caja de banco de Jefferson City entró en actividad y vomitó por su cráter una erupción de cinco mil dólares. Las pérdidas eran ahora suficientemente importantes para clasificar los robos entre los casos dignos de Ben Price. Al comparar las observaciones efectuadas en cada caso, se advirtió una notable analogía en los métodos usados. Ben Price practicó investigaciones en el escenario mismo de los robos y se le oyó decir:
-Esto ostenta el autógrafo de Dandy Jim Valentine. Ha vuelto a las andadas. Miren ese dial disco de la combinación: lo han arrancado con la misma facilidad con que se arranca un rábano con tiempo húmedo. Valentine tiene las únicas grampas que permiten hacerlo. ¡Y fíjense en la limpieza con que fueron perforados esos fiadores de la cerradura! Jimmy nunca necesita taladrar más que un agujero. Sí, creo que debo atrapar al señor Valentine. Cumplirá su condena la vez próxima sin indultos ni tonterías parecidas.
Ben Price conocía las costumbres de Jimmy. Las había estudiado al trabajar en el caso de Springfield. Saltos largos, fugas rápidas, nada de cómplices y la afición a la buena sociedad: todo esto había ayudado al señor Valentine a eludir victoriosamente el castigo y a destacarse en ese terreno. Se insinuó que Ben Price había hallado la pista del escurridizo ladrón… y otras personas que poseían cajas de hierro a prueba de robos se sintieron más tranquilas.
Una tarde Jimmy Valentine y su maleta bajaron de la diligencia del correo en Elmore, un pueblecito situado a ocho kilómetros del ferrocarril en Arkansas.
Jimmy, que parecía un joven y atlético estudiante que volvía de la universidad, se dirigió al hotel por el paseo tablado.
Una joven cruzó la calle, pasó a su lado en la esquina y entró por una puerta que ostentaba sobre su dintel el letrero “Banco de Elmore”. Jimmy Valentine la miró a los ojos y olvidó quién era: se convirtió en un hombre más. Ella bajó los ojos y se sonrojó ligeramente. Los jóvenes de la elegancia y donaire de Jimmy eran escasos en Elmore.
Jimmy abordó a un muchacho que holgazaneaba en la escalinata del banco como si fuera uno de los accionistas y empezó a formularle preguntas sobre el pueblo, alimentándolo a ratos con monedas de diez centavos. A poco, la joven salió, aparentó la despreocupación de una reina ante el joven de la maleta, y se alejó.
-¿No es esa la señorita Polly Simpson? -preguntó Jimmy, con plausible ingenuidad.
-No -dijo el muchacho-. Es Annabel Adams. Su padre es el dueño del banco. ¿A qué ha venido usted a Elmore? ¿Es de oro la cadena de su reloj? Me van a regalar un bull-dog. ¿Tiene más monedas de diez centavos?
Jimmy fue al Hotel de los Hacendados, se anotó en el registro con el nombre de Ralph D. Spencer y tomó una habitación. Se inclinó sobre el mostrador de la mesa de entradas y le reveló sus planes al empleado. Dijo que había venido a Elmore en busca de un lugar para dedicarse a los negocios. ¿Qué perspectivas tenía allí el negocio del calzado? Había pensado en dedicarse a aquel ramo. ¿Había posibilidades de hacerlo?
El empleado se sintió impresionado al ver la indumentaria y los modales de Jimmy. Él mismo era algo así como un modelo de elegancia para la juventud escasamente dorada de Elmore, pero ahora notaba sus defectos. Mientras trataba de adivinar cómo se anudaba Jimmy la corbata, le proporcionó cordialmente una información.
Sí, debía haber buenas posibilidades en el ramo del calzado. En el pueblo no existía un solo comercio que vendiera exclusivamente zapatos. Estos se vendían en los almacenes de ramos generales y bazares. Se hacían muy buenos negocios en todos los ramos.
El empleado del hotel manifestó su esperanza de que el señor Spencer se decidiría a radicarse en Elmore. Ya vería que el pueblo era agradable y la gente muy sociable.
El señor Spencer contestó que se proponía quedarse unos días en el pueblo y estudiar el asunto. No, no hacía falta llamar al botones del hotel. Él mismo subiría su maleta: era bastante pesada.
El señor Ralph Spencer, el ave fénix surgida de las cenizas de Jimmy Valentina -cenizas causadas por las llamas de un repentino acceso de amor- se quedó en Elmore y prosperó. Estableció una zapatería e hizo buenos negocios.
Desde el punto de vista social, obtuvo también éxito y se creó muchas amistades. Y realizó el anhelo de su corazón. Conoció a la señorita Annabel Adams y sus encantos lo cautivaron cada vez más.
Al cabo de un año, la situación del señor Ralph Spencer era la siguiente: se había ganado el respeto de la población, su zapatería prosperaba y estaba comprometido con Annabel, faltando dos semanas para la boda. El señor Adams, un típico banquero rural, activo y laborioso, aprobaba la elección de su hija.
El orgullo que le inspiraba el señor Spencer a Annabel casi igualaba su afecto. Y Jimmy se sentía tan a sus anchas con la familia del señor Adams y de la hermana casada de Annabel como si fuera ya miembro de la misma.
Cierto día, Jimmy se sentó en su cuarto y escribió esta carta, que envió al domicilio de uno de sus viejos amigos de Saint Louis, un lugar seguro:
Querido compañero:
Quiero que estés en el café de Sullivan, en Little Rock, el miércoles próximo a las nueve de la noche, y que me arregles unos asuntitos. Y quiero regalarte también mi caja de herramientas. Sé que te alegrará tenerlas: no conseguirías una igual ni por mil dólares. Mira, Billy. He dejado el oficio… hace un año ya. Tengo un bonito comercio. Me gano la vida honradamente y me voy a casar dentro de dos semanas con la muchacha más linda del mundo. Esa es para mí la única vida posible, Billy: la del camino recto. Ahora no tocaría un dólar ajeno ni por un millón. Cuando me haya casado liquidaré mi negocio y me iré al Oeste, donde no habrá tanto peligro de que me vengan a cobrar cuentas viejas. Te aseguro, Billy, que ella es un ángel. Cree en mí: y yo no cometería otra bribonada ni por todo el oro del mundo. No dejes de esperarme en el café de Sully, porque necesito hablar contigo. Te traeré las herramientas.
Tu viejo amigo
Jimmy
Días después, un lunes por la noche, Ben Price llegó a Elmore sin llamar la atención, en un coche de alquiler. Se paseó perezosamente por el pueblo con su calma habitual hasta encontrar lo que quería. Desde la farmacia que estaba enfrente de la zapatería de Spencer pudo ver bien a Ralph D. Spencer.
-¿De modo que vas a casarte con la hija del banquero, Jimmy? -se dijo en voz muy baja-. Bueno, no estoy seguro.
A la mañana siguiente, Jimmy fue a almorzar a casa de los Adams. Ese día iba a Little Rock para encargar su traje de novio y para comprarle algo hermoso a Annabel. Desde su llegada a Elmore era su primera salida del pueblo. Había transcurrido más de un año desde el último de aquellos “trabajos” profesionales y creía poder aventurarse sin peligro.
Después del almuerzo, toda la familia fue al centro del pueblo: el señor Adams, Annabel, Jimmy y la hermana de Annabel con sus dos niñitas, de cinco y nueve años de edad. Pasaron por el hotel donde se alojaba aún Jimmy y este subió corriendo a su habitación y trajo su maleta. Luego, fueron al banco. Allí
los esperaban el coche de Jimmy y Dolph Gibson, que lo llevaría a la estación del ferrocarril.
Todos entraron en el recinto del banco, franqueando aquellas altas barandillas de roble tallado, inclusive Jimmy, porque el futuro yerno del señor Adams era bienvenido en todas partes. A los empleados les agradaba que los saludara aquel joven agradable y gallardo que se casaría con la señorita Annabel.
Jimmy dejó su maleta en el suelo. Annabel, cuyo corazón rebosaba dicha y animación juvenil, se encasquetó el sombrero de su prometido y tomó la maleta.
-¿Verdad que yo sería un buen viajante? -dijo-. ¡Caramba, Ralph! ¡Qué pesada es! Se diría que está llena de ladrillos de oro.
-Contiene una partida de calzadores de níquel -dijo Jimmy serenamente-. Una partida que debo devolver. Se me ocurrió ahorrarme el gasto del flete llevándolos personalmente. Me estoy volviendo muy económico.
El Banco de Elmore acababa de instalar una nueva caja de seguridad. El señor Adams se enorgullecía mucho de ello e insistió en que todos la inspeccionaran.
La caja era pequeña, pero tenía una nueva puerta patentada. Se cerraba con tres sólidas cerraduras de acero que giraban simultáneamente con una sola manija y que funcionaban con un mecanismo de reloj. El señor Adams le explicó con aire radiante su funcionamiento al señor Spencer, el cual reveló un interés cortés pero no demasiado inteligente. Las dos niñas, May y Agatha, quedaron encantadas al ver el reluciente metal y el extraño mecanismo de reloj y los diales.
Mientras estaban entretenidos así, Ben Price entró espaciosamente y se acodó sobre la barandilla, mirando con aire negligente lo que ocurría allí. Le dijo al pagador que no quería nada, que solo esperaba a un amigo.
Repentinamente, las mujeres profirieron un par de chillidos y hubo un alboroto general. Sin que lo notaran los mayores, May, la niña de nueve años, con ánimo juguetón, había encerrado a Agatha en la caja de hierro. Luego hizo funcionar las cerraduras y girar los diales como se lo viera hacer al señor Adams.
El viejo banquero saltó hacia la perílla y tiró de ella durante unos instantes.
-No es posible abrir esta puerta -gimió-. El mecanismo del reloj no tiene cuerda aún y la combinación no está fijada.
La madre de Aghata volvió a proferir un grito histérico.
-¡Silencio! -dijo el señor Adams, alzando su trémula mano-. Cállense todos por un momento. ¡Agatha! -le gritó a su nietecita con toda la fuerza posible-.
Escúchame.
Durante la pausa que siguió, los presentes solo pudieron oír el débil chillido de la criatura, que gritaba frenéticamente presa del pánico en la oscuridad de la caja.
-¡Tesoro mío! -gimió la madre-. ¡Se morirá de miedo! ¡Abran la puerta! ¡Oh, fuércenla! ¿No pueden ustedes hacer algo?
-Solo en Little Rock hay un hombre que pueda abrir esa puerta -dijo el señor Adam, con vez trémula-. ¡Dios mío! ¿Qué haremos, Spencer? Esa criatura… esa criatura no se puede quedar mucho tiempo ahí. No hay suficiente aire, y además sufrirá convulsiones de miedo.
La madre de Agacha golpeaba con frenesí la puerta de la caja. Alguien sugirió la descabellada idea de usar dinamita. Annabel se volvió hacia Jimmy, con los grandes ojos llenos de angustia, pero sin desesperar aún. A una mujer nada le parece totalmente imposible para el hombre a quien adora.
-¿No podrías hacer algo, Ralph …? ¿No podrías… intentarlo?
-Annabel -dijo-. Dame esa rosa que luces… ¿quieres?
Incrédula, creyendo no haber oído bien, Annabel desprendió el capullo de su pechera y lo depositó en su mano. Jimmy se lo metió en el bolsillo del chaleco, se despojó del saco y se arremangó. Con ese acto, Ralph D. Spencer desapareció y lo substituyó Jimmy Valentine.
-Apártense todos de la puerta -ordenó, lacónicamente.
Puso la maleta sobre la mesa y la abrió. A partir de este momento pareció no notar la presencia de nadie. Sacó con rapidez y ordenadamente las relucientes y extrañas herramientas, silbando para sí como lo hacía siempre cuando trabajaba. Sumidos en un profundo silencio e inmóviles, los demás lo observaban como hechizados.
Al cabo de un minuto, el taladro favorito de Jimmy penetraba suavemente en la puerta de hierro. A los diez -superando su propio récord de ladrón- Jimmy descorrió los pasadores y abrió la puerta.
Agatha, casi desvanecida pero ilesa, cayó en brazos de su madre.
Jimmy Valentine se puso el saco, franqueó la barandilla y se dirigió hacia la puerta del banco. Al hacerlo le pareció oír que una lejana voz, conocida antaño, le gritaba: “Ralph!”. Pero no vaciló.
En la puerta parecía esperarlo un hombre corpulento.
-¡Hola, Ben! -dijo Jimmy, siempre con su extraña sonrisa-. Por fin me ha echado el guante… ¿eh? Bueno, vamos. Ahora creo que tanto me da.
Y entonces Ben Price obró de una manera bastante extraña.
-Creo que se equivoca, señor Spencer -dijo-. Que yo sepa, no lo conozco. Tengo entendido que su coche lo espera… ¿verdad?
Y Ben Price le volvió la espalda y echó a andar despaciosamente calle abajo.

FIN


EL LOBO Hermann Hesse



Nunca antes las montañas francesas habían sufrido un invierno tan frío y largo. Hacía semanas que el aire se mantenía claro, áspero y helado. Durante el día, los grandes campos de nieve, color blanco mate, yacían inclinados e interminables bajo el cielo estridentemente azul; de noche los atravesaba la luna, pequeña y clara, una luna helada, furibunda, con un brillo amarillento cuya luz fuerte se volvía azul y sorda sobre la nieve, y que parecía la escarcha en persona. Los seres humanos evitaban todos los caminos y, sobre todo, las alturas; apáticos y maldiciendo, permanecían en las cabañas, cuyas ventanas rojas, de noche, aparecían empañadas y turbias junto a la luz azul de la luna, y se apagaban pronto.
Fue un tiempo difícil para los animales de la zona. Los más pequeños murieron congelados en grandes cantidades; también los pájaros sucumbieron a la helada, y sus cadáveres enjutos se convirtieron en botín de águilas y lobos. Pero aun estos sufrían terriblemente de frío y de hambre. Solo unas pocas familias de lobos vivían allí, y la necesidad las empujó hacia una unión más fuerte. Durante el día salían solos. Aquí y allá, uno de ellos cruzaba la nieve, flaco, hambriento y vigilante, silencioso y temeroso como un fantasma. Su sombra delgada se deslizaba a su lado sobre la superficie nevada. Levantaba el hocico puntiagudo en el viento y de vez en cuando emitía un llanto seco, tortuoso. Pero de noche salían todos juntos y rodeaban los pueblos con aullidos roncos. Allí estaban a buen resguardo el ganado y las aves, y detrás de los postigos se apoyaban las escopetas. En escasas ocasiones les tocaba una presa menor, por ejemplo un perro, y ya habían sido muertos dos lobos de la manada.
La helada persistía. Muchas veces los lobos se echaban juntos, en silencio y pensativos, calentándose uno contra el otro, y escuchaban acongojados el vacío mortal que los rodeaba, hasta que uno, martirizado por los maltratos espantosos del hambre, pegaba de pronto un salto con un alarido terrorífico. Entonces todos los demás dirigían sus hocicos hacia él, temblaban, y rompían al unísono en un aullido terrible, amenazador y quejumbroso.
Por fin la parte más chica de la manada decidió partir. Abandonaron sus madrigueras al despuntar el alba, se reunieron y olisquearon excitados y temerosos el aire helado. Luego partieron al trote, rápido y con un ritmo parejo. Los que quedaban atrás los miraron con ojos muy abiertos y vidriosos, los siguieron una docena de pasos, se detuvieron indecisos y desorientados, y regresaron lentamente a sus cuevas vacías.
Los emigrantes se separaron al mediodía. Tres de ellos se dirigieron hacia el oeste, a los montes del Jura suizo; los otros siguieron hacia el sur. Los tres primeros eran animales hermosos, fuertes, pero terriblemente flacos. El estómago de color claro, combado hacia dentro, era delgado como una correa; en el pecho se destacaban tristemente las costillas; las bocas estaban secas y los ojos abiertos y desesperados. De tres en tres se internaron lejos en los montes; al segundo día cazaron un carnero, al tercero, un perro y un potrillo, y fueron perseguidos en todas partes por los campesinos furiosos. En la zona, rica en pueblos y ciudades, se diseminó el miedo y el temor ante los invasores desacostumbrados. La gente armó los trineos del correo; nadie iba de un pueblo a otro sin su arma. En esa zona desconocida, tras tan buen botín, los tres animales se sentían a la vez temerosos y a gusto; se volvieron más arriesgados de lo que jamás habían sido en casa, y asaltaron el corral de una granja a plena luz del día. Mugidos de vacas, crujido de listones de madera que se partían, sonido de cascos y una respiración caliente, jadeante, llenaron el ambiente angosto y cálido. Pero esta vez interfirieron los humanos. Habían puesto un precio a la cabeza de los lobos, lo que duplicó el coraje de los granjeros. Mataron a dos de ellos: a uno le perforó el cuello una bala de escopeta, el otro fue muerto con un hacha. El tercero escapó y corrió hasta que se desplomó sobre la nieve, casi muerto. Era el más joven y hermoso de los lobos, un animal orgulloso con formas armónicas y una fuerza imponente. Durante un rato largo quedó echado, jadeando. Delante de sus ojos se arremolinaban círculos rojos y sanguinolentos, y de vez en cuando emitía un quejido silbante, doloroso. Un hachazo le había dado en el lomo. Pero se recuperó y pudo volver a levantarse. Solo entonces vio cuán lejos había corrido. En ningún lado podían verse personas o casas. Delante de él se encontraba una montaña imponente, nevada. Era el Chasseral. Decidió rodearlo. Atormentado por la sed, comió pequeños pedazos de la corteza congelada y dura que cubría la nieve.
Más allá de la montaña se topó de inmediato con un pueblo. Estaba anocheciendo. Esperó en un tupido bosque de pinos. Luego rodeó con cuidado los cercos de los jardines, persiguiendo el olor de los establos tibios. No había nadie en la calle. Arisco y anhelante, espió por entre las casas. Entonces sonó un disparo. Levantó la cabeza hacia lo alto y se dispuso a correr, cuando ya estalló el segundo tiro. Le habían dado. El costado de su abdomen blancuzco estaba manchado de sangre, que caía a goterones. A pesar de todo, logró escapar con unos grandes saltos y alcanzar el bosque más alejado de la montaña. Allí esperó un instante, atento, y oyó voces y pasos provenientes de varios lados. Temeroso, miró hacia la montaña. Era escarpada, boscosa y difícil de trepar. Pero no tenía opción. Con respiración agitada escaló la pared empinada mientras que abajo, a lo largo de la montaña, avanzaba una confusión de insultos, órdenes y luces de linternas. El lobo herido trepó temblando a través del bosque de pinos, casi a oscuras, mientras la sangre marrón corría despacio por su costado.
El frío había cedido. Al oeste, el cielo estabas brumoso y parecía prometer nieve.
Por fin el animal, agotado, alcanzó la cima. Ahora se encontraba sobre un gran campo de nieve, levemente inclinado, cerca de Mont Crosin, muy por encima del pueblo del que había escapado. No sentía hambre, pero sí un dolor turbio y punzante en las heridas. Un ladrido seco y enfermo nació de su hocico entregado; su corazón latía pesado y dolorido, y el lobo sentía que la mano de la muerte lo presionaba como una carga indescriptiblemente pesada. Un pino aislado, de ramas anchas, lo atrajo; allí se sentó y clavó sus ojos perdidos en la noche gris de nieve. Pasó media hora. Una luz roja y apagada cayó sobre la nieve, extraña y blanda. El lobo se levantó con un quejido y dirigió su cabeza hermosa hacia la luz. Era la luna, que se levantaba por el sudoeste, gigantesca y color rojo sangre, y subía lentamente por el cielo cubierto. Hacía muchas semanas que no se la había visto tan roja y grande. El ojo del animal moribundo se aferraba con tristeza al astro opaco, y en la noche volvió a oírse un estertor débil, doloroso y ronco.
Un poco más tarde surgieron luces y pasos. Campesinos con abrigos gruesos, cazadores y muchachos jóvenes con gorros de piel y botas toscas avanzaban por la nieve. Se oyeron gritos de alegría. Habían descubierto al lobo moribundo, le dispararon dos tiros y ambos fallaron. Entonces vieron que el animal ya estaba a punto de fallecer y se le echaron encima con palos y garrotes. Él ya no los sintió.
Lo arrastraron hacia abajo, a Sankt Immer, con los miembros quebrados. Reían, alardeaban, se alegraban por el aguardiente y el café que bebían, cantaban, maldecían. Ninguno vio la belleza del bosque nevado, ni el brillo de la alta meseta, ni la luna roja que colgaba sobre el Chasseral y cuya luz débil se reflejaba en los cañones de las escopetas, en los cristales de nieve y en los ojos quebrados del lobo muerto.

FIN


miércoles, 9 de agosto de 2017

LA JINETA QUE VISITABA EL GALLINERO Baltasar Porcel


Por el cuello, destrozado a mordiscos, les habían chupado la sangre. Se hallaban tendidas en el suelo, muertas. Josep Botines las observó, puso la palma de la mano sobre los cuerpos, aún calientes. Se alzó, el hombre, pensativo. Era la segunda noche que la jineta le atacaba el gallinero. El gallinero de su casa, de los animales criados con grano y salvado, que eran los que comían ellos, porque los pollos de pienso –los que llevaba a medias con Melción Terrassa–, no quería ni oír hablar: el tufo de pescado que echaban le provocaba bascas. Encendió un cigarrillo y caminó cabizbajo.
Dos días antes, apenas acostado, oyó cacareante barullo. Fue al corral, donde se agitaba un revuelo de aves, acometidas por una sombra nerviosa. “¡La jineta!”, exclamó Botines, cogiendo un horcón. Abrió la barrera y vio tendida, inerte, a la jineta, mientras las gallinas se apelotonaban en una esquina. Y tres de ellas daban los últimos espasmos, ensangrentadas. Tocó el pelo áspero de la jineta, sobre la cual caían, en fláccido planear, plumas volanderas. “¡Cojones!
¡Este animal está muerto ¡Quizá el gallo le haya dado un picotazo en el cerebro….!”, se decía, sorprendido, Josep Botines, mientras dudaba si rematar o no a la alimaña. Y, súbitamente, saltó la jineta, como un centelleo hacia la puerta libre. Bulto furtivo y veloz, desapareció por el vecino campo de avena, alto y rumoroso, dorado.
Reparó la rejilla del gallinero, la reforzó. Pero de nuevo le arrancaba de la cama el escándalo de las aves: la jineta había vuelto a introducirse en el recinto. Y ya no estaba. Echó los bichos degollados en la pocilga y oyó cómo los cerdos los hozaban, los masticaban. Su mujer, Conxa, le tenía manía a la carne desangrada. Los viejos decían que quien comía moría de la misma forma, chupado por un pájaro grande y extraño, con cara de persona, que caía sobre los lechos a medianoche. “Mañana te espero”, rezongó Josep Botines, y se fue a acostar.
Luego de cenar, al día siguiente, tomó la escopeta de dos cañones y calibre dieciséis. La noche era espléndida, quieta la atmósfera, de luna llena. Andaba con paso quedo, y a su alrededor los grillos, los primeros grillos del verano, paraban su agudo chirriar. Estallaba, lejano, el aullar de un perro. Se dirigió hacia el linde del monte, un ribazo costanero, de tierra arcillosa cuajada de rocalla, con varios algarrobos, de follaje prieto, y un par de higueras, en las que hinchaban ya algunas brevas. Terreno delgado, estéril para la siembra, donde crecían gamones, altos y floridos.
Se abrazó al tronco nudoso de una higuera y se encaramó a horcajadas, en su copa. Respiraba con fatiga y recordó que, de joven, trepaba como un gato. Cogió una breve, se la comió: todavía tenía un punto de aspereza, la pulpa dura y roja.
Ante él, se elevaba la falda de la montaña, de espesa vegetación: jaras, carrascas, aladiernos, aliagas, lentiscos y los sombríos volúmenes de la encina, los pinos esbeltos. Más arriba, contra el cielo resplandeciente de estrellas, la cresta de la sierra negra. El silencio era hendido sólo por los grillos, por el severo canto de la lechuza y por sonidos oscuros, surgidos de la vida misteriosa. Hacia los prados, la luz de la luna teñía las mieses uniformes y el almendral de una tonalidad azul y pálida: los árboles formaban una masa algodonosa, delicada. Josep Botines inició el acecho de la jineta.
Voló un ave grande y oscura, con violento batir de alas. Dos conejos salieron de entre una espesura de cañuela, persiguiéndose juguetones… Y, lentamente, Josep dejó de percibir el paso del tiempo y quedó sumergido en un estado de lucidez sin límites, como si la noche jamás tuviera que acabar ni le ligaran a él ataduras con el trabajo, con la familia.
La arribó, muy débil, el sonido de una trompeta: debía ser de la verbena que celebraban en el hotel de la playa, al otro lado del monte. Donde su hijo Rafael oficiaba de camarero. La isla se llenaba cada vez más de turistas, en verano, y los hoteles crecían como hongos. Aquel era el primero en la playa de Sant Telm. El antiguo chalet modernista con la torre de mayólica morada y el jardín de tilos, donde durante la guerra habían vivido aquellos marqueses belgas, había sido convertido en hotel. Cuando lo vio, quedó ligeramente asombrado: la casa mejor del puerteceillo, símbolo de los veraneos perezosos, señoriles, de la gente con posición –los señores de son Alenyar, el médico Picornell, la familia Pujol Cebrer, los marqueses belgas…- pasaba a ser una fonda, como la de can Pisos y can Ramonet. Y con su hijo de camarero…
Su hijo, que aquella misma noche, cenando, se le había reído cuando Josep le habló de salir a la espera de la jineta. “Perderás la noche por una tontería.
Lo que tendrías que hacer es vender la finca, y abriríamos un bar en la playa. Lo de los turistas crecerá, ya lo verás. Gallinas. ¡bah!… Una gallina vale diez duros, quince, que es lo que me gano yo sólo de propinas en una hora o dos”. Ahora Rafael, pensaba el payés Botines, estaría en la verbena, debajo de los farolillos de colores, bailando con una de esas extranjeras rubias, esbeltas, bronceadas. Mujeres como las que él, Josep, nunca había tenido. Ni las tendría.
Porque de joven, cuando iba de putas, a veces sí que llamaba a una de aspecto exuberante, mayestático. Pero, al desnudarse, le colgaban los pechos, la barriga era como una garrafa, y se movía distraída, mecánicamente, al ponerse él encima… Rafael iba con extranjeras. No, no volvería a ejercer de payés.
Rafael, como lo hacía de niño, al lado de Josep…
Miró los campos, con una cierta acritud, Botines: toda su vida, la de su padre, de su abuelo, estaba ahí, en la tierra, en los árboles. Que él estimaba y que, lo veía claro, se irían arruinando a medida que él se fuese haciendo viejo: el matorral invadiría los bancales, el tiempo capolaría los árboles.
Eso, o lo vendería su hijo a cualquier extraño… Se sintió solo, cansado, Josep Botines, en la noche gloriosa y silente.
De pronto, su oído finísimo percibió un roce, leve movimiento en una mata de lentisco. Sus nervios se tensaron. Sus ojos, dilatados, perforaban la negrura:
una sombra vaga, casi imperceptible, parecía destacarse de las otras sombras. Podría ser un conejo, un perro… De repente, un animal corrió, reptante entre los tallos de los gamones y las largas hojas de los perros. Josep, todo él abocado hacia la forma en movimiento, colocaba instintivamente la culata de la escopeta contra su hombro derecho. Contenía la respiración.
Y desembocó la jineta en un calvero: quedó inmóvil, el cuello estirado, bajo la luminosidad lunar. Era una bestia ágil, de un color pajizo moteado de negro.
Tendría una longitud de medio metro, su cuerpo largo, de pata breve, y tras ella extendía la cola, de pelaje ahuecado, que dibujaba anillos blancos y negros.
Un pelaje brillante. Y unos ojillos relucientes, inquietos. Estremecía el hocico puntiagudo, el animal, en ávido olfateo. Josep apuntaba con precisión, curvaba el índice sobre el gatillo.
El animal ladeó la cabeza, a la escucha, y encogió levemente su cuerpo. Llegó otra vez el eco de la trompeta, difuso. De golpe, una potente sensación de desánimo inundó a Botines: mataría a la jineta, sí, la mataría ahora mismo… y dentro de unos años moriría él, quedarían los campos desiertos, se convertirían en un erial. Veía la bestia, magnífica, detenida encima del punto de mira: los dos eran seres de un mundo que acababa. Su hijo no armaría el arado, no varearía las almendras, ni acecharía a la jineta. Josep Botines se sintió extraño, fuertemente unido a la selvajina carnicera. Y creyó, lo creyó con todas las fibras de su cuerpo, que con la muerte del animal también acababa una parte de sí mismo. Empezó a desviar la escopeta…
La jineta movió las patas. E instintivamente Josep volvió a apuntar, rápidamente, y disparó. Retronó el disparo y la bestia dio una enérgica voltereta.
Descargó el hombre el segundo cañón y mientras se perdía el eco del tiro, unos espasmos breves sacudían el cuerpo echado. Bajó de prisa de la higuera, Josep, y apresuradamente volvió a cargar el arma. Se acercó al calvero: la jineta, con el pecho y media cabeza machacada por los perdigones, yacía muerta.
Manaban hilillos de sangre carmínea, espejeante. Un tufillo hediondo se desprendía del bicho.
Josep contempló largamente el cuerpo del animal. Absorto, como vacío, finalmente lo cogió por la cola, y arrastrándolo, partió hacia su casa. Caminaba despacio entre las sombras algodonosas de los almendros. En el cielo resplandecía la luna, inmensa.

FIN

Cuento extraído de la novela de Baltasar Porcel Difuntos bajo los almendros en flor (1969). Editorial Espasa-Calpe. Madrid, 1978. Premio Josep Pla Compilador: Ernesto Bustos Garrido.


EL GRAN SECRETO DE CRISTÓBAL COLÓN Luis López Nieves



VANESSA DROZ

El 11 de octubre de 1492, a las nueve de la noche, Cristóbal se encaramó al mástil principal de la Santa María, envolvió el brazo derecho en una soga gruesa para no perder el balance, y clavó la vista en el horizonte umbroso. Aunque no había luna llena, el recuerdo del tenaz sol de la tarde aún flotaba en el aire y le permitía ver las apacibles olas de la mar. Allí permaneció cuarenta y cinco minutos, sin apenas mover la cabeza ni cerrar los ojos. Algunos tripulantes levantaban la vista recelosa de vez en cuando, pero no estaban seguros de si meditaba, oraba o examinaba una y otra vez, como era su costumbre, el mismo punto del horizonte inacabable.
A las diez menos cuarto Cristóbal se secó el sudor de la frente y bajó a cubierta. Su rostro no reflejaba frustración, ira ni cansancio: sólo mucha sorpresa y un poco de inquietud. Colocó la mano distraída sobre el hombro del marinero suspicaz que se disponía a subir al palo en su lugar, pero no dijo palabra. Regresó al castillo de popa, encendió con dificultad una de las pocas velas que le quedaban, desenrolló sobre el escritorio un pequeño mapa antiguo y se dedicó a estudiarlo.
A los pocos minutos, exactamente a las diez de la noche, Cristóbal Colón se frotó los ojos cansados. Reposó el mentón en la palma de la mano y miró por la ventana. Creyó ver a lo lejos, en medio de la noche oscura, una lumbre que subía y bajaba como si alguien hiciera señas con una antorcha. El rostro se le calentó de golpe. Llamó al repostero de estrados Pedro Gutiérrez, lo sentó junto a sí y le preguntó si veía la lumbre. Gutiérrez se acercó a la ventana, sacó el cuerpo hasta la cintura y respondió que sí, que la veía. Cristóbal Colón entonces llamó a Rodrigo Sánchez de Segovia y le preguntó si veía la lumbre, pero éste dijo que no. Poco después la luz de sapareció y nadie más pudo verla.
A las dos de la mañana, sin haber dormido un segundo, el capitán Colón todavía examinaba el mapa con una lupa. Las manchas de sudor de sus axilas, que no se habían secado en los últimos cuatro días, le bajaban por los costados de la camisa y le subían hasta la mitad de las mangas. El Capitán colocó el dedo sobre el mapa y lo movió a la izquierda lentamente; lo detuvo en medio de la mar, en algún punto a todas luces imaginario. Comenzaba a bajarlo hacia el suroeste cuando estalló, de pronto, el grito casi histérico de Rodrigo de Triana, vigía de la Pinta: «¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!»
Don Cristóbal Colón dejó de respirar: se puso de pie y golpeó el escritorio con el puño. En ese mismo instante hizo fuego el estrepitoso cañón lombardo de la Pinta, señal acordada para cuando se hallara tierra. Las naves restantes dispararon su propio cañonazo: las tripulaciones se despertaban y comenzaban a celebrar. Las campanas de la Niña, la Pinta y la Santa María repicaban a todo vuelo.
Don Cristóbal Colón salió a cubierta y ordenó al timonel que acercara la Santa María a la Pinta, donde Rodrigo de Triana contaba a la tripulación cómo había visto tierra por primera vez y le recordaba al capitán Martín Alonso Pinzón la recompensa de diez mil maravedís. La Niña se acopló a las otras dos naves y los marineros de las tres carabelas se unieron sobre la cubierta de la Pinta. Aunque eran las dos de la mañana y la noche era oscura, todos veían con sus propios ojos que no habían llegado al infierno ni al final del mundo, sino que estaban en una playa común y corriente, con arena, árboles y olas apacibles. El almirante don Cristóbal Colón ordenó arriar velas y esperar a que amaneciera. Impartió instrucciones de preparar el desembarco y luego regresó a la Santa María y se encerró en su camarote. Sacó del bolsillo una pequeña llave reluciente que aún no había tenido ocasión de usar en todo el viaje. Con ella abrió un baúl mediano, de madera oscura y perfumada, que tampoco había tenido motivo para abrir hasta hoy. Sacó una larga túnica de lana negra y la vistió por encima de su ropa de capitán. Sacó también unas botas nuevas, de cuero fulgente, que calzó tras quitarse las botas gastadas que había usado durante todo el viaje. Se lavó el rostro en una palangana de agua salada; luego se mojó el cabello blanco y lo peinó con los dedos.
«Don Cristóbal Colón dejó de respirar: se puso de pie y golpeó el escritorio con el puño. En ese mismo instante hizo fuego el estrepitoso cañón lombardo de la Pinta, señal acordada para cuando se hallara tierra. Las naves restantes dispararon su propio cañonazo».
Al abrir la puerta del camarote se encontró de frente con los marineros de las tres naos. Cuando vieron al nuevo almirante, envuelto en lana negra y con botas relucientes, se hincaron de rodillas: algunos lloraban de alegría, otros llevaban en los rostros el bochorno del amotinado arrepentido. El almirante don Cristóbal Colón los miró sin decir palabra.
-Capitán, perdónanos -dijo al fin un marinero flaco -. Fuimos desconfiados.
-Cantemos el Salve Regina -respondió don Cristóbal-. Luego preparaos para buscar víveres y agua.
Pocas horas después, al amanecer, el pequeño bote de remos llegaba a la playa con el almirante don Cristóbal Colón en la proa. Lo acompañaban, entre otros, los capitanes Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez Pinzón. El flamante Virrey, con sus botas de cuero espléndido, fue el primero en saltar del bote y pisar las nuevas tierras de la reina de Castilla. Los maravillados acompañantes del descubridor seguían sus pasos de cerca.
A las nueve de la mañana las tripulaciones de las tres naves se habían bañado en la playa cristalina y descansaban sobre la arena blanca. El almirante de la Mar Océano hablaba con sus capitanes bajo la sombra de un árbol extraño, cuyo fruto olía a perfume y tenía forma de corazón. De pronto, cinco indios desnudos salieron de la arboleda. Cuatro eran jóvenes y robustos; el quinto, mucho más viejo, caminaba con la ayuda de un palo. Los jóvenes traían papagayos, hilo de algodón en ovillos y azagayas. Al ver a estas criaturas que irrumpían de repente en la playa, los marineros se alarmaron y corrieron a buscar sus espadas. Don Cristóbal Colón se acercó con prisa, ordenó la calma entre sus hombres y luego caminó lentamente hasta los indios asombrados. Cuando se detuvo frente a ellos los jóvenes lo miraron con extrañeza, pero el viejo, apoyándose del brazo de uno de los muchachos, se puso de rodillas con mucho trabajo. Luego bajó la cabeza en señal de respeto y le dijo a don Cristóbal Colón en voz baja, en una lengua que ningún español pudo comprender:
-¡Maestro, al fin has regresado!

2007