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Biblioteca Virtual Hispanica

jueves, 9 de marzo de 2017

LA GORDA DE PORCELANA ISABEL ALLENDE



Contraportada:
La historia que cuenta este libro es un relato lleno de humor e imaginación, que responde a esta pregunta: ¿Qué le puede suceder a un hombre gris que se lleva a casa a una señora de porcelana?

Desde la primera vez que lo vi, don Cornelio ocupó un lugar en mi corazón. Era un caballero de ojos redondos y miopes, que vestía un traje gris algo antiguo, con catorce bolsillos. De lejos parecía dulce y amable. De cerca era tímido. Vivía en una pensión del barrio y nosotros, sus vecinos, ajustábamos los relojes cuando él pasaba por la mañana, porque su puntualidad desafiaba el cronómetro de la radio. Jamás se atrasaba ni adelantaba un segundo. Salía a las ocho y tres minutos en punto y echaba a andar con pasos medidos hacia la esquina, donde tomaba el bus [1] verde que lo conducía a su trabajo. Muchas veces me encontré con él y así, con el transcurso del tiempo, nos hicimos amigos. Gracias a eso puedo contar su historia sin temor a equivocarme, porque la escuché de sus propios labios.
[1] Ómnibus.
Don cornelio trabajaba en un lugar tenebroso, una sala polvorienta, con una sola ventana que no se había abierto en muchos años, atiborrada de papeles importantes que nadie leía. Era una Notaría [2]. Allí pasaba todo el día escribiendo con su hermosa caligrafía, en unos papelotes que luego eran archivados por toda la eternidad. Lo más notable de aquel sitio eran los ratones. Entre los pesados muebles metálicos y los antiguos armarios vivían numerosas familias, tribus, pueblos enteros de estas pequeñas bestias peludas. Una de las tareas de don Cornelio era combatirlos, pues debía impedir que devoraran los valiosos documentos. No sentía odio personal contra los roedores, al contrario, le gustaban, porque también eran tímidos y grises, con ojos redondos y miopes, pero cumplía con su obligación de eliminarlos. Cada día administraba a sus enemigos una dosis de veneno que transportaba en alguno de sus catorce bolsillos, y su primer deber al llegar a la Notaría era revisar el campo de batalla. Recorría los rincones a gatas, deseando que las trampas estuvieran vacías, y cuando encontraba un cadáver, lo agarraba con la punta de los dedos y lo echaba a la basura con un suspiro de lástima.
[2] Escribanía.
Al mediodía cerraba su escritorio, tomaba la bolsa de su merienda y se dirigía a la Plaza, que quedaba justo a noventa y un pasos de la Notaría (los había contado). Allí, entre los árboles, rodeado de altos edificios, masticaba su pan con queso, calentándose con el tenue rayo de sol que iluminaba su sombrero gris. No hablaba con la gente, pero observaba a los otros paseantes con curiosidad. Había siempre algunos niños jugando, y, de vez en cuando, alguna pareja de enamorados besándose bajo el castaño. A menudo se encontraba con el Loco. Era éste un simpático personaje que alborotaba el paisaje con su risa sin motivo, sus pasitos de baile y sus cordiales saludos a las aves, a los automóviles y, por supuesto, a las personas, aunque nadie respondía a sus buenos días y volvían la cara, fingiendo que no lo habían visto. A don Cornelio le gustaba el Loco, pero tenía vergüenza de saludarlo, porque él se consideraba un hombre muy serio.
Entre los que frecuentaban la Plaza, aparte del Loco, el ser más pintoresco era una anciana con capelina de flores y zapatos ortopédicos, poseedora de la más encantadora sonrisa, que alimentaba a las palomas con galletas de avena. Si éste fuera un cuento de hadas, ella sería el hada madrina, pero no lo es. Este es un cuento de verdad verdadera. Don Cornelio la observaba de reojo y muchas veces estuvo a punto de saludarla, pero su timidez lo detenía.
A las siete de la tarde un timbre sonaba en la Notaría y los escribientes guardaban sus plumas, sus tinteros, sus sellos, y partían. El último en salir era don Cornelio, no sin antes revisar las trampas de los ratones, apagar las luces y echar los cerrojos. Luego tomaba el autobús verde de vuelta a la pensión donde vivía. Salvo los domingos, todos los días eran iguales para él. Estaba casi satisfecho con esa vida sin emociones y muy rara vez se daba cuenta de la monotonía de su existencia.
Hasta ahora sólo he presentado al personaje principal de esta historia. Ahora contaré los extraños acontecimientos que cambiaron su vida.
Todo comenzó un día de otoño dorado y frío. Vi salir a don Cornelio de su pensión, como todas las mañanas, y me apresuré a controlar los punteros [3] de mi reloj,. Llevaba al cuello una larga bufanda gris y contaba los ochenta y siete pasos que lo separaban del autobús, sin mirar hacia los lados porque se conocía la calle de memoria. Desde mi ventana lo vi avanzar como un velero con su bufanda al viento y pensé que ése sería otro día sin sorpresas. Pero no fue así. De pronto, a mitad de cuadra, se detuvo alarmado: había visto algo nuevo. Era una tienda recién inaugurada, con un escaparate [4] azul y verde como un acuario, en medio de los severos edificios de nuestro barrio. El escribiente de la Notaría se aproximó fascinado, perdiendo la cuenta de los pasos que lo llevaban hasta la esquina. Vio muchos objetos extraños, el timón de un antiguo naufragio, una muñeca con una tristeza de pelos humanos, abanicos de plumas robadas a las aves del Paraíso y otros objetos provenientes de remotos lugares. En el centro de todos ellos, en lugar de honor, se encontraba la Gorda de Porcelana.
[3] Agujas.
[4] Vidriera.
¿Cómo puedo describirla para que ustedes la imaginen? Era una rolliza dama, caótica y enorme, mal cubierta por velos de loza, sosteniendo en una mano un racimo de uvas y en la otra una paloma bizca. Cintas color vainilla sujetaban sus rizos y calzaba increíbles zapatillas de gladiador romano. Evidentemente no fue diseñada como lámpara, tampoco servía para colgar abrigos en un vestíbulo y nadie la habría puesto de adorno en parte alguna, pues ocupaba más espacio que una bicicleta y era frágil como una buena intención. Nuestro amigo la observaba petrificado y no reaccionó hasta un par de minutos después, cuando se dio cuenta de que iba a perder su habitual transporte.
Salió disparado, enredándose en las puntas de su bufanda, y alcanzó a trepar al bus en el último instante.
Estuvo todo el día distraído, trabajando sin ganas, con la mente ocupada en la figura de porcelana. No podía dejar de pensar en ella. A la mañana siguiente lo vi salir apresuradamente de la pensión cinco minutos más temprano, lo cual descontroló los relojes de todos los vecinos. Se instaló frente a la ventana del anticuario [5] y allí estuvo un largo rato mirando con la boca abierta. Fue en ese momento, tal como él me contó mucho después, cuando la Gorda de Porcelana le guiñó un ojo.
[5] Vendedor de objetos antiguos.
Don Cornelio, lógicamente, pensó que había visto mal. Era muy miope, como ya dijimos. Sacó sus lentes, los limpió con cuidado y se los colocó, pegando la nariz al vidrio para ver mejor. ¡Y entonces le pareció que la Gorda le guiñaba el otro ojo!
Comprendió que por primera vez llegaría tarde a su trabajo, porque no pudo apartarse del escaparate. Se quedó allí haciendo morisquetas, saludos, pequeñas reverencias cortesanas, hasta que empezó a juntarse la gente a su alrededor para observar su curioso comportamiento. De súbito se percató de que era el centro de una aglomeración y, espantado, entró a toda prisa en la tienda para huir de los mirones. Al mover la puerta sonaron unas campanas chinas y tuvo otro sobresalto, porque pensó que había roto algo. Pero la sonrisa amable del anticuario lo tranquilizó.
Nuestro amigo quedó de pie entre aquellos peculiares objetos, paseando la vista por todos lados, temeroso, tal vez, de que allí surgiera un pulpo o una profesora de matemáticas.
-Lo vi mirando a la ninfa [6] ¿le gusta? -inquirió el anticuario, mientras rociaba con naftalina una lechuza embalsamada.
[6] En sentido figurado, joven hermosa.
-Creo que me guiñó un ojo -dijo don Cornelio, sintiéndose como un imbécil.
-Es muy antigua y muy rara -explicó el otro sin sorprenderse en absoluto.
-Podría jurar que también me guiñó el otro -agregó don Cornelio con un hilo de voz.
-Es posible...
-¿Cuánto vale? -quiso saber el escribiente.
-¿Cuánto gana usted? -preguntó a su vez el anticuario atusando [7] sus bigotes de mosquetero.
[7] Arreglando.
Don Cornelio, extrañado, se lo dijo.
-Entonces, ése es su precio -dijo el dueño de la tienda sacudiendo a la Gorda con un plumero.
Era una enorme cantidad de dinero para un modesto empleado de Notaría. Se aproximó a la estatua, esperando que ella hiciera algún gesto amigable, pero nada ocurrió: permaneció inmóvil y silenciosa, tal como se espera de algo fabricado con loza.
-Está bien, la compraré -decidió don Cornelio, dejándose llevar por un impulso irresistible.
El anticuario recibió el dinero sin contarlo, lo metió en el bolsillo de su chaleco y dio un par de volteretas entusiasmado.
-Ella le cambiará la vida -le aseguró a su cliente.
No sabía don Cornelio cuan cierto era lo que oía.
El escribiente levantó a la Gorda con cuidado, descubriendo que era más liviana de lo que parecía a simple vista. Salió así cargado de la tienda, despedido por las campanas chinas de la puerta. Pero, afuera, todavía se apiñaban los curiosos y, al sentirse observado con burla, retrocedió asustado.
-¿Tiene algo para taparla? -pidió.
El dueño de la tienda abrió un baúl de madera y pasó algunos minutos hurgando en su interior, mientras la habitación se impregnaba de un tenue olor a sándalo. Por fin, extrajo un gran paño negro que, al ser desplegado, resultó tener en el centro una calavera y dos tibias cruzadas. Era una bandera de pirata.
-¿Cómo se llama? -preguntó don Cornelio arropando a la figura con la bandera.
-Mi nombre es Baltasar -replicó el vendedor con una inclinación.
-No, la estatua...
-¡Ah! Su nombre es Fantasía -respondió con otra inclinación.
Don Cornelio concluyó que aquel nombre le agradaba y salió a la calle con su nueva adquisición en los brazos, ignorando las miradas de los intrusos y el escándalo de las campanas chinas.
Caminó de regreso a su pensión, sin acordarse para nada de la Notaría. Abrió la puerta y procuró deslizarse al interior con cautela, para no atraer la atención. Cruzó el vestíbulo en punta de pies y enfiló hacia la escalera, pero cuando ya se creía a salvo, la voz estridente de la patrona lo paralizó en su sitio.
-¿Qué lleva allí? -inquirió asomando la nariz entre las hojas del helécho que decoraba la entrada.
-Un simple adorno -replicó suavemente don Cornelio.
Ella quiso verlo. Ese bulto del tamaño de un cadáver le pareció muy sospechoso y ella era muy estricta con sus inquilinos. Se enorgullecía de que la suya era una pensión respetable, donde no se admitían niños ni animales y, con mayor razón, debía ser inflexible respecto a los adornos. A nuestro amigo no le quedó más alternativa que obedecer. Al posar la estatua en el piso, resultó tan alta como la patrona, aunque no tan ancha. Retiró la bandera que la cubría y apareció Fantasía en todo su rosado esplendor. La dueña dio un respingo.
-¡Caramba! ¡Está casi desnuda! -exclamó horrorizada.
Se abrieron las puertas del vestíbulo y asomaron las cabezas de los otros pensionistas, que observaron la escena asombrados. Nunca habían visto algo semejante. Uno a uno se aproximaron para dar su opinión y ninguna fue favorable, pues todos estuvieron de acuerdo en que aquello era una monstruosidad. La patrona cortó los comentarios diciendo que no le interesaba que fuera una obra de arte, porque iba muy ligera de ropas y por lo tanto debía salir de su casa.
Don Cornelio, vencido por su incurable timidez, no intentó disuadirla. Hacía varios años que habitaba allí y estaba acostumbrado. No quería mudarse a otra pensión. pero comprendió que no era posible separarse de Fantasía.



así es que tendría que buscar otro sitio donde pudiera vivir con ella. Decidió llevarla provisionalmente a la Notaría, donde podría esconderla entre los anaqueles por un par de días. Salió nuevamente a la calle, apuntado por el dedo de la patrona que le señalaba el camino. Afuera, sin embargo, se sintió mejor y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo deseos de silbar, pero no le resultó, porque no tenía práctica. Llegó hasta la esquina y esperó hasta que el bus verde se detuvo delante suyo, pero cuando quiso subir, el chófer se lo impidió con un gesto.
-¿Qué lleva ahí, señor? -preguntó.
-Es sólo una estatua...
-Este es un vehículo de pasajeros, no un camión de flete. No puede subir -dijo el chófer.
Tuvo que ir caminando hasta la Notaría, pero eso no consiguió desanimarlo; por el contrario, le pareció que hacía menos frío, que la ciudad era hermosa y notó que en algunas ventanas aún anidaban las alondras del verano y empezaban a florecer las violetas de los Alpes en los maceteros. Se extrañó de no haber visto nada de eso antes. Llegó a su oficina con casi dos horas de retraso, pero nadie levantó la vista de su trabajo al oírlo pasar, ni le preguntaron qué era lo que llevaba en los brazos. Entró rápidamente a la sala de los archivos y colocó a Fantasía en un rincón, detrás de unos pesados muebles. Se sentía muy cansado, porque no tenía el hábito de las caminatas cargando bultos, ni de las emociones. Abrió su escritorio, preparó su pluma y comenzó a escribir, pero no pudo concentrarse. Se le escapaba la mirada hacia el lugar donde lo esperaba Fantasía. Por fin, la curiosidad fue más fuerte que su sentido del deber y se acercó a ella. Le quitó el paño negro y la miró arrobado [8], detallando los bucles retorcidos, los velos turbulentos, las uvas imposibles y los suaves rollos que decoraban su cintura.
[8] Fascinado.
-Buenos días, señora -saludó con timidez.
Y entonces la Gorda sonrió cordialmente, mostrando una doble fila de dientes de porcelana.
Aterrado, el escribiente la volvió a cubrir y regresó apresurado a su mesa, donde comenzó a garabatear frenéticamente en sus papeles. Pero, un minuto después, la pluma vacilaba en sus dedos y, vencido por el impulso de su corazón, volvió al rincón de Fantasía. Levantó la bandera y esperó. Ella no se hizo rogar: sonrió, sacudió la cabeza y agitó las uvas mientras la paloma esponjaba las plumas. Para entonces don Cornelio estaba seguro de que había perdido el juicio, que soñaba, especialmente cuando escuchó una voz meliflua [9] que le solicitaba que abriera la ventana.
[9] Dulce como la miel.
-Esto huele como una tumba -dijo ella.
Desconcertado, don Cornelio fue a la ventana y forcejeó con el antiguo cerrojo hasta que consiguió moverlo. Al abrirla, una nube de polvo impalpable se desprendió de los vidrios, bañando al escribiente de la cabeza a los pies, y una brisa fría y limpia entró en la oficina. Entre los edificios del vecindario se coló un rayo de sol otoñal, dándole en la cara a un ratón curioso que observaba la escena. Al verlo, don Cornelio sintió como siempre una oleada de simpatía, que esta vez no reprimió por sentido del deber. Metió la mano en el bolsillo en busca de algo para darle de comer, pero sólo encontró el veneno que todas las mañanas llevaba consigo. «Tendré que traer queso y quitar esas trampas, son muy peligrosas», pensó.
Entre tanto, Fantasía había caminado hasta la ventana con la mayor naturalidad, como cualquier señora que desea tomar aire entonando una canción. Convencido de que veía y oía alucinaciones, don Cornelio regresó a su mesa de trabajo, pero el canto lo distrajo, poniendo un calor desconocido en su pecho. Se sentía cada vez más feliz de haberla adquirido a costa de todo su sueldo. Sin duda, valía la pena. Era algo extraña, pero ya estaba acostumbrándose a su presencia y con seguridad llegarían a ser muy buenos amigos.
-¿Vamos a pasear? -sugirió ella cuando se cansó de cantar.
Don Cornelio nunca había salido a pasear en día de semana sin estar de vacaciones, pero la idea le pareció atractiva.
-Esta vez no tendrás que llevarme en brazos -rió ella.
Fantasía ató el racimo de uvas a la cinta del sombrero de don Cornelio y así le quedó libre una mano para tomar la de él.  Luego recitó un verso algo cursi,  pero  muy efectivo:

Cornelio, dame la mano
para echar a volar,
hasta la torre de la iglesia,
como una campana más...

Maravillado, el escribiente sintió que sus zapatos se desprendían del suelo y que le bastaba mover un poco los brazos para elevarse. Dieron una vuelta a media altura por la habitación, para adquirir práctica, y salieron volando por la ventana como dos ángeles estrafalarios, desafiando las leyes de la aerodinámica [10] y del sentido común.
[10] Parte de la mecánica que estudia el movimiento del aire.
Don Cornelio sintió el golpe del viento en el pecho y en la cara y a su espalda adivinó las puntas de su bufanda gris volando también. Se echó a reír como cuando era niño. Se sujetó el sombrero con la mano libre y no tuvo miedo cuando sobrepasaron las antenas de la televisión, la torre de los bomberos y la cúpula de la Sociedad Protectora de Animales, dejando atrás los últimos techos de la ciudad. Abajo vieron los bosques como manchas oscuras, las cimas de las montañas cubiertas de suave merengue, el increíble color del cielo en un claro día de otoño. Fantasía señaló el lugar donde terminaban los caminos y nacía, entre las colinas, la cinta luminosa del río.
-¡Bajemos! -rogó el escribiente, que quería verlo de cerca, porque hasta entonces el único río que conocía era el negro canal lleno de basura que cruzaba la ciudad.
Ella eligió un buen lugar para el aterrizaje, estabilizó sus ocultos motores, emparejó sus alas, perdón, sus velos y cintas color vainilla, y bajó limpiamente, como una gaviota. Por sugerencia suya, don Cornelio se quitó los zapatos y sus pies sintieron por vez primera la tierra en su estado natural, porque antes sólo la había visto en maceteros. Dio unos saltitos breves, gozando de la nueva sensación, y empezó a bailar, a darse vueltas, loco de felicidad. Pensó que aquella borrachera se debía al reciente vuelo y al exceso de aire puro.
Pasaron una tarde inolvidable. Fantasía le enseñó a ponerse en el lugar de las hormigas, para ver el mundo desde abajo, a revolotear como las abejas, para apreciarlo desde media altura, a ser como los peces, para deslizarse bajo el agua, y a silbar como el viento entre las hojas. Eso fue lo que más entusiasmó al escribiente, porque su más secreto anhelo era silbar en la ducha, pero nunca había podido. También aprendió a palpar el mundo con los ojos cerrados, adivinando por su textura la secreta naturaleza de las cosas, y a diferenciar el olor de la yerbabuena, el tomillo y el laurel. Se comunicaron telepáticamente [11] con los conejos, que contaron que los hombres los cazan por deporte, con las flores, que dijeron que las cortan para adornos de iglesia, con las abejas, que se quejaron de que les roban la miel, y con los pinos, que odian la Navidad, porque los mutilan sin piedad. Cuando se cansaron de jugar, los dos amigos se sentaron en medio del paisaje, escuchando el silencio con toda atención. Y, finalmente, cuando el sol comenzó a descender en el horizonte, decidieron que era hora de regresar.
[11] Por transmisión de pensamiento.
Ella se acomodó los velos, recuperó su paloma, tomó a don Cornelio de la mano y recitó los versos mágicos. Se elevaron sin tropiezos y volaron de vuelta con más gracia y seguridad que la primera vez. Penetraron en el colchón de humo que flotaba sobre los techos, pero don Cornelio llevaba en los ojos el recuerdo azul del cielo y todo le pareció menos gris y más amable. Planearon entre los edificios más altos sin que nadie los viera, porque los habitantes de la ciudad rara vez levantan la mirada del suelo y, por sugerencia de don Cornelio, que no deseaba llamar la atención, eligieron para el aterrizaje un edificio en construcción. Se posaron sobre las altas vigas de acero, a muchos metros sobre la calle. Cuando él miró hacia abajo, sintió que le flaqueaban las piernas: podía volar sin miedo, pero caminar en las alturas le daba vértigo. Se caló el sombrero hasta las orejas, para que el viento no se lo arrebatara, se aferró a la mano de su amiga y descendió con ella por una interminable escalera.
A mitad de camino se encontraron con un obrero que pintaba un muro. No pareció sorprendido al ver en aquel lugar a una señora ataviada de tan extravagante manera y a un caballero maduro con un racimo de uvas colgando de su sombrero. Saludó agitando la brocha y don Cornelio le estrechó la mano, a pesar de que no era su costumbre relacionarse con personas no previamente presentadas.
-¿Puede decorar con algunos colores la ropa de este caballero? -pidió Fantasía-. Es muy aburrido verlo todo vestido de gris...
El obrero era un artista frustrado y se le presentaba una magnífica ocasión de poner a prueba su talento. Pintó flores, mariposas y angelotes en el traje del escribiente, dejándolo como una cortina de baño. Se despidieron efusivamente y don Cornelio, más tranquilo, concluyó que si ese hombre también podía comunicarse con Fantasía, él no era el único loco por allí.
Iban llegando al nivel de la calle cuando escucharon a lo lejos las campanas de la catedral anunciando las seis de la tarde. Horrorizado, don Cornelio comprendió que había pasado el día de vacaciones, mientras sobre su escritorio se acumulaban papeles importantes. Echó a correr en dirección a la Notaría, cargando en los brazos a Fantasía, que sin previo aviso, había recuperado su rigidez, transformándose en un instante en estatua de porcelana. Poco después entraba en la oficina pegado a la pared, para no ser visto, hasta alcanzar su mesa de trabajo en la sala de los archivos.
Escribía a toda prisa, cuando se abrió de par en par la puerta y entró el señor Notario en persona, resoplando como un fuelle.
-¿Qué significa esto? -preguntó, señalando a Fantasía con su largo dedo afilado.
-¿Qué cosa? [12] -tembló don Cornelio, que en su apuro había olvidado disimularla bajo la bandera.
[12] Sorpresa.
-¡Esa mujer horrible que tiene allí!
-Es... es nada más que un adorno -tartamudeó el escribiente.
-¿Quién le ha autorizado para vestirse de floreado y traer esa indecente figura a esta honorable Notaría? -gritó el señor Notario cada vez más furioso.
-Yo pensé...
-¡No le pago para que piense! ¡Sáquela de aquí inmediatamente, vaya a ponerse un traje oscuro y cierre esa ventana! -ordenó el jefe saliendo con un portazo.
Don Cornelio permaneció en su silla, paralizado por el estupor.
-Siento ocasionarte tantas molestias -susurró Fantasía, sin moverse del rincón.
El escribiente respondió con un profundo suspiro.
-Puedes dejarme en cualquier lado. El camión de la basura me recogerá -dijo ella con cara de Santa Rita, mirando hacia el techo con los ojos húmedos.
-¡De ningún modo! Ahora que somos amigos, no podemos separarnos. Buscaré un lugar donde me acepten contigo -replicó él.
Fantasía sonrió con disimulo, mientras don Cornelio recogía sus escasos objetos personales del escritorio. Luego la cubrió con la bandera y salió echando una última mirada al sitio donde había trabajado durante más de veinte años. Nadie lo miró cuando se fue.
Afuera estaba casi oscuro. Ya habían encendido los faroles de la plaza y hacia allá se dirigieron nuestros amigos. Se sentaron en un banco, dispuestos a pasar la noche, él envuelto en su bufanda, y ella sólo con sus velos. pues su naturaleza de porcelana era invulnerable al frío.
A esa hora la plaza estaba casi vacía, no se veían niños jugando o enamorados bajo el castaño, ni siquiera el Loco saludando a la vida, y hasta las palomas dormían con las cabezas bajo las alas. Sólo una pequeña figura de capelina florida y zapatos ortopédicos ocupaba otro banco, disfrutando del fresco con un paquete de galletas de avena en el regazo. En esta oportunidad don Cornelio consiguió sobreponerse a su timidez y se acercó para desearle buenas noches. Ella le indicó que se sentara a su lado.
-¿Puedo darle un poco de galleta a su paloma, señora? -ofreció la anciana, dirigiéndose a Fantasía.
La Gorda de Porcelana aceptó agradecida y ambas se pusieron a charlar sobre encaje de bolillo y recetas de pastel, mientras don Cornelio aprovechaba la luz del farol más cercano para hojear un periódico que encontró sobre el banco, en busca de un aviso que le ofreciera pensión o trabajo. Al poco rato, la vieja dama se arropó en su chal y anunció que era muy tarde y debía retirarse. Su casa no estaba lejos, pero no le gustaba andar de noche con sus pesados zapatos.
-¿Y ustedes no vuelven a casa? -preguntó al despedirse.
Y entonces don Cornelio, que esperaba que ella se lo preguntara, abrió ampliamente su corazón, venciendo al fin tantos años de silencio y de pudor, y le contó su historia, desde el momento en que vio a Fantasía en la ventana del anticuario, hasta ese instante último en que se encontraban en la plaza, sin techo, sin trabajo y sin futuro, pero inundados de inexplicable alegría. La anciana escuchó con atención hasta el final sin interrumpir, y cuando él hubo vaciado toda su ansiedad, le dijo que tenía un cuarto desocupado en su casa y andaba, justamente, buscando a un caballero ordenado que quisiera alquilarlo.
-Me sentiré muy contenta de tener a su Fantasía en mi casa -agregó.
Por buena educación, don Cornelio rehusó con grandes protestas: no quería molestar, de ningún modo; qué pensaría ella de él; que abusaba de su bondad, etc. Pero Fantasía le dio una patadita disimulada para que no exagerara sus negativas, pues corrían el riesgo de que la señora lo tomara en serio y retirara su oferta. Por fin, transaron en un arreglo justo y los tres, tomados del brazo, echaron a andar hacia el nuevo hogar, perdiéndose entre las estrechas calles del barrio antiguo de la ciudad.
He vuelto a ver a don Cornelio muchas veces. Nos encontramos en la calle y charlamos largamente. Por él supe esta historia y me autorizó para contarla a mi vez. Ha cambiado mucho, sin embargo. Yo diría que es un hombre diferente. Ya no usa el traje gris con catorce bolsillos, sino un delantal de muchos colores y un sombrero de pajilla con dos plumas de faisán. En invierno se abriga con su antigua bufanda, ahora amorosamente bordada de flores. Me contó que al dejar la Notaría encontró su verdadera vocación, que no era copiar documentos en el fondo de una sala polvorienta, sino andar por la calle silbando, conversar con la gente, cultivar la amistad del Loco en la plaza y alimentar con galletas de avena a las palomas, a los ratones y a otras bestias menores. Como siempre hay que ganarse la vida, combinó su necesidad con una ocupación adecuada: se hizo heladero en verano y vendedor de castañas calientes en invierno.
Don Cornelio pasa por mi calle empujando su carrito y silbando como un mirlo desentonado. Los niños lo conocen y cuando lo escuchan dejan libros y juguetes para correr a su encuentro. A veces lo siguen las palomas. Durante todo el día reparte su mercancía y en las tardes, cuando está cansado, regresa a su casa, donde la anciana del moño florido y zapatos ortopédicos lo espera junto a Fantasía.
Con la Gorda de Porcelana han vuelto a hacer los viajes increíbles, se meten bajo la tierra, vuelan como aeroplanos, nadan en todos los mares y se introducen en los libros para correr aventuras inolvidables.
Ella no lo puede acompañar por las calles vendiendo helados o castañas, porque excitaría la atención de los transeúntes, pero su espíritu lo acompaña siempre. Gracias a ella, el pasado gris de escribiente es sólo un recuerdo lejano y hoy don Cornelio es un hombre vestido de muchos colores. Tal como dijo el anticuario, Fantasía le cambió la vida.
¡Ah! Olvidaba algo importante: don Cornelio no ha perdido su puntualidad y cada vez que pasa por mi calle y oigo su silbido, sé que son exactamente las cuatro y quince minutos...


© 1983: Isabel Allende

Isabel Allende es una escritora chilena cuyas novelas han tenido enorme éxito en los últimos años. En este relato para niños, la autora se desenvuelve con tanta soltura como en sus obras para adultos.


martes, 7 de marzo de 2017

KAPPA Ryunosuke Akutagawa




Extrañamente, experimentaba simpatía por Gael, presidente de una compañía de vidrio. Gael era uno de los más grandes capitalistas del país. Probablemente, ningún otro kappa tenía un vientre tan enorme como el suyo. ¡Y cuán feliz se le ve cuando está sentado en un sofá y tiene a su lado a su mujer que se asemeja a una litchi y a sus hijos similares a pepinos! A menudo fui a cenar a la casa de Gael acompañando al juez Pep y al médico Chack; además, con su carta de presentación visité fábricas con las cuales él o sus amigos estaban relacionados de una manera u otra. Una de las que más me interesó fue la fábrica de libros. Me acompañó un joven ingeniero que me mostró máquinas gigantescas que se movían accionadas por energía hidroeléctrica; me impresionó profundamente el enorme progreso que habían realizado los kappas en el campo de la industria mecánica.
Según el ingeniero, la producción anual de esa fábrica ascendía a siete millones de ejemplares. Pero lo que me impresionó no fue la cantidad de libros que imprimían, sino la casi absoluta prescindencia de mano de obra. Para imprimir un libro es suficiente poner papel, tinta y unos polvos grises en una abertura en forma de embudo de la máquina. Una vez que esos materiales se han colocado en ella, en menos de cinco minutos empieza a salir una gran cantidad de libros de todos tamaños, cuartos, octavos, etc. Mirando cómo salían los libros en torrente, le pregunté al ingeniero qué era el polvo gris que se empleaba. Éste, de pie y con aire de importancia frente a las máquinas que relucían con negro brillo, contestó indiferentemente:
-¿Este polvo? Es de sesos de asno. Se secan los sesos y se los convierte en polvo. El precio actual es de dos a tres centavos la tonelada.
Por supuesto, la fabricación de libros no era la única rama industrial donde se habían logrado tales milagros. Lo mismo ocurría en las fábricas de pintura y de música. Contaba Gael que en aquel país se inventaban alrededor de setecientas u ochocientas clases de máquinas por mes, y que cualquier artículo se fabricaba en gran escala, disminuyendo considerablemente la mano de obra. En consecuencia, los obreros despedidos no bajaban de cuarenta o cincuenta mil por mes. Pero lo curioso era que, a pesar de todo ese proceso industrial, los diarios matutinos no anunciaban ninguna clase de huelga. Como me había parecido muy extraño este fenómeno, cuando fui a cenar a la casa de Gael en compañía de Pep y Chack, pregunté sobre este particular.
-Porque se los comen a todos.
Gael contestó impasiblemente, con un cigarro en la boca. Pero yo no había entendido qué quería decir con eso de que "se los comen". Advirtiendo mi duda, Chack, el de los anteojos, me explicó lo siguiente, terciando en nuestra conversación.
-Matamos a todos los obreros despedidos y comemos su carne. Mire este diario. Este mes despidieron a 64.769 obreros, de manera que de acuerdo con esa cifra ha bajado el precio de la carne.
-¿Y los obreros se dejan matar sin protestar?
-Nada pueden hacer aunque protesten -dijo Pep, que estaba sentado frente a un durazno salvaje-. Tenemos la "Ley de Matanzas de Obreros".
Por supuesto, me indignó la respuesta. Pero, no sólo Gael, el dueño de casa, sino también Pep y Chack, encaraban el problema como lo más natural del mundo. Efectivamente, Chack sonrió y me habló en forma burlona.
-Después de todo, el Estado le ahorra al obrero la molestia de morir de hambre o de suicidarse. Se les hace oler un poco de gas venenoso, y de esa manera no sufren mucho.
-Pero eso de comerse la carne, francamente...
-No diga tonterías. Si Mag escuchara esto se moriría de risa. Dígame, ¿acaso en su país las mujeres de la clase baja no se convierten en prostitutas? Es puro sentimentalismo eso de indignarse por la costumbre de comer la carne de los obreros.
Gael, que escuchaba la conversación, me ofreció un plato de sándwiches que estaba en una mesa cercana y me dijo tranquilamente:
-¿No se sirve uno? También está hecho de carne de obrero.

FIN

afilliate program


lunes, 6 de marzo de 2017

DESDE EL TRONCO DE UN OMBÚ Eduardo Acevedo Díaz




El cordero agonizaba en el valle. Bajó el águila azulada de la sierra, y le devoró uno de los ojos, el que miraba al cielo. Limpióse el pico curvo en la lana tenue, lanzó una nota estridente y remontóse de nuevo a los picachos. Otra águila le salió al encuentro, y se trabó la lucha. Algunas plumas cayeron al suelo. Luego se apartaron por distintos rumbos. En tanto, una oveja con gusano en el cerebro se acercó al cordero moribundo, y se puso a dar vueltas sin cesar ni descansar, con la cabeza airada y la colilla tiesa.
Cruza una carreta hacia el paso del arroyo tirada por ocho bueyes entre barrosos y yaguanés. El conductor viejo, montado en un cebruno flojo, va somnoliento.
El criollito de ojos negros muy vivos, arrollado en el tronco de la lanza, le grita: ¡Taita, la zanja es honda! El viejo se endereza en el recado, rezongando:
¡vuelta güey! Pero el vehículo estaba a los bordes, y cayó a la zanja pantanosa. Maniobró la picana, se alzó la voz enérgica, y después de un vaivén enojoso, la carreta arrancó con las pinas crujiendo. El criollito silbó un triste, poniendo los dos pies desnudos en la lanza y las rodillas en el rostro. El viejo arrojó un terno entre un bostezo, y dijo: ¡siempre peludeando!
En tanto se abaten los negros tordos y los pechos amarillos en el cardizal ardiente, y asoma la gama su airosa cabecita entre las altas hierbas allá en el fondo del llano, como atenta a extraño ruido, relincha con imponente brío un semental criollo y se precipita en frenética carrera a la loma del flanco, que traspone en un segundo y vuelve en el acto con la crin ondulante y el copete encrespado arremolinando una tropilla de ventrudas, reacias al esquilón de la madrina. Ora enseñando los blancos dientes o dilatando las narices, ya enarcando el cuello o dando una corveta, compele a su grey y la lleva al trazo de gramilla; se para de súbito, arroja un pequeño gruñido felino, y se pone a pastar. De pronto, una de la grey se aleja demasiado de la ronda. El potro se pone en tres saltos junto a ella, y pagó caro el delito de insubordinación… La victima se doblega; y la madrina mira aquello con aire de idiota, tal vez cansada de esos caprichos y celos formidables.
Un poco apartado, cerca de un rancho pobre, muy negro y ya de paja incolora, una menor con la pollerita levantada y las rodillas al aire, parecía recoger huevos bajo las totoras. Seguíala un mastín con paso tardo y paciente. Cuando ella se detenía mucho en sus afanes, el perro se echaba. Luego, proseguían una y otro su marcha de rodeos. Algo debía haber encontrado, aunque fuesen huevecitos de ratonas, porque de vez en cuando se detenía como a contar lo que llevaba en el ahuchado del vestido. El perro, por esta vez. se le había alejado un poco y olfateaba. De pronto delante de la niña, de una mata espesa, salió corriendo un lagarto gris verdoso. Cerca había una sombra de toro, una de tantas avanzadas del bosque contra el pampero, y a él se dirigió el reptil con su apéndice en alto. Allí estaba la cueva. La menor dejó caer toda su carga, y se lanzó tras él con pasmosa rapidez, pero no tanto que no llegara al mismo tiempo que el mastín, bulto enorme a su lado. El lagarto, en un tropiezo sin duda perdió ventaja, pues aunque ya con todo el cuerpo en el escondrijo, fue asido de la cola por la pequeña. El perro coadyuvó sin pérdida de segundo, y mordió en el tronco. La criolla se quedó con el apéndice en las manos, que se retorcía como una culebra. Fuese riendo, con las greñas en las mejillas. El mastín la siguió breves pasos; se detuvo; volvió sobre ellos, como avergonzado.
olió largo rato al pie del árbol; introdujo pane del hocico en la covacha, movió de uno a otro lado la cola; y al fin se acostó frente a ella. con la cabeza entre los remos y los ojos fijos en el mísero hogar de la presa mutilada y perdida.
Una banda pequeña de ñandúes cruza por el médano que está a media cuadra del paso del arroyo, y a un costado del camino. El médano es un reducido círculo amarilloso en medio de dilatadas verduras, y en su centro mismo hay algunos arazaes y malezas solitarias, como si la costra fecunda del subsuelo protestara contra la aridez de las arenas. Los ñandúes marchan tranquilos. Pero, de improviso, dos o tres levantan a modo de árganas los alones mostrando el abrigo interno blanco como la espuma, y emprenden a saltos la fuga. Las demás corredoras se separan del sitio por opuestas direcciones, y alguna brinca con los pies juntos, cual si el peligro no diera tiempo a desplegar los nutridos plumeros. Más de una víbora de la cruz. dormitando en la arena caliente, que empolla el huevo del yacaré, ha alzado su chata cabeza y vibrado la lengüeta, al sitio melancólico de esas aves hijas del cuma, tan similares en sus hábitos de libertad salvaje a los del primitivo gaucho vagabundo.
Se van muy lejos, y el sol se acuesta. Las sombras bajan al valle. La noche, una noche límpida, serena, de inmensos doseles azules tachonados de solos infinitos, trae con su majestad solemne el don de la calma, del silencio y del reposo que esparce en las sierras y en los llanos con sus luces y rocíos.
Los grandes rumores han cesado. Los que se perciben no perturban: bajo diapasón de patos silvestres, tertulias de gallaretas, aleteos entre el ramaje, y el armonioso acento del zorzal, que se alza como un himno a las estrellas, vibrante en los aires, llena de dulce encanto los ribazos sombríos.












miércoles, 22 de febrero de 2017

EL FANTASMA Enrique Ánderson Imbert



Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación.
¿Con que eso era la muerte?
¡Qué desengaño! Había querido averiguar cómo era el tránsito al otro mundo ¡y resultaba que no había ningún otro mundo! La misma opacidad de los muros, la misma distancia entre mueble y mueble, el mismo repicar de la lluvia sobre el techo... Y sobre todo ¡qué inmutables, qué indiferentes a su muerte lo objetos que él siempre había creído amigos!: la lámpara encendida, el sombrero en la percha...Todo, todo estaba igual. Sólo la silla volteada y su propio cadáver, cara al cielo raso.
Se inclinó y se miró en su cadáver como antes solía mirarse en el espejo. ¡Qué avejentado! ¡Y esas envolturas de carne gastada!
- Si yo pudiera alzarle los párpados quizá la luz azul de mis ojos ennobleciera otra vez el cuerpo - pensó.
Porque así, sin la mirada, esos mofletes y arrugas, las curvas velludas de la nariz y los dos dientes amarillos, mordiéndose el labio exangüe estaban revelándole su aborrecida condición de mamífero.
-Ahora que sé que del otro lado no hay ángeles ni abismos me vuelvo a mi humilde morada.
Y con buen humor se aproximó a su cadáver - jaula vacía - y fue a entrar para animarlo otra vez.
¡Tan fácil que hubiera sido! Pero no pudo. No pudo porque en ese mismo instante se abrió la puerta y se entrometió su mujer, alarmada por el ruido de silla y cuerpo caídos.
- ¡No entres! - gritó él, pero sin voz.
Era tarde. La mujer se arrojó sobre su marido y al sentirlo exánime lloró y lloró.
- ¡Cállate! ¡Lo has echado todo a perder! - gritaba él, pero sin voz.
¡Qué mala suerte! ¿Por qué no se le habría ocurrido encerrarse con llave durante la experiencia. Ahora, con testigo, ya no podía resucitar; estaba muerto, definitivamente muerto. ¡Qué mala suerte!
Acechó a su mujer, casi desvanecida sobre su cadáver; y su propio cadáver, con la nariz como una proa entre las ondas de pelo de su mujer. Sus tres niñas irrumpieron a la carrera como si se disputaran un dulce, frenaron de golpe, poco a poco se acercaron y al rato todas lloraban, unas sobre otras. También él lloraba viéndose allí en el suelo, porque comprendió que estar muerto es como estar vivo, pero solo, muy solo.
Salió de la habitación, triste.
¿Adónde iría?
Ya no tuvo esperanzas de una vida sobrenatural. No, no había ningún misterio.
Y empezó a descender, escalón por escalón, con gran pesadumbre. Se paró en el rellano. Acababa de advertir que, muerto y todo, había seguido creyendo que se movía como si tuviera piernas y brazos. ¡Eligió como perspectiva la altura donde antes llevaba sus ojos físicos! Puro hábito. Quiso probar entonces las nuevas ventajas y se echó a volar por las curvas del aire. Lo único que no pudo hacer fue traspasar los cuerpos sólidos, tan opacos, tan insobornables como siempre. Chocaba contra ellos. No es que le doliera; simplemente no podía atravesarlos. Puertas, ventanas, pasadizos, todos los canales que abre el hombre a su actividad, seguían imponiendo direcciones a sus revoloteos. Pudo colarse por el ojo de una cerradura, pero a duras penas. Él, muerto, no era una especie de virus filtrable para el que siempre hay pasos; sólo podía penetrar por las hendijas que los hombres descubren a simple vista.
¿Tendría ahora el tamaño de una pupila de ojo? Sin embargo, se sentía como cuando vivo, invisible, sí, pero no incorpóreo. No quiso volar más, y bajó a retomar sobre el suelo su estatura de hombre. Conservaba la memoria de su cuerpo ausente, de las posturas que antes había adoptado en cada caso, de las distancias precisas donde estarían su piel, su pelo, sus miembros. Evocaba así a su alrededor su propia figura; y se insertó donde antes había tenido las pupilas.
Esa noche veló al lado de su cadáver, junto a su mujer. Se acercó también a sus amigos y oyó sus conversaciones. Lo vio todo. Hasta el último instante, cuando los terrones del camposanto sonaron lúgubres sobre el cajón y lo cubrieron.
Él había sido toda su vida un hombre doméstico. De su oficina a su casa, de casa a su oficina. Y nada, fuera de su mujer y sus hijas. No tuvo, pues, tentaciones de viajar al estómago de la ballena o de recorrer el gran hormiguero. Prefirió hacer como que se sentaba en el viejo sillón y gozar de la paz de los suyos.
Pronto se resignó a no poder comunicarles ningún signo de su presencia. Le bastaba con que su mujer alzara los ojos y mirase su retrato en lo alto de la pared.
A veces se lamentó de no encontrarse en sus paseos con otro muerto siquiera para cambiar impresiones. Pero no se aburría. Acompañaba a su mujer a todas partes e iba al cine con las niñas.
En el invierno su mujer cayó enferma, y él deseó que se muriera. Tenía la esperanza de que, al morir, el alma de ella vendría a hacerle compañía. Y se murió su mujer, pero su alma fue tan invisible para él como para las huérfanas.
Quedó otra vez solo, más solo aún, puesto que ya no pudo ver a su mujer. Se consoló con el presentimiento de que el alma de ella estaba a su lado, contemplando también a las hijas comunes. ¿Se daría cuenta su mujer de que él estaba allí? Si... ¡claro!... qué duda había. ¡Era tan natural!
Hasta que un día tuvo, por primera vez desde que estaba muerto, esa sensación de más allá, de misterio, que tantas veces lo había sobrecogido cuando vivo; ¿y si toda la casa estuviera poblada de sombras de lejanos parientes, de amigos olvidados, de fisgones, que divertían su eternidad espiando las huérfanas?
Se estremeció de disgusto, como si hubiera metido la mano en una cueva de gusanos. ¡Almas, almas, centenares de almas extrañas deslizándose unas encimas de otras, ciegas entre sí pero con sus maliciosos ojos abiertos al aire que respiraban sus hijas!
Nunca pudo recobrarse de esa sospecha, aunque con el tiempo consiguió despreocuparse: ¡qué iba a hacer! Su cuñada había recogido a las huérfanas. Allí se sintió otra vez en su hogar. Y pasaron los años. Y vio morir, solteras, una tras otra, a sus tres hijas. Se apagó así, para siempre, ese fuego de la carne que en otras familias más abundantes va extendiéndose como un incendio en el campo.
Pero él sabía que en lo invisible de la muerte su familia seguía triunfando, que todos, por el gusto de adivinarse juntos, habitaban la misma casa, prendidos a su cuñada como náufragos al último leño.
También murió su cuñada.

Se acercó al ataúd donde la velaban, miró su rostro, que todavía se ofrecía como un espejo al misterio, y sollozó, solo, solo ¡qué solo! Ya no había nadie en el mundo de los vivos que los atrajera a todos con la fuerza del cariño. Ya no había posibilidades de citarse en un punto del universo. Ya no había esperanzas Allí, entre los cirios en llama, debían de estar las almas de su mujer y de sus hijas. Les dijo "¡Adiós!" sabiendo que no podían oírlo, salió al patio y voló noche arriba.