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Biblioteca Virtual Hispanica

jueves, 19 de enero de 2017

VIDA INTERMINABLE. Isabel Allende.



Hay toda clase de historias. Algunas nacen al ser contadas, su substancia es el lenguaje y antes de que alguien las ponga en palabras son apenas una emoción, un capricho de la mente, una imagen o una intangible reminiscencia. Otras vienen completas, como manzanas, y pueden repetirse hasta el infinito sin riesgo de alterar su sentido. Existen unas tomadas de la realidad y procesadas por la inspiración, mientras otras nacen de un instante de inspiración y se convierten en realidad al ser contadas. Y hay historias secretas que permanecen ocultas en las sombras de la memoria, son como organismos vivos, les salen raíces, tentáculos, se llenan de adherencias y parásitos y con el tiempo se transforman en materia de pesadillas. A veces para exorcizar los demonios de un recuerdo es necesario contarlo como un cuento.
Ana y Roberto Blaum envejecieron juntos, tan unidos que con los años llegaron a parecer hermanos; ambos tenían la misma expresión de benevolente sorpresa, iguales arrugas, gestos de las manos, inclinación de los hombros; los dos estaban marcados por costumbres y anhelos similares. Habían compartido cada día durante la mayor parte de sus vidas y de tanto andar de la mano y dormir abrazados podían ponerse de acuerdo para encontrarse en el mismo sueño. No se habían separado nunca desde que se conocieron, medio siglo atrás. En esa época Roberto estudiaba medicina y ya tenía la pasión que determinó su existencia de lavar al mundo y redimir al prójimo, y Ana era una de esas jóvenes virginales capaces de embellecerlo todo con su candor. Se descubrieron a través de la música. Ella era violinista de una orquesta de cámara y él, que provenía de una familia de virtuosos y le gustaba tocar el piano, no se perdía ni un concierto. Distinguió sobre el escenario a esa muchacha vestida de terciopelo negro y cuello de encaje que tocaba su instrumento con los ojos cerrados y se enamoró de ella a la distancia. Pasaron meses antes de que se atreviera a hablarle y cuando lo hizo bastaron cuatro frases para que ambos comprendieran que estaban destinados a un vínculo perfecto. La guerra los sorprendió antes que alcanzaran a casarse y, como millares de judíos alucinados por el espanto de las persecuciones, tuvieron que escapar de Europa. Se embarcaron en un puerto de Holanda, sin más equipaje que la ropa puesta, algunos libros de Roberto y el violín de Ana. El buque anduvo dos años a la deriva, sin poder atracar en ningún muelle, porque las naciones del hemisferio no quisieron aceptar su cargamento de refugiados. Después de dar vueltas por varios mares, arribó a las costas del Caribe. Para entonces tenía el casco como una coliflor de conchas y líquenes, la humedad rezumaba de su interior en un moquilleo persistente, sus máquinas se habían vuelto verdes y todos los tripulantes y pasajeros -menos Ana y Roberto defendidos de la desesperanza por la ilusión del amor- habían envejecido doscientos años. El capitán, resignado a la idea de seguir deambulando eternamente, hizo un alto con su carcasa de transatlántico en un recodo de la bahía, frente a una playa de arenas fosforescentes y esbeltas palmeras coronadas de plumas, para que los marineros descendieran en la noche a cargar agua dulce para los depósitos. Pero hasta allí no más llegaron. Al amanecer del día siguiente fue imposible echar a andar las máquinas, corroídas por el esfuerzo de moverse con una mezcla de agua salada y pólvora, a falta de combustibles mejores. A media mañana aparecieron en una lancha las autoridades del puerto más cercano, un puñado de mulatos alegres con el uniforme desabrochado y la mejor voluntad, que de acuerdo con el reglamento les ordenaron salir de sus aguas territoriales, pero al saber la triste suerte de los navegantes y el deplorable estado del buque le sugirieron al capitán que se quedaran unos días allí tomando el sol, a ver si de tanto darles rienda los inconvenientes se arreglaban solos, como casi siempre ocurre. Durante la noche todos los habitantes de esa nave desdichada descendieron en los botes, pisaron las arenas cálidas de aquel país cuyo nombre apenas podían pronunciar, y se perdieron tierra adentro en la voluptuosa vegetación, dispuestos a cortarse las barbas, despojarse de sus trapos mohosos y sacudirse los vientos oceánicos que les habían curtido el alma.
Así comenzaron Ana y Roberto Blaum sus destinos de inmigrantes, primero trabajando de obreros para subsistir y más tarde, cuando aprendieron las reglas de esa sociedad voluble, echaron raíces y él pudo terminar los estudios de medicina interrumpidos por la guerra. Se alimentaban de banana y café y vivían en una pensión humilde, en un cuarto de dimensiones escasas, cuya ventana enmarcaba un farol de la calle. Por las noches Roberto aprovechaba esa luz para estudiar y Ana para coser. Al terminar el trabajo él se sentaba a mirar las estrellas sobre los techos vecinos y ella le tocaba en su violín antiguas melodías, costumbre que conservaron como forma de cerrar el día. Años después, cuando el nombre de Blaum fue célebre, esos tiempos de pobreza se mencionaban como referencia romántica en los prólogos de los libros o en las entrevistas de los periódicos. La suerte les cambió, pero ellos mantuvieron su actitud de extrema modestia, porque no lograron borrar las huellas de los sufrimientos pasados ni pudieron librarse de la sensación de precariedad propia del exilio. Eran los dos de la misma estatura, de pupilas claras y huesos fuertes. Roberto tenía aspecto de sabio, una melena desordenada le coronaba las orejas, llevaba gruesos lentes con marcos redondos de carey, usaba siempre un traje gris, que reemplazaba por otro igual cuando Ana renunciaba a seguir zurciendo los puños, y se apoyaba en un bastón de bambú que un amigo le trajo de la India. Era un hombre de pocas palabras, preciso al hablar como en todo lo demás, pero con un delicado sentido del humor que suavizaba el peso de sus conocimientos. Sus alumnos habrían de recordarlo como el más bondadoso de los profesores. Ana poseía un temperamento alegre y confiado, era incapaz de imaginar la maldad ajena y por eso resultaba inmune a ella. Roberto reconocía que su mujer estaba dotada de un admirable sentido práctico y desde el principio delegó en ella las decisiones importantes y la administración del dinero. Ana cuidaba de su marido con mimos de madre, le cortaba el cabello y las uñas, vigilaba su salud, su comida y su sueño, estaba siempre al alcance de su llamado. Tan indispensable les resultaba a ambos la compañía del otro, que Ana renunció a su vocación musical, porque la habría obligado a viajar con frecuencia, y sólo tocaba el violín en la intimidad de la casa. Tomó la costumbre de ir con Roberto en las noches a la morgue o a la biblioteca de la universidad donde él se quedaba investigando durante largas horas. A los dos les gustaba la soledad y el silencio de los edificios cerrados.
Después regresaban caminando por las calles vacías hasta el barrio de pobres donde se encontraba su casa. Con el crecimiento descontrolado de la ciudad ese sector se convirtió en un nido de traficantes, prostitutas y ladrones, donde ni los carros de la policía se atrevían a circular después de la puesta del sol, pero ellos lo cruzaban de madrugada sin ser molestados. Todo el mundo los conocía. No había dolencia ni problema que no fueran consultados con Roberto y ningún niño había crecido allí sin probar las galletas de Ana. A los extraños alguien se encargaba de explicarles desde un principio que por razones de sentimiento los viejos eran intocables. Agregaban que los Blaum constituían un orgullo para la Nación, que el Presidente en persona había condecorado a Roberto y que eran tan respetables, que ni siquiera la Guardia los molestaba cuando entraba al vecindario con sus máquinas de guerra, allanando las casas una por una.
Yo los conocí al final de la década de los sesenta, cuando en su locura mi Madrina se abrió el cuello con una navaja. La llevamos al hospital desangrándose a borbotones, sin que nadie alentara esperanza real de salvarla, pero tuvimos la buena suerte de que Roberto Blaum estaba allí y procedió tranquilamente a coserle la cabeza en su lugar. Ante el asombro de los otros médicos, mi Madrina se repuso. Pasé muchas horas sentada junto a su cama durante las semanas de convalecencia y hubo varias ocasiones de conversar con Roberto. Poco a poco iniciamos una sólida amistad. Los Blaum no tenían hijos y creo que les hacía falta, porque con el tiempo llegaron a tratarme como si yo lo fuera. Iba a verlos a menudo, rara vez de noche para no aventurarme sola en ese vecindario, ellos me agasajaban con algún plato especial para el almuerzo. Me gustaba ayudar a Roberto en el jardín y a Ana en la cocina. A veces ella cogía su violín y me regalaba un par de horas de música. Me entregaron la llave de su casa y cuando viajaban yo les cuidaba al perro y les regaba las plantas.
Los éxitos de Roberto Blaum habían empezado temprano, a pesar del atraso que la guerra impuso a su carrera. A una edad en que otros médicos se inician en los quirófanos, él ya había publicado algunos ensayos de mérito, pero su notoriedad comenzó con la publicación de su libro sobre el derecho a una muerte apacible. No le tentaba la medicina privada, salvo cuando se trataba de algún amigo o vecino, y prefería practicar su oficio en los hospitales de indigentes, donde podía atender a un número mayor de enfermos y aprender cada día algo nuevo. Largos turnos en los pabellones de moribundos le inspiraron una compasión por esos cuerpos frágiles encadenados a las máquinas de vivir, con el suplicio de agujas y mangueras, a quienes la ciencia les negaba un final digno con el pretexto de que se debe mantener el aliento a cualquier costo. Le dolía no poder ayudarlos a dejar este mundo y estar obligado, en cambio, a retenerlos contra su voluntad en sus camas agonizantes. En algunas ocasiones el tormento impuesto a uno de sus enfermos se le hacía tan insoportable, que no lograba apartarlo ni un instante de su mente. Ana debía despertarlo, porque gritaba dormido. En el refugio de las sábanas él se abrazaba a su mujer, la cara hundida en sus senos, desesperado. _¿Por qué no desconectas los tubos y le alivias los padecimientos a ese pobre infeliz? Es lo más piadoso que puedes hacer. Se va a morir de todos modos, tarde o temprano…
-No puedo, Ana. La ley es muy clara, nadie tiene derecho a la vida de otro, pero para mí esto es un asunto de conciencia.
-Ya hemos pasado antes por esto y cada vez vuelves a sufrir los mismos remordimientos. Nadie lo sabrá, será cosa de un par de minutos.
Si en alguna oportunidad Roberto lo hizo, sólo Ana lo supo.
Su libro proponía que la muerte, con su ancestral carga de terrores, es sólo el abandono de una cáscara inservible, mientras el espíritu se reintegra en la energía única del cosmos. La agonía, como el nacimiento, es una etapa del viaje y merece la misma misericordia. No hay la menor virtud en prolongar los latidos y temblores de un cuerpo más allá del fin natural, y la labor del médico debe ser facilitar el deceso, en vez de contribuir a la engorrosa burocracia de la muerte. Pero tal decisión no podía depender sólo del discernimiento de los profesionales o la misericordia de los parientes, era necesario que la ley señalara un criterio.
La proposición de Blaum provocó un alboroto de sacerdotes, abogados y doctores. Pronto el asunto trascendió de los círculos científicos e invadió la calle, dividiendo las opiniones. Por primera vez alguien hablaba de ese tema, hasta entonces la muerte era un asunto silenciado, se apostaba a la inmortalidad, cada uno con la secreta esperanza de vivir para siempre. Mientras la discusión se mantuvo a un nivel filosófico, Roberto Blaum se presentó en todos los foros para sostener su alegato, pero cuando se convirtió en otra diversión de las masas, él se refugió en su trabajo, escandalizado ante la desvergüenza con que explotaron su teoría con fines comerciales. La muerte pasó a primer plano, despojada de toda realidad y convertida en alegre motivo de moda.
Una parte de la prensa acusó a Blaum de promover la eutanasia y comparó sus ideas con las de los nazis, mientras otra parte lo aclamó como a un santo.
Él ignoró el revuelo y continuó sus investigaciones y su labor en el hospital. Su libro se tradujo a varias lenguas y se difundió en otros países, donde el tema también provocó reacciones apasionadas. Su fotografía salía con frecuencia en las revistas de ciencia. Ese año le ofrecieron una cátedra en la Facultad de Medicina y pronto se convirtió en el profesor más solicitado por los estudiantes. No había ni asomo de arrogancia en Roberto Blaum, tampoco el fanatismo exultante de los administradores de las revelaciones divinas, sólo la apacible certeza de los hombres estudiosos. Mientras mayor era la fama de Roberto, más recluida era la vida de los Blaum. El impacto de esa breve celebridad los, asustó y acabaron por admitir a muy pocos en su círculo más íntimo.
La teoría de Roberto fue olvidada por el público con la misma rapidez con que se puso de moda. La ley no fue cambiada, ni siquiera se discutió el problema en el Congreso, pero en el ámbito académico y científico el prestigio del médico aumentó. En los siguientes treinta años Blaum formó varias generaciones de cirujanos, descubrió nuevas drogas y técnicas quirúrgicas y organizó un sistema de consultorios ambulantes, carromatos, barcos y avionetas equipados con todo lo necesario para atender desde partos hasta epidemias diversas, que recorrían el territorio nacional llevando socorro hasta las zonas más remotas, allá donde antes sólo los misioneros habían puesto los pies. Obtuvo incontables premios, fue Rector de la Universidad durante una década y Ministro de Salud durante dos semanas, tiempo que demoró en juntar las pruebas de la corrupción administrativa y el despilfarro de los recursos y presentarlas al Presidente, quien no tuvo más alternativa que destituirlo, porque no se trataba de sacudir los cimientos del gobierno para darle gusto a un idealista. En esas décadas Blaum continuó las investigaciones con moribundos. Publicó varios artículos sobre la obligación de decir la verdad a los enfermos graves, para que tuvieran tiempo de acomodar el alma y no se fueran pasmados por la sorpresa de morirse, y sobre el respeto debido a los suicidas y las formas de poner fin a la propia vida sin dolores ni estridencias inútiles.
El nombre de Blaum volvió a pronunciarse por las calles cuando fue publicado su último libro, que no sólo remeció a la ciencia tradicional, sino que provocó una avalancha de ilusiones en todo el país. En su larga experiencia en hospitales Roberto había tratado a innumerables pacientes de cáncer y observó que mientras algunos eran derrotados por la muerte, con el mismo tratamiento otros sobrevivían. En su libro, Roberto intentaba demostrar la relación entre el cáncer y el estado de ánimo, y aseguraba que la tristeza y la soledad facilitan la multiplicación de las células fatídicas, porque cuando el enfermo está deprimido bajan las defensas del cuerpo, en cambio si tiene buenas razones para vivir su organismo lucha sin tregua contra el mal. Explicaba que la cura, por lo tanto, no puede limitarse a la cirugía, la química o recursos de boticario, que atacan sólo las manifestaciones físicas, sino que debe contemplar sobre todo la condición del espíritu. El último capítulo sugería que la mejor disposición se encuentra en aquellos que cuentan con una buena pareja o alguna otra forma de cariño, porque el amor tiene un efecto benéfico que ni las drogas más poderosas pueden superar.
La prensa captó de inmediato las fantátícas posibilidades de esta teoría y puso en boca de Blaum cosas que él jamás había dicho. Si antes la muerte causó un alboroto inusitado, en esta ocasión algo igualmente natural fue tratado como novedad. Le atribuyeron al amor virtudes de Piedra Filosofal y dijeron que podía curar todos los males. Todos hablaban del libro, pero muy pocos lo leyeron. La sencilla suposición de que el afecto puede ser bueno para la salud se complicó en la medida en que todo el mundo quiso agregarle o quitarle algo, hasta que la idea original de Blauni se perdió en una maraña de absurdos, creando una confusión colosal en el público. No faltaron los pícaros que intentaron sacarle provecho al asunto, apoderándose del amor como si fuera un invento propio. Proliferaron nuevas sectas esotéricas, escuelas de psicología, cursos para principiantes, clubes para solitarios, píldoras de la atracción infalible, perfumes devastadores y un sinfín de adivinos de pacotilla que usaron sus barajas y sus bolas de vidrio para vender sentimientos de cuatro centavos.
Apenas descubrieron que Ana y Roberto Blaum eran una pareja de ancianos conmovedores, que habían estado juntos mucho tiempo y que conservaban intactas la fortaleza del cuerpo, las facultades de la mente y la calidad de su amor, los convirtieron en ejemplos vivientes. Aparte de los científicos que analizaron el libro hasta la extenuación, los únicos que lo leyeron sin propósitos sensacionalistas fueron los enfermos de cáncer, sin embargo, para ellos la esperanza de una curación definitiva se convirtió en una burla atroz, porque en verdad nadie podía indicarles dónde hallar el amor, cómo obtenerlo y mucho menos la forma de preservarlo. Aunque tal vez la idea de Blaum no carecía de lógica, en la práctica resultaba inaplicable.
Roberto estaba consternado ante el tamaño del escándalo, pero Ana le recordó lo ocurrido antes y lo convenció de que era cuestión de sentarse a esperar un poco, porque la bulla no duraría mucho. Así ocurrió. Los Blaum no estaban en la ciudad cuando el clamor se desinfló. Roberto se había retirado de su trabajo en el hospital y en la universidad, pretextando que estaba cansado y que ya tenía edad para hacer una vida más tranquila. Pero no logró mantenerse ajeno a su propia celebridad, su casa se veía invadida por enfermos suplicantes, periodistas, estudiantes, profesores, y curiosos que llegaban a toda hora.
Me dijo que necesitaba silencio, porque pensaba escribir otro libro, y lo ayudé a buscar un lugar apartado donde refugiarse. Encontramos una vivienda en La Colonia, una extraña aldea incrustada en un cerro tropical, réplica de algún villorrio bávaro del siglo diecinueve, un desvarío arquitectónico de casas de madera pintada, relojes de cucú, macetas de geranios y avisos con letras góticas, habitada por una raza de gente rubia con los mismos trajes tiroleses y mejillas rubicundas que sus bisabuelos trajeron al emigrar de la Selva Negra. Aunque ya entonces La Colonia era la atracción turística que hoy es, Roberto pudo alquilar una propiedad aislada donde no llegaba el tráfico de los fines de semana. Me pidieron que me hiciera cargo de sus asuntos en la capital, yo colectaba el dinero de su jubilación, las cuentas y el correo. Al principio los visité con frecuencia, pero pronto me di cuenta que en mi presencia mantenían una cordialidad algo forzada, muy diferente a la bienvenida calurosa que antes me prodigaban. No pensé que se tratara de algo contra mí, ni mucho menos, siempre conté con su confianza y su estima, simplemente deduje que deseaban estar solos y preferí comunicarme con ellos por teléfono y por carta.
Cuando Roberto Blaum me llamó por última vez, hacía un año que no los veía. Hablaba muy poco con él, pero mantenía largas conversaciones con Ana. Yo le daba noticias del mundo y ella me contaba de su pasado, que parecía irse tornando cada vez más vívido para ella, como si todos los recuerdos de antaño fueran parte de su presente en el silencio que ahora la rodeaba. A veces me hacía llegar por diversos medios galletas de avena que horneaba para mí y bolsitas de lavanda para perfumar los armarios. En los últimos meses me enviaba también delicados regalos: un pañuelo que le dio su marido muchos años atrás, fotografías de su juventud, un prendedor antiguo. Supongo que eso, más el deseo de mantenerme alejada y el hecho de que Roberto eludiera hablar del libro en preparación, debieron darme las claves, pero en verdad no imaginé lo que estaba sucediendo en aquella casa de las montañas. Más tarde, cuando leí el diario de Ana, me enteré de que Roberto no escribió una sola línea. Durante todo ese tiempo se dedicó por entero a amar a su mujer, pero eso no logró desviar el curso de los acontecimientos.
En los fines de semana el viaje a La Colonia se convierte en un peregrinaje de coches con los motores calientes que avanzan a vuelta de las ruedas, pero durante los otros días, sobre todo en la temporada de lluvias, es un paseo solitario por una ruta de curvas cerradas que corta las cimas de los cerros, entre abismos sorpresivos y bosques de cañas y palmas. Esa tarde había nubes atrapadas entre las colinas y el paisaje parecía de algodón. La lluvia había callado a los pájaros y no se oía más que el sonido del agua contra los cristales. Al ascender refrescó el aire y sentí la tormenta suspendida en la niebla, como un clima de otra latitud. De pronto, en un recodo del camino apareció aquel villorrio de aspecto germano, con sus techos inclinados para soportar una nieve que jamás caería. Para llegar donde los Blaum había que atravesar todo el pueblo, que a esa hora parecía desierto. Su cabaña era similar a todas las demás, de madera oscura, con aleros tallados y ventanas con cortinas de encaje, al frente florecía un jardín bien cuidado y atrás se extendía un pequeño huerto de fresas. Corría una ventisca fría que silbaba entre los árboles, pero no vi humo en la chimenea. El perro, que los había acompañado durante años, estaba echado en el porche y no se movió cuando lo llamé, levantó la cabeza y me miró sin mover la cola, como si no me reconociera, pero me siguió cuando abrí la puerta, que estaba sin llave, y crucé el umbral. Estaba oscuro. Tanteé la pared buscando el interruptor y encendí las luces. Todo se veía en orden, había ramas frescas de eucalipto en los jarrones, que llenaban el aire de un olor limpio. Atravesé la sala de esa vivienda de alquiler, donde nada delataba la presencia de los Blaum, salvo las pilas de libros y el violín, y me extrañó de que en año y medio mis amigos no hubieran implantado sus personalidades al lugar donde vivían.
Subí la escalera al ático, donde estaba el dormitorio principal, una pieza amplia, con altos techos de vigas rústicas, papel desteñido en los muros y muebles ordinarios de vago estilo provenzal. Una lámpara de velador alumbraba la cama, sobre la cual yacía Ana, con el vestido de seda azul y el collar de corales que tantas veces le vi usar. Tenía en la muerte la misma expresión de inocencia con que aparece en la fotografía de su boda, tomada mucho tiempo atrás, cuando el capitán del barco la casó con Roberto a setenta millas de la costa, esa tarde espléndida en que los peces voladores salieron del mar para anunciarles a los refugiados que la tierra prometida estaba cerca. El perro que me había seguido, se encogió en un rincón gimiendo suavemente.
Sobre la mesa de noche, junto a un bordado inconcluso y al diario de vida de Ana, encontré una nota de Roberto dirigida a mí, en la cual me pedía que me hiciera cargo de su perro y que los enterrara en el mismo ataúd en el cementerio de esa aldea de cuentos. Habían decidido morir juntos, porque ella estaba en la última fase de un cáncer y preferían viajar a otra etapa tomados de la mano, como siempre habían estado, para que en el instante fugaz en que el espíritu se desprende no corrieran el riesgo de perderse en algún vericueto del vasto universo.
Recorrí la casa en busca de Roberto. Lo encontré en una pequeña habitación detrás de la cocina, donde tenía su estudio, sentado ante un escritorio de madera clara, con la cabeza entre las manos, sollozando. Sobre la mesa estaba la jeringa con que inyectó el veneno a su mujer, cargada con la dosis destinada para él. Le acaricié la nuca, levantó la vista y me miró largamente. Supongo que quiso evitarle a Ana los sufrimientos del final y preparó la partida de ambos de modo que nada alterara la serenidad de ese instante, limpió la casa, cortó ramas para los jarrones, vistió y peinó a su mujer y cuando estuvo todo dispuesto le colocó la inyección. Consolándola con la promesa de que pocos minutos después se reuniría con ella, se acostó a su lado y la abrazó hasta tener la certeza de que ya no vivía. Llenó de nuevo la jeringa, se subió la manga de la camisa y tanteó la vena, pero las cosas no resultaron como las había planeado. Entonces me llamó.
-No puedo hacerlo, Eva. Sólo a ti puedo pedírtelo… Por favor, ayúdame a morir.


EL PRODIGIOSO VIAJE DE ARSENIO Antonio Mingote



El primer ayudante accionó la palanca, despacio, pero con pulso firme. Los ayudantes segundo y tercero vigilaban atentamente sus respectivos contadores, y el ayudante número cuatro, cuyo trabajo se había limitado a los preparativos rutinarios, miraba por encima del hombro del profesor Martín.
Detrás del cristal se formó una niebla luminosa; partículas rojizas danzaron locamente de un lado a otro, y la opacidad central empezó a tomar forma. Bastaron dos minutos.
-Bien -dijo el profesor Martín-. Aquí está el conejo.
Y allí estaba el conejo. Un conejo vulgar con una brizna de hierba en la boca.
Los ayudantes uno, dos, tres y cuatro se limitaron a contemplar el conejo con inquietud. No acababan de acostumbrarse a la prodigiosa máquina ni a la imperturbabilidad del profesor ni a los conejos.
-Este ha traído hierba. Pero ¿de qué siglo?
-No parece afectado -dijo el primer ayudante.
El profesor Martín asintió gravemente.
-Ya estamos seguros de que todos vuelven en perfecto estado. Ha llegado el momento de la experiencia definitiva.
Los ayudantes se miraron unos a otros y un escalofrío recorrió las cuatro espaldas.
Desde que la máquina del tiempo fuera construida, cinco conejos habían sido trasladados a épocas más o menos remotas. El primero fue enviado el año anterior, estuvo allí durante tres minutos y se le hizo volver con sencillez. Pero no parecía el mismo. Algo le había impresionado tremendamente; parte de su pelo castaño era blanco ahora y en su mirada destellaba la ira, mezclada con una sombra de espanto... Cuando quisieron tocarlo se agazapó en un rincón enseñando los dientes, amenazador. Dio tres vueltas sobre sí mismo y murió. Al hacerle la autopsia encontraron una pequeña bobina de inducción perfectamente empalmada a su intestino.
-Alguien ha sufrido una distracción -dijo el profesor Martín mirando severamente al ayudante número dos, que era el electricista.
-No volverá a suceder -prometió el ayudante, ruborizado.
Se hicieron nuevas conexiones, se ajustó la instalación y todo fue revisado minuciosamente en busca de bobinas de inducción o cualquier otra clase de material eléctrico fácil de olvidar.
El segundo conejo volvió sin novedad.
Es decir, no tenía ninguna incrustación mecánica en su organismo, pero estaba tiritando. Al tocarlo advirtieron la humedad.
-Nieve -dijo el profesor Martín-. Es imposible. El año, pasado, el día... -miró el calendario de pared- el día siete de agosto no nevó por estos alrededores.
-Tal vez ha ido a parar lejos de aquí... -insinuó el ayudante número uno.
-O no habrá caído en agosto. ¿Lo habremos proyectado al invierno pasado?
De un modo u otro, la máquina no funcionaba con la exactitud que todos esperaban. Había que rendirse a la evidencia. Los conejos eran trasladados en el tiempo, sin duda, puesto que el conejo colocado en la cámara encristalada desaparecía al accionar la palanca y volvía a aparecer en el momento preciso. ¿Pero a qué época o a qué lugar iban aquellos inocentes animales?
Se hicieron nuevas verificaciones. Se ajustó la máquina y un tercer conejo ocupó su puesto en la cámara. Se esfumó en la neblina dorada con destino al siglo VIII.
-Lo he proyectado muchos siglos atrás, cuando aquí no había más que bosques. No me gustaría recuperarlo atropellado por un Ford T.
Sin embargo, el conejo regresó ensangrentado e inquieto. Dio un salto fuera de la cámara en cuanto abrieron la puerta y los cinco científicos lo persiguieron por todo el laboratorio hasta acorralarlo.
-Lo han mordido -dijo el profesor Martín-. Tiene la señal clarísima de unos colmillos. Un perro, seguramente.
Aquel conejo curó de sus heridas, pero conservó toda su vida un aire de pasmo. Ni siquiera un sedentario conejo de laboratorio puede admitir con calma que se le traslade a un bosque antiguo y que además le muerdan.
-¿Pero estamos seguros que ha sido en el siglo ocho?
El ayudante número cuatro, que era quien tenía menos trabajo, apareció al día siguiente con un grueso libro en las manos y un gesto de inquietud en el rostro.
-No había bosque -anunció tímidamente.
El profesor Martín dio un respingo.
-¿Cómo? ¿Qué quiere decir?
El libro lo explicaba claramente. En aquel lugar hubo desde siempre un gran lago que desapareció en el siglo XVII, cuando el río fue desviado hacia las posesiones del Gran Duque Luis. Nada de bosque, pues, en el siglo VIII.
-Entonces las mordeduras...
-¡Habrá sido un pez!
La idea fue rechazada de plano. Había que admitir que la máquina seguía siendo imperfecta. Si estaba ajustada en el tiempo, cosa que tampoco se podía saber con seguridad, las coordenadas del lugar no coincidían. O viceversa.
-Necesitamos un hombre -anunció el profesor después de una larga meditación-. Un hombre que nos diga dónde ha ido a parar y en qué época. No desprecio a los conejos, pero tenemos que admitir su ineficacia como informadores. Alguien tiene que ir allá...
-Yo mismo -dijo el primer ayudante.
-No, no. Usted es necesario aquí. Sus conocimientos sobre el metabolismo último y las divergencias nucleicas...
-Entonces yo -se apresuró a decir el segundo ayudante.
-De ninguna manera. ¿Quién iba a controlar los corpúsculos epsilón y la carga psicodinámica y...?
Fue rechazado el segundo ayudante. Y también el tercero y, desde luego, el cuarto.
-Iría yo mismo -dijo el profesor-, pero...
Pero quedaban aún muchas maravillas por realizar en aquel escondido laboratorio y así lo comprendieron todos. El profesor era demasiado importante para arriesgarse a perderlo.
-¿Y si enviáramos a Arsenio?
-¿Arsenio? Sí, podría ser una solución... Pero ¿querrá él colaborar con nosotros?
-Yo me encargaré de sondearle -dijo el cuarto ayudante.
El cuarto ayudante encontró a Arsenio escardando los macizos de margaritas enanas, de las que estaba orgulloso.
-Puede que no sean lo bastante enanas para un científico como usted -dijo Arsenio, pasando el dorso de la mano por su áspera barba gris-. Pero son bonitas. ¿O no?
-Claro. Son preciosas.
-Comprendo que un torpe jardinero no puede aspirar al aplauso de un sabio como el profesor Martín, pero si él se dignara...
-Precisamente el profesor está muy interesado por usted.
-¿De veras?
-Se trata de un experimento...
Arsenio escuchó la explicación con calma. La cosa era fácil. Saldría bien, desde luego. Si los conejos habían vuelto con buena salud (el cuarto ayudante no descendió a dar detalles innecesarios), no había razón para que un jardinero fracasara. El profesor esperaba mucho de aquella colaboración.
-Bien, bien... -dijo Arsenio, quitándose el sombrero de paja para frotarse con un pañuelo su reluciente calva-. Si creen que yo sirvo para eso...
A pesar de todo, el profesor quiso experimentar con dos conejos más. Quería tener la seguridad de que Arsenio iba a ser recuperado vivo, aunque no supieran, por el momento, desde dónde.
El cuarto conejo regresó del siglo XIII (se suponía) con encomiable desenvoltura. Y el quinto, enviado a una época muy lejana, pero absolutamente indeterminada, era el que ahora ramoneaba su pretérito hierbajo tras los cristales de la cámara, como si aquello no tuviera nada de particular.
-¡Bien! -exclamó el profesor Martín frotándose las manos-. No hay duda de que esto funciona. Y ahora... ¡Arsenio!
-Su trabajo se limitará a ver, oír y contárnoslo todo a la vuelta.
-Parece fácil -dijo Arsenio.
El profesor Martín adoptó un tono grave, sin dejar de ser afectuoso.
-Va usted a participar en un prodigio, Arsenio. Espero que conservará su serenidad. Sepa que cuenta con nuestra admiración y nuestro agradecimiento anticipado.
-Gracias, profesor. Estoy dispuesto.
Los preparativos fueron esta vez más prolijos que nunca. Entre enviar al pasado un conejo o un jardinero había una diferencia, que incluso aquellos ocupadísimos hombres de ciencia sabían apreciar. Trabajaban en silencio, con el ánimo oscilante entre el orgullo y el temor. Por fin instalaron a Arsenio en la cámara. Todo estaba a punto. No faltaba más que accionar la palanca.
-Bien, Arsenio -dijo el profesor-. Animo y hasta luego.
-Hasta luego, profesor -dijo Arsenio.
Y aquel saludo, en boca de un hombre que se disponía a viajar a través de un puñado de siglos (¿diez?, ¿quince?, ¿veinte?), parecía absolutamente natural.
El primer ayudante tragó saliva, tal vez más trabajosamente que en las ocasiones anteriores, y, con la firmeza de siempre, empezó a bajar lentamente la palanca. Se produjo la bien conocida neblina dorada. Brillantes corpúsculos empezaron a danzar locamente alrededor de Arsenio. Sin perder la sonrisa, el jardinero fue esfumándose poco a poco hasta desaparecer.
-¿Ha dicho si sabía nadar? -preguntó el profesor, que por primera vez parecía anhelante.
-Sabe.
Habían previsto que apareciera en el agua, o en un desierto, o en los hielos de una montaña, o en una ciudad exótica.
-Está perfectamente instruido. Sabrá afrontar cualquier contingencia.
-Y en cinco minutos, ¿qué le puede suceder?
Habían pasado tres y ya la mano del profesor se crispó sobre los conmutadores.
Necesitó hacer un gran esfuerzo para esperar dos minutos más.
En el momento justo, el primer ayudante empuñó la palanca. La neblina, la danza de los corpúsculos y una opacidad que se fue perfilando poco a poco... ¡Arsenio! Allí estaba otra vez.
No había perdido su aire tranquilo, su sonrisa... En la mano traía algo. ¿Un pedazo de pan? Arsenio lo mordió con satisfacción.
-¡Hola! -dijo con la boca llena.
-¡Vamos, sáquenlo, pronto!
Le ayudaron a salir de la máquina y le hicieron sentar en una silla.
-¿Se encuentra bien? ¿Qué ha pasado? Hable.
-Ha sido estupendo -dijo el jardinero.
-¿Dónde ha ido a parar? Vamos, cuéntelo todo.
-Pues verá...
Arsenio hizo una pausa, sonriente; parecía disfrutar de la expectación.
-¿Lo ha mirado todo bien? ¿Se ha fijado en los detalles?
-Creo que sí. De pronto me he encontrado en el campo. No era éste, desde luego. Un campo distinto, con otra vegetación, otro color, seguramente lejos de aquí. Y había gente...
-¿Llevaban armaduras, golas, redingote?...

-Iban vestidos... bueno, con vestidos antiguos, como los que se ven en los cuadros, pero era gente corriente y tranquila. Me han hablado, pero no los he entendido. Seguramente hablaban inglés, puede que fuera catalán, no sé... Habían ido al campo a merendar. Algunos me miraban, seguramente por mi traje que les ha debido de resultar chocante, y uno de ellos me ha dado esto. Está rico -Arsenio masticaba con la mirada perdida en un paisaje lejanísimo-. Me he acordado de usted, profesor. Me dijo que iba a participar en un prodigio. ¿Se refería a eso? Porque allí estaban unos miles de personas merendando, y toda la comida ha salido de una cesta donde apenas había cinco panes y dos peces...

EL JOVEN DEL CLAVEL Isak Dinesen


Hace tres cuartos de siglo había en Amberes, cerca del puerto, un pequeño hotel llamado Queen's Hotel. Era un establecimiento pulcro y respetable donde se hospedaban capitanes de barco con sus esposas.
A este hotel llegó, una noche de marzo, un joven sumido en la tristeza. Subiendo del puerto, donde acababa de dejarle un barco de Inglaterra, se sentía el ser más solo del mundo. Y no tenía a nadie con quien poder hablar de su aflicción; porque a los ojos del mundo parecía afortunado y sin problemas, un joven envidiado por todos.
Era un escritor que había conseguido gran éxito con su primer libro. Al público le había entusiasmado; los críticos habían sido unánimes en sus elogios; y había ganado dinero con él, después de haber sido pobre toda su vida. El libro, basado en su propia experiencia, trataba del duro destino de los niños infortunados, y le había puesto en contacto con los reformadores de la sociedad. Había sido entusiásticamente acogido en un círculo de hombres y mujeres sumamente cultivados y nobles. Incluso se había casado, en el seno de esta comunidad, con la hija de un famoso científico, una hermosa joven que le idolatraba.
Ahora iba a ir a Italia con su esposa a terminar allí su siguiente libro, cuyo manuscrito llevaba en la maleta. Su mujer le había precedido unos días porque quería visitar de paso su antiguo colegio de Bruselas.
«Me sentará bien», había dicho ella sonriendo, «pensar y hablar de cosas que no sean tú». Ahora le esperaba en el Queen's Hotel, y no quería pensar ni hablar de otra cosa.
Todo esto podía ser agradable. Pero las cosas no eran lo que parecían. Casi nunca lo eran, pensó; pero en su caso, resultaban ser exactamente lo contrario. El mundo se le había caído encima; no era extraño que se sintiese asqueado, mortalmente incluso, de él. Había caído en la trampa, y se había dado cuenta demasiado tarde.
Porque en el fondo se daba cuenta de que nunca más escribiría un gran libro. Ya no tenía nada que decir, y el manuscrito de la maleta no era más que un mazo de papeles que le pesaba en el extremo del brazo. Le vino al pensamiento una cita de la Biblia , ya que de niño había asistido a la escuela dominical, y pensó: «No sirvo sino para ser arrojado y hollado por los pies de los hombres.»
¿Cómo iba a enfrentarse con las personas que le amaban y tenían fe en él: su público, sus amigos y su mujer? Jamás había puesto en duda que le amaban a él más que a sí mismas y que anteponían su interés a los de ellos; por su genio, y porque era un gran artista. Pero dado que su genio se había desvanecido, su futuro sólo tenía dos caminos posibles. O el mundo le despreciaría y abandonaría, o seguiría queriéndole sin tener en cuenta sus méritos como artista. Desechó esta segunda alternativa, aunque había pocas cosas cuyo pensamiento le asustara, con una especie de horror vacui: parecía reducir el mundo a un vacío y una caricatura, a una casa de orates. Podía soportar cualquier cosa antes que eso.
El pensar en su fama hizo que aumentase y se intensificase su desesperación. Si en el pasado había sido infeliz, y le habían venido ideas a veces de arrojarse al río, al menos había sido asunto suyo. Ahora tenía la luz deslumbrante del renombre enfocada sobre él; cien ojos le observaban; y su fracaso, o su suicidio, significaría el fracaso y el suicidio de un autor mundialmente famoso.
Pero incluso estas consideraciones no eran sino factores secundarios en su desventura. En el peor de los casos, podía arreglárselas sin sus semejantes. No tenía gran opinión de ellos, y podía verlos desaparecer, público, amigos y esposa, con infinitamente menos pesar de lo que ellos habrían sospechado, con tal de poder quedarse cara a cara, y en relación amistosa, con Dios.
El amor a Dios, y la certeza de que a cambio Dios le amaba más que al resto de los seres humanos, le habían sostenido en épocas de pobreza y de adversidad. Sabía ser agradecido también; su reciente buena suerte había sellado y confirmado el entendimiento entre Dios y él. Pero ahora le parecía que Dios le había vuelto la espalda. Y si no era un gran artista, ¿quién era él para que Dios tuviera que amarle? Sin sus poderes visionarios, sin su séquito de fantasías, bromas y tragedias, ¿cómo podía acercarse siquiera al Señor e implorarle desagravio? La verdad es que no era, entonces, mejor que los demás. Podía engañar al mundo, pero jamás en la vida se había engañado a sí mismo. Había perdido el afecto de Dios; así que, ¿cómo iba a vivir ahora?
Su cerebro desvariaba, y le aportaba nueva materia de sufrimiento. Recordó la opinión de su suegro sobre la literatura moderna: «Su característica» , había tronado el anciano, «es la superficialidad. La época carece de peso; su grandeza está hueca. En cuanto a tu noble obra, mi querido muchacho…». Por lo general, las opiniones de su suegro le tenían sin cuidado; pero en este momento estaba tan deprimido que le angustiaban un poco. «Superficial», pensó, sería el término que el público y los críticos le aplicarían cuando conociesen la verdad: trivial, falto de contenido. Calificaban de noble su obra porque había conmovido sus corazones al describir el sufrimiento de los pobres. Pero del mismo modo podía haber hablado del sufrimiento de los reyes. Y los había descrito porque daba la casualidad de que los conocía. Ahora que había hecho fortuna se daba cuenta de que no le quedaba nada que decir sobre los pobres, y de que prefería no saber nada más de ellos. La palabra «superficialidad» hacía de acompañamiento de sus pasos a lo largo de la calle.
Mientras caminaba, iba pensando en todas estas cosas. La noche era fría; un viento ligero, cortante, soplaba en contra. Miró hacia arriba, y pensó que iba a ponerse a llover.
El joven se llamaba Charlie Despard. Era bajo, delgado, una figura minúscula en la calle solitaria. Aún no había cumplido los treinta años, y parecía mucho más joven; podía pasar por un chico de diecisiete años. Tenía el pelo castaño y la piel morena, pero los ojos azules, la cara estrecha y la nariz ligeramente ladeada. Sus movimientos eran extremadamente ágiles, y andaba muy derecho, incluso en su actual estado de depresión y con aquella pesada maleta en la mano. Iba bien vestido, con una gorra havelock; toda su indumentaria tenía el aspecto nuevo, y efectivamente lo era.
Volvió a pensar en el hotel, preguntándose si no daría lo mismo estar dentro de una casa o en la calle. Decidió tomar una copa de coñac al llegar. Últimamente había recurrido al coñac en busca de consuelo; unas veces lo había encontrado en él, y otras no. Pensó también en su mujer, que le estaba esperando. Quizá dormía en estos momentos. Si no había cerrado la puerta con llave, y no llegaba a despertarla y hacerla hablar, tal vez su proximidad fuese un consuelo para él. Pensó en su belleza y en lo cariñosa que era con él. Era una joven alta, de cabello amarillo, ojos azules y una tez blanca como el mármol… Su rostro habría sido clásico si la mitad superior no fuera un poco corta y estrecha con relación a la mandíbula y la barbilla. Esta misma peculiaridad se repetía en el cuerpo: la mitad superior era un poco demasiado corta y delgada comparada con las caderas y las piernas. Se llamaba Laura. Tenía una mirada limpia, grave, bondadosa, y sus ojos azules se llenaban fácilmente de lágrimas de emoción; la misma admiración que sentía por él las hacía correr abundantemente cuando le miraba. ¿De qué le valía a él todo eso? En realidad, no era su esposa: Laura se había casado con un fantasma de su propia imaginación, y él se había quedado fuera, al margen.
Llegó al hotel, y se dio cuenta de que no le apetecía el coñac. Se detuvo en el vestíbulo, que le pareció una tumba, y le preguntó al portero si había llegado su mujer. El viejo le dijo que madame había llegado sin novedad, y le había informado que monsieur llegaría más tarde. Se ofreció a subirle la maleta, pero Charlie pensó que era mejor llevar él su propia carga. Así que le preguntó el número de su habitación; subió la escalera y recorrió el pasillo solo. Para su sorpresa, encontró la doble puerta de la habitación sin cerrar con llave, y entró. Le pareció el primer detalle favorable que el destino tenía con él desde hacía mucho tiempo.
La habitación, al entrar, estaba casi a oscuras; sólo ardía una llama de gas junto al tocador. Había un perfume a violetas en el aire. Las habría traído su mujer con intención de regalárselas con algún verso de un poema. Pero se hallaba sumergida entre almohadas. Al joven le afectaban últimamente los pequeños detalles con tanta facilidad que se le alegró el corazón ante esta buena suerte. Mientras se quitaba los zapatos, miró a su alrededor, y pensó: «Esta habitación, empapelada de azul celeste y con cortinas carmesí, ha sido muy amable conmigo: no la olvidaré.»
Pero una vez en la cama, no se podía dormir. En un reloj vecino oyó dar el cuarto una vez, dos veces, tres. Le parecía que había perdido el arte de dormir, y que iba a seguir en la cama perpetuamente desvelado. «Es», pensó, «porque estoy efectivamente muerto. Ya no hay diferencia entre la vida y la muerte».
De repente, sin esperárselo, puesto que no había oído pasos, oyó que alguien hacía girar suavemente el pomo de la puerta. Había cerrado con llave al entrar. Cuando la persona del corredor lo comprobó, esperó un poco, y luego volvió a intentarlo. Pareció renunciar; un momento después tamborileó una pequeña tonada sobre la puerta, y la repitió. Otra vez reinó el silencio; después, el desconocido silbó un breve trozo de canción. Charlie temió seriamente que acabara despertando a su mujer. Salió de la cama, se puso su bata verde, y fue a abrir la puerta con el menor ruido posible.
El pasillo estaba más iluminado que la habitación, ya que había una lámpara en la pared, encima de la puerta. Fuera, debajo de esa luz, vio a un joven. Era alto y rubio, y tan elegantemente vestido que Charlie se sorprendió de verle en el Queen's Hotel. Llevaba un traje de etiqueta, con una capa por encima, y un clavel rojo en el ojal, fresco y romántico sobre el negro del traje. Pero lo que más sorprendió a Charlie al verle fue la expresión de su cara. Estaba radiante de felicidad, resplandeciente de un afable, modesto, incontenible, alegre arrobamiento, como Charlie no había visto igual. Un mensajero angélico llegado directamente del Cielo no habría mostrado un éxtasis más exuberante y glorioso. El poeta se le quedó mirando un minuto. A continuación se dirigió a él en francés, ya que supuso que este joven distinguido de Amberes sería francés, y él hablaba muy bien esa lengua, dado que se la había enseñado en otro tiempo un peluquero de esa nacionalidad:
- ¿Qué desea? - preguntó -. Mi esposa está dormida y yo me caigo de sueño.
El joven del clavel había parecido sorprenderse tanto al ver a Charlie como Charlie al verle a él. Sin embargo, aquella extraña beatitud estaba tan hondamente arraigada en él que su expresión tardó en transformarse en la del caballero que se encuentra con otro: su luz siguió iluminándole el semblante teñido de perplejidad incluso mientras hablaba. Dijo:
- Perdón. Lamento infinitamente haberle molestado. Ha sido una equivocación.
Luego Charlie cerró la puerta y dio media vuelta. Por el rabillo del ojo vio a su mujer incorporada en la cama. Le dijo brevemente, porque quizá estaba todavía medio dormida:
- Era un caballero. Creo que estaba borracho.
Al oír estas palabras, su esposa se tumbó otra vez, y él regresó a su cama.
Tan pronto como estuvo acostado, le asaltó una tremenda inquietud: tuvo la sensación de que había sucedido algo irreparable. Durante un rato no supo qué era, ni si era bueno o malo. Le pareció como si una luz gigantesca, deslumbrante, se hubiese precipitado sobre él, hubiese pasado y le hubiese dejado a ciegas. Luego, esta impresión adquirió forma y consistencia, y se reveló en forma de un dolor tan agobiante que le hizo contraerse como por un espasmo. Porque aquí, comprendió, estaba la gloría, el sentido, la clave de la vida. El joven del clavel la tenía. La infinita dicha que irradiaba el semblante del joven del clavel debía de encontrarse en alguna parte del mundo. El joven sabía el camino para llegar a ella; en cambio él lo había perdido. Una vez, pensó, lo había sabido también; pero se había apartado de él, y aquí estaba, condenado para siempre. ¡Ah, Dios, Dios del Cielo!, ¿en qué momento se había apartado del camino del joven del clavel?
Ahora veía con claridad que la melancolía de sus últimas semanas no había sido sino un presagio de su total perdición. En su agonía, porque estaba verdaderamente en las garras de la muerte, quiso cogerse a cualquier medio de salvación; manoteó a oscuras y golpeó algunas de las críticas más entusiastas de su libro. Un instante después, su pensamiento retrocedió ante ellas como si se hubiese quemado. Aquí, en efecto, estaba su ruina y su condenación: en los críticos, en los editores, en el público lector, en su mujer. Eran gente que necesitaba libros; y para conseguir su propósito, eran capaces de convertir a un ser humano en letra impresa. Se había dejado seducir por la gente menos seductora del mundo: le habían obligado a vender su alma a un precio que era en sí mismo un abuso. «Enemistaré», pensó, «al autor con los lectores, y a tu semilla con la de ellos; tú les magullarás los talones, pero ellos te magullarán la cabeza». No era extraño que Dios hubiese dejado de amarle, ya que, por propia voluntad, había cambiado las cosas del Señor - la luna, el mar, la amistad, las luchas - por las palabras que las describían. Ya podía sentarse ahora en una habitación a escribir estas palabras para que le alabasen los críticos; mientras, fuera en el pasillo, pasaba el camino del joven del clavel hacia aquella luz que iluminaba su rostro.
No sabía cuánto tiempo llevaba acostado; le parecía que había llorado, aunque tenía los ojos secos. Por último, le venció el sueño de repente, y durmió un minuto. Al despertar, estaba completamente sereno y decidido. Se marcharía. Huiría, e iría en busca de aquella felicidad que existía en alguna parte. No importaba si tenía que ir hasta el fin del mundo. Bajaría al puerto ahora mismo y buscaría un barco que le llevase. La idea del barco le serenó.
Permaneció en la cama una hora más; luego se levantó y se vistió. Mientras lo hacía, se preguntó qué habría pensado de él el joven del clavel. Habría pensado, se dijo: «Ah, le pauvre petit bonhomme à la robe de chambre verte.» Muy sigilosamente, hizo la maleta; al principio había decidido dejar el manuscrito, después lo incluyó en el equipaje, a fin de arrojarlo al mar y presenciar su destrucción. Cuando iba a salir de la habitación, se acordó de su mujer. No estaba bien dejar para siempre a una mujer mientras dormía sin una palabra de despedida. Teseo, recordó, lo había hecho. Pero era difícil dar con la palabra de despedida. Por último, de pie ante el tocador, escribió en una hoja de su manuscrito: «Me he ido. Perdóname si puedes.» Después bajó. Detrás del mostrador, el portero cabeceaba sobre un periódico. Charlie pensó: «Jamás le volveré a ver. Nunca más volveré a abrir esta puerta.»
Al salir, el viento había amainado; llovía, y la lluvia susurraba y murmuraba a todo su alrededor. Se quitó la gorra; un momento después, su cabello goteaba, y el agua le corría por la cara. En este tacto fresco, inesperado, había intencionalidad. Recorrió la calle por donde había venido, ya que era la única que conocía de Amberes. Mientras caminaba, le pareció que el mundo no le era del todo indiferente, ni estaba absolutamente solo en él. Los fenómenos dispersos y aislados del universo iban adquiriendo una consistencia muy semejante al demonio mismo; y el demonio le tenía cogido de la mano o por el pelo. Antes de lo que suponía, se encontraba en el puerto, en el borde del muelle, con la maleta en la mano, y mirando fijamente el agua. Era profunda y oscura; las luces de las farolas del muelle jugaban en ella como serpientes jóvenes. Su primera sensación fuerte fue que era salada. La lluvia caía sobre él desde lo alto; debajo, tenía el agua salada. Así es como debía ser. Permaneció allí largo rato, mirando los barcos. Se iría en uno de ellos.
Los cascos se recortaban gigantescos en la oscuridad de la noche. Transportaban cosas en sus vientres y estaban preñados de posibilidades; eran portadores de destinos, y superiores a él en todos los sentidos; el agua los rodeaba por todas partes. Flotaban; el agua salada los llevaba adonde querían ir. Mientras miraba, le pareció que le llegaba una especie de simpatía de los grandes cascos; le enviaban un mensaje; pero al principio no lo entendió. Luego encontró la palabra: era superficialidad. Los barcos eran superficiales, y estaban siempre en la superficie. Ahí residía su poder; para los barcos, el peligro estaba en fondo de las cosas, en encallar. Incluso eran huecos, y en la oquedad residía el secreto de su ser; las grandes profundidades trabajaban como esclavas para ellos mientras permanecieran huecos. Una oleada de felicidad inundó el corazón de Charlie; un rato después, se echó a reír en la oscuridad.
«Hermanos míos», pensó, «debía haber acudido a vosotros hace tiempo. ¡Hermosos y superficiales vagabundos, valerosos y flotantes conquistadores de las profundidades! Ángeles pesados y vacíos, os estaré agradecido toda mi vida. ¡Que Dios nos conserva a flote, a vosotros y a mí, hermanos! Dios guarde nuestra superficialidad.» A todo esto se encontraba empapado; el pelo y la gorra havelock relucían suavemente como los costados de los barcos en la lluvia. «Y ahora», pensó, «callaré la boca. En mi vida ha habido demasiadas palabras; no puedo recordar ahora por qué he hablado tanto. Sólo al venir aquí, y estar callado bajo la lluvia, se me ha revelado la verdad de las cosas. En adelante no hablaré más, sino que escucharé lo que los marineros, gentes que están familiarizadas con los barcos flotantes, y viven alejados del fondo de las cosas, tengan que contarme. Iré al fin del mundo, y mantendré la boca callada».
Apenas había tomado esta resolución, cuando se acercó un hombre y le dirigió la palabra:
- ¿Busca barco? - preguntó.
Tenía aspecto de marinero, pensó Charlie; y también de mono simpático. Era un hombre bajo, de cara curtida, y sotabarba.
- Sí, en efecto - dijo Charlie.
- ¿Qué barco? - preguntó el marinero.
Charlie iba a contestar: «El arca de Noé.» Pero comprendió a tiempo que sonaría a estupidez.
- Pues verá - dijo -, quiero embarcar, salir de viaje.
El marinero escupió y se echó a reír.
- ¿De viaje? - dijo -. Menos mal. Estaba mirando el agua fijamente, así que pensé que iba a saltar.
- ¡Ah, conque a saltar! - dijo Charlie -. ¿Y me habría salvado usted? Pero la verdad es que llega demasiado tarde para salvarme. Tenía que haber venido anoche; ése habría sido el momento adecuado. La única razón por la que no me ahogué anoche - prosiguió -, fue la falta de agua. ¡Si el agua hubiese venido a mí entonces! Ahí se encuentra el agua, y aquí está el hombre: bien. Si el agua va a él, se ahoga. Todo contribuye a probar que el más grande de los poetas se equivoca, y que uno no debiera hacerse poeta jamás.
Al llegar aquí, el marinero concluyó que el joven desconocido estaba borracho.
- De acuerdo, muchacho - dijo -; si se lo ha pensado mejor, puede seguir su camino; que tenga buenas noches.
Esto fue una decepción para Charlie, que había pensado que la conversación marchaba extraordinariamente bien.
- ¿Puedo ir con usted? - preguntó al marinero.
- Me dirijo a la taberna La Croix du Midi - contestó el marinero -, a tomarme un vaso de ron.
- Es una excelente idea - exclamó Charlie -; he tenido suerte al tropezarme con un hombre con ideas así.
Fueron juntos a la taberna La Croix du Midi, que estaba cerca, donde se encontraron con un par de marineros a los que el primer marinero conocía, y se los presentó a Charlie, al uno como piloto y al otro como sobrecargo. Él era capitán de un pequeño barco fondeado fuera del puerto. Charlie se metió la mano en el bolsillo y lo encontró lleno del dinero que había cogido para el viaje.
- Traiga la mejor botella de ron que tenga para estos caballeros - dijo al camarero -, y un tazón de café para mí.
No quería alcohol en su actual estado de ánimo. En realidad le daban miedo sus compañeros; pero le resultaba difícil explicarles su caso.
- Tomo café - dijo - porque he hecho una… - iba a decir «promesa», pero lo pensó mejor -…apuesta. Un viejo, por cierto tío mío, a bordo de un barco, apostó a que no era capaz de mantenerme un año alejado de la bebida; si lo conseguía, el barco era mío.
- ¿Y lo ha conseguido? - preguntó el capitán.
- Sí, como hay Dios - dijo Charlie -. He renunciado a una copa de coñac no hace ni doce horas; y lo que, por mis palabras, quizá haya tomado por embriaguez, no es sino efecto del olor del mar.
El piloto preguntó:
- ¿Era el viejo de la apuesta un hombre bajo, con una barriga voluminosa y un solo ojo?
- ¡Sí, ése es mi tío! - exclamó Charlie.
- Entonces lo he conocido; cuando me dirigía a Río - dijo el piloto -. Me propuso esa misma apuesta, pero no quise aceptar.
Aquí llegaron las bebidas, y Charlie llenó los vasos. Lió un cigarrillo, y aspiró con delectación el aroma del ron y del local caliente. A la luz débil de la lámpara colgada, las tres caras de sus recién conocidos brillaban lozanas y cordiales. Se sintió honrado y feliz en su compañía; y pensó: «¡Cuánto más saben que yo!» Estaba muy pálido, como siempre que se sentía agitado.
- Puede que le siente bien el café - dijo el capitán -. Tiene cara de fiebre.
- No; pero he sufrido una gran desgracia - dijo Charlie.
Los otros pusieron cara de condolencia, y le preguntaron de qué se trataba.
- Se lo contaré - dijo Charlie -. Es mejor que hable de eso, aunque hace poco pensaba lo contrario. Tenía un mono amaestrado al que quería mucho: se llamaba Charlie. Se lo había comprado a una vieja que regentaba una casa en Hong-Kong; tuvimos que sacarlo en secreto entre ella y yo por mediodía; de lo contrario, las chicas no habrían consentido quedarse sin él, ya que lo consideraban como un hermano. Para mí, fue como un hermano también. Conocía todos mis pensamientos, y estaba siempre a mi lado. Le habían enseñado ya muchas habilidades cuando pasó a ser mío, y aprendió muchas más conmigo. Pero cuando regresé, no le sentó bien la comida inglesa, ni tampoco el domingo inglés. Así que enfermó, empezó a empeorar, y un sábado por la noche murió en mis brazos.
- Qué lástima - dijo el capitán, compasivo.
- Sí - dijo Charlie -. Cuando sólo hay una persona en el mundo a la que se quiere, y esa persona es un mono, y se muere, es una lástima.
El sobrecargo, antes de que llegasen los otros, había estado contándole al piloto una historia. Ahora, en atención a los recién llegados, la volvió a contar. Era una narración cruel de cómo había hecho un viaje con lana desde Buenos Aires. Cuando llevaban cinco días en la zona de calmas ecuatoriales se incendió el barco; y la tripulación, después de pasarse la noche combatiendo el fuego, embarcó en los botes por la mañana y lo abandonó. El mismo sobrecargo se había quemado las manos; sin embargo, estuvo remando tres días y tres noches, de manera que cuando le recogió un vapor de Rotterdam, se le había pegado una mano en torno al remo, y nunca más volvió a poder estirar los dedos.
- Entonces - dijo -, me miré la mano, y juré que si regresaba a tierra firme, me tendría el diablo si volvía a embarcar.
Los otros dos asintieron gravemente ante este relato, y le preguntaron adónde se dirigía ahora.
- ¿Yo? - dijo el sobrecargo -, he embarcado para Sidney.
El piloto describió un temporal en Bahía, y el capitán les contó una historia sobre una ventisca que les cogió en el Mar del Norte cuando él era simple grumete. Le asignaron a las bombas, contó, y se habían olvidado de él; y como no se atrevía a abandonar su puesto, estuvo trabajando en las bombas once horas.
- Entonces - dijo - juré yo también quedarme en tierra y no volver a embarcar nunca más.
Charlie escuchaba; y pensó: «Estos hombres son sabios. Saben de qué hablan. Los que viajan por placer cuando el mar está en calma y les sonríe, y dicen que lo aman, no saben lo que significa ese amor. Los verdaderos amantes del mar son los marineros, que han sufrido sus golpes y sus embates, y lo han maldecido y condenado. Muy probablemente, se puede aplicar la misma regla a los maridos y las mujeres. Aprenderé más de los marineros. Soy un crío y un tonto, comparado con ellos.»
Los tres marineros se daban cuenta, por su actitud callada y atenta, del respeto y el asombro del joven. Le tomaron por Un estudiante, y se alegraron de contarle sus experiencias. También le consideraron un buen anfitrión, ya que les llenaba los vasos constantemente, y había pedido otra botella al vaciarse la primera. Charlie, para corresponder a sus relatos, les cantó un par de canciones. Tenía una voz melodiosa, y esta noche estaba orgulloso de ella: hacía mucho tiempo que no cantaba. Todos se sentían amigos. El capitán le dio una palmada en la espalda y le dijo que era un muchacho despierto, y que aún podía llegar a ser marinero.
Pero cuando, poco después, el capitán empezó a hablar con ternura de su mujer y su familia, a la que acababa de dejar, y el sobrecargo informó a la reunión, emocionado y orgulloso, que durante los tres meses últimos dos camareras de Amberes habían tenido gemelas de pelo rojizo como el del padre, Charlie se acordó de su esposa y le entró desasosiego. Estos marineros, pensó, parecían saber tratar a sus mujeres. Probablemente, ninguno de ellos tenía tanto miedo de su mujer como para huir de ella a media noche. Si se enterasen de que él había hecho tal cosa, reflexionó, pensarían menos bien de él.
Los marineros le creían mucho más joven de lo que era; de modo que en su compañía había acabado sintiéndose efectivamente muy joven; y su esposa le parecía ahora más una madre que una compañera. Su verdadera madre, aunque había sido una respetable comerciante, tenía un poco de sangre gitana, y ninguna de las apresuradas decisiones de su hijo la habían cogido de sorpresa. En efecto, pensó Charlie, había seguido a flote pese a todo, y nadaba majestuosa como una oca orgullosa, grave, oscura. Si hubiese ido esta noche y le hubiese contado su decisión de embarcar, quizá le habría encantado y emocionado la idea. Ahora, mientras se tomaba la última taza de café, transfirió a su joven esposa el orgullo y la gratitud que siempre había sentido por la anciana. Laura le comprendería, y le apoyaría.
Siguió sentado un rato, sopesando la cuestión. Porque la experiencia le había enseñado que debía ser cuidadoso en esto. Ya había sido atrapado anteriormente como por una extraña ilusión óptica. Cuando estaba lejos de ella, su mujer adquiría toda la apariencia de un ángel de la guarda, de apoyo y comprensión inagotables. Pero cuando se encontraba de nuevo con ella cara a cara, era una desconocida; y Charlie veía su camino sembrado de dificultades.
Esta noche, sin embargo, todo esto parecía pertenecer al pasado. Pues ahora estaba en el poder: tenía a su lado el mar y los barcos; y delante, al joven del clavel. Grandes imágenes le rodeaban. Aquí, en la posada La Croix du Midi, había vivido muchas experiencias ya. Había visto incendiarse y naufragar un barco, una ventisca en el Mar del Norte, y el retorno del marinero con su mujer y sus hijos. Tan poderoso se sentía que la figura de su esposa le pareció conmovedora. La recordó como la había visto la última vez, dormida, pasiva, pacífica, y su blancura y su ignorancia del mundo le llegaron al corazón. De repente, se ruborizó intensamente al pensar en la nota que le había escrito. Comprendió ahora que habría podido marcharse más tranquilo si se lo hubiese explicado todo primero. «Hogar», pensó, «¿dónde está tu aguijón? Vida conyugal, ¿dónde está tu victoria?»
Miró la mesa, donde se había derramado un poco de café. Entretanto, la conversación de los marineros había ido decayendo porque se habían dado cuenta de que ya no escuchaba; al final se apagó. La conciencia del silencio en torno suyo despertó a Charlie. Les sonrió.
- Voy a contarles un cuento antes de marcharnos. Un cuento azul - dijo.
»Había una vez - empezó - un viejo inglés inmensamente rico que había sido cortesano y consejero de la reina, y que ahora, en la vejez, lo único que le interesaba era coleccionar porcelana azul antigua. Con este fin hacía viajes a Persia, Japón y China, siempre acompañado de su hija, lady Helena. Y sucedió que, cuando navegaban por el Mar de la China , se incendió el barco una noche de calma; todo el mundo embarcó en los botes salvavidas, y lo abandonaron. En la oscuridad y la confusión, el viejo lord quedó separado de su hija. Lady Helena tardó en subir a cubierta, y se encontró con que todo el mundo había abandonado ya el barco. En el último momento, un joven marinero inglés la bajó a un bote salvavidas que había quedado olvidado. A los dos fugitivos les parecía como si el fuego les siguiese por todas partes, dado que el resplandor se reflejaba en la mar oscura; y, al mirar hacia arriba, una estrella fugaz cruzó el cielo como si fuese a caer en el bote. Estuvieron navegando nueve días, hasta que los recogió un mercante holandés y los devolvió a Inglaterra.
»El viejo lord había creído que su hija había muerto. Ahora lloró de alegría, y la llevó inmediatamente a un elegante balneario para que pudiese recobrarse de las privaciones que había sufrido. Y como pensaba que debía de ser desagradable para ella que un joven marinero que se ganaba el pan trabajando en un mercante dijese al mundo que había estado nueve días a solas con la hija de un par, pagó al muchacho una considerable cantidad de dinero, haciéndole prometer que navegaría por el otro hemisferio, y que no regresaría jamás. "Porque", dijo el viejo noble, "¿de qué iba a servir?"
»Cuando lady Helena se recuperó, y le dieron noticias de la corte y de su familia, y le contaron también, finalmente, cómo había sido alejado el marinero para que no volviese más, descubrieron que las privaciones le habían afectado al espíritu, y que nada en el mundo le interesaba. No volvería al castillo y al parque de su padre, ni a la corte, ni visitaría ninguna alegre ciudad del Continente. Lo único que quería ahora era ir, como su padre antes que ella, en busca de antigua porcelana azul. Y así, empezó a navegar de un país a otro, acompañada de su padre.
»En sus recorridos, contaba a las gentes con las que trataba que buscaba determinado tono azul, y que pagaría el precio que fuese por él. Pero aunque compraba centenares de jarrones y vasos azules, los arrumbaba al cabo de un tiempo, y decía: "¡Ay, ay, no es exactamente el azul que busco!" Su padre, cuando ya llevaban muchos años navegando, insinuó que quizá no existía el tono que ella buscaba. " ¡Por Dios, papá! ", dijo ella, "¿cómo puedes decir algo tan malvado? Seguro que debe de quedar algo de cuando el mundo entero era azul".
»Sus dos viejas tías de Inglaterra le suplicaron que regresase para hacer todavía una buena boda. Pero ella les contestó: "No; tengo que navegar. Pues deben saber, queridas tías, que son tonterías lo que dicen las gentes instruidas, cuando afirman que el mar tiene fondo. Al contrario: el agua, que es el más noble de los elementos, penetra toda la tierra, de manera que nuestro planeta flota realmente en el éter como una burbuja de jabón. Y en el otro hemisferio navega un barco con el que tengo que ajustar el paso. Somos como el reflejo el uno del otro en la mar profunda, y el barco del que hablo está siempre exactamente debajo del mío, en el lado opuesto del globo. Ustedes no han visto nunca un gran pez nadando debajo de un bote, siguiéndolo como una sombra de color azul marino en el agua. Pero así va el barco ése, como la sombra de mi barco; y lo arrastro de aquí para allá, adonde voy, como la luna arrastra las mareas por toda la redondez de la tierra. Si yo dejase de navegar, ¿qué harían esos pobres marineros que se ganan el pan en un mercante? Pero les voy a decir un secreto", dijo. "Al final, mi barco descenderá al centro del globo, y en ese mismo instante se hundirá también el otro barco (porque la gente llama a eso hundirse, aunque yo les aseguro que en la mar no hay arriba ni abajo); y allí, en el centro del mundo, nos encontraremos los dos."
»Transcurrieron muchos años, murió el viejo lord, y lady Helena se volvió vieja y sorda; pero seguía navegando. Y sucedió, tras el saqueo del palacio de verano del emperador de China, que un mercader llevó a lady Helena un jarrón azul muy antiguo. Tan pronto como lo vio ésta, dejó escapar un terrible alarido. "¡Ese es!", exclamó. "Al fin lo he encontrado. Ese es el verdadero azul. ¡Oh, qué dichosa me hace! Es fresco como una brisa, profundo como un secreto profundo, y está lleno como no sé qué." Apretó el jarrón contra su pecho con manos temblorosas, y permaneció sentada seis horas, sumida en su contemplación. Luego les dijo a su médico y a su dama de compañía: "Ahora puedo morir. Y cuando haya muerto, quiero que me saquen el corazón y lo depositen en este jarrón azul. Así, todo será como fue entonces. Todo será azul a mi alrededor; y en medio del mundo azul, mi corazón será inocente y libre y latirá dulcemente, como la estela que canta, como las gotas que caen en la pala del remo." Un rato más tarde les preguntó: "¿No es dulce pensar que, si se tiene paciencia, todo lo que se ha poseído vuelve a una otra vez?" Poco después, murió la anciana dama.
La reunión se disgregó ahora; los marineros le estrecharon la mano a Charlie, y le dieron las gracias por el ron y la historia. Charlie les deseó buena suerte.
- Se le olvida el equipaje - dijo el capitán, cogiendo la maleta de Charlie con el manuscrito.
- No - dijo Charlie -; quiero dejársela hasta que naveguemos juntos.
El capitán miró las iniciales de la maleta.
- Pesa bastante - dijo -. ¿Lleva algo de valor?
- Ya lo creo que pesa, sí - dijo Charlie -; pero no volverá a ocurrir. La próxima vez estará vacía.
Preguntó el nombre del barco del capitán y se despidió.
Al salir, le sorprendió comprobar que era casi de día. La hilera larga y desparramada de farolas alzaba sus cabezas melancólicas al aire gris.
Una muchacha delgada de grandes ojos negros que había estado paseando arriba y abajo por delante de la posada se acercó a hablarle; y como él no le contestó, repitió su invitación en inglés. Charlie la miró. «Ésta también pertenece a los barcos», pensó, «como los moluscos y las algas que se crían en sus fondos. En ella se han ahogado muchos marineros que escaparon de las profundidades. Sin embargo, no encallará, y si me voy con ella, aún me salvaré». Se metió la mano en el bolsillo, pero descubrió que sólo le quedaba un chelín.
- ¿Me concedes el precio de un chelín? - preguntó a la muchacha. Ella le miró. Su rostro no se inmutó cuando él le cogió la mano, le quitó su viejo guante y le apretó la palma, áspera y viscosa como la piel de un pez, contra sus labios y su lengua. Le devolvió la mano, depositó en ella el chelín y se fue.
Recorrió la calle por tercera vez entre el puerto y el Queen's Hotel. La ciudad estaba despertando ahora, y se cruzó con algunas personas y carruajes. Las ventanas del hotel estaban iluminadas. Al entrar en el vestíbulo, no vio a nadie; y estaba a punto de subir a su habitación cuando, a través de una puerta de cristal, vio a su mujer sentada en un comedor pequeño, iluminado, contiguo al vestíbulo. Así que entró allí.
Cuando ella le vio, se le iluminó la cara.
- ¡Has venido! - exclamó.
Charlie inclinó la cabeza. Iba a cogerle la mano para besársela, cuando le preguntó ella:
- ¿Por qué has tardado tanto?
- ¿Que he tardado? - exclamó él, enormemente sorprendido por la pregunta, y porque había perdido por completo la noción del tiempo. Miró el reloj que había en la repisa de la chimenea y dijo -: Sólo son las siete y diez.
- ¡Sí, pero yo creía que llegarías antes! - dijo ella -. Me he levantado temprano para estar arreglada cuando tú llegaras.
Charlie se sentó a la mesa. No contestó, porque no sabía qué decir. «¿Es posible», pensó, «que tenga tan grande fortaleza de ánimo como para volver a aceptarme de este modo?»
- ¿Quieres café? - dijo su mujer.
- No, gracias - dijo él -, ya he tomado.
Miró por la habitación. Aunque era casi de día y las persianas estaban levantadas, las lámparas de gas seguían ardiendo todavía; y desde su niñez, esto le había parecido siempre de un lujo enorme. El fuego de la chimenea se reflejaba en una alfombra de Bruselas algo gastada y en las butacas de tapizado rojo. Su mujer se estaba tomando un huevo. Cuando era pequeño, solía tomar un huevo los domingos por la mañana. La habitación entera, que olía a café y a pan reciente, con el mantel blanco y la brillante cafetera, tenía aspecto de mañana de descanso. Miró a su mujer. Llevaba puesta su capa gris de viaje; había dejado el sombrero a su lado, y su pelo amarillo, recogido en una redecilla, centelleaba a la luz de la lámpara. Ella misma brillaba en cierto modo: una luz le brotaba del interior; y parecía firmemente anclada en el sofá, único objeto estable en un mundo turbulento.
Le vino una idea: «Es como un faro», pensó; «el firme y majestuoso faro que emite su luz benefactora. Dice a todos los barcos: "Alejaos." Pues donde se encuentra el faro, hay bajíos o escollos. Significa la muerte para todo objeto flotante que se acerque». En ese momento alzó ella los ojos, y se encontraron con los de Charlie.
- ¿En qué estás pensando? - preguntó a su marido.
Él pensó: «Se lo diré. Es mejor ser sincero con ella desde ahora y confesárselo todo.» Así que dijo lentamente:
- Estoy pensando que, para mí, eres como un faro. Una luz constante que me indica cómo debo enderezar mi rumbo.
Ella le miró; luego desvió la mirada, y se le llenaron los ojos de lágrimas. Él temió que fuera a echarse a llorar, aunque hasta ahora se había portado con mucha valentía.
- Subamos a la habitación - dijo él; porque le sería más fácil explicarle las cosas a solas.
Subieron juntos; y la escalera que tanto le había costado subir la noche antes le resultó tan fácil ahora que dijo su mujer:
- No; vas demasiado arriba. Estamos aquí.
Encabezó ella la marcha por el pasillo, y abrió la puerta de la habitación.
Lo primero que notó Charlie fue que el aire no olía ya a violetas. ¿Las había tirado, enfadada? ¿O se habían marchitado al marcharse él? Se le acercó ella, le puso una mano en el hombro y apoyó en ella la cara. Por encima de su pelo rubio, enfundado en la redecilla, Charlie miró en torno suyo, y se quedó paralizado. Porque el tocador sobre el que había dejado la nota por la noche estaba en otro sitio; y lo mismo la cama en la que se había acostado. En el rincón había ahora un espejo de cuerpo entero que antes no había visto. Ésta no era su habitación. Instantáneamente, observó otros detalles. Ya no había dosel en la cama, y encima de la cabecera colgaba un grabado en acero de la familia real belga que hasta ahora no había visto.
- ¿Dormiste aquí anoche? - preguntó a su mujer.
- Sí - dijo ella -. Aunque no muy bien. Estaba preocupada porque no llegabas; temía que hubieses tenido mal viaje.
- ¿No te despertó nadie? - preguntó otra vez.
- No - dijo ella -. Tenía la puerta cerrada con llave. Y este hotel es tranquilo, creo.
Al repasar Charlie los sucesos de la noche con el ojo experto de un escritor de ficción, le conmovieron como si hubiesen sido sacados de sus propios libros. Aspiró profundamente.
- Dios Todopoderoso - dijo desde lo más hondo de su ser -, igual que está el cielo por encima de la tierra, están también tus relatos por encima de los nuestros.
Analizó todos los detalles lenta, concienzudamente, como el matemático que desarrolla y resuelve una ecuación. Primero sintió, como miel en la lengua, el anhelo y el triunfo del joven del clavel. Luego, como si una mano le agarrase por el cuello, pero con un gozo casi igual de artístico, el terror de la mujer de la cama. Como si él mismo poseyese un par de pechos firmes y jóvenes, tuvo conciencia de que su corazón se paralizaba debajo de ellos. Se quedó completamente inmóvil, abismado en sus pensamientos, pero su cara adquirió tal expresión de arrobamiento, de gozo y placer, que su mujer, que había levantado la cabeza de su hombro, le preguntó con sorpresa:
- ¿En qué estás pensando ahora?
Charlie le cogió la mano, con la cara todavía radiante.
- Estoy pensando - dijo muy lentamente - en el Jardín del Edén, y en el querubín de la espada llameante. No - prosiguió en el mismo tono -, estoy pensando en Heros y Leandro. En Romeo y Julieta. En Teseo y Ariadna, y también en el Minotauro. ¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez, cariño, qué sentiría de vez en cuando el Minotauro?
- ¿Así que vas a escribir un relato de amor, Trovador? - preguntó ella, sonriéndole a su vez.
Charlie no contestó en seguida; pero le soltó la mano, y un momento después preguntó:
- ¿Qué has dicho?
- Te preguntaba si vas a escribir un relato de amor - repitió ella tímidamente.
Se apartó de su mujer, se acercó a la mesa y apoyó una mano en ella.
Volvía la luz que había caído sobre él la noche interior, ahora desde todas partes…, desde su propio faro también, pensó confusamente. Sólo que entonces había brillado hacia adelante, hacia el mundo infinito; mientras que ahora se había vuelto hacia adentro, e iluminaba la habitación del Queen's Hotel. Era muy brillante; parecía que iba a verse, dentro de ella, como le veía Dios; y ante esta prueba, tuvo que apoyarse en la mesa.
Y estando de este modo, la escena se convirtió en un diálogo entre Charlie y el Señor.
El Señor le dijo:
- Tu esposa te ha preguntado dos veces si vas a escribir un relato de amor. ¿Crees que es eso efectivamente lo que vas a hacer?
- Sí, es muy probable - dijo Charlie.
- ¿Va a ser - preguntó el Señor - un relato bueno y agradable que vivirá en el corazón de los jóvenes enamorados?
- Sí, creo que sí - dijo Charlie.
- ¿Y estás satisfecho de él? - preguntó el Señor.
- Señor, ¿por qué me preguntas eso? - dijo Charlie -. ¿Cómo puedo contestarte que sí? ¿Acaso no soy un ser humano, y puedo escribir una historia de amor sin anhelar ese amor que ciñe y abraza, y la dulzura y calor de un cuerpo de mujer joven en mis brazos?
- Todo te lo di anoche - dijo el Señor -. Fuiste tú quien te marchaste de la cama para irte al fin del mundo.
- Sí, lo hice - dijo Charlie -. ¿Lo viste tú, y te pareció bien? ¿Va a repetirse lo mismo? ¿Voy a ser yo perpetuamente quien se acueste con la amante del joven del clavel; y a propósito, qué ha sido de ella y cómo va a explicárselo a él? ¿Y quién se marchó y le escribió: «Me voy. Perdóname si puedes»?
- Sí - dijo el Señor.
- Además, dime, ahora que hablamos de eso - exclamó Charlie -, ¿voy a obtener, mientras escribo sobre la belleza de las mujeres jóvenes de la tierra, el precio de un chelín nada más?
- Sí - dijo el Señor -. Y tendrás que conformarte con eso.
Charlie trazaba un dibujo con el dedo sobre la mesa; no dijo nada. Parecía que el diálogo había terminado aquí, cuando habló nuevamente el Señor.
- ¿Quién ha hecho los barcos, Charlie? - preguntó.
- No lo sé - dijo Charlie -, ¿has sido tú?
- Sí - dijo el Señor -; yo he hecho los barcos sobre las quillas, y todo lo que flota. La luna que navega en el cielo, los orbes que nadan en el universo, las mareas, las generaciones, las costumbres. Me da risa: te he dado el mundo entero para que navegues y flotes en él, y has venido a encallar aquí, en la habitación del Queen's Hotel, por buscar pelea. Bueno - dijo el Señor otra vez -, haremos un trato. No te asignaré más aflicción que la que necesites para escribir tus libros.
- ¡Ah, vaya! - dijo Charlie.
- ¿Qué has dicho? - preguntó el Señor -. ¿Quieres menos?
- No he dicho nada - dijo Charlie.
- Pero tendrás que escribir libros - dijo el Señor -. Porque soy yo quien lo quiere. No el público; y mucho menos los críticos; ¡sino YO!
- ¿Estás seguro de eso? - preguntó Charlie.
- No siempre - dijo el Señor -. No se puede estar seguro de todo en todo momento. Pero ahora te digo que sí. Tendrás que atenerte a eso.
- ¡Oh, Dios mío! - dijo Charlie.
- ¿Vas a agradecerme - dijo el Señor - lo que he hecho por ti esta noche?
- Creo - dijo Charlie - que dejaremos las cosas como están y no hablaremos más de ello.
Su mujer ahora fue a abrir la ventana. Entró el aire frío y crudo de la mañana juntamente con el estrépito de los carruajes de la calle, voces humanas y un gran coro de gorriones, así como con un olor a humo y a estiércol de caballo.
Cuando Charlie hubo terminado su conversación con Dios, y mientras la tenía aún tan vívida en él que habría podido escribirla, fue a la ventana y se asomó. Los colores matinales de la ciudad gris eran frescos y delicados, y había un débil atisbo de sol en el cielo. La gente andaba de aquí para allá; una joven con chal azul y zapatillas se alejaba con paso rápido; el ómnibus del hotel, tirado por un caballo blanco, se detuvo abajo, y el mozo se puso a ayudar a los viajeros a bajar sus equipajes. Charlie se quedó contemplando la calle, debajo de él.
«Una cosa agradeceré al Señor, sin embargo», pensó: «No haber tocado nada de cuanto pertenecía a mi hermano, el joven del clavel. Estaba a mi alcance, pero no lo toqué.»
Se demoró un rato en la ventana, y vio alejarse el ómnibus. ¿Dónde estará ahora, se preguntó, entre las casas, en la mañana pálida, el joven de anoche?
«¡Ah, el joven!», pensó. «Ah, le pauvre jeune homme à l'œillet.»
Fin.