Buscador de Textos

Google+ Followers

FPPy

Inlitchi

Loading

Biblioteca Virtual Hispanica

miércoles, 11 de octubre de 2017

EL PROCESADOR DE PALABRAS DE LOS DIOSES Stephen King



A primera vista parecía un procesador de palabras Wang..., tenía un teclado Wang y un revestimiento Wang. Solamente cuando Richard Hagstrom le miró por segunda vez vio que el revestimiento había sido abierto (y no con cuidado, además; le pareció como si el trabajo se hubiera hecho con una sierra casera) para encajar en él un tubo catódico IBM ligeramente más grueso. Los discos de archivo que habían llegado con ese extraño bastardo no eran nada flexibles; eran tan duros como los disparos que Richard había oído de niño.
-Por el amor de Dios, ¿qué es esto? -preguntó Lina, cuando él y Mr. Nordhoff lo trasladaron penosamente hasta su despacho.
Mr. Nordhoff había sido vecino de la familia del hermano de Richard Hagstrom... Roger, Belinda y su hijo Jonathan.
-Una cosa que construyó Jon -explicó Richard-. Dice Mr. Nordhoff que quería que yo lo tuviera. Parece un procesador de palabras.
-Eso es -dijo Mr. Nordhoff. Tenía más de sesenta años y respiraba con dificultad-. Esto mismo fue lo que dijo que era, pobrecillo...
¿Cree que podríamos descansar un momento, Mr. Hagstrom? Estoy sin aliento.
-No Faltaba más -respondió Richard y llamó a su hijo, Seth, que estaba fabricando acordes extraños y átonos en su guitarra "Fender", abajo..., la habitación que Richard había destinado como "cuarto de estar" cuando lo había empapelado, se había transformado en "sala de ensayo" de su hijo-. Seth -gritó-. Ven a echarnos una mano.
Abajo, Seth siguió arrancando acordes a su "Fender". Richard miró a Mr. Nordhoff y se encogió de hombros, avergonzado e incapaz de disimularlo. Nordhoff hizo lo mismo como si quisiera decirle: ¡Los chicos! ¿Quién puede esperar nada bueno de ellos hoy en día? Excepto que ambos sabían que Jon, el hijo de su hermano loco... había sido estupendo.
-Ha sido usted muy amable ayudándome con esto- dijo Richard.
-¿Qué otra cosa puede hacer un viejo con el tiempo que le sobra? Y creo que es lo menos que puedo hacer por Jonny. Venía a recortarme el césped, gratis, ¿sabe? Quería pagarle, pero el muchacho no lo aceptó nunca. Era un gran chico... -Nordhoff seguía ahogándose-. ¿Podría darme un vaso de agua Mr. Hagstrom?
-Claro. -Se lo fue a buscar él mismo cuando su mujer ni se movió de la cocina donde estaba leyendo una novelucha y comiendo galletas-. ¡Seth! -volvió a llamar-. Sube y ayúdanos ¿quieres?
Pero Seth siguió tocando sus acordes amortiguados y feos en la "Fender" por lo que Richard estaba aún pagando.
Invitó a Nordhoff a que se quedara a cenar, pero Nordhoff se excusó cortésmente. Richard lo aceptó, de nuevo avergonzado pero disimulándolo mejor esta vez. ¿Qué hace un tipo estupendo como tú con una familia como ésta?, le pregunto un día su amigo Bernie
Epstein, y Richard sólo había podido mover la cabeza, sintiendo la misma embarazosa vergüenza que sentía ahora. Era un buen tipo, y ya ven, esto era lo que le había tocado..., una mujer gorda y aburrida que se sentía estafada por no tener lo mejor de la vida, que sentía que había apostado por un caballo perdedor (pero que era incapaz de atreverse a decirlo) y un hijo de quince años, nada comunicativo y que trabajaba lo menos posible en la misma escuela donde Richard enseñaba..., un hijo que tocaba horripilantes acordes en la guitarra, mañana, tarde y noche (sobre todo por la noche) y que parecía pensar que aquello le bastaría para salir adelante.
-Bueno, ¿y qué me dice de una cerveza?- preguntó Richard. Se resistía a dejar marchar a Mr. Nordhoff..., quería oír más sobre Jon.
-Una cerveza me encantaría- dijo Nordhoff, y Richard se lo agradeció.
-Mangnífico- y se fue a buscar un par de "Buds".
Su despacho estaba en un pequeño pabellón, más como un cobertizo, separado de la casa y, lo mismo que el cuarto de estar, se lo había arreglado él mismo. Pero, al contrario del cuarto de estar, éste era un lugar que consideraba propio...,un lugar donde podía aislarse de la forastera con la que se había casado y del extraño que había concebido.
-A lina, por supuesto, no le parecía bien que él tuviera un refugio personal, pero no lo había podido evitar..., había sido una de las pocas pequeñas victorias que él había conseguido obtener. Suponía que, en cierto modo, ella sí había apostado por un perdedor... Cuando se casaron, dieciséis años atrás, ambos creían que él escribiría novelas maravillosas y lucrativas y que no tardarían en circular en sendos "Mercedes-Benz". Pero la única novela que publicó no había sido lucrativa y los críticos no tardaron en decir que tampoco era buena. Lina había visto las cosas desde el mismo punto de vista que los críticos y esto había sido el principio de su distanciamiento.
Así que las clases en la escuela superior, que ambos habían creído que no serían más que una escalera hacia la fama, la gloria y la riqueza, eran su principal fuente de ingresos desde hacía quince años..., una interminable escalera, se decía a veces. Pero jamás había abandonado su sueño. Escribía cuentos y algún que otro artículo. Era miembro, bien considerado, de la Hermandad de Autores. Ganaba unos 5.000 dólares extra todos los años, con su máquina de escribir, y por mucho que Lina protestara, aquello le daba derecho a su propio estudio..., especialmente dado que ella se negaba a trabajar.
-Un sitio estupendo- dijo Nordhoff, contemplando la pequeña estancia con su abundancia de antiguos grabados en las paredes.
El procesador bastardo estaba sobre la mesa con el CPU guardado debajo. La vieja "Olivetti" eléctrica de Richard había sido colocada, de momento, encima de uno de los ficheros.
-Es lo que necesito -contestó Richard. Con la cabeza señaló el procesador-. ¿Cree que esto va a funcionar? Jon sólo tenía catorce años.
-Es un poco raro, ¿verdad?
-Ya lo creo- asintió Richard.
-No conoce ni la mitad -rió Nordhoff-. Eché una mirada por detrás del vídeo. Algunos de los cables llevan impreso IBM, y algunos "Radio Shack". Ahí metido hay gran parte de un teléfono "Western Electric". Y, créalo o no, hay un pequeño motor procedente de un "Erector Set"- sorbió la cerveza y dijo, reminiscente-: Quince. Acababa de cumplir quince. Un par de días antes del accidente...
Pasados unos segundos repitió, mirando la botella de cerveza-. Quince -pero lo dijo en voz baja.
-Eso es. "Erector Set" fabrica un pequeño modelo eléctrico. Jon tenía uno, desde que era..., oh, desde los seis años. Se lo regalé un año por Navidad. Ya entonces le volvían loco las cosas mecánicas. Cualquier aparatito le encantaba, así que imagine lo que fue aquella caja de pequeños motores "Erector Set" para él. Le debió encantar. Lo guardó por más de diez años. Pocos niños lo hacen, Mr. Hagstrom.
-Es verdad -asintió Richard pensando en la cantidad de cajas de juguetes de Seth que había tirado en aquellos años..., rotos, olvidados, destrozados por el placer de destrozar. Miró el procesador de palabras-. Entonces seguro que no funciona.
-No lo diga hasta que lo haya probado -advirtió Nordhoff-. El muchacho era lo más parecido a un genio electrónico.
-Creo que está exagerando. Sé que era hábil con la mecánica, y que ganó el premio de la Feria Estatal de la Ciencia, cuando estaba en sexto grado...
-Compitiendo con muchachos mucho mayores que él..., alguno de ellos de la Escuela Superior. Por lo menos esto fue lo que dijo su madre.
-Es cierto. Todos estuvimos muy orgullosos de él-. Pero no era exactamente verdad. Richard se había sentido orgulloso, y la madre de Jon también; al padre del muchacho le importaba un bledo.
-Pero una cosa son los proyectos de la feria de la Ciencia y otra construir tu propia máquina de palabras... -se encogió de hombros.
Nordhoff dejó su cerveza:
-Allá por los cincuenta, un chico fabricó un propulsor atómico con dos latas de sopa y un equipo eléctrico por valor de cinco dólares. Jon me lo contó. También me dijo que había un chico en alguna ciudad rural de Nuevo México que descubrió los taquiones... partículas negativas que por lo visto pueden viajar hacia atrás a través del tiempo..., en 1954. Y un niño de Waterbury, Connecticut, de once años, que fabricó una bomba con el plástico que arrancó de las cartas de una baraja. Con ella voló una caseta de perro, vacía. Los chicos raros, a veces. Sobre todo los genios. Le sorprendería.
-A lo mejor. Puede que me sorprenda.
-En todo caso, era un muchacho estupendo.
-Usted le quería un poco ¿verdad?
-Le quería mucho, Mr. Hagstrom -confesó Nordhoff-. Era realmente estupendo.
Y Richard pensó en lo extraño que era..., su hermano, que había sido un verdadero desastre desde la niñez, había encontrado una mujer magnífica y un hijo inteligente. Él mismo, que siempre había tratado de ser amable y bueno, (lo que podía significar "bueno" en este mundo de locos) se había casado con Lina que se hizo una mujer silencio, desastrada, y con ella había tenido a Seth. Mirando ahora el rostro honrado, sincero y cansado de Nordhoff, se encontró preguntándose cómo había podido ocurrir y cuánto había sido por su culpa, como resultado natural de su propia y callada debilidad.
-Sí -dijo Richard- realmente lo era.
-No me sorprendería que esto funcionara -comentó Nordhoff-. No me sorprendería nada.
Y después de que Nordhoff se fuera, Richard Hagstrom había enchufado el procesador y lo había puesto en marcha. Oyó un zumbido, y esperó a ver si las letras IBM aparecían en la pantalla. No aparecieron. En cambio, misteriosamente, como una voz de la tumba, de la oscuridad subieron unas palabras, fantasmas verdes: ¡FELIZ CUMPLEAÑOS, TÍO RICHARD! JON.
-¡Cristo! -murmuró Richard cayéndose sentado. El accidente que había matado a su hermano, su esposa y su hijo, había ocurrido dos semanas antes...Regresaban de una excursión, y Roger estaba borracho. Estar borracho era algo perfectamente ordinario en la vida de Roger Hagstrom. Pero esta vez la suerte le había vuelto la espalda y había conducido su destartalado y viejo coche hasta el borde de un precipicio. Se estrelló y ardió. Jon tenía catorce años, no, quince. Quince recién cumplidos, dos días antes del accidente, dijo el viejo.
Tres años más y se hubiera liberado de aquel pedazo de oso estúpido. Su cumpleaños... y el mío poco después.
Dentro de una semana. El procesador de palabras había sido el regalo de cumpleaños de Jon. Esto empeoraba la cosa. Richard no sabía bien por qué, o cómo, pero así era. Alargó la mano para apagar la pantalla, pero la retiró al momento.
Un chico fabricó un propulsor atómico con dos latas de sopa y piezas de coche, eléctricas, por valor de cinco dólares.
Sí, claro, y las cloacas de la ciudad de Nueva York están llenas de cocodrilos y las F.A. de USA guardan el cuerpo congelado de un extraterrestre en alguna parte de Nebraska. Cuéntame algo más. ¡Trolas! Pero quizás es que hay algo que no quiero saber con seguridad.
Se levantó, pasó por detrás y miró el vídeo a través de las rendijas. Sí, tal como había dicho Nordhoff. Cables marcados RADIO SHACK MADE IN TAIWAN. Cables marcados WESTERN ELECTRIC y WETREX y ERECTOR SET, con la r de la marca metida en el pequeño círculo y vio algo más también, algo que se le había escapado a Nordhoff, o que no había querido mencionar. Había un transformador de tren Lionel, envuelto en alambres como la novia de Frankenstein.
-¡Cristo! -repitió riendo, pero al borde de las lágrimas-. Cristo, Jonny, ¿qué creíste que estabas haciendo?
Pero también conocía esta respuesta. Había soñado y hablado de que llevaba años deseando poseer un procesador de palabras, y cuando la risa de Lina se hizo demasiado sarcástica para poder soportarla, lo había comentado con Jon:
-Podría escribir más de prisa, repasar y corregir más de prisa, y producir más- recordó habérselo contado a Jon el pasado verano...
El muchacho le había mirado gravemente, con sus ojos azul claro, inteligentes, pero siempre cuidadosamente cautos, agrandados por los cristales de sus gafas.
-Sería estupendo..., realmente estupendo.
-¿Y por qué no te compras uno, tío Rich?
-No los regalan precisamente -contestó Richard sonriendo-. El modelo "Radio Shack" cuesta cerca de tres mil. De ahí puedes ir subiendo hasta llegar al de dieciocho mil dólares.
-Bueno, a lo mejor te hago uno algún día- había dicho Jon.
-A lo mejor- le había contestado Richard dándole una palmada en la espalda. Y hasta que llegó Nordhoff, no había vuelto a pensar en aquello.
Cables de la tienda para aficionados a los modelos eléctricos. Un transformador de tren Lionel. ¡Cristo!
Volvió a la parte delantera dispuesto a apagarlo, como si intentar escribir algo y fracasar fuera algo así como mancillar lo que su frágil y delicado (predestinado) sobrino había dispuesto.
Por el contrario, apretó el botón EXECUTE en el tablero. Un estremecimiento extraño recorrió su espinazo al hacerlo...EXECUTE era una extraña palabra de que servirse, si uno lo pensaba un poco. No era una palabra que pudiera asociarse con la escritura; era una palabra que asociaba con cámaras de gas y sillas eléctricas..., y quizás con coches viejos y destartalados saltando fuera de las carreteras.
EXECUTE
El aparato zumbaba con más ruido que el que hacían cualquiera de los que había oído cuando los contemplaba en los escaparates, en realidad casi rugía. ¿Qué hay en la sección de memoria, JON? Se preguntó-. ¿Muelles? ¿Transformadores Lionel puestos en fila? ¿Latas de sopa? Volvió a recordar los ojos de Jon, su rostro pálido y delicado. ¿No era extraño, quizás incluso morboso, tener celos del hijo de otro hombre?.
Pero debió haber sido mío. Lo sabía..., y creo que él también lo sabía. Luego estaba Belinda, la esposa de Roger. Belinda, que llevaba gafas de sol incluso en los días nublados, de las grandes, porque las marcas alrededor de los ojos tienen la mala costumbre de extenderse. Pero, a veces la miraba, sentada quieta y vigilante a la sombra de la risa escandalosa de Roger, y pensaba también casi lo mismo: Debía de haber sido mía.
Era un pensamiento espantoso, porque ambos hermanos habían conocido a Belinda en la escuela superior y ambos habían salido con ella. Él y Roger se llevaban dos años de diferencia y Belinda estaba perfectamente entre los dos, un año mayor que Richard y un año más joven que Roger. Richard había sido el primero en salir con la muchacha que con el tiempo iba a ser madre de Jon. Luego se había interpuesto Roger, Roger que era mayor que ella, y más fuerte, y que siempre conseguía lo que quería. Roger que era capaz de lastimar si uno trataba de cruzarse en su camino.
Tuve miedo. Tuve miedo y dejé que se me escapara. ¡Fue tan sencillo! Que Dios me valga, creo que sí. Me gustaría pensar que ocurrió de otro modo, pero tal vez es mejor no mentirse respecto a cosas como la cobardía. Y la vergüenza.
Y si aquello era verdad..., si Lina y Seth hubieran pertenecido al sinvergüenza de su hermano, y si belinda y Jon hubieran sido suyos, ¿qué demostraba? ¿Y cómo una persona bien pensante podía entretenerse con semejantes absurdos, semejantes locuras? ¿Se rió? ¿Gritó? ¿Se pegó un tiro por su cobardía?
-No me sorprendería que esto funcionara. No me sorprendería nada.
EXECUTE
Sus dedos se movieron ágiles sobre el teclado. Miró la pantalla y vio esas letras flotando, verdes, sobre la superficie de la pantalla.
MI HERMANO ERA UN BORRACHO INDECENTE.
Flotaban allí, delante de él, y Richard recordó de pronto un juguete que había tenido de pequeño. Se llamaba Ocho Bolas Mágicas. Se le formulaba una pregunta que podía contestarse con sí o con no, y entonces se hacía funcionar el Ocho Bolas Mágicas para ver lo que tenía que decir sobre la pregunta... Sus respuestas eran una farsa, pero en cierto modo atractivamente misteriosas, decían cosas como ES CASI SEGURO, YO NO PENSARÍA EN ELLO, y VUELVE A PREGUNTARLO.
Roger estaba celoso del juguete y por fín, un día, después de obligar a Richard a que se lo regalara, Roger lo había tirado contra la acera con tanta fuerza como pudo y lo rompió. Luego se había reído. Ahora, sentado aquí, escuchando el extraño ruido del interior del aparato que Jon había construido, Richard recordó cómo se había desplomado en la acera, llorado, incapaz de creer que su hermano hubiera podido hacerle tal cosa.
Nene llorón, nene llorón, mirad al nene llorón -se había burlado Roger-. No era otra cosa que un juguete barato, de mierda, Richie. Fíjate no había más que un montón de letras y mucha agua.
-¡VOY A CONTARLO! -había chillado Richard con todas sus fuerzas. Le dolía la cabeza. Tenía la nariz taponada por tantas lágrimas de desesperación-. ¡CONTARÉ LO QUE HAS HECHO, ROGER! SE LO CONTARÉ A MAMÁ.
-Si lo cuentas te romperé el brazo- le amenazó Roger, y en su sonrisa glacial Richard vio que lo decía en serio. No lo contó.
MI HERMANO ERA UN BORRACHO INDECENTE.
Bueno, montado misteriosamente o no, la pantalla quedaba escrita. Si era o no capaz de retener información, quedaba por ver, pero el empalme que había hecho Jon de un tablero Wang a una pantalla IBM, había funcionado. No creía que fuera culpa de Jon el hecho de que, por coincidencia, despertara en él desagradables recuerdos.
Miró a su alrededor y sus ojos se fijaron en la única fotografía que había allí y que él no había elegido ni le gustaba. Era un retrato de Lina, su regalo de Navidad de dos años atrás. Quiero que la cuelgues en tu despacho, le había dicho y, naturalmente, lo había hecho así.
Suponía que era una forma de vigilarle cuando ella no estuviera. NO te olvides de mí, Richard. Estoy aquí. Puede que apostara por un caballo perdedor, pero todavía estoy aquí. Y será mejor que no lo olvides.
El retrato con su colorido artificial no hacía juego con los grabados de Whistler, Homer y N.C. Wyeth. Los ojos de Lina estaban entrecerrados, sus gruesos labios formaban algo que no acababa de ser una sonrisa. Sigo aquí, Richard, le decía aquella boca. Y que no se te olvide.
Tecleo: LA FOTO DE MI MUJER ESTÁ COLGADA EN LA PARED OESTE DE MI DESPACHO.
Contempló las palabras y le gustaron tan poco como la propia fotografía. Apretó el botón DELET. Las palabras desaparecieron. Ahora ya no quedaba nada en la pantalla excepto el firme latido del cursor; miró hacia la pared y vio que la fotografía de su mujer también había desaparecido.
Permaneció sentado allí, durante un buen rato..., por lo menos así se lo pareció..., mirando la pared donde había estado la fotografía. Lo que finalmente le sacó del atontamiento producido por el shock de absoluta incredulidad, fue el olor del CPU..., un olor que recordaba las Ocho Bolas Mágicas que Roger le había roto porque no era suyo. El olor era del fluido del transformador del tren eléctrico. Cuando se olía había que desenchufarlo rápidamente para que el aparato pudiera enfriarse.
Y así lo haría.
Dentro de un minuto.
Se levantó y anduvo hasta la pared sobre unas piernas que no sentía. Pasó la mano por el revestimiento "Armstrong" de la pared. La fotografía había estado allí, sí, precisamente aquí. Pero ya no estaba, y el clavo en el que estaba colgada también se había ido, y no había rastro de ningún agujero donde él había atornillado el clavo en el revestimiento.
Ido.
El mundo se le volvió gris de pronto y dio unos traspiés hacia atrás, creyendo, vagamente, que se iba a desmayar. Se contuvo, sombrío, hasta que todo volvió a enfocarse de nuevo.
Recorrió con la vista desde el lugar vacío, donde había estado antes la fotografía de Lina, al procesador que su difunto sobrino había logrado componer.
Le sorprendería, oía mentalmente a Nordhoff diciéndole: Le sorprendería, le parecería sorprendente, oh, sí, enterarse de que un niño, en los años cincuenta, pudiera descubrir partículas que viajaban hacia atrás en el tiempo, le sorprendería lo que el genio de su sobrino era capaz de hacer con un montón de elementos desparejados, unos cables y unas piezas eléctricas. Le sorprendería sentir que se está volviendo loco.
El olor del transformador era cada vez más intenso, más acusado y podía ver unas volutas de humo que salían de la envoltura junto a la pantalla. También el ruido del CPU era más fuerte. Iba siendo hora de desconectarlo... Por listo que hubiera sido Jon, aparentemente no había tenido tiempo de solucionar todos los tropiezos de aquel loco aparato.
Pero ¿sabía acaso que iba a hacer aquello? Sintiéndose como un ser quimérico, Richard volvió a sentarse ante la pantalla y escribió:
LA FOTOGRAFÍA DE MI MUJER ESTÁ EN LA PARED.
Lo leyó, volvió a mirar el teclado, y luego apretó el botón: EXECUTE.
Miró la pared.
La fotografía de Lina volvía a estar otra vez donde había estado siempre.
-Jesús -musitó-. Cristo Jesús.
Se pasó la mano por la mejilla, miró el teclado (ahora no había nada excepto el cursor) y escribió:
EL SUELO ESTÁ VACÍO.
Luego, apretó el botón INSERT, y volvió a escribir:
EXCEPTO POR DOCE MONEDAS DE ORO DE VEINTE DÓLARES EN UNA PEQUEÑA BOLSA DE ALGODÓN.
Apretó EXECUTE.
Miró al suelo donde había, ahora, una pequeña bolsa de algodón, blanco, con un cordón que le cerraba. Sobre la bolsa y escrito en tinta negra, algo descolorida, se leía WELLS FARGO.
-Santo Dios -se oyó decir en una voz que no era suya- Santo Dios, Santo Dios...
Hubiera podido seguir invocando el nombre del Salvador por unos minutos más, o por una horas, si el procesador de palabras no le hubiera reclamado insistentemente con su bip bip. Escrito en la parte alta de la pantalla se leía la palabra SOBRECARGA.
Richard lo apagó todo precipitadamente y abandonó el despacho como si le persiguieran todos los demonios del infierno. Pero antes de salir recogió la bolsita de algodón y se la guardó en el bolsillo del pantalón.
Cuando llamó a Nordhoff aquella noche, soplaba un helado viento de noviembre que parecía un lamento de gaitas por entre los árboles.
El grupo de Seth está abajo, destrozando una melodía de Bob Seger. Lina había ido a Nuestra señora del Perpetuo Socorro a jugar bingo.
-¿Funciona el aparato?- preguntó Nordhoff.
-Funciona perfectamente -contestó Richard. Metió la mano en el bolsillo y sacó una moneda. Era pesada..., más pesada que un reloj "Rolex". En una de las caras había un águila de perfil recortado, en relieve, junto con la fecha 1871-. Funciona de un modo increíble.
-Lo creo -dijo Nordhoff impasible-. Era un muchacho muy inteligente y le quería a usted mucho, Mr. Hagstrom. Pero tenga cuidado. Un chico no es más que un chico, listo o no, y el amor puede estar mal dirigido. ¿Entiende lo que quiero decirle?
Richard no entendía nada. Sentía calor y estaba febril. El periódico de aquel día decía que el precio del oro en el mercado era de 514 dólares la onza. Las monedas habían pesado una media de 4.5 onzas cada una, en su balanza postal. Al precio del mercado, aquello sumaba 27.756 dólares. Sospechó que eso era solamente la cuarta parte de lo que podía sacar si vendía las monedas como monedas.
-Mr. Nordhoff, ¿podría usted venir? ¿Ahora? ¿Esta noche?
-No. No creo que quiera hacerlo, Mr. Hagstrom. Creo que esto debe quedar entre usted y Jon.
-Pero...
-Recuerde solamente lo que le dije. Por Dios, tenga cuidado- se oyó un pequeño clic y Nordhoff se había ido.

FIN


viernes, 6 de octubre de 2017

La Aventura de Mi Tío Washington Irving


Hace muchos años, poco antes del estallido de la Revolución Francesa, mi tío pasó varios meses en París. Los ingleses y los franceses mantenían por aquel tiempo muy buenas relaciones, al contrario de lo que acontece ahora, y era habitual verlos juntos en las reuniones de sociedad. Los ingleses viajaban para gastarse el dinero a manos llenas y los franceses se mostraban la mar de complacidos con semejante actitud, prestándoles ayuda sin el menor inconveniente para que lo hicieran. Ahora, sin embargo, los ingleses suelen ir al extranjero, precisamente para ahorrar, cosa para la que ni por asomo precisan de la ayuda de los franceses. Puede que los ingleses que se decidían a viajar en aquel tiempo fueran menos numerosos y más nobles y distinguidos que los que lo hacen ahora, cuando Inglaterra parece estar llenando de gente Europa. En cualquier caso, lo cierto es que se relacionaban perfectamente con las sociedades foráneas, y mi tío, mientras vivió en París, hizo muchas y muy buenas y sólidas amistades, algunas de ellas íntimas, con gentes de la nobleza francesa.
Por aquellos tiempos de su periplo francés, cuando viajaba en invierno por esa parte de Normandía llamada el País de Caux, al comenzar a declinar un día vio las torrecillas de un viejo castillo, que se alzaban por sobre las copas de los árboles de su parque con jardín amurallado; cada una de aquellas torrecillas, con su alto tejado cónico de pizarra, semejaba una palmatoria a la que le hubieran puesto encima un apagavelas.
-¿A quién pertenece este castillo, amigo mío? -preguntó mi tío a un postillón flaco pero vigoroso que, calzando unas muy altas y llamativas botas de montar, y tocado con un sombrero de plumas, pateaba el suelo con furia para quitarse el frío.
-A mi señor, el marqués de… -dijo el postillón llevándose la mano derecha a su sombrero, a medias para saludar educadamente a mi tío, pero más que nada en señal de respeto al pronunciar el nombre de su señor.
Mi tío no pudo sino regocijarse, pues el marqués en cuestión había sido uno de sus grandes amigos de París y a menudo le cursó invitación para que lo visitara en el castillo de su padre, diciéndole que nada le placería más. Mi tío era un viejo y experto viajero que sabía aprovechar perfectamente las oportunidades que se le presentaban. Por unos momentos su imaginación se llenó de escenas en las que el viejo amigo se alegraba indescriptiblemente de verlo y le ofrecía los mejores aposentos del castillo, y lo invitaba, sobre todo, a probar las excelencias de su cocina, famosa en París, y el champán de exquisita calidad que tenía en sus bodegas, así como un borgoña no menos digno de mención. Mejor todo eso, por supuesto, que alojarse en un lóbrego hostal de ciudad provinciana. No mucho después el postillón restallaba su látigo con furia de demonio, o de francés, que viene a ser lo mismo, y emprendía la subida de la recta, pendiente, larga y estrecha avenida que llevaba hasta la entrada del castillo.
Todos ustedes, a buen seguro, habrán visto algún castillo francés, pues raro es que alguien no viaje a Francia en nuestros días… El castillo del que hablo era uno de los más antiguos del país y se alzaba desnudo y retirado en medio de una especie de desiertos arenosos y de frías terrazas de piedra; frío era también su jardín, no obstante estar bien cuidado, de setos cortados en ángulos y romboides; frío, igualmente, era el parque sin hojas en el suelo, dividido geométricamente en rectas alamedas en las que había un par de estatuas a las que se les habían caído las narices y varias fuentes de las que manaba un agua tan helada que con solo tocarla te empezaban a castañetear los dientes de la tiritona que te entraba… O eso parecía, esa sensación se tenía con solo ver las fuentes en aquel atardecer invernal en que mi tío lo visitó, aunque lo cierto es que, en el verano, el calor que se experimentaba en el mismo lugar resultaba, simplemente, abrasador, y cegadora su refulgencia, como para quemarte los ojos.
El restallar del látigo del postillón, más furioso a medida que se aproximaban a la entrada del castillo, hizo que alzaran el vuelo, espantadas, un par de bandadas de palomas que abandonaban así su palomar como si se temieran lo peor, igual que una bandada de cuervos que se preparaban para dormir plácidamente en los tejados, y hasta una cuadrilla de criados del castillo, sin ir más lejos, con el marqués en persona a la cabeza. Naturalmente, se alegró muchísimo de ver a mi tío, pues su castillo, al contrario de lo que acontece de común en las casas de los buenos anfitriones, no tenía por aquellos días muchos más huéspedes de los que se podrían acomodar en sus aposentos, aunque eran varios los invitados allí alojados. El marqués besó a mi tío en ambas mejillas, según la costumbre francesa, y lo condujo al interior de tan señorial mansión, lleno de sincero y expresivo gozo.
El marqués hizo los honores debidos a mi tío, los propios además de su casa y de su estirpe, con esa su educación tan francesa… En realidad, no era por otra cosa que por el orgullo que sentía de ser dueño de castillo semejante, el castillo familiar, que además en buena parte era de antigüedad incalculable. Por ejemplo, una torre y la capilla habían sido construidas en tiempos se puede decir que inmemoriales; el resto, empero, era de construcción más reciente y perfectamente datada, toda vez que el castillo quedó parcialmente destruido durante la guerra de la Liga[1]. El marqués, en cualquier caso, parecía albergar a este respecto un gran sentimiento de gratitud hacia Enrique IV, por haber considerado su mansión familiar digna de ser arrasada por sus tropas, lo que confería al castillo una importancia histórica evidente. Además tenía el marqués mil y una historias que contar a quien quisiera escucharle, acerca de las proezas guerreras de sus antepasados, y enseñaba con orgullo casquetes, yelmos, ballestas, espadas, botas de hierro y coletos usados por los de la Liga… Y muy especialmente un mandoble con el que apenas podía, pero del que hacía ostentación, un tanto agresiva, incluso, para demostrar que entre sus antepasados se contaba algún que otro gigante. Él, sin embargo, era un menguado descendiente de tan hercúleos guerreros; contemplando los rostros adustos, si no brutales, que exhibían sus antepasados en los retratos de la galería, y mirando después al marqués de flacas piernas y de cara enjuta, pálida, como chupada entre aquellos sus dos grandes bucles empolvados del pelucón, sus aîles de pigeon[2], que parecían prestos a echarse a volar llevándosele la cara, era difícil creer que descendiera de aquella estirpe de guerreros. Aunque, al mirar sus ojos, brillantes como los de un insecto, como si le brotaran sobre las aletas de su nariz desmesuradamente aquilina, se tenía la impresión de que, en efecto, sí había heredado de sus antepasados una gran fortaleza de carácter y acaso algo de su crueldad. Claro que, a decir verdad, el espíritu de un francés nunca desaparece, ni siquiera cuando su cuerpo mengua día tras día; por el contrario, se hace su espíritu más explosivo en tanto van mermando las partículas del cuerpo material que lo alberga.
Puedo asegurar que he visto en un enano francés el valor suficiente como para llenar el cuerpo de un gigante. Así, cuando en cierta ocasión el marqués se puso, como tanto le gustaba hacer, uno de aquellos antiguos yelmos que adornaban las paredes del vestíbulo, y aunque su cabeza no lo llenaba más de lo que lo hubiera llenado un guisante seco con su vaina y todo, los ojos le ardían, sin embargo, con el brillo de los carbunclos, y cuando blandía el imposible y enorme mandoble de sus antepasados, podía imaginarse quien lo viera al valiente y pequeño David empuñando la verísima espada de Goliat como si fuera la vara leve de un tejedor.
Sin embargo, caballeros, no quiero extenderme más en la descripción del marqués y su castillo, lo que les ruego me sea disculpado. Téngase en cuenta que, al fin y a la postre, era un gran amigo de mi tío, y siempre que refiere su historia lo hace con gran respeto y consideración, que no es sino trasunto de la gratitud sentida hacia quien fuera su generoso anfitrión por aquellos días…
¡Pobre marqués! Fue uno de los que perdieron la vida cuando la turba asaltó las Tullerías aquel triste y décimo día de agosto. Vendió, empero, cara su vida; como uno de los grandes caballeros de Francia, blandió su espada en defensa de sus reyes e hizo frente a los sans-culottes diciéndoles: «Vamos, aquí estoy, a ver cuán valientes sois de veras», hasta derramar la última gota de su sangre, cosa que ocurrió cuando un poissarde lo clavó contra la pared con su pica, como si fuera una mariposa, momento en el que, a buen seguro, su alma subió a los cielos llevada por las aîles depigeon de sus bucles empolvados.
Bueno, eso no tiene nada que ver con la historia que quiero relatar… Cuando llegó la hora de retirarse a descansar, condujo el marqués a mi tío hacia los aposentos que le destinaba, que estaban bajo una de aquellas impresionantes torrecillas de la parte más antigua del castillo… Unos aposentos, sin embargo, que en tiempos lejanos, de guerras y otros y terribles avatares, habían sido calabozos.
No era lo que entendemos por una habitación de lujo, aunque sí relativamente confortable, mejor que el cuartucho de cualquier posada; el marqués había decidido que mi tío durmiera en ella por considerarle un hombre de gusto lo suficientemente refinado como para apreciar dormir en un lugar lleno de historia, y también, que todo debe ser dicho, porque los aposentos realmente lujosos tenían ya huéspedes ocupándolos. No obstante, reconcilió pronto el marqués a mi tío con los aposentos que le destinaba, pues notó en él un cierto gesto de sorpresa y hasta de desagrado al verse allí, mencionando como de pasada el nombre de los grandes e históricos personajes que allí habían dormido, personajes que de una manera u otra formaban parte de su estirpe… Así, pues, y siempre según el marqués, allí habían hecho noche hasta John Baliol[3], o Jean de Bailleul, como decía él, y allí mismo murió de pena al saber del triunfo de su enconado rival, Robert de Bruce[4], en la batalla de Bannockburn. Y cuando añadió que el duque de Guise[5] había dormido también allí varias noches, mi tío, entonces sí, se vio obligado a felicitarse en voz alta por ser honrado con unos aposentos de tanta distinción y nobleza.
La noche era fría y de mucho viento; los aposentos de mi tío, muy fríos. Un viejo criado, de larga cara y cuerpo igualmente largo, vestido de librea y puesto a su servicio por el marqués, echó un montón de leña en el hogar de la habitación, miró a su alrededor con ademán altivo y luego le deseó bon repos, con una mueca extraña, como de risa contenida, y encogiéndose de hombros… Algo que hubiera resultado extraño, una especie de burla, en cualquier otro criado… que no fuera francés, claro.
La habitación presentaba, desde luego, un aspecto harto desangelado, por no decir que desagradable; lo justo como para llenar de aprensión y hasta de angustia a cualquiera que guste de las novelas al uso de nuestros tiempos, y de aquel tiempo… Las ventanas eran altas y estrechas; aunque habían sido convenientemente ensanchadas, antaño, en tiempos de guerra, fueron saeteras de defensa; por lo demás, las contraventanas de madera crujían hasta el estremecimiento a poco que las batiera el viento. Cualquiera de ustedes, estoy seguro, en tal habitación y en una noche de tanto viento, habría imaginado que los de la Liga recorrían la estancia pateando con sus pesadas botas de hierro el piso de madera y entrechocando ruidosamente sus espuelas. Una puerta, imposible de cerrar a pesar de todos los esfuerzos que hiciera el invitado, daba a un largo y más que sombrío corredor, que llevaba solo Dios sabía a qué otra parte del castillo, pero que parecía hecho a propósito para que los duendes y los fantasmas que pudieran habitarlo se explayaran allí a sus anchas después de abandonar sus tumbas por la noche. El viento, entrando violentamente en el corredor, se dejaba sentir con un rumor sordo que ponía el vello de punta, y hacía que la puerta imposible de cerrar se batiera de continuo, como si cualesquiera espíritus aún no hubieran resuelto el dilema que se les planteaba a su vista, que no era otro sino el de si entraban o no en la habitación. En una palabra, eran precisamente los tenebrosos aposentos que un fantasma, si habitara el castillo, escogería como el más grato lugar para dar rienda suelta a sus expansiones nocturnas.
Mi tío, sin embargo, aunque ya estaba muy curtido en el arte de afrontar tal o cual aventura, sin importarle la que fuese, no pensaba en ellas a esas horas. Intentó una vez más cerrar la puerta, pero fueron inútiles sus renovados esfuerzos por dominarla. No es que sintiera miedo, ni siquiera aprensión, pues no en vano era un viajero con la experiencia necesaria como para que no lo amedrentase el más sórdido aspecto o el misterio de una habitación cualquiera, pero recuérdese que la noche era cruda, fría y lluviosa, y que el ventarrón rugía sobre y contra la torrecilla en la que estaban sus aposentos como es de rigor que lo haga contra las antañonas mansiones, y el aire que se dejaba sentir en el corredor llegaba húmedo y helado, como el que se siente en las mazmorras. Mi tío, empero, al comprobar de nuevo que era incapaz de cerrar la maldita puerta, arrojó más leña al fuego del hogar, que muy pronto crepitó lanzando una larga llamarada en la amplia chimenea, que iluminó los aposentos hasta el último de sus rincones, a tal punto que la sombra de las tenacillas colgadas de la pared para remover el fuego pareciese la de un gigante de piernas inconmensurables. Trepó mi tío después como pudo para culminar aquella especie de montaña hecha con diez colchones, cosa tan propia de las camas francesas, en un rincón de lo que era propiamente dicho el dormitorio; después, tratando de ponerse todo lo cómodo que le fuera posible, y tapándose hasta la barbilla con el abrigo de la cama, se quedó mirando fijamente al fuego del hogar, pero sin dejar de prestar la máxima atención al ulular del viento… Así y todo, trató de infundirse ánimos, diciéndose que en ningún otro sitio hubiera encontrado una cama cerca de tan buena chimenea, se felicitó por haber dado con su amigo el marqués… y se quedó al fin dormido, sin más.
No había llegado a la mitad del primer sueño cuando lo despertó el reloj del castillo, que estaba en la torrecilla sobre su cuarto. Daba las doce de la noche. Era un viejo reloj de esos que gustan sobremanera a los fantasmas. Tenía un sonido grave y tétrico; daba las horas con tal lentitud que mi tío pensó que no dejaría de sonar en toda la noche, solo para dar las doce. Contó una tras otra, y al final le salieron, no doce, sino trece horas… Y el reloj no hizo más ruido.
Casi, para entonces, se había apagado el fuego en el hogar y el último rescoldo parecía a punto de expirar de un momento a otro, lanzando leves llamas azules que propiciaban no menos mortecinos resplandores y alguna sombra trémula. Mi tío seguía tumbado en su cama, con los ojos a medio cerrar y con el gorro de dormir calado casi hasta la nariz… Ahora divagaba en fantasías, mezclando aquella escena con el cráter del Vesubio, con la Ópera de París, con el Coliseo de Roma, con la Taberna de Dolly, en Londres, y con otros lugares de visita inexcusable que pueblan las mientes de un viajero con muchos periplos a sus espaldas… En resumen, y tal y como lo denotaban sus párpados cada vez más pesados, de nuevo se estaba quedando dormido.
De repente lo despertó un ruido de pasos que parecían lentos pero muy fuertes a lo largo del corredor. Mi tío, como en no pocas ocasiones le he oído decir, era hombre que no se amedrentaba por cualquier cosa, así que se quedó tranquilamente como estaba; imaginaba que no sería más que otro de los huéspedes del marqués, o algún criado que se retiraba a descansar. Pero los pasos se acercaron hasta la puerta, que se abrió muy lentamente, chirriante; si ocurrió tal fenómeno porque alguien la empujó, o a impulsos de una ráfaga de viento más fuerte, es cosa que mi tío jamás pudo decir, aunque sí contar que una figura blanquísima entró casi inmediatamente después en sus aposentos. Era una mujer alta, espléndida, de porte noble y muy bella; su vestido blanco era antiguo, de mucho encaje y con larga cola… Aquella mujer avanzó lentamente hasta la chimenea, como si no reparase en la presencia de mi tío, o como si no le importara que estuviese; mi tío, sorprendido pero no aterrorizado, ni mucho menos, se quitó el gorro de dormir con una mano y se la quedó mirando embelesado. Estuvo un buen rato la mujer ante aquel pobre fuego que lanzaba leves llamaradas ahora blancas, además de azuladas, suficiente luz, no obstante, para que mi tío observara en toda su grandeza el aspecto decididamente fantasmagórico de aquella dama tan exquisita.
Su rostro era increíble, espantosamente pálido, esa es la verdad; quizás contribuyera a darle tal aspecto, sin embargo, la débil luz azul del fuego a punto de morir en la chimenea. Era una mujer muy bella, eso resultaba indudable, pero de una belleza que se le hubiera marchitado a causa de los lamentos y de las preocupaciones incesantes; tenía, pues, todo el aspecto lacerante de una persona que hubiera tenido que acostumbrarse a sobrellevar el dolor, cualquiera que fuese, pero a la que, no obstante, el dolor, cualquiera que fuese, no había conseguido doblegar en su enorme dignidad… Había en ella, así, un aire de resolución orgullosa que se imponía a la sensación primera de abatimiento; esa fue, por lo menos, la opinión que se formó mi tío, que se tenía por todo un magnífico fisiognomista.
La dama, como ya he dicho, permaneció en los aposentos dados a mi tío un buen rato, junto a la chimenea; acercaba al fuego escaso primero una mano y después la otra, siempre con mucha lentitud; después hacía lo mismo con los pies, ahora el derecho, después el izquierdo. Evidentemente quería calentarse, lo que le lleva a uno a pensar que, se diga lo que se diga, también los espectros sienten el frío. Mi tío, y esto es algo en lo que hacía especial hincapié al narrar su historia, se dio cuenta entonces de que calzaba zapatos de salón, zapatos con tacón de aguja, siguiendo una moda ya obsoleta, cruzados en el empeine con hebillas con diamantes engastados, falsos o verdaderos, daba lo mismo, pero que refulgían admirablemente, como si fueran lo único vivo en aquella figura.
Al fin el espectro se volvió lentamente, ya confortado; miró en derredor suyo con ojos opacos, una mirada que, entonces sí, heló a mi tío la sangre en sus venas, y aun la médula de los huesos… Alzó entonces los brazos al cielo, la pobre mujer; cruzó las manos, y retorciéndoselas sobre la cabeza, como si implorase con sumo dolor, salió de la habitación.
Mi tío no pudo sino meditar largo rato acerca de tan extraña visita, pues como me decía vivamente cuando me refirió la historia, aunque era hombre de carácter firme y probado valor, era al tiempo hombre dado a la reflexión profunda sobre las cosas, por lo que en principio ninguna rechazaba por muy ajena que fuera al curso habitual de la vida, a la lógica de los acontecimientos. Era también, ya lo he dicho, un viajero más que experimentado; y había vivido, también lo he dicho, extrañas aventuras aquí y allá… Así que no extrañe a nadie que tras un lapso para la necesaria reflexión, se calase de nuevo el gorro de dormir hasta las narices, girase en la cama hasta ponerse casi de espaldas a la puerta, más que de precavido costadillo, se abrigara bien con las ropas de la cama, tapándose hasta más arriba de los hombros, y no mucho después se volviera a quedar dormido plácidamente.
No sé, pues tampoco era capaz de decirlo él, cuánto tiempo llevaba dormido, cuando lo despertó un susurro junto a su lecho. Se volvió hacia el lado de donde le llegaba la voz que le llamaba y vio al viejo criado francés, con el rostro enjuto enmarcado por los bucles de su pelucón, un rostro de sonrisa forzadamente obsequiosa… Hizo mil muecas mientras le pedía por lo menos otros mil perdones por haberlo despertado, por molestar de tan mala manera a monsieur… Era muy entrada ya la mañana. Mi tío se vistió tan deprisa como le fue posible, mientras recordaba, aunque vagamente, como si hubiera sido un sueño, la visita nocturna del espectro. Preguntó entonces al criado quién era la dama que tenía por costumbre recorrer aquella parte del castillo por las noches, pero el anciano sirviente se encogió de hombros subiéndolos casi de un golpe hasta su cabeza, se puso muy teatralmente la mano derecha en el pecho, y mostrando la izquierda abierta y con los dedos extendidos, y con la palma hacia arriba, hizo el gesto de inopia más cómico que verse pudiera, aunque él estaba convencido de su mucha seriedad y educación, al tiempo que decía que no eran de su incumbencia «les bonnes fortunes que tuviera monsieur por la noche». Supo mi tío, pues, que nada en claro podría sacar de aquel hombre, por lo que no le hizo ninguna pregunta más.
Después del desayuno, que fue abundante, sabroso y reparador, paseaba mi tío junto al marqués por la parte más moderna del castillo, deslizándose como sobre la seda por aquellos bien encerados pisos de madera de los amplios salones, entre riquísimos muebles preñados de dorados y de brocados, hasta que dieron a una larga galería en cuyas paredes colgaban muchos retratos, unos al óleo y otros al pastel.
Aquello, como es natural, no podía sino alentar la elocuente facundia del anfitrión, que era un clásico aristócrata del anden régime… En toda Normandía no había un hombre importante, y cabe decir que incluso en toda Francia, que de una forma u otra no perteneciera a su noble casa. Mi tío lo escuchaba en silencio, impaciente, sin embargo, unas veces descansando el peso de su cuerpo sobre una pierna, otras veces sobre la otra, mientras el marqués bajito ponderaba, con su habitual viveza, por no decir que con su proverbial entusiasmo, las hazañas de sus antepasados, cuyos retratos tenía colgados en la amplia galería. Ni una aventura de las gentes de su estirpe, galante o guerrera, le ahorró a mi tío. Así, desde las gestas marciales de los envarados guerreros de acero, hasta las historias de amor y galanterías varias de aquellos caballeros de ojos azules y expresión un tanto melancólica, sonriente, con sus bucles empolvados todos ellos, con sus casacas y calzones de seda rosa o azul, todo, sin dejarse nada en el tintero de la lengua, se lo contó el marqués a mi tío, sin olvidarse siquiera de las conquistas que tales nobles hicieran de encantadoras pastorcillas de faldas amplias y huecas y de talles no más anchos que el de un reloj de arena, que reinaban sobre sus rebaños y sobre sus zagales con finos cayados adornados con largas cintas de colores.
En medio de aquella larga y entusiástica perorata que le largaba su buen amigo el marqués, mi tío se admiró especialmente ante un retrato de tamaño natural que le pareció la verísima imagen de la mujer espectral que lo había visitado en sus aposentos la noche anterior.
-Creo -dijo mi tío entonces- que he visto el original de ese retrato.
-Pardonnez-moi -le respondió el marqués educadamente-, pero eso no puede ser… Esa dama murió hace más de cien años. Era la muy bella duquesa de Longueville, que vivió sus días más gloriosos durante la menor edad de Luis XIV.
Nunca, a buen seguro, se pudo decir cosa tan insensata como la de mi tío. El marqués adoptó de inmediato la actitud del hombre dispuesto a hacer una muy larga narración. Y así, en efecto, le cayó encima a mi tío la historia completa de la guerra civil de la Fronda[6], durante la cual la bella duquesa de Longueville había representado un muy distinguido papel[7]… Turenne[8], Coligny[9], Mazarin[10]… fueron exhumados por el marqués al instante para avalar los hechos narrados, entre los que se contaban, naturalmente, los referidos a los días de las barricadas y a las hazañas en Port Cochére. Mi tío comenzaba a sentir unas irresistibles ganas de poner más de mil leguas de distancia entre el marqués y él, o entre él y la implacable narración del marqués, cuando de golpe los recuerdos del marqués bajito tomaron un giro mucho más interesante.
Estaba el marqués relatando los pormenores de la prisión que sufrieran el duque de Longueville y los príncipes de Condé y de Conti[30] en el castillo de Vincennes, y los infructuosos esfuerzos de la duquesa de Longueville para levantar en armas a los tercos normandos a fin de que lucharan por su libertad, cuando llegó en su relato a la parte en que la duquesa era sitiada por las tropas reales en el castillo de Dieppe.
-El ánimo de la duquesa -decía el marqués- se enardecía con los sufrimientos. Era admirable, según cuentan las crónicas de aquel tiempo, ver a una mujer tan bella y delicada luchar decididamente contra todas las vejaciones que sufría, contra todas las privaciones que padecía. Pensó entonces en un desesperado recurso para escapar… Conocéis bien el castillo en el que se hallaba recluida… Un edificio en ruinas sobre la cima de una colina que domina la pobre población de Dieppe… Bien, pues una noche oscura y tempestuosa salió la duquesa de Longueville secretamente por una de las poternas del castillo, cuya vigilancia habían descuidado sus captores. Esa poterna aún está en pie; da a un puente muy estrecho sobre un foso profundo entre el castillo y la cima de la colina. La seguían sus doncellas, un puñado de criados y varios caballeros que aún le eran fieles… No intentaba sino alcanzar un puerto distante unas dos leguas de allí, donde la duquesa había preparado secretamente que un buque la aguardara para huir.
Resultó, según el relato hecho por el marqués a mi tío, que el grupo de fugitivos tuvo que recorrer a pie aquella distancia por no poder contar con caballos. Cuando llegaron al puerto se desencadenó una fuerte tormenta que agitó la mar terriblemente; el buque se hallaba anclado lejos de la rada y no había otro modo de alcanzarlo que tomar una barca de pescadores a la que la marejada agitaba como si fuera un cascarón. La duquesa, valiente, decidió abordarla, a pesar de los esfuerzos que hicieron todos, incluidos unos pescadores que allí había, por disuadirla de tamaña locura. Mas la inminencia del peligro de muerte que corría, y la valentía de que siempre había hecho gala aquella mujer impar, no hicieron otra cosa que animarla en tan incierta empresa. Un pescador la tomó en sus brazos para subirla a la barca, pero era tal la violencia del ventarrón entonces, que el hombre perdió el equilibrio, no pudo rehacerse y dejó caer su preciosa carga al mar, entre las olas terribles que rompían contra el frágil embarcadero.
La duquesa estuvo a punto de perecer ahogada, mas, gracias a los denodados esfuerzos que hizo para salvarse, de una parte, y de otra merced a la ayuda de los pescadores y sus propios caballeros, que le echaron un cable, logró tocar tierra. Apenas se hubo repuesto, insistió; sin embargo, la tormenta era ya clara tempestad, violentísima, por lo demás, y hacía vanos todos los esfuerzos; demorarse, por otra parte, significaba ser descubierta en breve y tomada prisionera de nuevo, aunque ahora para ser llevada en breve al cadalso. Allí en el puerto, y como no había forma alguna de abordar la barca de los pescadores, se hicieron con caballos. Montaron la duquesa y las damas a la grupa de los caballos de sus caballeros y batieron los campos cercanos en busca de un refugio en el que guarecerse hasta que la mar quedara en calma.
-Mientras la duquesa -prosiguió el marqués, poniendo su dedo índice sobre el pecho de mi tío para excitar de nuevo su atención, pues comenzaba a flaquearle-, mientras la duquesa, decía, ¡pobre mujer!, sorteaba la tempestad de modo tan triste y angustioso, llegó a este castillo en el que estamos… Aquello, naturalmente, causó cierta inquietud en quienes entonces moraban en él, pues el tropel de caballos y el ruido de espadas y de espuelas no solía presagiar nada bueno en aquellos tiempos… Uno de los caballeros de la duquesa, un militar alto y muy fuerte, armado hasta los dientes, avanzó al galope y anunció el nombre de la que llegaba. Todos los moradores de este castillo se tranquilizaron, y hasta se entusiasmaron con la visita, al oírlo. La servidumbre salió a recibir con hachones encendidos a la duquesa; nunca hubo, a buen seguro, viajeros tan destrozados como bien recibidos en parte alguna… La pobre duquesa, sus doncellas, cada una a la grupa de la montura de un caballero, mostraban una palidez extrema, una demacración terrible. Traían los vestidos hechos jirones, mientras los pajes y los criados, empapados hasta los huesos y medio desnudos por lo destrozados que llevaban sus ternos, parecían a punto de caerse al suelo debido a la enorme fatiga que sufrían.
Siguió contando el marqués que la duquesa fue recibida por su antepasado correspondiente, que le dio una muy cordial bienvenida y la condujo al vestíbulo del castillo. Pronto chisporroteó un fuego grato y abundante en la chimenea, que pareció confortar a la dama y a su séquito, y muy pronto, igualmente, tuvieron a su disposición cacerolas, asadores y pucheros bien repletos para saciar el hambre.
-La duquesa, claro está, tenía todo el derecho a nuestra hospitalidad -prosiguió el marqués bajito, alzándose ahora majestuosamente sobre las punteras de sus zapatos-, porque estaba emparentada con nuestra casa… Os lo explicaré… Su padre era Enrique de Borbón, príncipe de Condé…
-¿Pero pasó o no la duquesa aquella noche en el castillo? -lo interrumpió abruptamente mi tío, aterrado ante la sola idea de verse envuelto en una suerte de narración genealógica, para la cual parecía prepararse el marqués.
-¡Oh! -exclamó el marqués, sorprendido-. Bien, en cuanto a la duquesa se refiere, fue alojada en la misma habitación que ocupasteis la noche anterior, que en aquel tiempo era una cámara que se ofrecía a los personajes de mayor importancia… Su séquito fue alojado en las habitaciones que dan al corredor, y su paje favorito durmió en un gabinete contiguo al de la duquesa. El fornido caballero que había anunciado su llegada, y que era el guerrero más diestro del séquito, pasó la noche en vela haciendo guardia en el corredor. Era un hombre sombrío, sin embargo, y más bien rígido y violento; cuando la luz de la palmatoria que alumbraba el corredor caía sobre su rostro de facciones temibles, daba la impresión de que hubiera sido capaz él solo de defender el castillo del asedio de una tropa cualquiera… La noche, como ya he dicho, era harto desapacible… Por esta misma época del año… ¡Por cierto! Ahora reparo en ello… Anoche se cumplió el aniversario de aquella estancia de la duquesa de Longueville en mi casa… Puedo recordarlo porque fue una fecha extraordinaria para toda mi estirpe. Hay una tradición muy singular en mi casa, desde entonces…
Vaciló el marqués, como si sus cejas se poblaran de nubes.
-Esa tradición -continuó-; bien, aquel extraño suceso se produjo tal noche… Bueno, fue un suceso extraño, misterioso, inexplicable… Hizo una larga pausa.
-¿Os seguís refiriendo a la duquesa? -preguntó mi tío, alarmado entonces ante su pausa.
-Era ya pasada la medianoche -siguió diciendo el marqués- cuando todo el castillo…
Hizo otra pausa. Mi tío abrió sus manos y extendió hacia él sus brazos, como rogándole que siguiera.
-Perdonadme -se excusó el marqués, ruborizándose entonces-, pero hay algunas circunstancias relacionadas con la historia de mi familia que no me agrada contar… Fueron tiempos muy duros… Una época de grandes hombres, pero ya sabéis que la sangre noble, cuando corre sin razón, no lo hace mansamente como la de la plebe… ¡Pobre duquesa! El orgullo familiar me impide… Perdonadme, os lo ruego… Hablemos de otra cosa, si os parece.
Aquello no hizo más que excitar sobremanera la curiosidad de mi tío, como era de lógica. La pomposa y magnífica introducción que hiciera el marqués bajito le había llevado a esperar algo realmente admirable de su relato y no estaba dispuesto, por ello, a quedar privado del fin de la historia, por un súbito arranque de pudor del marqués… Al fin y al cabo no era mi tío más que un viajero ávido de información y de historias con las que enriquecer su ya más que largo anecdotario, por lo que consideró un deber primordial inquirir hasta sus últimas consecuencias, aun a riesgo de su amistad con el marqués bajito.
Fue en vano. El marqués se negó a seguir. Incluso a contestar varias de las preguntas que le hizo mi tío.
-Bueno -dijo mi tío al cabo, algo más que sardónico, incluso haciendo gala de cierta petulancia-; podéis pensar lo que os venga en gana, pero yo puedo asegurar ante quien sea que he visto a esa dama…
El marqués dio un par de pasos atrás y lo miró sorprendido y aterrado.
-La duquesa me visitó anoche en mis aposentos -dijo mi tío.
El marqués, rehecho de la impresión primera, sacó entonces su cajita de rapé, encogiéndose de hombros y sonriendo, como si tomara lo que le acababa de decir mi tío por una desagradable muestra de humor inglés, y no sin fingida cortesía pidió a mi tío que le contara por favor tan interesante aventura.
Mi tío aceptó el reto y con una seriedad completa le refirió la aparición de la dama en todos y cada uno de sus detalles. El marqués no pudo evitar interesarse en aquel relato, que escuchaba cada vez más serio, ida ya su sonrisa incrédula de antes, con la cajita de rapé en la mano, aún sin abrir.
Al fin, cuando concluyó mi tío su relato, el marqués abrió la cajita y se puso en las narices una buena cantidad de rapé.
-¡Bah! -exclamó el marqués luego, encogiéndose de hombros otra vez mientras daba la espalda a mi tío para dirigirse al extremo de la galería.
Aquí cesó en su relato quien contaba aquella historia; los reunidos aguardaban la continuación, pero el narrador seguía en silencio.
-Bien -dijo uno de esos caballeros que siempre tienen alguna pregunta que hacer-, ¿qué dijo su tío entonces?
-Nada -contestó el narrador.
-¿Y el marqués tampoco dijo nada más?
-Nada.
-¿Y eso es todo?
-Sí, eso es todo -admitió el narrador mientras echaba más vino en su copa.
-Supongo -dijo un anciano caballero al que la nariz al hablar se le movía hacia los lados- que el espectro de esa historia no era, en realidad, sino el cuerpo verdadero de la guardesa del castillo, que iba de habitación en habitación por ver si faltaba algo a los huéspedes…
-¡Bah! -replicó el narrador-. Mi tío era un hombre capaz de distinguir perfectamente un espectro de una guardesa, era un hombre que había visto mucho mundo…
Se alzó un murmullo en la mesa, mezcla de burla y decepción con algo de algarabía jovial. Por mi parte, creo que aquel anciano que relató la historia se guardaba en realidad lo más interesante de la misma; había en su rostro demacrado una singular expresión que me hizo dudar de si había hablado en broma o en serio.

Notas.
[1] Alude Irving a la Liga de los francos formada en 1594 para resistir los ataques de Enrique IV de Inglaterra, tras la toma y destrucción de Guise y su castillo por parte de los ingleses. <<
[2] Como alas de paloma. <<
[3] John Baliol (muerto en 1219), regente de Escocia. La de los Baliol, o Bailleul, fue una antigua familia de la Gran Bretaña, originaria de Normandía, que desempeñó un papel de relevancia en la historia de Escocia y de Irlanda durante los siglos XIII y XIV. <<
[4] Roberto I de Escocia, reconocido como tal por el rey Enrique III de Inglaterra tras el alzamiento escocés de 1322. <<
[5] Guise es un cantón del departamento de Aisne, distrito de Vervins. Posee un importante castillo casi triangular, construido a mediados del XVI por Claudio de Lorena. Guise se formó alrededor del castillo levantado en un picacho hacia comienzos del siglo XI, que fue destruido en el siglo XII por los condes de Flandes y de Henao, aunque prontamente quedó reconstruido. Fue una fortaleza importante, contra los ingleses, durante la Guerra de los Cien Años. La Casa de Guise se extinguió como ducado a mediados del siglo XIX. Evidentemente, Irving se basa en estos hechos históricos para urdir su cuento, aunque tomándose la licencia de eludir la cronología de los mismos. John Baliol, que murió en 1219, no pudo combatir contra Robert de Bruce, Roberto I de Escocia, en la batalla de Bannockburn, pues fue librada en 1322. Resulta difícil, por lo demás, que lo hiciera como fantasma. <<
[6] Se conocen como Guerras de las Frondas las contiendas civiles que se libraron en Francia de 1648 a 1653, durante la menor edad de Luis XIV y bajo la regencia de Ana de Austria, que tenía como consejero áulico al temible cardenal Mazarino y era contestada por buena parte de la nobleza y la gran mayoría del pueblo y los parlamentarios. <<
[7] En efecto, la duquesa de Longueville fue una dama intrigante de aquel periodo, junto a las también duquesas de Montbazon y de Montpensier. Fue violada por uno de los caballeros de su Casa, que después la asesinó mediante estrangulamiento, despechado tras rechazar ella su declaración amorosa. Ahí radica el suspense con que Irving envuelve su relato, dando estos hechos por sobreentendidos. <<
[8] Henri de La Tour d’Auvergne, vizconde de Turenne (1611-1675), mariscal de Francia y uno de los militares más fieles a Luis XIV. Antes había capitaneado varios levantamientos contra Ana de Austria. <<
[9] Gaspard II, Seigneur de Coligny (1519-1572), jefe máximo de los hugonotes durante las Guerras de Religión, de 1562 a 1598. <<
[10] Jules Mazarin, el cardenal Mazarino, o Giulio Raimondo Mazzarino, dado que era napolitano de nacimiento (1602-1661), consejero de Ana de Austria y después primer ministro de Francia tras la muerte del cardenal Richelieu en 1642. En los primeros años del reinado de Luis XIV continuó la obra iniciada por Richelieu, tendente a convertir a Francia en la mayor potencia europea y a reprimir duramente en el interior cualquier oposición a la monarquía, por leve que fuese. Se había educado en la Universidad de Alcalá de Henares, entre otras. <<
[11] El príncipe Conti fue uno de los que se alzó en armas, apoyado por los parlamentaristas, contra Ana de Austria y Mazarino, al igual que buena parte de la nobleza y el pueblo. <<


lunes, 2 de octubre de 2017

LA CORISTA Anton Chejov



En cierta ocasión, cuando era más joven y hermosa y tenía mejor voz, se encontraba en la planta baja de su casa de campo con Nikolai Petróvich Kolpakov, su amante. Hacía un calor insufrible, no se podía respirar. Kolpakov acababa de comer, había tomado una botella de mal vino del Rin y se sentía de mal humor y destemplado. Estaban aburridos y esperaban que el calor cediese para ir a dar un paseo.
De pronto, inesperadamente, llamaron a la puerta. Kolpakov, que estaba sin levita y en zapatillas, se puso en pie y miró interrogativamente a Pasha.
- Será el cartero, o una amiga - dijo la cantante.
Kolpakov no sentía reparo alguno en que le viesen las amigas de Pasha o el cartero, pero, por si acaso, cogió su ropa y se retiró a la habitación vecina. Pasha fue a abrir. Con gran asombro suyo, no era el cartero ni una amiga, sino una mujer desconocida, joven, hermosa, bien vestida y que, a juzgar por las apariencias, pertenecía a la clase de las decentes.
La desconocida estaba pálida y respiraba fatigosamente, como si acabase de subir una alta escalera.
-¿Qué desea? - preguntó Pasha.
La señora no contestó. Dio un paso adelante, miró alrededor y se sentó como si se sintiera cansada o indispuesta. Luego movió un largo rato sus pálidos labios, tratando de decir algo.
-¿Está aquí mi marido? - preguntó por fin, levantando hacia Pasha sus grandes ojos, con los párpados enrojecidos por el llanto.
-¿Qué marido? - murmuró Pasha, sintiendo que del susto se le enfriaban los pies y las manos -. ¿Qué marido? - repitió, empezando a temblar.
- Mi marido... Nikolai Petróvich Kolpakov.
- No...no,  señora... Yo... no sé de quién me habla.
Hubo unos instantes de silencio. La desconocida se pasó varias veces el pañuelo por los descoloridos labios y, para vencer el temor interno, contuvo la respiración. Pasha se encontraba ante ella inmóvil, como petrificada, y la miraba asustada y perpleja.
-¿Dice que no está aquí? - preguntó la señora, ya con voz firme y una extraña sonrisa.
- Yo... no sé por quién pregunta.
- Usted es una miserable, una infame... - balbuceó la desconocida, mirando a Pasha con odio y repugnancia -. Sí, sí... es una miserable. Celebro mucho, muchísimo, que, por fin, se lo haya podido decir.
Pasha comprendió que producía una impresión pésima en aquella dama vestida de negro, de ojos coléricos y dedos blancos y finos, y sintió vergüenza de sus mejillas regordetas y coloradas, de su nariz picada de viruelas y del flequillo siempre rebelde al peine. Se le figuró que si hubiera sido flaca, sin pintar y sin flequillo, habría podido ocultar que no era una mujer decente; entonces no le habría producido tanto miedo y vergüenza permanecer ante aquella señora desconocida y misteriosa.
-¿Dónde está mi marido? - prosiguió la señora -. Aunque es lo mismo que esté aquí o no. Por lo demás, debo decirle que se ha descubierto un desfalco y que están buscando a Nikolai Petróvich... Lo quieren detener. ¡Para que vea lo que usted ha hecho!
La señora, presa de gran agitación, dio unos pasos. Pasha la miraba perpleja: el miedo no la dejaba comprender.
- Hoy mismo lo encontrarán y lo llevarán a la cárcel - siguió la señora, que dejó escapar un sollozo en que se mezclaban el sentimiento ofendido y el despecho -. Sé quién le ha llevado hasta esta espantosa situación.
¡Miserable, infame; es usted una criatura repugnante que se vende al primero que llega! - Los labios de la señora se contrajeron en una mueca de desprecio,
y arrugó la nariz con asco. - Me veo impotente... sépalo, miserable...
Me veo impotente; usted es más fuerte que yo, pero Dios, que lo ve todo, saldrá en defensa mía y de mis hijos ¡Dios es justo! Le pedirá cuentas de cada lágrima mía, de todas las noches sin sueño. ¡Entonces se acordará de mí!
De nuevo se hizo el silencio. La señora iba y venía por la habitación y se retorcía las manos. Pasha seguía mirándola perpleja, sin comprender, y esperaba de ella algo espantoso.
- Yo, señora, no sé nada - articuló, y de pronto rompió a llorar.
-¡Miente! - gritó la señora, mirándola colérica -. Lo sé todo. Hace ya mucho que la conozco. Sé que este último mes ha venido a verla todos los días.
- Sí. ¿Y qué? ¿Qué tiene eso que ver? Son muchos los que vienen, pero yo no fuerzo a nadie. Cada uno puede obrar como le parece.
-¡Y yo le digo que se ha descubierto un desfalco! Se ha llevado dinero de la oficina. Ha cometido un delito por una mujer como usted. Escúcheme - añadió la señora con tono enérgico, deteniéndose ante Pasha -: usted no puede guiarse por principio alguno. Usted sólo vive para hacer mal, ése es el fin que se propone, pero no se puede pensar que haya caído tan bajo, que no le quede un resto de sentimientos humanos. Él tiene esposa, hijos... Si lo condenan y es desterrado, mis hijos y yo moriremos de hambre...
-Compréndalo. Hay, sin embargo, un medio para salvarnos, nosotros y él, de la miseria y la vergüenza. Si hoy entrego los novecientos rublos, lo dejarán tranquilo. ¡Sólo son novecientos rublos!
-¿A qué novecientos rublos se refiere? - preguntó Pasha en voz baja -.
Yo... yo no sé nada... No los he visto siquiera...
- No le pido los novecientos rublos... Usted no tiene dinero y no quiero nada suyo. Lo que pido es otra cosa... Los hombres suelen regalar joyas a las mujeres como usted. ¡Devuélvame las que le regaló mi marido!
- Señora, él no me ha regalado nada - elevó la voz Pasha, que empezaba a comprender.
-¿Dónde está, pues, el dinero? Ha gastado lo suyo, lo mío y lo ajeno. ¿Dónde ha metido todo eso? Escúcheme, se lo suplico. Yo estaba irritada y le he dicho muchas inconveniencias, pero le pido que me perdone. Usted debe de odiarme, lo sé, pero, si es capaz de sentir piedad, póngase en mi situación.
Se lo suplico, devuélvame las joyas.
- Hum... - empezó Pasha, encogiéndose de hombros -. Se las daría con mucho gusto, pero, que Dios me castigue si miento, no me ha regalado nada, puede creerme. Aunque tiene razón - se turbó la cantante -: en cierta ocasión me trajo dos cosas. Si quiere, se las daré...
Pasha abrió un cajoncito del tocador y sacó de él una pulsera hueca de oro y un anillo de poco precio con un rubí.
- Aquí tiene - dijo, entregándoselos a la señora.
Ésta se puso roja y su rostro tembló; se sentía ofendida.
-¿Qué es lo que me da? - preguntó -. Yo no pido limosna, sino lo que no le pertenece... lo que usted, valiéndose de su situación, sacó a mi marido... a ese desgraciado sin voluntad. El jueves, cuando la vi con él en el muelle, llevaba usted unos broches y unas pulseras de gran valor. No finja, pues; no es un corderillo inocente. Es la última vez que se lo pido: ¿me da las joyas o no?
- Es usted muy extraña... - dijo Pasha, que empezaba a enfadarse -. Le aseguro que su Nikolai Petróvich no me ha dado más que esta pulsera y este anillo. Lo único que traía eran pasteles.
- Pasteles... - sonrió irónicamente la desconocida -. En casa los niños no tenían qué comer, y aquí traía pasteles. ¿Se niega decididamente a devolverme las joyas?
Al no recibir respuesta, la señora se sentó pensativa, con la mirada perdida en el espacio. «¿Qué podría hacer ahora? - se dijo -. Si no consigo los novecientos rublos, él es hombre perdido y mis hijos y yo nos veremos en la miseria. ¿Qué hacer, matar a esta miserable o caer de rodillas ante ella?»
La señora se llevó el pañuelo al rostro y rompió en llanto.
- Se lo ruego - se oía a través de sus sollozos -: usted ha arruinado y perdido a mi marido, sálvelo... No se compadece de él, pero los niños... los niños... ¿Qué culpa tienen ellos?
Pasha se imaginó a unos niños pequeños en la calle y que lloraban de hambre.
Ella misma rompió en sollozos.
-¿Qué puedo hacer, señora? - dijo -. Usted dice que soy una miserable y que he arruinado a Nikolai Petróvich. Ante Dios le aseguro que no he recibido nada de él... En nuestro coro, Motia es la única que tiene un amante rico; las demás salimos adelante como podemos. Nikolai Petróvich es un hombre culto y delicado, y yo lo recibía. Nosotras no podemos hacer otra cosa.
-¡Lo que yo le pido son las joyas! ¡Deme las joyas! Lloro... me humillo...
¡Si quiere, me pondré de rodillas!
Pasha, asustada, lanzó un grito y agitó las manos. Se daba cuenta de que aquella señora pálida y hermosa, que se expresaba con tan nobles frases, como en el teatro, en efecto, era capaz de ponerse de rodillas ante ella: y eso por orgullo, movida por sus nobles sentimientos, para elevarse a sí misma y humillar a la corista.
- Está bien, le daré las joyas - dijo Pasha, limpiándose los ojos -. Como quiera. Pero tenga en cuenta que no son de Nikolai Petróvich... me las regalaron otros señores. Pero si usted lo desea...
Abrió el cajón superior de la cómoda; sacó de allí un broche de diamantes, una sarta de corales, varios anillos y una pulsera, que entregó a la señora.
- Tome si lo desea, pero de su marido no he recibido nada. ¡Tome, hágase rica! - siguió Pasha, ofendida por la amenaza de que la señora se iba a poner de rodillas -. Y, si usted es una persona noble... su esposa legítima, haría mejor en tenerlo sujeto. Eso es lo que debía hacer. Yo no lo llamé, él mismo vino...
La señora, entre las lágrimas, miró las joyas que le entregaban y dijo:
- Esto no es todo... Esto no vale novecientos rublos.
Pasha sacó impulsivamente de la cómoda un reloj de oro, una pitillera y unos gemelos, y dijo, abriendo los brazos:
- Es todo lo que tengo... Registre, si quiere.
La señora suspiró, envolvió con manos temblorosas las joyas en un pañuelo, y sin decir una sola palabra, sin inclinar siquiera la cabeza, salió a la calle.
Abrióse la puerta de la habitación vecina y entró Kolpakov. Estaba pálido y sacudía nerviosamente la cabeza, como si acabase de tomar algo muy agrio.
En sus ojos brillaban unas lágrimas.
-¿Qué joyas me ha regalado usted? - se arrojó sobre él Pasha -. ¿Cuándo lo hizo, dígame?
- Joyas... ¡Qué importancia tienen las joyas! - replicó Kolpakov, sacudiendo la cabeza -. ¡Dios mío! Ha llorado ante ti, se ha humillado...
-¡Le pregunto cuándo me ha regalado alguna joya! - gritó Pasha.
- Dios mío, ella, tan honrada, tan orgullosa, tan pura... Hasta quería ponerse de rodillas ante... esta mujerzuela. ¡Y yo la he llevado hasta este extremo! ¡Lo he consentido!
Se llevó las manos a la cabeza y gimió:
- No, nunca me lo perdonaré. ¡Nunca! ¡Apártate de mí... canalla! – gritó con asco, haciéndose atrás y alejando de sí a Pasha con manos temblorosas
-. Quería ponerse de rodillas... ¿ante quién? ¡Ante ti! ¡Oh, Dios mío!
Se vistió rápidamente y con un gesto de repugnancia, tratando de mantenerse alejado de Pasha, se dirigió a la puerta y desapareció.
Pasha se tumbó en la cama y rompió en sonoros sollozos. Sentía ya haberse desprendido de sus joyas, que había entregado en un arrebato, y se creía ofendida. Recordó que tres años antes un mercader la había golpeado sin razón alguna, y su llanto se hizo aún más desesperado.

FIN