Buscador de Textos

Cargando...

FPPy

Inlitchi

Loading

Biblioteca Virtual Hispanica

martes, 29 de marzo de 2016

LA PLEGARIA DEL BURRO de Rafael Barrett


La reciente psicología comparada revela que los animales -sobre todo los animales superiores- tienen lo necesario para ser tan infelices como nosotros; deseos, inteligencia, manías morales, remordimientos y la ilusión de la responsabilidad. El perro es hasta religioso; su dios es el hombre. Consultad los estudios de Anatole France sobre Riquet, el can de monsieur Bergeret, y quedaréis convencidos. Maeterlinck, en su artículo Sur la mort d'un petit chien, opina igual, y asegura que el perro es la única especie con que se comunica la nuestra, de alma a alma. El caballo padece un espanto incurable. Está medio loco. Las otras bestias domésticas no piensan sino en tragar. Yo, y perdóneme el gran Maeterlinck, haría una excepción con el burro. Se le ha colocado científicamente junto al caballo, pero eso no prueba nada, como no prueba mucho nuestro parecido exterior con el mono. La naturaleza gusta de disfrazarse, y no es prudente juzgar por la cáscara al fruto. Creo que somos también los dioses del asno, y que su metafísica y su teología son más profundas, más alemanas que las del perro. El asno nos reza. Escuchemos su plegaria. No seamos sordos como las demás divinidades. Escuchemos:
«Hombre omnipotente, a ti me entrego en cuerpo y en espíritu. Tómame: ¿qué asno habrá bastante ciego para no ver que eres el creador del cielo y de la tierra? Si creas faroles y focos rechinantes que disipan las sombras nocturnas, vencedoras del sol, ¿no hemos de reconocerte el poder de crear el mismo sol y las exiguas estrellas? Y si creaste el pasto esencial, el grano absoluto, ¡oh señor de las mieses!, ¿no habrás creado plantas y cosas menos útiles? El que puede lo más puede lo menos. Hombre innumerable y sutil, dueño mío, tú fabricas establos sublimes y altas viviendas que duran tanto como cien generaciones de burros. Sin duda me engendraste a mí, que duro tan poco. Si existo, es por tu infinita bondad. ¿De qué te sirvo yo, torpe, lento, ingrato, irreverente, a ti, amo de los carros de fuego que devoran la distancia rodeados del universal terror? Tu mano sagrada sostiene mis horas. Cada minuto de mi existencia es un beneficio tuyo.
«Tú me das de comer -¡oh misterio adorable!-, tú permites que te transporte de un punto a otro, que oprima mis lomos tu excelsa persona. ¡Y cuántas veces te he llevado con sacrílega distracción! Pero cuando resplandece tu inagotable misericordia es cuando me castigas, cuando haces caer tu santísimo palo sobre mis huesos.
»Si te ocupas de mí, es con un fin trascendental. Me pegas desinteresadamente; me corriges como padre amoroso. Te propones elevarme a la vida perfecta. Tu rigor es benéfico. Mis pecados formidables merecerían torturas sin término. El crimen mayor del burro es su soberbia. Soy impaciente, colérico, cruel. Soy, además, lascivo. La lujuria de la burra, su perfidia disimulada a veces bajo las apariencias del pudor y de la virginidad, nos traen vergonzosas catástrofes. ¡Ay! La burra es amarga como la muerte.
»Tus palos divinos me indican mi deber; debo ser humilde, casto, resignado. No debo desanimarme en la lucha. La carne del burro es flaca, las tentaciones numerosas, pero Tú me ayudarás. Los cortos días que pasamos en un mundo de penas y de horrores oscuros, y lo inmenso de nuestros sueños, me dicen que el alma del burro es inmortal. Después que me hayan enterrado resucitaré, si fui burro y supe aprovechar las enseñanzas de tu palo santísimo; entonces me uniré a ti, y contemplaré en tu espléndido rostro la sonrisa de la eterna reconciliación.
»Entonces obtendré tus caricias, que aquí abajo serían absurdas. Cuenta la leyenda que un Hombre cabalgó sobre un asno sin fustigarle, y entró así en una ciudad donde les recibieron entre palmas. Aquel Hombre era débil, y los Hombres le pusieron en una cruz. Hicieron bien. Mi Hombre es el Hombre fuerte, el Hombre del palo. Sin el palo tu majestad sería inconcebible. Obedecido y reverenciado seas por los siglos de los siglos, y hágase tu voluntad, y no la mía. (Me parece que es lo que más me conviene por ahora)».
Publicado en "La Razón", Montevideo, 27 de mayo de 1909

La pluma de Rafael Barrett


 Miro mi pequeña pluma de
acero, pronta al trabajo, y pienso un instante:
 -Es descendiente legítima del
genio más alto de la humanidad, del Prometeo que surgió en una
lejana era geológica y robó el fuego de la Naturaleza. Es nieta de
los rudos vulcanos que aprendieron a concentrar la llama en hornos
de barro, separar el hierro de la escoria y dejar en la fundición
el carbono indispensable. Es hija de los forjadores del Asia que
descubrieron los efectos del temple, y fabricaron las hojas
damasquinadas proveedoras de tronos. En ellas hay un átomo de la
fatiga y de la angustia de los esclavos que faenaban con los
grillos en los pies. Y como está hecha a máquina, veo hundirse en
el pasado otra rama de su inmenso árbol genealógico. Ha salido de
la palanca y de la rueda, de la mecánica y de la geometría; luce en
ella un destello de Pitágoras y de Arquímedes, de Leonardo da
Vinci, Galileo, Huyghens y Newton. Ha salido del empuje del vapor
cautivo en los émbolos, y si por la metalurgia se emparienta con la
química, por el vapor se enlaza a la termodinámica, y a la pléyade
de los héroes industriales de la pasada centuria. Para crear la
pluma, los mineros enterrados vivos penan en las trágicas galerías,
al resplandor tembloroso de sus lámparas. Por ella perecen,
asfixiados o quemados por el grisú aplastados por los
desprendimientos, ahogados por las inundaciones subterráneas, o
lentamente destruidos por la enfermedad. Y para llegar hasta mí, la
pluma ha viajado a través de los continentes y de los mares, ha
utilizado todos los recursos de la ingeniería civil y naval; para
traérmela, el maquinista, colgado de su locomotora, ha pasado las
noches, bajo el látigo de la lluvia, con la mirada fija en el
vacilante fulgor que la linterna arroja sobre los rieles, y el
maquinista del steamer, en la atmósfera febril de las calderas, ha
espiado durante un mes la aguja de los manómetros, mientras el
piloto consultaba la brújula y el marino interrogaba los astros.
Los pueblos y los siglos, las ciencias y las artes, las estrellas y
los hombres han colaborado para engendrar la oscura plumita de
acero...
 «Lo pasajero no es más que
símbolo», decía Goethe. Y ciertamente la efímera pluma -tan efímera
que por la labor de un día se anquilosa, se oxida y sucumbe- es
símbolo de algo maravilloso ejemplo de la asociación, representa el
dominio de nuestra especie sobre la inquieta y amenazadora
realidad. No podrían encerrarse en este humilde pétalo de metal
tantos esfuerzos, tantos dolores, tantas ideas, tanto espacio y
tiempo humanos si no fuese una verdad sublime que hemos domado el
planeta, que transportamos la materia con la rapidez del viento y
el espíritu con la del rayo; que hacemos uno por uno prisioneros a
los salvajes seres sin forma que nos rodean, y nuestros ojos
empiezan a medir la distancia que nos separa de otros mundos. No lo
dudamos: cuando hayamos conseguido condensar toda nuestra alma,
todas nuestras almas en un punto -acaso más exiguo que la pluma de
acero- nos habremos apoderado de lo infinito efectivamente. ¿Y qué
es nuestra historia, sino la historia de la asociación? Los
individuos, las tribus, las naciones, las razas y las clases se
exterminan entre sí. Todavía hoy se llenan de cadáveres los campos
de batalla, y se gime en el hospital y en la cárcel, y se tortura y
se ahorca y se fusila; y la dinamita lanza su gran grito
desesperado... Y ved la pluma de acero, donde se abrazan y se
funden esas fieras convencidas de que se odian... No, no nos
odiamos aunque nos arranquemos las entrañas, porque el trabajo nos
mezcla con una energía superior a las que aparentan dirigirnos,
energía gemela de la que hace morderse y herirse a los sexos
fecundos. Y mañana seguiremos ensangrentando la tierra, y
asociándonos más estrechamente, y por lo mismo ensanchando nuestro
poder sobre el universo. Llamad odio o amor a lo que nos precipita
los unos contra los otros; ¿qué importa, si nos penetramos y nos
confundimos, y la muerte nos renueva? El odio esencial es la
indiferencia. No se odian los que creen odiarse ni los que creen
amarse, sino los que se ignoran.
 ¡Oh pluma modestísima, que
cuestas una fracción de centésimo y eres hermana de millones de
plumas tan modestas como tú, y como tú condenadas a una breve y
baja existencia! ¡Yo te respeto y te amo, y me pareces mucho más
bella que la orgullosa pluma de águila que recogieron para Victor
Hugo en una cima de los Alpes! Yo quiero morir sin haberte obligado
a manchar el papel con una mentira, y sin que te haya hecho en mi
mano retroceder el miedo.

 Publicado en

"La Razón", Montevideo, 5 de abril de 1910