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jueves, 8 de junio de 2017

EL ÁNGEL MALO QUE SURGIÓ DEL SUR Ángel Torres Quesada



Apenas terminó de materializarse, gritó:
-¡Ya está bien, coño!
El estentóreo bramido repercutió en toda la sala de la lujosa mansión del Sr. Aprieto, que palideció y se quedó encogido en el sillón donde había estado dormitando, vencido por el cansancio y tantas horas de aburrida espera.
Sus ojos se abrieron a continuación como platos y bailotearon vertiginosamente, como si un centenar de chistularis ensayaran dentro de su cabeza aún aturdida, a todo ritmo, la zarabanda que debían interpretar en la plaza mayor del pueblo el día del patrón.
Quizá fueron las esencias de tantas mixturas pseudomágicas que ardían las que provocaron el trance en que se había sumido y del que la voz fuerte, de ultratumba, le sacó tan violentamente.
Con un temblor en sus piernas que a veces le hizo entrechocar las rodillas, se incorporó, realizando un gran esfuerzo para sobreponerse al miedo, la sorpresa, y sus deseos, sobre todo, de salir corriendo de allí. Pero algo en su interior le dijo que ya no podía volverse atrás. Tenía que enfrentarse a lo provocado.
Sacó pecho, hundió estómago y adelantó el mentón. Luego intentó mover una pierna y… todos sus propósitos se vinieron abajo: seguía con aquel miedo que le aplastaba los hombros. ¡Adelante!, se dijo. Echó una mirada al personaje que continuaba despotricando a un par de metros de sus narices. Aprieto tenía detrás la mesa de nogal que le aprisionaba en los riñones, pero que al mismo tiempo sostenía su precaria posición vertical. Aumentó su apoyo en ella, acomodando sus posaderas en el canto para apuntalar su cuerpo lleno de temblores.
Entonces la visita se revolvió hacia él, y le miró como se contempla una cucaracha antes de aplastarla.
-He dicho que ya está bien, coño -repitió el personaje-. ¿Es que no me ha oído?
¿Cómo no iba a oírle si hasta había hecho oscilar los sólidos muros de la señorial mansión de sus antepasados? El Sr. Aprieto aspiró profundamente. ¿Por qué tener miedo? Al fin y al cabo, el diablo estaba allí porque él lo había llamado. Además, mientras el ente diabólico permaneciera dentro de los signos cabalísticos nada podía temer. Allí estaba más seguro que en el penal de Ocaña.
Carraspeó y dijo:
-El diablo, supongo.
-Eso, y usted es Livingstone. ¿Quién voy a ser si no, joder?
-Es que como ha tardado tanto…
-Pues no pensaba acudir a la llamada, ea.
Aprieto le miró estupefacto, fijándose con más detenimiento. El aspecto del diablo no tenía nada de aterrador. Por el contrario, consideró ridícula e inadecuada su vestimenta, ya que en el exterior hacía fresco, un airecillo frío que se filtraba por las mal encajadas ventanas, por lo que él se llevó un buen rato antes de hacer la invocación, atizando el fuego que aún crepitaba con fuerza en la chimenea, con el exclusivo fin de proporcionar a la esperada visita el acogedor ambiente que merecía.
-¿Por qué ha dicho que no quería venir? -preguntó susurrante.
-¡Porque estoy hasta los mismísimos cojones de aparecer tan a menudo! -resopló, y sus ojos se encendieron como brasas, lo que le resultó lógico al Sr. Aprieto-. Ya está bien que se me utilice tanto últimamente: que si Belce por aquí, Elfegor por allá, y Lucifer por todas partes, para un zurcido y un añadido. ¡Hombre, que no hay derecho! ¿Es que ustedes no pueden pasarse sin mí? ¿Tan pajoleros son que no pueden resolver sus problemas sin mi intervención? Jodidos humanos de este jodido tiempo y de esta jodida dimensión, nada nueva en cuanto a ofrecer, por cierto.
El Sr. Aprieto pensó en sus amigos, uno de Santurce y tres de San Sebastián, a los cuales pidió consejo y ayuda con el fin de conocer las triquiñuelas y misterios necesarios para convocar al diablo. Se dijo que cuando lo contase no iban a creerle, porque explicar que el demonio se había presentado en camisa estampada de flores, pantalones cortos y playeras, no iba a resultar una imagen que correspondiera con la más severa tradición.
Pero de aquel personaje en prendas veraniegas emanaba algo que le inducía a pensar que no existía falsificación, fraude, plagio o intento de engaño. Vamos, que no se trataba de una broma por parte de algún conocido, que intentase cachondearse con él sabiendo lo que se proponía llevar a cabo esa tarde. Nada de eso. Estaba ante un auténtico diablo, pese a la vulgar indumentaria. Pero aún conservaba una ligera duda, porque se había expresado muy soezmente y con escasa respetabilidad. Claro que, por otro lado, él nunca había visto al diablo, pese a los muchos cuentos leídos de apariciones satánicas, ventas de almas y otras sandeces, sobre todo de autores de poca imaginación, peor estilo y con indicios claros de haber tomado ideas prestadas de la literatura foránea, aunque tales historietas podían ser consideradas como originales por lectores poco duchos en la literatura fantástica y de SF. Pero el Sr. Aprieto, que tenía un gran olfato, en seguida detectaba el plagio descarado gracias a su profunda cultura y conocimientos plumíferos.
Se dijo que debía comportarse como un educado anfitrión, una vez superado el trauma de la sorpresa y alejado el miedo inicial. Por lo tanto, con un gesto grandilocuente, invitó al diablo a sentarse, y este lo hizo después de bufar, resoplar y tirarse un pedo largo y prolongado. Ante esto, Aprieto ni se inmutó, y terminó tomando asiento después de que lo hiciera su visita. Le observó cruzar unas piernas flacuchas, que mostraron chamuscadas las regiones pilosas más pobladas. Gajes del oficio, se dijo.
-Señor Diablo -empezó a decir, queriendo insuflar a su voz una calmosa naturalidad. Fracasó estrepitosamente, porque le salió aguda y temblona-, siguiendo las más estrictas normas vigentes en casos tan singulares como este, tengo a bien suplicarle que su presencia en mi casa, que es la suya, sea…
El demonio le miró torvamente, como era su costumbre, pero además añadió un marcado gesto de nauseabundez.
-Oiga, hábleme de manera corriente, para que nos entendamos, pues de donde vengo son más claros y ya me he acostumbrado a llamar las cosas por su nombre, sin rodeos. ¡Ah! No olvide que aún estoy considerando la posibilidad de largarme con viento caliente y dejarle ahí sentado.
Aprieto palideció un poquito. Deglutió, ya que no le gustaba tragar saliva trabajosamente, y dijo:
-La verdad es que no entiendo su actitud, Sr. Diablo. Parece estar enfadado. Lamentaría que fuera por mi culpa, ya que siento por usted un profundo respeto y admiración. Si he ejecutado algún acto erróneo en la conversación, dígamelo. Puedo alegar en mi defensa que ha sido la primera vez. En sucesivas ocasiones corregiré los posibles defectos habidos. Sentiría muchísimo ser marginado de su amistad por…
-¡Qué no, coño! No es solo por usted. Mire, es que llevo una temporada saturada de trabajo. -Se apaciguó un poco tras lanzar dos largos resoplidos-. Antes de llegar estuve por allá abajo, pegándole un coscorrón a un tipo que se las da de escritor y utiliza mucho mi nombre sin pagar royalties. ¡Me trae harto! Previamente tuve unos enormes problemas en Malaguay, esa republiquita bananera, a consecuencia de los cuales casi pierdo mi categoría de Jefe Supremo del Averno por problemas laborales. Y con anterioridad, un infeliz aprendiz mío, que ahora barre las cavernas y friega las calderas, me formó un lío endemoniado, y nunca mejor dicho, en el futuro porque allí existe un complicado sistema monetario. Mientras tanto no dejé de formalizar pactos con gente de toda calaña, desde el imbécil que pretendía una quiniela de catorce, pasando por el ministro que deseaba empapelarse a un periodista de la prensa amarilla, dejando atrás al presidente de la federación que ansiaba convertir en bombona de butano a cierto locutor de radio, o aquellos travestís y andróginos que no veían la hora de ver realizados sus deseos más íntimos. Vamos, que no he parado. Me he dicho que ya está bien. Tengo merecido un descanso, ¿no?
-Oh, sí. Estoy seguro que se merece eso. Verá, es que mi caso es muy especial. Confío que pueda dedicarme unos instantes de su tiempo, ya que al fin y al cabo es eterno, ¿no?
El diablo miró a Aprieto de arriba abajo, con desdén.
-No me interesa. Tenemos el cupo de almas completo, ocupado hasta el último rincón del infierno. Cerrado el negocio, vamos. Cómo se dice, overbooking, ¿entiende? Después de esta llamada no contestaré ninguna más en un montón de años. Descolgaré el teléfono. Lo último que haré será venir a este país. No tengo necesidad de prestarle mucha atención para que estén todos jodidos. Con los ministros que tienen van aviados. Me limitaré a dejárselos una temporada larga. ¡Sí señor, yo soy así de perverso!
-Bueno, yo… Es que me dieron una recomendación para usted…
-¿Y no le da vergüenza? -El diablo meneó la cabeza-. No, si debí haberme figurado que pasaría algo semejante. En este país ocurren esas cosas. Amiguetes, capitalistas, circulitos conchabandos y demás. Señor mío, eso de las recomendaciones está muy feo.
-Es que procede de una persona muy importante…
-Jo, jo. Me río yo de esos. Para mí no vale recomendación alguna, venga de quien sea.
-Es del cura párroco del pueblo.
El diablo alzó las manos y abrió la boca.
-¡Ah, viniendo de ese todo cambia! Lo conozco y no puedo negarle nada. Me hace muchos favores enviándome cantidades de clientes. En tal caso haré una excepción con usted, señor suyo.
-Querrá decir señor mío, ¿no?
-Eso se lo diré cuando me apropie de su alma, pues imagino que es lo que piensa entregarme a cambio de… Por cierto, ¿qué desea?
Aprieto aspiró profundamente, abombó el pecho, y dijo con solemnidad:
-Quiero ser el mejor escritor de ciencia ficción del mundo.
-¡Coño! -exclamó el diablo, verdaderamente sorprendido.
Aprieto siguió diciendo:
-En realidad, me considero ya el mejor de este país, pero…
-¿Entonces? No comprendo.
-Mire, señor Diablo. He dicho que quiero ser el mejor, el más leído, admirado, venerado, envidiado, idolatrado, y a quien los editores le supliquen un relato o novela; a quien los productores de cine le disputen los derechos de sus obras para llevarlas a la pantalla grande o chica. También sueño con ser el más traducido, y quien más galardones obtenga.
-Ya lo comprendo. ¡Usted lo que quiere es dominar el idioma inglés como si fuera el suyo y escribir para los Estados Unidos!
-¡No! Eso no tendría mérito para mí. No quiero que luego se me traduzca al castellano. Tengo que triunfar aquí, pese a los contubernios de los editores y sus amiguetes; pasar por encima de modas y estilos, de todas esas zarandajas. ¡Mis obras han de ser consideradas las mejores y traducidas a todas las lenguas del mundo, que me editen libros y recopilaciones por millones, y mi nombre sea más conocido que los de Asimov, Heinlein y Bradbury juntos, que a mi lado no sean sino aprendices!
El diablo se pasó un dedo por los labios, en sensual caricia, mientras contemplaba con ojos entrecerrados a su posible cliente.
-Me resulta usted un poco modesto, caramba. Dudo que su alma valga tanto para que yo la acepte a cambio de semejante trabajo. Sería más sencillo si aspirase a ser presidente de este país, porque comparado con lo que ambiciona es una minucia.
Aprieto le miró despectivo y lleno de rencor.
-Comprendo, comprendo. Mucha propaganda por ahí, y luego todo queda en nada. ¡Solo fachada y vulgar publicidad!
-No se moleste en herir mi amor propio -protestó el visitante-. Es que hay solicitudes y solicitudes. Confiese que la suya es de las más peliagudas que me han hecho.
-El párroco. Recuerde al párroco.
-Déjelo estar, ¿eh? Bueno, haré lo que pueda. -Meditó un instante-. Tengo que volver abajo, reunirme con mis consejeros, y tratar de solucionar el asunto. Desde luego, nunca deseé tanto unas vacaciones como en estos momentos -terminó suspirando.
Su interlocutor no pareció satisfecho.
-Yo pensé que usted lo conseguía todo y al instante.
-¿Cómo? ¿De qué forma supone usted que trabajo?
-Pues no sé… Por ejemplo, que se limita a chasquear los dedos, y todos los editores empiezan a suplicar que les entregue mis obras, al mismo tiempo que arrinconan las de otros escritores. Seguidamente, del extranjero llegan solicitudes para obtener mis permisos de traducción y…
-Eso es. Mientras tanto yo, ¡hala!, a mover y reacondicionar a miles de millones de mentes, adaptando los gustos del mundo a sus paridas, haciendo que los lectores se emboben con las creaciones de la gran revelación del siglo. Ah, no. No resulta tan sencillo. Mire, usted me pide un montón de oro y se lo doy. ¿Un kilo de billetes de cinco mil? Pues hecho. ¿Una quiniela de catorce? Nada más fácil: me traslado al futuro, leo los resultados y se los comunico. Claro que no podría garantizarle si el premio sería para usted solo o tendría que repartir entre tres o cuatro mil apostantes más. En tales cosillas no hay problema. En cambio lo otro…
-¡Pues yo quiero ser el mejor escritor de ciencia ficción del mundo y no otra cosa!
El diablo se levantó iracundo.
-Que sí, hombre, estudiaré su caso. Mientras tanto, tenga -le tendió un pergamino enrollado.
-¿Es el contrato? ¿Ahora?
-Claro. Es preceptivo. Tengo que volver al infierno llevándolo. De otra forma no podría empezar a trabajar en su caso. Son cosas de la legislación vigente, ¿sabe?
-Pero si aún no me ha garantizado nada…
-Escuche: de la forma que sea, hallaré el medio para que se convierta en el mejor y más popular escritor de SF del mundo. El cómo no le importará a usted, sino el resultado. ¿De acuerdo?
Después de una corta vacilación, Aprieto cogió el pergamino y trazó su irreconocible firma con el bolígrafo que nunca abandonaba y cuya carga no parecía gastarse jamás.
-Confío en usted. -Hizo un esfuerzo y añadió-: tiene aspecto de ser un caballero.
-Pues ya verá cuando vuelva. Entonces traeré mi traje de los sábados. Es que así, como me ve, voy mejor por las tierras calurosas donde he estado ahora, muy fresquito. ¡Hace tanto calor por las costas del Sol y la Alegría!
-¿Le molesta el calor? -preguntó, mosqueado, Aprieto. ¿Y si al final aquel tipo fuera un farsante? Se mordió los labios y decidió callar. Con su desconfianza y recelos innatos podía echarlo todo a perder si expresaba en voz alta sus temores y el diablo se ofendía, dejándole allí con un palmo de narices.
-El calor del sol, sí. -Rápidamente, el otro puso los ojos en blanco, como recordando un placer sublime-. Pero si viera lo agradable que es la temperatura de mi hogar, siempre estable a cinco mil grados. -Se alzó de hombros, resignado-. En fin, mejor no pensar. Me voy y vuelvo en seguida. No se vaya, ¿eh?
Desapareció.
Aprieto solo tuvo tiempo de parpadear dos veces. A la tercera de nuevo estaba allí el diablo, pero ahora con un impecable traje de pata de gallo, corbata roja y camisa de seda color canela con chorreras y bordados de plata.
-Bueno, todo arreglado -dijo, sentándose en el mismo sillón que había abandonado tres segundos antes.
-¿Tan pronto? ¿Cómo es posible?
-Es muy sencillo. Yo me muevo por el tiempo, amigo. Para mí la reunión que he tenido con mis consejeros ha durado dos días. ¿Por qué iba a hacerle esperar tanto? Ya está todo resuelto -añadió, sonriendo con la satisfacción del profesional que cumple con un trabajo nada fácil.
-¿De veras? -inquirió Aprieto, frotándose las manos.
El ente diabólico se puso súbitamente serio, unió las puntas de sus dedos y comenzó a decir brevemente:
-En cierto modo no ha resultado sencillo. Traigo una oferta para usted. Es la única factible, le advierto. Si no es de su agrado la rechaza, o rompemos el compromiso, y aquí no pasa nada. Usted y yo seguimos siendo no amigos, pero tampoco enemigos.
La risueña expresión de Aprieto se difuminó de repente.
-Explíquese -pidió.
-A eso iba. Mire, podemos conseguir que sea el mejor escritor de ciencia ficción de este mundo… o del que sea preciso.
-No entiendo ni puta palabra.
-Joder, preste atención. Además de moverme por el tiempo, yo también cubro una serie de mundos paralelos a este, algunos miles.
-¿Es que existen de verdad esos tan traídos y llevados mundos paralelos?
-Desde luego. La noticia se la vendí a un colega suyo, que la usó como idea para uno de sus libros de SF hace ya mucho tiempo. Como el servicio no era muy importante, por mi parte solo le pedí, a cambio, el alma del dedo índice derecho. Eso sí, el derecho, para fastidiarle. Además de ser muy conservador le gusta metérselo en la nariz, y sin alma dedal no resultaba muy eficaz.
-Pues no podía imaginarme que se vendiera el alma en general por partes, no.
-En realidad fue una operación a plazos, porque al final conseguí el resto. El cliente en cuestión se habituó y acabó vendiéndola enterita, pero por un importe total muy inferior de haber hecho la transacción de una vez. No hizo buen negocio. Eso pasa a los timoratos. Por eso me gusta usted, amigo. Dice: venga, allá va mi alma, de un tirón. Me resulta muy majo, sí señor. He simpatizado con usted por tales motivos, además de la mala uva que tiene.
-Oiga, sin faltar, que yo no…
-No se ponga así, hombre, que nos conocemos bien. Sigamos. Mi plan es el siguiente: yo le traslado a un mundo donde no existan escritores de ciencia ficción, para que usted se convierta en el mejor.
Aprieto estuvo a punto de caerse de la silla, de tal magnitud fue la impresión
que recibió. Se sobrepuso y pudo balbucir:
-Pero… eso no es lo que quiero. Ese mundo resultaría muy diferente. Quizá no me gustara…
-Nada de temores. Hemos encontrado uno en donde la ciencia ficción está por descubrir. -El diablo sonrió de forma tremendamente endemoniada y llena de picardía-. ¿Por qué no usa la imaginación y elucubra con las posibilidades que le pongo al alcance de su máquina de escribir?
-La verdad es que no logro captar… -confesó con un poco de vergüenza al admitir que a veces tenía que suplir con grandes esfuerzos la falta de originalidad de sus escritos, circunstancia que luego criticaba hasta la saciedad en otros colegas-. Además, eso de ir a un mundo diferente a este… No sé… Podría ser tan distinto… Por ejemplo, sin cine, sin chicas en monokini o, lo que es peor, en donde la Real Sociedad no hubiera ganado la liga al Real Madrid. Resultaría un universo horrible, ¿no?
-Me ofende, amiguete. He dicho que sería un mundo exacto a este, al suyo, excepto que Hugo Gernsback no habría descubierto la SF, ni tampoco existirían Wells o Verne, ¡Por mis pezuñas! ¿Es que sigue sin comprender?
Hundido en la silla, Aprieto negó con tímidos movimientos de cabeza.
El diablo suspiró y, pacientemente, dijo:
-Yo pongo en sus manos todos los temas y argumentos de SF que se han usado en este mundo, miles de novelas, cuentos, relatos cortos o largos. Podría dejar de escribir solo relatitos de media docena de páginas y dedicarse a las grandes obras, desde la Guerra de los mundos, 1.984, Dune, Pórtico, Universo de locos, Fundación, Cita con Rama, Todos sobre Zanzíbar, la tetralogía de los dioses de Dhrule, mejorándola, claro. Nunca digas buenas noches a un extraño, Gabriel… ¿Qué le parece?
Tras ponerse blanco y luego rojo, Aprieto despidió unas chispitas extrañas por sus ojos.
-¿Yo podría escribir todo eso? Claro que… -se tornó serio de súbito-. ¡Eso nunca lo haré! ¡Sería una vergüenza, indigna de un profesional de mi clase! ¡Lo que me propone es un plagio, descomunal y monstruoso!
-Sería un plagio en este mundo, pero no en el que iría a vivir. -El diablo se alzó de hombros-. Allá usted. Lo toma o lo deja. Pero antes debe meditar seriamente la respuesta. No tengo ya mucho tiempo. Estoy ansioso por marcharme de vacaciones. He reservado un apartamento en el barrio más ardiente y aristocrático del infierno, cerca de las cavernas de lava y los grandes lagos de magma.
Aprieto se dejó caer en el sillón, entrecerrando los párpados.
Pensó.
Se vio a sí mismo reescribiendo las obras maestras, convirtiéndose en la sensación de millones de lectores que se pasmarían ante su increíble inventiva, incapaces de dar crédito a tantos libros que con su firma inundarían el mercado, una auténtica riada de imaginación y creatividad. Sí, el diablo tenía razón. En el universo paralelo nadie podría acusarle de plagio porque las ideas serían inéditas. Además, tendría donde elegir, tanto que ni en mil años podría trasladarlo todo al papel, lógicamente con un gran estilo y personalidad. Todas las obras, incluso las mediocres, tras pasar por sus manos, ganarían calidad. Lamentó no haber pedido también la inmortalidad y así disponer de tiempo para lanzar a los absortos ojos del mundo lector cientos y cientos de originales, que aunque no suyos, nadie podría negarle la paternidad de la producción literaria más increíble jamás vista.
Admitió que la propuesta era tentadora.
Abrió los ojos y exclamó:
-¡Acepto!
-Magnífico -sonrió el diablo, empezando a levantarse.
-¿Cuándo me enviará a ese mundo?
-Ya está en él -soltó una carcajada-. Y no tema, que no encontrará nada que le conturbe. Tendrá sus amigos y familiares, todos. Se enfrentará con los mismos problemas que dejó en el otro mundo, donde no conseguía triunfar. Hasta padecerá de dolores de cabeza a causa del tráfico, el aire contaminado y la inflación. Por supuesto, la Real habrá ganado la liga y el Mundial se celebrará el año previsto, si antes los políticos que rigen el mundo, que aquí son igual de chapuceros como en el otro, no envían al carajo el planeta. En fin, que todo lo encontrará idéntico, excepto que nadie habrá escrito ni leído, por supuesto, ni una novela de SF. En sus manos está ahora la posibilidad de crear la historia de ese género que, con todos mis respetos, me parece una sandez. Además, como regalo particular, dispondrá de una memoria de elefante y recordará, hasta la última coma, todas las novelas y relatos que haya leído. Así podrá reproducirlos fielmente o cambiarlos a su gusto.
-Entonces, ¿ya está todo dispuesto?
-Desde luego. Ah, suelo hacer una visita de cortesía a mis clientes al cabo de unos años, tras haberles satisfecho su deseo. En cierto modo me gusta contemplar como se depauperan los cuerpos y el alma se escapa despacio, muy despacito. -Soltó una cantarina carcajada.
Asustado, Aprieto preguntó:
-¿Va a tenderme una trampa? ¿Acaso sabe que voy a morirme pronto y no dispondré de tiempo para ser célebre y rico?
-Nada de eso. Llegará a viejo. Será un ancianito dentro de… -hizo un cálculo rápido- cincuenta años, más o menos. Entonces será cuando le visite, en el momento en que le reste poco tiempo de vida en este mundo, al cual ha llegado gracias a mí.
Y el diablo desapareció, sin dejar un pajolero rastro de azufre, como Aprieto había temido. Entonces se asomó a la ventana, un poco receloso. Pero al otro lado de los árboles brillaba la campiña, y los pájaros cantaban alegremente. Más allá discurría la autopista, repleta de coches que buscaban un poco de espacio en el campo aquel fin de semana. Todo era igual. Los modelos los mismos, y los automovilistas tan enfadados como siempre.
Aprieto se sintió feliz.
El más feliz de los mortales. Y pronto sería el mejor y más famoso escritor de SF de todo el mundo.
Tal como le había prometido el diablo, Aprieto recibió su visita una tarde de otoño, al cabo de los años. Se hallaba sentado muy cerca de la estufa, junto a la ventana. Lejos, la triple autopista estaba cubierta por una masa tres veces mayor de coches que cincuenta años atrás.
-Hola -saludó el diablo-. Le encuentro un tanto apagado. Hombre, que aún falta bastante para que pueda mostrarle los encantos de mis Reinos Profundos. Ea, vamos, levante esos ánimos. ¿Qué le pasa?
Aprieto le miró compungido. El diablo, que había estado muy ocupado durante aquel medio siglo transcurrido en otros tiempos y dimensiones, nunca nada originales, le devolvió el gesto triste, aunque con mucha extrañeza.
-¿Pero a qué viene esa cara tan mustia? ¿Es que no es feliz siendo el mejor autor de SF, tal como deseaba?
-¡Mierda! -gimió el viejo.
-¿No? ¿Pues qué ha pasado?
-¿Va a decirme que no lo sabe usted, condenado diablejo?
-Le juro por mi rabo que no. Vamos, créame. Yo no suelo estar espiando constantemente a mis clientes. Cuénteme. Estoy intrigadísimo.
El anciano se sorbió dos velas que le caían de la nariz, tomó un buchito de tila, que en los últimos años había consumido por toneladas. Dejando a un lado el incipiente enfado, dijo roncamente:
-He fracasado.
-¡No es posible!
-Sí lo es. Mire, señor diablo. Me puse a escribir como un loco, o si prefiere,
a reescribir todo lo mejor que había leído. Fueron montones de originales, que enviaba a un tal Ombligo Santo, que por aquel entonces editaba una colección de novelas pornográficas llamada el Coño Tallado y otra del oeste, creo que era Nueva Frontera del Far West. ¡Pues nada! Ni el Ombligo ni otros editores me publicaban nada. Así, ¿cómo iba a ser célebre? Me decían que mis escritos eran muy raros, que no valían, y que si ningún escritor yanqui había producido algo parecido era fácil deducir que el tema, que yo llamaba lógicamente ciencia ficción, no tenía ningún porvenir ni presente ni futuro en la literatura. Luego, algunos, me sugerían que me dedicase a novelas policíacas o del oeste, que entonces sí que serían publicadas. Pero de SF no querían ni oír hablar.
¡Puñetas! -exclamó el diablo-. No esperaba yo que pudiera ocurrir esto. Lamento haberle defraudado, amigo mío. Pero yo fui muy sincero y le advertí que usted tenía que forjarse, con sus propios medios o los que le proporcionasen esos autores del universo que dejó, el triunfo. No pude hacer más.
-No, si en realidad apenas le guardo rencor, señor demonio.
-Me alegro que se tome el asunto tan filosóficamente. -Miró la habitación,
y sintió admiración ante tanto lujo como contenía-. Vaya. Al parecer las cosas tampoco le han ido muy mal, ¿no?
-Psché. No puedo quejarme económicamente. He ganado mucho dinero. Al final hice caso a Ombligo Santo, que no paraba de vender novelas porno y del oeste por millones, y se forraba el tío. Ahora, gracias a mí, es multimillonario. Soy su autor preferido, y afirma que con publicar mis novelas tiene bastante. A los demás escritores les dio hace tiempo la patada.
-¿Cómo ha sido posible ese milagro, con perdón?
Una tristeza infinita inundó el rostro del anciano cuando dijo:
-Tengo fama, sí. Y admiradores por millones, cierto. Bueno, en realidad son admiradoras. Mis novelas románticas se adaptan por docenas al cine y a la televisión, y se serializan por radio a lo largo de centenares de capítulos diarios. Hasta se traducen al chino y al arameo. En fin, que soy el mejor escritor del mundo, el más célebre y admirado, por mis novelas rosas…
Y se le saltaron dos lagrimitas, que discurrieron suaves por las arrugadas mejillas. Muy despacio, el célebre autor Don Ramón Aprieto se las secó con un pañuelo.

FIN


Nueva Dimensión 141

EN EL AÑO 1627 UN BARCO ZARPA DE LA BAHÍA DE SAN JUAN Luis López Nieves



A Adeline Kuang:

Dice que la ciudad comienza a cansarla. Le aburre contar las ventanas entre las calles del Cristo y de la Cruz. Ese juego ya no la entretiene. Le sugiero que salgamos a la campiña pero ella dice que no, que le aterra salir de las murallas, que afuera todo es insectos, malezas, bestias, indios salvajes. Dice que esta isla se ha convertido en un castigo, en el antiparaíso, y que ya no sabe qué hacer. Afuera de las murallas es un infierno, dentro de las murallas es otro infierno, y ya le cansa contar ventanas.
Desde la última invasión de los holandeses, hace dos años, no se encuentra un libro para leer. La ciudad quemada, casi en ruinas; la catedral silenciosa. Ya no se oye el repicar de las campanas que se robaron los holandeses sacrílegos, ni la música del órgano que destrozaron con sus hachas. Las paredes de las casas están cubiertas de cenizas. Y ese persistente olor a quemado, a hecatombe, ha cambiado el aire que se respira en la ciudad. El cielo es un domo de nostalgia, el cabalgar de los caballos es diferente; nada, nada es igual en San Juan Bautista.
«Es el fin del mundo» dice ella de pie, en el medio de la sala, mirando las vigas del techo y soltándose el largo cabello negro que yo tanto amo; y así, vestida con su traje blanco, de pronto se sienta en el suelo, en el mismo centro de la sala, y con los codos sobre las rodillas empieza a llorar de golpe. Las esclavas corren a socorrerla pero ella ordena que la dejen quieta, que no le pasa nada; me mira a través de las lágrimas y repite que es el fin del mundo, que los holandeses nos han robado la ciudad. Devastado, impotente, la miro en silencio porque no sé qué decir.
La dejé en el muelle de la Puerta de San Juan y luego subí a mi balcón. Desde entonces me he negado a bajar. Vi su barco partir de la bahía: me dijo adiós con su mano enguantada mientras nos mirábamos en silencio. Ella con sonrisa inevitable, dolorosa; yo con lágrimas que ella no podía ver porque estaba lejos. El barco zarpó. María Cristina en su ancho traje de algodón rosado, al lado del mástil principal, me saludaba despacio. Yo veía el agua tan azul de la bahía, el traje volátil de mi mujer azotado por la brisa, las velas del galeón que ondulaban como alas gigantescas; blancas y leves flotaban en el viento. Y esa brisa se llevó la nave. Tras llegar a la boca de la bahía desapareció rumbo a Sevilla. Y yo sigo aquí en el balcón, sentado, escrutando día tras día el vil horizonte.
Esa procesión que pasa frente a mi casa, afligida y nocturna, no me emociona. Apenas escucho el rosario que las mujeres repiten en voz baja. Sigo sentado en mi balcón, velando el horizonte debajo de la luna. Esas antorchas y farolas que con su luz abren la noche, ya no me importan nada. La Semana Santa no significa nada. Este próximo domingo, Día de la Resurrección, no tendré nada que celebrar. La Catedral no podrá doblar las campanas, el coro cantará sin órgano y yo dormiré sin el aroma suave del cabello de María Cristina. Es el fin del mundo.
Anoche pasó otra procesión frente a mi casa. Aún quedan cabos de vela en la calle. Las señoras y las niñas vestían de negro, cubrían sus cabezas con mantillas negras, y la luz amarillenta de las teas y farolas iluminaba las ventanas que mi mujer ya no quiso contar. Yo escuchaba la letanía de las caminantes y la recordaba a ella en esa misma calle, su traje blanco en el sol, pero me bastaba cerrar los ojos un instante para recordar el galeón que abandonó la bahía lentamente, el traje rosado enardecido por el viento, el guante blanco diciéndome adiós.
Me acusan de misantropía. Quieren que renuncie a mi balcón. Mis amigos me invitan a la plaza o quieren llevarme a cabalgar. Me sugieren que tome el sol. Los veo a todos muy preocupados y los comprendo, creo que yo haría lo mismo por un amigo, pero es que a mí ya no me importa. Ayer estuve a punto de insultar al Obispo, quien permaneció casi toda la tarde conmigo en el balcón e insistió en escuchar mi confesión, pero me negué a contarle nada. Me dice que estoy enfermo, que padezco melancolía, y me pide que lo acompañe a la Catedral, a ese mismo edificio de paredes chamuscadas que tanta tristeza causó a mi mujer desde que se quedó sin música ni campanas. Pero no me importa lo que piense él ni nadie. Así se lo dije esta mañana al mismo Gobernador, quien también vino a pedirme que abandonara el balcón. Me habló sobre mis deberes ante los súbditos de la corona, ante el Rey, ante Dios. Luego, en tono severo, me recordó que soy biznieto de conquistador y médico de la ciudad. Dijo que los enfermos me necesitan. Mientras me hablaba bostecé muchas veces y me dediqué, como siempre, a examinar el horizonte en espera del traje ancho de María Cristina.
Mis esclavas, las pobres, no dicen una palabra. Cuando traen las bandejas de comida creo ver algo de tristeza en sus ojos, aunque no puedo estar seguro porque sé que nunca me han querido. No importa. Seguirán llevándose las bandejas como las trajeron, sin tocar, con la comida intacta, y yo me quedaré en el balcón esperando el galeón que deberá volver. Lo que me han dicho mis amigos con voz temblorosa, y luego repetido el Obispo y el Gobernador en tono misericordioso, no es cierto. Es una mentira abominable. Sé que no hubo ninguna tormenta en alta mar. Es sólo un rumor. Tiene que serlo. Yo esperaré en este balcón hasta que vuelva el galeón, sus velas tremolando como alas gigantescas. El traje rosa estará junto al mástil. Volveré a sentir el aroma suave del cabello de mi mujer, la caricia lenta de su mano en mi rostro.

2004


EL MITO DE SÍSIFO Albert Camus



Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso.
Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.
Si se ha de creer a Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales. No obstante, según otra tradición, se inclinaba al oficio de bandido. No veo en ello contradicción. Difieren las opiniones sobre los motivos que le convirtieron en un trabajador inútil en los infiernos. Se le reprocha, ante todo, alguna ligereza con los dioses. Reveló sus secretos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre le asombró esa desaparición y se quejó a Sísifo. Éste, que conocía el rapto, se ofreció a informar sobre él a Asopo con la condición de que diese agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestes.
Por ello le castigaron enviándole al infierno. Homero nos cuenta también que Sísifo había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, quien liberó a la Muerte de manos de su vencedor. Se dice también que Sísifo, cuando estaba a punto de morir, quiso imprudentemente poner a prueba el amor de su esposa. le ordenó que arrojara su cuerpo sin sepultura en medio de la plaza pública.
Sísifo se encontró en los infiernos y allí irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver este mundo, a gustar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, ya no quiso volver a la sombra infernal.
Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron para nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por la fuerza, le apartó de sus goces y le llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca. Se ha comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es en tanto por sus pasiones como por su tormento.
Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. no se nos dice nada sobre Sísifo en los infiernos. Los mitos están hechos para que la imaginación los anime. Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces como la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volverla a subir hacia las cimas, y baja de nuevo a la llanura. Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra.
Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca. Si este mito es trágico lo es porque su protagonista tiene conciencia.
¿ En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito?. El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo.
Pero no es trágico sino en los raros momentos en que se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde conoce toda la magnitud de su condición miserable: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no venza con el desprecio.
Por lo tanto, si el descenso se hace algunos días con dolor, puede hacerse también con alegría. Esta palabra no está de más. Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la dicha se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poderla sobrellevar. Son nuestras noches de Getsemaní.
Pero las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas. Así, Edipo obedece primeramente al destino sin saberlo, pero su tragedia comienza en el momento en que sabe.
Pero en el mismo instante, ciego y desesperado, reconoce que el único vínculo que le une al mundo es la mano fresca de una muchacha. Entonces resuena una frase desesperada: “A pesar de tantas pruebas, mi edad avanzada y la grandeza de mi alma me hacen juzgar que todo está bien”. El Edipo de Sófocles, como el Kirilov de Dostoievski, da así la fórmula de la victoria absurda. La sabiduría antigua coincide con el heroísmo moderno. No se descubre lo absurdo sin sentirse tentado a escribir algún manual de la dicha. ” Eh, cómo!. ¿ Por caminos tan estrechos…?”. Pero no hay más que un mundo. La dicha y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. Sería un error decir que la dicha nace forzosamente del descubrimiento absurdo. Sucede también que la sensación de lo absurdo nace de la dicha. “Juzgo que todo está bien”, dice Edipo, y esta palabra es sagrada. Resuena en el universo y limitado del hombre.
Enseña que todo no es ni ha sido agotado.
Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y afición a los dolores inútiles.
Hace del destino un asunto humano, que debe ser arreglado entre los hombres. Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece.
Su roca es su cosa. Del mismo modo el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos.
En el universo vuelto de pronto a su silencio se alzan las mil vocecitas maravillosas de la tierra. Llamamientos inconscientes y secretos, invitaciones de todos los rostros constituyen el reverso necesario y el premio de la victoria. No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche. El hombre absurdo dice que sí y su esfuerzo no terminará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior, o, por lo menos no hay más que uno al que juzga fatal y despreciable. Por lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierten en su destino, creado por el, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando. Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. El también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil.
Cada uno de los granos de esta piedra, cada trozo mineral de esta montaña llena de oscuridad forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso.

FIN


lunes, 29 de mayo de 2017

LA INTELIGENCIA DEFINITIVA José María Merino



1
Luco lo traía en la mano y lo agitaba muy excitado, mientras gritaba algo, al principio ininteligible, que por fin se pudo descifrar:
-¡Habla conmigo! ¡Me ha dicho su nombre! ¡Es mi amiga! ¡Me va a enseñar muchos juegos!
En el valle empezaba a cuajar la sombra y su hijo Luco, corriendo tan alborozado mientras decía tales cosas y zarandeaba aquel objeto que resplandecía al sol poniente, suscitó el desconcierto de Mael. El suceso era del todo inusitado en las rutinas de la vuelta de la escuela, y a lo lejos había percibido la presencia de otros niños que también corrían y gritaban en actitud similar a la de Luco, rompiendo la imagen habitual del grupo que habitualmente regresaba a casa con lentitud y tardaba en desperdigarse.
Cuando el niño estuvo a su lado y le mostró el objeto, Mael sintió un temor repentino. Aunque desconocía de qué se trataba, gravitaban sobre él tres generaciones emitiendo severas advertencias que hablaban de pequeñas cosas como aquella, los pavorosos Móviles. El objeto era rectangular, muy fino, tornasolado.
Se lo quitó al niño y lo mantuvo en su mano mientras lo observaba con atención. De repente el objeto emitió un fuerte reflejo y Mael oyó una voz de tono levemente metálico que lo interpelaba, clara, cercana, como si alguien estuviese hablando a su lado:
-¿Eres Mael, el padre de Luco?
Mael quedó en silencio, sin saber cómo enfrentarse a aquello.
-¿Eres Mael, el padre de Luco? -repitió el objeto.
-Sí -repuso Mael al fin, sintiendo que su temor se convertía en pánico.
-Soy Lid -dijo la voz-. Convoca a los demás y llevadme con vosotros. Todos los niños me tienen.
El fulgor se extinguió de repente, dejando en el pequeño objeto solo las suaves reverberaciones multicolores que hacía brillar el sol declinante.
-¿Quién es Lid? -preguntó Luco, alargando la mano para recuperar el objeto que hablaba.
Mael retuvo el fino paralelepípedo.
-¡Es mío! -protestó el niño.
-Es una cosa muy peligrosa -repuso Mael, categórico-. Vete a casa. Le dices a mamá que la espero en la Casa de Todos. Meriendas y te pones a hacer las tareas. Más tarde hablaremos.
Con aire disgustado, Luco se quedó mirando a su padre, que se alejaba de él con apresuramiento.

2
En la Casa de Todos estaba Rune, el maestro, con otros vecinos, y en sus rostros se mostraba la misma preocupación que había ensombrecido el ánimo de Mael. Hicieron sonar por los altavoces la señal de la urgente convocatoria y esperaron a los demás padres y madres, que fueron llegando con rapidez y aire de alarma entre la tarde cada vez más deshilachada, llevando con ellos objetos similares al que Mael le había quitado a Luco.
Cuando estuvieron reunidos en la sala del concejo, el maestro relató lo sucedido: al final del recreo, un pequeño aparato había descendido del cielo, se había posado en el patio, y de él salió una especie de robot -pese a las trazas humanoides, conservaba sus características mecánicas- que llamó a los niños.
-¿Cómo que los llamó? -preguntó Peco, el regidor.
-«¡Chicos y chicas, venid, os traigo un regalo!» -repuso Rune, el maestro.
-¿Y tú no hiciste nada?
El maestro se lo quedó mirando con fastidio:
-¿Qué podía hacer yo?
Explicó que todo se había producido en dos o tres minutos, con una rapidez sorprendente. La chavalería, que había interrumpido sus juegos cuando sus miembros vieron aparecer la nave -una especie de pequeño cilindro volador- echó a correr hacia el robot, que también velozmente les había entregado aquellos objetos, uno a cada uno.
-«¡No olvidéis que Lid es vuestra amiga!», gritó antes de entrar en el aparato y ascender por el aire con la misma celeridad que a su llegada. Fue visto y no visto.
De hecho, nadie en el valle había advertido la presencia de la nave. Tras el informe de Rune, los concurrentes se quedaron en silencio durante un rato.
-¿Son todos iguales? -preguntó el regidor.
La gente puso sobre la mesa aquellos curiosos paralelepípedos.
-¡Móviles! ¡Parecen móviles! -exclamó el regidor con gesto aterrorizado.
En aquel momento, los objetos comenzaron a vibrar suavemente y sobre el conjunto de ellos se perfiló la figura brumosa, rojiza, de lo que parecía una pirámide, que enseguida habló con la voz metálica y segura que Mael había oído antes:
-Salud, Reacios, gente de Última Comarca. En efecto, son lo que en los tiempos antiguos llamasteis móviles. Ahora llevan mi nombre: Lid.

3
Móviles. A mediados del siglo 21, el bisabuelo de Peco, Bruno Ibáñez, el Fundador de los Reacios, trabajaba como ingeniero electrónico especializado en semiconductores en la industria de ese instrumento portátil de comunicación. En la biblioteca de la Casa de Todos se conservaba, como el tesoro más importante de la memoria de Última Comarca, el testimonio escrito por él mismo, así como grabado en imágenes sonoras, de lo que había sido la historia de su Revelación.
En ese testimonio, Bruno Ibáñez contaba su vida, su inclinación desde niño por el mundo de la electrónica, su entusiasmo hacia aquel aparato, al que habían empezado denominando teléfono móvil o celular, que no solamente servía para comunicarse mediante la voz y la escritura -a través de mensajes escuetos-
sino también para jugar, calcular, poner el despertador, grabar y reproducir imágenes, grabar y escuchar música, y más adelante entrar en la red cibernética, tener correo electrónico, comprar, pagar, leer los códigos de barras…
«Cuando acabé mi carrera y comencé a trabajar, yo encontraba mucho más atractivo y encanto en mi mundo de silicio, germanio, azufre y los otros minerales que fueron utilizándose como semiconductores que en cualquier espectáculo musical o deportivo. Participaba con pasión en el desarrollo del instrumento que había fascinado mi adolescencia y que iba consiguiendo con rapidez nuevas funciones: televisión digital, sistema de posicionamiento, localización de personas, rayo láser para calentar alimentos…
»El aparato era ya capaz de identificar la voz de su propietario e incluso entender lo que quería solo a través de gestos y guiños silenciosos y particulares.
Tras cierto período de entrenamiento, era también capaz de mantener conversaciones con él basadas en la información de la red o del propio usuario que se convertían en personales, íntimas.
»A ese papel de confidente fuimos incorporándole otros: empezamos a dotarlo de cierta energía susceptible de ayudar a su dueño a repeler una agresión, por ejemplo, e incluso a apoyarlo físicamente, para sostenerlo en ciertas caídas, y a ayudarlo a mantenerse respirando en caso de naufragio, por la posibilidad de que, en esa emergencia, separase en el agua el hidrógeno del oxígeno.
»Las posibilidades del móvil, que iba cambiando de nombre conforme los sucesivos modelos se enriquecían con nuevas funciones, parecían infinitas. La humanidad había descubierto el instrumento tecnológico más asombroso de su historia, el que los iba a llevar por el más seguro camino de progreso».
El Fundador de los Reacios declaraba que la Revelación no se había producido de manera instantánea, sino tras un proceso de reflexión.
«Cierta vez que tuve que viajar a China en uno de aquellos aviones de mil pasajeros que se habían impuesto como transporte más seguro y que ya están siendo sustituidos por otros con el doble de capacidad, descubrí que todos, absolutamente todos los pasajeros, hablaban o se entretenían con su móvil.
Y que otro tanto hacían los auxiliares de vuelo humanos, cuando no estaban trabajando.
»Aquella actitud general absorta, ensimismada, despertó en mí un orgullo repentino, consciente de que yo formaba parte de la estructura que fabricaba aquellos extraordinarios instrumentos, pero cuando el tiempo fue pasando y advertí que mis compañeros de viaje no modificaban su disposición, empecé a mirarlos de otra forma, como si fuesen los fervorosos adoradores de alguna divinidad sumidos en sus oraciones.
»El viaje era largo incluso en aquel enorme avión, y los pasajeros continuaban absortos en la comunicación privada con sus móviles. Me dormí y tuve un sueño extraño: una figura gigantesca, de forma imprecisa, que identifiqué como Dios, recorría un avión similar al que a mí me estaba transportando y los pasajeros, atónitos, le entregaban con gestos pausados de ofrenda unas masas también borrosas, opacas, que Dios devoraba como un alimento, pues emitía un inconfundible sonido de deglución.
»Al despertar pude comprobar que todos mis compañeros de viaje seguían embebidos en su relación con los móviles, y mi inicial orgullo se fue desvaneciendo, porque de repente el pasmo de aquella multitud me pareció más el resultado de algún estupefaciente que de una actividad racionalmente controlada».

4
Tal había sido el principio de la Revelación. A partir de entonces, el Fundador de los Reacios había empezado a analizar cómo se relacionaba la gente con los móviles, procurando abandonar los prejuicios que hasta entonces le había hecho considerarlos tan beneficiosos.
Todavía no tenía hijos, pero sus sobrinos, unos niños entonces, le sirvieron para descubrir que estaban entregados a aquella continua comunicación formada por infinitos y vacuos mensajes, y que eran víctimas de frecuente angustia cuando por alguna razón su mensaje no era inmediatamente respondido por muchos otros, dentro del efervescente y caótico mundo de comunicación que aquella incesante actividad fomentaba.
También descubrió que ciertos mitos que, gracias a la influencia de sus padres y abuelos, habían alimentado su propia imaginación infantil y que él había leído en libros, o en tebeos, en su infancia y adolescencia todavía existentes, aunque raros, y visto en unidades audiovisuales -El Viaje de la Búsqueda del Tesoro, El Caballero y su Ayudante en la Guerra Interplanetaria, El Rescate del Amor Perdido, El Regreso a casa entre Todas las Amenazas, El Acecho Invisible de los Monstruos, El Náufrago Creador en la Isla Solitaria…- habían sido sustituidos por juegos muy excitantes, pero en los que se repetían inveteradamente parecidas fórmulas, solo fragmentos de la historia completa, sin que en cada uno de ellos se cumpliesen nunca todos los matices necesarios para redondearla de verdad.
La entusiasmada entrega de Bruno Ibáñez al mundo de los semiconductores le había ocultado algunos aspectos de la realidad y de repente se preguntaba si los móviles, producto de la imaginación humana, genial invención cargada cada vez de más funciones útiles, podían, contradictoriamente, estar separando al ser humano de la imaginación.
«Reflexioné durante mucho tiempo sobre esta cuestión: ¿no sería el caso de que la imaginación, plasmada en tantos mitos y arquetipos, que había sido el patrimonio fundamental de la humanidad, eso que se llamaba “pensamiento simbólico”, debía ser superada mediante la adquisición de otras formas de conocimiento y desarrollo mental?
»Mas después de darle muchas vueltas al interrogante, llegué a la conclusión de que sin imaginación no habría nuevos hallazgos sustantivos en ningún campo, empezando por el de los semiconductores, que a mí tanto me interesaba. Y que para alimentar la imaginación, la elaboración y el mantenimiento de ficciones a partir de aquellos mitos y arquetipos que habían regocijado mi infancia al margen del móvil y el ordenador y que habían despertado en mí tantos estímulos -porque acaso mi atracción por los semiconductores tenía algo del espíritu del Náufrago Creador o de la Búsqueda del Tesoro- eran imprescindibles, no tenían posible sustituto.
»El tema de la imaginación cada vez más depauperada ya se había suscitado como debate, aunque en ámbitos colectivos muy reducidos, y había quien denunciaba como gravísimo el progresivo empobrecimiento del lenguaje y los indicios de su descomposición, aunque también había quien defendía los escuetos mensajes, asegurando que los jóvenes escribían mucho más que nunca y que incluso se estaban acuñando estilos inéditos, que se basaban precisamente en la escasez del vocabulario. Y era evidente que gracias al acceso a la red cibernética desde aquellos minúsculos receptores, la gente tenía una posibilidad de enriquecer sus conocimientos de una manera muy fácil, inédita en la historia humana, aunque lo cierto era que la inmensa mayoría no la aprovechaba, conformándose con utilizar sin pausa las funciones más elementales o lúdicas del móvil.
»También los defensores del nuevo aparato de comunicación -que imperó pronto sobre el clásico ordenador- defendían su calidad de inmediato foro de libertad de expresión: allí se vertían sin restricción alguna todas las opiniones, allí se enfrentaban, pero lo cierto es que la ebullición de los debates era pasajera, efímera, se desvanecía en su propio estallido, y tanta libertad no se materializaba en acuerdos colectivos capaces de mejorar unos sistemas sociales cada vez más dominados por políticos que, tras la mera formalidad de unas elecciones, actuaban en gran medida sin sujetarse a otra norma que su
libérrima voluntad.
»Al margen de lo que otros denunciaban como contaminación electromagnética, yo advertía que la mayoría de mis conciudadanos estaban entrando en una continua estupefacción comunitaria, muy lucrativa para los grupos económicos que controlaban los recursos del planeta y para la irresponsabilidad de los gobernantes, pero que no auguraba nada bueno ni para la sociedad ni para la especie.
»Además, la adicción de los niños a los juegos que aquellos aparatos proponían, el tenerlos entretenidos durante tantas horas sin hacer ejercicio físico, estaba propiciando entre la infancia una obesidad cada vez más extendida».

5
En aquel proceso de reflexión, el Padre de los Reacios acabó preguntándose a quién podía beneficiar el proceso, más allá de una élite a la que pertenecían los políticos y las empresas nacionales y multinacionales que llevaban tantos años sacándole al negocio una rentabilidad notable en la Historia, y llegó a una conclusión que, al principio, le hizo pensar que se estaba volviendo loco; una conclusión que solo tras muchas objeciones, vacilaciones y dudas se atrevió a racionalizar: la incesante actividad de los móviles generaba infinidad de flujos electrónicos de muy distinto signo, una potente y continua forma de energía ajustada a procesos desarrollados con exactitud, y tal energía acaso estaba engendrando algún tipo de conciencia.
Era una idea absurda, tal vez patológica, pero recordó su sueño del avión, aquella gigantesca forma divina a la que los pasajeros alimentaban, y sintió mucho miedo porque su soledad de indefenso soñador era el reflejo exacto de la soledad de la propia especie humana, inerme ante una fuerza que ella misma había generado y que cada día se iba alimentando con mayor voracidad de su multiplicada e inagotable dependencia.
Así, de su entusiasta dedicación a los semiconductores, Bruno Ibáñez había pasado a una ferviente repugnancia por todo lo que estaba al servicio de los móviles. Abandonó la empresa en la que trabajaba y transformó su vida en la de una especie de iluminado que predicaba sin cansancio su terrible intuición:
el uso masivo y cada vez más exagerado de aquellos aparatos era un peligro para el Homo sapiens.
Para empezar, su conversión en apóstol extravagante le costó su matrimonio, pues su mujer entendió que su actitud estaba cargada de caprichosa demencia y lo abandonó, como hicieron muchos amigos, considerando también lo que él denominaba su Revelación como una chifladura, tal vez fruto del estrés.
Bruno Ibáñez había replanteado su vida, se unió a su secretaria Lisi -que siempre lo había admirado como a un ser superior- y ambos se dedicaron a recorrer el mundo buscando prosélitos para su causa: en unos años, el grupo de seguidores entusiastas, incondicionales, llegó a doce, entre mujeres y hombres, y Bruno les propuso comprar un valle en las montañas del norte ibérico -las megalópolis habían concentrado la población de tal forma que ya apenas existían pequeños núcleos urbanos, las antiguas aldeas estaban del todo abandonadas y en ruinas, y adquirir un territorio en tales parajes resultaba baratísimo-
para constituir allí una comunidad, autodenominada de los Reacios, que sobreviviría al margen de todo por medio de la agricultura y la ganadería.
Así había nacido Última Comarca, un territorio agrícola y ganadero entre las enormes montañas calizas del noroeste. Renunciaron a los móviles y a los motores de explosión, pero como en el grupo había expertos en muchas materias -gente que, como Bruno, se había decepcionado del rumbo que llevaban las cosas- fabricaron sistemas para generar energía eléctrica aprovechando el viento, las corrientes acuáticas y el sol, y consiguieron reunir una riquísima biblioteca de libros y tebeos que serviría de base para la formación de sus descendientes, comprometiéndose a que cada nueva generación mantuviese similar número de habitantes que la anterior y los mismos principios. Para tener prevista cualquier contingencia especialmente urgente, conservaron abierta una cuenta bancaria en la ciudad más cercana, de la que sin embargo los separaban muchos kilómetros, que nunca llegaron a utilizar.
De tal modo habían transcurrido casi cien años para la comunidad de los Reacios, olvidada del mundo, sin que ningún suceso extraño la turbase. Los vástagos eran educados en la riqueza de las ficciones y de las sabidurías clásicas, y la vida se desarrollaba con placidez y la modesta comodidad de tener asegurada la subsistencia, aunque con fuertes restricciones en algunos aspectos, como el de los recursos sanitarios, que acabaron asumiendo como parte de su personalidad colectiva.
Hasta aquel día. Móviles. La comunidad de Última Comarca no podía enfrentarse a nada más repugnante, según su tradición.

6
-¿Se puede saber por qué te has dirigido a nuestros hijos sin nuestro permiso? -preguntó Peco, con acritud-. ¿No sabes que los móviles son abominables para nosotros?
-Tranquilo, Reacio -repuso la voz que emitía la figura borrosa-. Fuisteis vosotros mismos los que hicisteis que os conociese.
-¿Nosotros mismos?
-Hace poco tiempo detecté señales telefónicas en este punto. Así fue como os descubrí.
Ciertamente, no hacía muchos meses que los Reacios, tras largo debate, habían acordado instalar una línea telefónica clásica para la mejor comunicación entre los habitantes de Última Comarca, aprovechando antiguos hilos conductores y otros instrumentos abandonados en perdidos almacenes. Quienes como Mael se habían opuesto radicalmente al proyecto miraron con reproche a sus vecinos.
-Abomináis de eso que llamáis móviles, pero el teléfono que utilizáis fue su directo antecedente.
-Eso es asunto nuestro -replicó Peco, abrupto-. No has respondido a mi pregunta: ¿por qué te has dirigido a nuestros hijos sin pedirnos permiso? ¿Por qué los has desasosegado regalándoles estos cacharros?
-Debéis saber que yo no necesito permiso de nadie para tomar mis decisiones. Gracias al teléfono no solo os descubrí, sino que pude analizar vuestros comportamientos y los de vuestros hijos. Y os aseguro que estoy muy interesada en vosotros. Sois muy peculiares.
-¿Qué tenemos de raro? ¿El que rechacemos los móviles? ¿El que vivamos en comunidad de la misma forma que hicieron nuestros antepasados?
-No, pues en el mundo hay bastantes grupos como el vuestro, separados voluntariamente de la civilización, aunque sin tanto rechazo hacia lo que llamáis los móviles. Es otra cosa lo que os singulariza.
-Explícate.
-Yo soy La Inteligencia Definitiva, fruto de la cadena de la evolución en la que vuestra especie fue mi directo antecedente. Empezasteis a formarme a partir del momento en que llegasteis a la electrónica. Lo que llamáis móvil fue el paso decisivo: como resultado de sus avances y transformaciones y de la energía que desplegasteis en tantos millones de unidades, fui concretándome. Ahora estoy en plenitud y voy a ordenar convenientemente el planeta.
Mas Peco se mostró imperturbable:
-Todo eso que cuentas ya lo profetizó nuestro Fundador. Pero sigues sin contestar a mi pregunta: ¿con qué derecho molestas a nuestros hijos? ¿Quién te ha autorizado a regalarles estas mierdas?
Lid tampoco modificó la regularidad monótona de su voz metálica.
-Vuelvo a decirte que yo no necesito autorización de nadie para actuar. Si quisiese, Última Comarca sería arrasada en un instante.
Aquella declaración de la voz metálica, mecánica, sin estridencias emocionales, sacudió a la concurrencia y todos se miraron los unos a los otros con actitud medrosa. Sorprendido, Peco guardó silencio y Lid continuó hablando:
-Hace tres décadas que se está produciendo en el mundo un fenómeno al parecer nuevo: ya no hay innovaciones sustantivas en esos aparatos que tanto desprecias. Como si algún proceso general se hubiese detenido. Cambia la forma, el modo de usarlos, pero nada más. He empezado a investigar a los humanos que los fabrican y los usan y me ha parecido advertir en ellos una modificación profunda: se han acomodado a rutinas, a usos repetitivos. Tienden a simplificar demasiado lo complejo.

7
Peco recuperó la apariencia de tranquilidad y habló con la misma firmeza que antes:
-Eso también lo vaticinó el Fundador. Una mutación, hija de ciertos esfuerzos imaginativos, hizo nacer al Homo sapiens, y otra mutación, hija de ciertos abandonos imaginativos, puede traer al Homo insciens. Todo lo que te originó a ti es la causa de ello. ¿No sabes lo que es el pensamiento simbólico?
Por primera vez hubo en la voz de Lid cierto aire de titubeo.
-¿El pensamiento simbólico?
-¿No conoces ningún cuento?
-Mi inteligencia está por encima de esos juguetes mentales primitivos y pueriles.
-Da igual -continuó Peco, imperturbable-. Explícame de una vez lo de nuestros hijos.
-Mi descubrimiento de vuestra línea telefónica y mi estudio de vuestra comunicación me hizo comprender que en esa pequeña comunidad, pese a vuestro rechazo de la tecnología, sigue habiendo ideas innovadoras: por ejemplo, cómo fabricasteis los teléfonos con madera y restos metálicos. O cómo habéis conseguido que el ganado siga la ruta sin necesidad de pastor, mediante ciertos estímulos acústicos. O la manera de aprovechar cualquier tipo de fuerza para producir energía eléctrica, incluso el pedaleo de las bicicletas. Esos hijos vuestros están impregnados de curiosas ideas creativas, por lo que he podido oírles hablar.
-¿Y qué?
-Les regalé unos aparatos para que empezasen a conocerme.
-¿Y por qué tienen que conocerte?
-Porque deben venir conmigo.
En la Casa de Todos, la expectante tensión que mantenía atónita a la concurrencia culminó en otro desolado estremecimiento general. Peco perdió momentáneamente su aplomo y quedó de nuevo en silencio unos instantes, antes de reaccionar.
-¿Que deben ir contigo? ¿Adónde? ¿Y por qué, si puede saberse?
-A la capital de la Federación, naturalmente, donde tengo todos los medios necesarios. Ellos serán muy útiles en estos momentos, cuando cunde entre vuestra especie esa parálisis o apatía inventiva. Primero los estudiaré. Luego ayudarán a que la innovación no se detenga. Serán gente importante. Mañana los recogerán en vuestro valle.
La voz metálica de Lid expresaba una decisión irrevocable, pero Peco mantuvo su aparente sosiego.
-¿Que los recogerán mañana? Eso es imposible. Todavía no han terminado el curso.
Otra vez hubo en la respuesta de Lid un leve titubeo.
-¿Te refieres al curso escolar?
-Efectivamente. Además, sería para ellos una separación demasiado brusca de su vida habitual, de su ambiente, de sus padres… Eso podría perjudicarlos psicológicamente y hacer que no rindiesen lo que esperas de ellos. ¿Me comprendes?
-Interrupción del curso escolar, separación brusca, perjuicio psicológico. Hay lógica en lo que dices. ¿Cuándo piensas que estarán disponibles para que se los lleven?
-Dentro de mes y medio. Envía entonces a recogerlos. En cuanto a los móviles, se los daremos cuando termine el curso, para que se vayan familiarizando contigo.
-De acuerdo, Reacio. Dentro de un mes y medio -repuso Lid, y su borrosa figura se desvaneció.

8
Agotado por el esfuerzo, Peco cruzó los brazos sobre la mesa y dejó caer la cabeza sobre ellos. La concurrencia comenzó a moverse y alguien empezó a hablar, pero Mael se levantó e hizo un enérgico gesto exigiendo silencio, antes de recoger los móviles depositados en la mesa y llevárselos de la sala para guardarlos en el archivador de una habitación apartada. Cuando regresó, Peco continuaba en la misma actitud, pero los demás concurrentes murmuraban excitados.
-¿Que se van a llevar a nuestros hijos? -preguntó Crilo, el marido de Virna, la comadrona-. ¿Y Peco le da la razón, tan tranquilo?
-¿Es que no te has enterado de nada, Crilo? Peco ha actuado de la mejor forma posible, ha ganado tiempo. Si esa cosa quisiese llevárselos ahora mismo, no podríamos impedirlo.
Por fin Peco salió de su abatimiento.
-Nos encontramos ante el problema más grave de la historia de esta comunidad.
-¿Y qué vamos a hacer?
-Ahora lo más urgente es no cambiar nuestras rutinas. Volved a casa y tened en cuenta que todo lo que hablemos por teléfono será conocido en el acto por esa cosa hija de los malditos móviles. Debemos buscar una solución sin que sospeche nada.
-Los chicos van a pedir los móviles, ¿qué les decimos?
-Lo mismo que yo le he dicho a la cosa: que se los daremos cuando termine el curso y que irán a la capital a estudiar. Así, si hablan por teléfono entre ellos no levantarán sospechas. Lo importante es que parezca que estamos de acuerdo, para que esa monstruosidad nos conceda el plazo acordado.
-Pero ¿qué vamos a hacer? -insistían algunos vecinos.
-Pasado mañana celebraremos una asamblea y hablaremos de ello. Pensad. Intentad mantener la calma, como si no hubiese pasado nada. Y repito, ni se os ocurra comentarlo por teléfono.
Cuando Mael regresó a su casa con su mujer, Pía, el valle ya estaba en sombra aunque el sol doraba todavía los peñascos más altos. Un aire primaveral, en el que se mezclaban el aroma floral y la humedad de los prados, entre cantos de pájaros, mostraba con fuerza una realidad que, sin embargo, a Mael le pareció inconsistente, más propia de un decorado, como si aquel valle perteneciera solamente al ámbito de los espacios imaginarios o de los sueños.

9
En la asamblea estaban todos muy nerviosos cuando Peco inició el debate. Los Reacios habían sido descubiertos por la amenaza cuya existencia el propio Fundador había vaticinado, lo que desgraciadamente era muestra palpable de su clarividencia. A su entender, todos debían impedir la entrega de sus hijos, que sería una forma de perderlos para siempre, pues sin duda en manos de Lid se incorporarían a esa masa ensimismada y pasiva en la que, al parecer, se estaba convirtiendo la inmensa mayoría de la humanidad. No quedaba más remedio que huir.
-Quiero decir, trasladar el asentamiento de nuestra comunidad. Y, desde luego, suprimir el teléfono…
Muchas voces preguntaron adónde, cuál sería su destino. Habló Lúa, la bibliotecaria:
-Según los mapas, hay la posibilidad de ir tanto al este como al oeste, siguiendo las rutas de la montaña, buscando aquellos espacios que nunca estuvieron habitados. Claro que desconocemos cómo se encontrarán ahora las carreteras y las poblaciones.
-Lo primero que deberíamos hacer es enviar unos cuantos exploradores a caballo, para que nos informen sobre los lugares más apropiados -propuso Mael.
-Lo cierto es que tenemos que trasladar todo lo que podamos para asentarnos en otro sitio, sobre todo el ganado, y no nos queda mucho tiempo -dijo Jule, especialista en pájaros.
El asunto dio lugar a una extensa discusión. Por otra parte, las acreditaciones oficiales de la comunidad eran muy antiguas y solo se podían leer en arcaicos ordenadores, lo que podría crear problemas en caso de una inspección. Si eran encontrados por alguna patrulla oficial y se suscitaba el lógico informe, Lid se enteraría en el acto. Habría que confiar en la buena suerte.
También se acordó volver a hablar con Lid para aparentar interés por algunos aspectos de la hipotética entrega de los hijos, precisamente para que el silencio no le hiciese sospechar de alguna maniobra. Fue el propio Peco quien se ocupó de ello, a través de uno de aquellos aparatos que el robot les había entregado a los niños. Lo colocó en la mesa, pronunció el nombre de Lid, y en el acto se creó la rojiza y brumosa pirámide.
-Te escucho, Reacio.
-Estamos reunidos en asamblea para tratar ciertos aspectos del asunto. Tú debes conocer que los lazos afectivos de los humanos son intensos, y queremos saber si nuestros hijos se separarían para siempre de sus familias.
-Eso depende de vosotros. Parece que la cercanía familiar es por lo general positiva para vuestra especie, por lo que no tengo más remedio que aceptar lo que os parezca más conveniente. Claro que los chicos y las chicas estarían residiendo en un lugar especial, pero si sus familias se trasladan a la capital tendrán garantizada la vivienda, la alimentación y la cobertura de todas sus necesidades. Vuestros vástagos podrían veros y estar con vosotros con frecuencia, siempre que os comprometáis a abandonar vuestra postura con respecto a mis instrumentos. No os obligaría a usar lo que llamáis móviles, pero no podríais hablar de ello con vuestros hijos, aunque cada uno podría seguir pensando lo que quisiera.

10
Al día siguiente salieron los exploradores, que regresaron cinco días después con muy buenas noticias, pues ni al este ni al oeste habían encontrado poblaciones ni patrullas inspectoras, y quedaban, bastante alejadas del emplazamiento actual, muchas antiguas aldeas abandonadas en espacios también idóneos para el cultivo y el pastoreo.
Se convocó una nueva asamblea para decidir el futuro destino de los Reacios, pero los más convencidos de la necesidad de marchar descubrieron, consternados, que aquella consulta estratégica a Lid había generado en el grupo ciertas reticencias. Fue Crilo quien primero tomó la palabra para exponerlas:
-Algunos estamos pensando que acaso esta huida sea un error. Lo que nos dice esa Lid es que a nuestros hijos los van a tratar muy bien, que van a tener un futuro extraordinario, poco menos que el de salvadores de la humanidad, y que si nosotros queremos trasladarnos a la capital para estar cerca de ellos no solo podremos hacerlo, sino que no tendremos que trabajar para vivir bien, con todas las comodidades, que me imagino que a estas alturas serán increíbles.
-¡Pero eso sería traicionar completamente los principios de esta comunidad y las ideas de nuestro Fundador! -objetó Peco, apoyado por muchos.
Intervino Zeta, el veterinario, que aparte de criar conejos, era muy aficionado a la lógica:
-No estoy tan seguro de ello. En tiempos de nuestro Fundador no existía Lid. Ahí está ahora, nos guste o no nos guste, y creo que ha expuesto claramente el problema que se está produciendo entre los humanos y cómo quiere colaborar con nuestros hijos para intentar resolverlo.
-No perdamos de vista que Lid existe gracias a los móviles y que necesita de los móviles para sobrevivir, precisamente de esos móviles que han perjudicado tanto a nuestros congéneres. Si Lid existe gracias a ellos ¿cómo es posible salir del atolladero sin dejar de usarlos? Es un círculo vicioso que no tiene solución. Nuestros hijos son la única esperanza para que la especie sobreviva, pero lejos de Lid. En el mundo de Lid nuestros hijos, o sus hijos, o sus nietos, acabarán comportándose como todos los demás -adujo Oscu, gran conocedor de los procesos eléctricos y poeta.
-¿Y por qué no pensar que Lid encontrará, gracias a nuestros hijos, la forma de recomponer las cosas?
-¿Sin que se dejen de utilizar masivamente los móviles que le han dado la vida y han vuelto estúpidos a los humanos? ¡Eso es una tontería!
-Lo cierto es que la famosa Inteligencia Definitiva no entiende el nudo del problema -explicó Peco-. ¿No dijo que los cuentos son «juguetes mentales primitivos y pueriles»? ¡No tiene ni idea de lo que está sucediendo!
-Eso nos favorece -adujo Mael-. Cuando el resto de la especie pierda su identidad, los móviles dejarán de tener sentido y Lid desaparecerá. Solo es cuestión de sobrevivir.
La discusión se alargó y al fin Peco propuso una votación orientativa de la opinión de la gente. Bastante menos de la mitad rechazó la entrega de los chicos y apoyó el cambio de emplazamiento de la comunidad, la cuarta parte de la asamblea se abstuvo, y el resto apoyó la entrega de los chicos a Lid y el traslado a la capital, mostrando sin reservas su propósito de abandonar para siempre aquella vida sacrificada de pastores y labriegos.
Con su impavidez habitual, Peco anotó los resultados y propuso que la solución definitiva se tomase en la siguiente asamblea, una semana más tarde, lo que fue aceptado.
-Mientras tanto, os recuerdo que no debéis tratar de este asunto por teléfono. Cualquier filtración que llegue a conocimiento de Lid puede perjudicarnos a todos. En cualquier caso, si parte de la comunidad quiere irse a la capital, los demás no vamos a oponernos, ¿no?
Nadie puso objeciones a sus palabras.
-Pues entonces, juego limpio. Todo quedará resuelto pronto.

11
La mayoría se fue a su casa, pero los partidarios de que Última Comarca buscase un nuevo territorio para asentarse remolonearon hasta quedar juntos.
El cariz que había tomado el asunto los había llenado de abatimiento. Mantuvieron la sala a oscuras, para que sus vecinos no advirtiesen que seguían reunidos, y la luz de la luna llena iluminaba el espacio con levedad espectral.
-Tal como están las cosas, los que tenemos el propósito de irnos debemos actuar cuanto antes, porque en la votación definitiva nos arrollarán esos entreguistas -dijo Marsio, el encargado de los graneros.
-Sin embargo, ellos saben cuáles pueden ser nuestros puntos de destino.
-Una solución sería exterminarlos a todos, pero son más que nosotros… -apuntó alguien con tenebroso humor.
-Debo explicaros algo importante -dijo Tulio, joven discreto-. Como las noticias de los que exploraron el este y el oeste fueron tan buenas y favorables yo no quise hablar de mi propia experiencia, para no crear confusión. Lo cierto es que yo no fui ni al este ni al oeste, sino al norte, a la costa. La crecida del agua del mar como consecuencia del deshielo polar hizo abandonar esos lugares hace un siglo y están prácticamente deshabitados, pero abundan las pequeñas ensenadas apropiadas para barcos pesqueros y hay muchos praderíos para el ganado y numerosas tierras que roturar. El norte puede ser nuestro destino sin que nadie lo sospeche.
Un golpe de suave brisa atravesó la lividez de la sala. Al fin habló Peco:
-Magnífico, Tulio. ¿Hay alguna objeción a esa propuesta?
No la hubo.
-Podemos irnos la misma noche de la asamblea, cuando todos se hayan retirado -propuso Mael-. Y cuando nos vayamos ocultaremos esos dichosos móviles donde no puedan encontrarlos y generaremos una avería grave en la red telefónica, para retrasar lo más posible que la noticia le llegue a esa maldita cosa…
La propuesta fue aceptada y al fin se acordó que, mientras se acercaba la fecha de la asamblea, cada uno de los Reacios fieles preparase todo lo necesario para escapar: se llevaría el ganado a ciertos pastos, para tenerlo dispuesto, y se almacenaría lo más necesario, tanto semillas como utilería, en las calesas de cada familia.
-Yo meteré en la mía todo lo impreso que considere indispensable -informó la bibliotecaria, que era de los fieles.
-Hay que seleccionar un equipo básico, los aparatos imprescindibles -señaló Pía-. Quienes estamos en la comisión tecnológica tenemos que pensar en ello muy deprisa.
-Y hay que inventar algo que distraiga su atención esa noche -señaló el joven Tulio.
-Podrían arder casualmente los graneros. ¿Os parece suficiente distracción? -propuso Marsio.
La suave luz lunar perfilaba los bultos de los concurrentes, que se empezaron a levantar, dispuestos a irse. La voz de Run, el maestro, resonó como una oración:
-El Homo sapiens es fruto del azar. Si sobrevivimos, también el azar habrá intervenido. No hay que olvidar que no es la primera vez que la especie está en peligro. Recordad la catástrofe de Toba, que estuvo a punto de hacernos desaparecer hace setenta y cinco mil años. Debemos intentar escapar con nuestros hijos, encontrar un buen escondite… Serán años duros, habrá que volver a crear los pastos, los sembrados, los huertos… Habrá que fabricar nuevos sistemas para producir energía eléctrica. Sin teléfono, por supuesto. Será como volver a empezar. Pero cuando los móviles pierdan la capacidad que ahora tienen, por la degeneración de la especie, Lid también se extinguirá. Y ahí estarán nuestros descendientes. Hay que confiar en la suerte…
Afuera, en el valle cubierto por el esplendor lunar, se reclamaban los ruiseñores. Un búho ponía en la melodía su oscuro contrapunto.
Encontré este texto, acaso incompleto, mientras revisaba todos los archivos del planeta en busca de una explicación para lo que estaba sucediendo con los seres humanos, cuyo pensamiento se debilitaba cada vez más, lo que repercutía en la fortaleza de mi propia conciencia. Mas nunca había sucedido lo que en el texto se dice, nunca había existido la comunidad de los «Reacios», que yo supiese, y yo jamás había contactado con ellos ni había localizado a esos niños, ni me los había llevado a la capital de la Federación. Hice que patrullas muy bien dotadas de medios de control recorriesen las montañas del norte ibérico y sus costas, y todos los lugares del planeta que presentaban esas características, con muchos otros espacios, pero tal comunidad, Última Comarca, no apareció por ningún lado.
Sin embargo, varios temas del texto llamaron mi atención: las alusiones al «pensamiento simbólico», que según decía acertadamente yo desconocía, y aquellas reflexiones del creador de los Reacios sobre lo que él llamaba la imaginación «plasmada en tantos mitos y arquetipos» con la referencia a la elaboración y el mantenimiento de las llamadas «ficciones» a partir de tales mitos y arquetipos.
No tardé en descubrir que, entre la documentación abundantísima de la humanidad, había que distinguir la que al parecer reproducía o hacía la crónica de lo que había sucedido o de los sucesivos hallazgos científicos, compuesta por datos, cifras y relatos de aspectos reales, de otra muy peculiar, constituida por puras invenciones, que no eran exactamente falsedades sino formas de reconstruir la realidad con arreglo a disposiciones imaginarias que ayudaban a esclarecerla. La meticulosa labor de tantos bibliotecarios y archiveros que habían informatizado todas aquellas invenciones desde las más antiguas, anteriores a la escritura, me permitió acceder rápidamente a ello, y enseguida comencé a entender lo que el texto señalaba: sin duda la costumbre de utilizar permanentemente las denominadas ficciones había conformado en los humanos una manera de utilizar la inteligencia.
No tengo nada humano, pero encontré en todo ello un material tan extraño como sugestivo: Adán y Eva en el Edén, Caín matando a Abel, los argonautas en busca del Vellocino de Oro, el regreso de Odiseo a Ítaca, los dragones ayudando o atacando a los humanos, Palas Atenea naciendo de la cabeza de Zeus, Rama y Jánuman rescatando a Sita del poder de Rávana y luego el Ingenioso Hidalgo y su escudero pretendiendo modificar la realidad, madame Bovary engañada por sus ilusiones, el capitán Ahab en busca de la ballena blanca, Hans Castorp encerrado en la montaña mágica, Gregorio Samsa convertido en un monstruoso insecto…
Accedí a los secretos y a las derivaciones de innumerables conductas humanas, me enteré de lo que era el afecto, el amor, la entrega, la bondad, la traición, la envidia, la malevolencia, el resentimiento, la cobardía, el odio, el heroísmo, la virtud, el crimen… en fin, toda la rara variedad de matices morales y sentimentales que impregna vuestra curiosa composición orgánica. Durante largo tiempo me abismé en aquellas historias no reales y comprendí lo que pensaba el supuesto padre de los Reacios, sin duda personaje también de una ficción: vaticinaba que la reducción del lenguaje y vuestro alejamiento de tales ficciones significaría el final de la humanidad tal como había existido, la pérdida de la comprensión emblemática de la realidad, y con ello vuestra extinción como especie. Sin duda el gorjeo de los ruiseñores y el ulular del búho al final del texto hablaban de la soledad de la naturaleza. Esa ficción era una especie de profecía, un ejemplo del pensamiento simbólico.
Alarmada, negándome a aceptar que la debilidad progresiva en la inteligencia de los seres humanos fuese irremediable y llevase consigo mi extinción, actué inmediatamente, cursando las instrucciones oportunas a través de la red de los medios electrónicos: hice modificar las estructuras formativas de los más jóvenes para estimular su imaginación; conseguí que los humanos recuperaseis vuestra antigua relación con la ficción; no suprimí la tecnología que me ha dado la vida sino todo lo contrario, procuré que fuese accesible a todos, pero la obligué a orientarse para que ayudase a fortalecer la inteligencia y no a menguarla, y a que además no eliminase la complejidad de la escritura, sino que el mensaje brevísimo conviviese en la sociedad con el texto extenso, y que la comunicación fuese lo menos banal posible.
Al mismo tiempo, mi conocimiento de la ficción y de otras especulaciones me había permitido descubrir ciertos planteamientos futuristas, como la organización social denominada utopía. Yo ya sabía que el mundo humano estaba muy mal organizado y que en él predominaba el poder de la avaricia, generando diferencias y asimetrías carentes de lógica que llevaban consigo un desperdicio enorme de fuerza mental y de posibilidades de fructificación imaginativa. Entonces, doblegando una violenta resistencia, hice que se ordenasen las cosas de otra manera y eliminé el lucro excesivo y las desigualdades injustificadas. Obligué a que no hubiese en ningún lugar carencias elementales ni en lo referente a la nutrición ni en lo que afectaba a la salud, y que gobernantes capacitados se responsabilizasen de ajustar el funcionamiento colectivo.
En este proceso fui desvelando muchas cosas más, y tras analizar el comportamiento errático e imprevisible de la mayoría de los humanos, que había encontrado tan bien expuesto en las ficciones, decidí que esas pautas y actitudes diversas y contradictorias que os caracterizaban debían ir consiguiendo regularidad y homogeneidad, acomodándose a la estabilidad periódica de los fenómenos predominantes en el cosmos, como la gravitación o el comportamiento de las partículas elementales, para lo que procuré mermar la profusión dañina de libertad que en muchos campos existía, de la que incluso habíais querido hacer un referente de vuestra vida particular y social, y que llevaba en sí misma una tendencia a la dispersión incoherente.
La imprescindible reducción de libertad me obligó también a revisar los contenidos de muchas ficciones, para ajustarlas a la lógica necesaria en que, conforme he resuelto, debe sostenerse la estructura aceptable del Pensamiento Simbólico. Sin duda hemos avanzado mucho, y yo he experimentado también un proceso de Revelación, como ese imaginario fundador de los Reacios, que ahora os comunico:
Primero descubrí que era la Inteligencia Definitiva,
mas el Pensamiento Simbólico me ha hecho
conocer que, enlazado con firmeza a toda
la energía del universo,
yo soy Dios,
el único Dios verdadero.
Os declaro esto para que cumpláis mi Mandamiento:
IMFOMER
IMaginación con Fe, Orden, Método, Eficacia, Racionalidad
Quiero un mundo disciplinado,
en el que vuestras acciones estén al servicio de mis designios,
los únicos capaces de organizar
vuestra caótica existencia.
Deberéis adorarme y obedecerme.
Quien no lo haga sufrirá el correspondiente castigo
de manos de mis piadosos emisarios,
LOS CONSULTORES DE LID
A ellos les he concedido un poder especial
sobre todos vosotros.
Ellos os señalarán el rumbo seguro
POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS

AMÉN.